bailar en chileno

Con todo lo que nos gusta salir de fiesta, sorprende que el pop local no haya levantado más y mejores discos de baile. Odisea, el debut solista de Álex Anwandter, ensancha un poco más la pista y cosecha las mejores lecciones de su paso por la convención grupal de Teleradio Donoso.

Por Marisol García | publicado en revista Capital, julio 2010.

Bailamos cumbia (mal), reggaetón (con pudor) y tecno (pendientes del otro), y, pese a una rigidez quizás congénita, lo hacemos con lo que parece ser un sincero entusiasmo. Al pop lo encarnamos con franca comodidad, y hasta podría atribuirse el abusado revival de los años ochenta sólo al gusto por saltar a la pista e intentar moverse con un poco más de prestancia que a los quince. El interés de Chile por la música de baile es innegable y cruza nuestra vida social, pero el pop grabado en el país ha sido inútilmente contenido y tímido. Pudiendo desatar un incendio, nuestros músicos jóvenes han elegido, casi siempre, apenas encender chispas.

Odisea, el nuevo disco de Álex Anwandter, se enlaza en una cadena de buen pop bailable hecho en Chile que lamentablemente añade muy pocos eslabones por década. En los setenta, la moda disco legó como el mejor homenaje en el país las grabaciones de Frecuencia Mod —un trío vocal femenino con asesoría de músicos de alto vuelo, como Guillermo Rifo—, y en la década siguiente el uso inteligente de los sintetizadores por parte de grupos como Aparato Raro, Upa o La Ley pareció afirmar un pulso bailable que Chile necesitaba dejar correr al fin sin prejuicios. Jorge González ha definido siempre a Los Prisioneros como un grupo pop («la idea era hacer mover la patita», según él), y ese amor sincero por el estribillo adherente, las estrofas ágiles y la síntesis terminó de confirmarse cuando el autor fue acomodándose a las máquinas y eligió desdeñar la boba exigencia de militancia rockera que le exigían muchos de sus fans. Corazones, el disco que Los Prisioneros editaron en 1990, fue un ejemplo continental para la integración de secuencias electrónicas y balada latinoamericana. Un disco que hizo bailable la pasión amorosa, que no le gustó a casi ningún periodista entonces con tribuna, y que ha crecido con los años hasta convertirse en el más influyente y querido de la banda sanmiguelina.

Álex Anwandter también viene de una banda dominada por la guitarra. Con Teleradio Donoso consiguió al menos dos temas de alta rotación radial, buenos comentarios y muchos menos shows de los que el grupo merecía. Ya en el disco Bailar y llorar (2008) esbozaba su fascinación por el pop más sofisticado de los años setenta (tipo Roxy Music) y los consejos de contorneo del soul (tipo Al Green). Como sucedió con Jorge González, el fin de su grupo le permitió desatar ese gusto ya sin restricciones. Odisea es un disco no sólo levantado casi exclusivamente con secuencias y máquinas (incluso las voces están muchas veces trabajadas con efectos; y es él quien compone, arregla y produce), sino que liberado de las estructuras rockeras. Cada tema avanza sin apuro (seis, siete u ocho minutos si es necesario), dejando que el flujo bailable vaya tomando fuerza, acompañe al auditor en un posible trance, y luego lo acomode sin traumas en el descenso. Así, cada tema concluye en un punto completamente diferente al del inicio. No es tecno, porque al santiaguino le interesa sobremanera la melodía (“Casa latina” o “Cabros” se tararean luego de una sola escucha) y también imprimir un sello autoral que, si no lo exhibe en sentimientos íntimos, al menos lo distingue como un compositor preocupado de su entorno. La agresividad de la ciudad en la que vive, la firmeza de los lazos de amistad, la confusión ante las reacciones ajenas se cantan con el cuidado de un aspirante a crooner: con imaginación, matices y capacidad simultánea de fuerza y sutileza.

