cigala, duro caparazón

El más importante cantaor flamenco vivo vuelve a Chile a cargo de un asombroso cruce de audiencias que ha combinado el cante jondo con el bolero cubano, la copla y el tango.

Por Marisol García / Capital, noviembre 09.

Cigala: como un crustáceo marino de caparazón duro, como el apellido valenciano; como un apodo juvenil que sobrevivió al cante, la fama y el dinero. El diario El País describe que él y “su desgarro flamenco parecen hechos el uno para el otro”, y hay que agradecer la sobriedad porque esa voz de hierro y de temblor se presta fácilmente para ser descrita con cursilería. Súmese a la profundidad de su voz, la interpretación a ojos cerrados, la palmas en golpe suave, la cabeza gacha. Ahí está El Cigala, en una