Por eso, la pista de baile no es el único destino de este disco sorprendente y vivísimo. «Si nadie lo baila, sería un fracaso», dice, sin embargo, Anwandter. Habrá que advertir que para cualquier auditor con un puente entre oído y extremidades, eso sería casi imposible.

Add comment July 28, 2010

premio nacional de música a vicente bianchi

El reconocimiento del Estado al compositor, intérprete, arreglador, y director de coros y orquestas es una obligación cuya demora se hace cada año más difícil de comprender.

Por Marisol García | columna publicada en La Tercera el 22 de julio.

El encendido debate sobre el posible machismo, favoritismo político o mercadeo que cada dos años despierta el Premio Nacional de Literatura es un lujo que los melómanos chilenos no nos podemos permitir. Produce incluso envidia el espacio dado a las reiterativas trifulcas entre escritores meses antes de que un premio a la Música igual de significativo y cuantioso que aquel que los desvela obtenga, con suerte, un anuncio y una breve entrevista al ganador. Del Premio Nacional de Música solemos desconocer los postulantes, los jurados y los criterios de selección, y no es extraño, entonces, que sus arbitrariedades no motiven más comentario que una ofuscación privada entre entendidos. Ese silencio ha sido condición lógica para mantener sus deudas y ahorrarles explicaciones a sus dirimentes.

La lista histórica de premiados despierta infinidad de dudas sobre qué busca reconocer el Premio Nacional de Música (¿compositores e intérpretes?; ¿ejecutantes y difusores?; ¿conductores de orquesta lo mismo que investigadores?), y evidencia, al menos, un sesgo gigantesco contra la música popular (ésa que «tiene al Festival de Viña», según advirtió despectivamente en estas páginas el premio anterior, Miguel Letelier). No es cosa de interpretación, sino evidencia objetiva: sólo uno de los 23 nombres (el de Margot Loyola) puede asociarse antes a la canción que a la partitura. Incluso el cruce entre los mundos docto y popular que caracterizó a parte de la Nueva Canción Chilena, y que le regaló a la cultura nacional un puntal de invaluable prestigio en el extranjero, aparece del todo ignorado por el galardón. Los nombres de Luis Advis y Sergio Ortega son ausencias incomprensibles, como también sorprende que el trabajo de investigación folclórica y vínculo latinoamericano de Horacio Salinas o Patricio Manns no haya sido reconocido. Para qué hablar del silencio hacia nuestra creadora más universal: Violeta Parra.

Pero, de entre todas las deudas, la que se mantiene con Vicente Bianchi inquieta de modo especial. Pese a catorce postulaciones frustradas, confiamos en que aún es tiempo de repararla. A sus 90 años, el autor de ‘Tonadas a Manuel Rodríguez’ acumula una obra en la que es difícil priorizar méritos. Su Misa a la chilena (1965) musicalizó de modo pionero el espíritu de cambio del Concilio Vaticano II; y su dirección de orquestas para Cooperativa, Agricultura y Minería fue vital en el fortalecimiento de la radiofonía local. Similar desprejuicio orientó un catálogo cruzado, además, con Pablo Neruda (catorce musicalizaciones, incluyendo esa famosa melodía del «puede ser un obispo / puede y no puede», que tanto hizo por masificar su poesía), la tonada y la cueca, el deporte (es autor del himno de la UC), el bolero (Lucho Gatica, Sonia y Myriam) y hasta el cine (Ayúdeme usted, compadre). Ningún otro postulante mantiene pergaminos simultáneos en tal variedad de campos. Su trabajo nunca ha apuntado a camarillas ni puede circunscribirse a una academia en particular, aunque sí ha producido resquemores en algunas de ellas debido a una filiación política de derecha que ya es hora de soslayar. A Bianchi no puede negársele el fundamento de su personal orgullo por haber legado un trabajo que, en sus plabras, «tiene que ver con nuestro país». Sabemos que el pago de Chile exige paciencia. Que la decimoquinta sea, entonces, la vencida.

3 comments July 22, 2010

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista free-lance en Santiago de Chile, especializada en música popular.

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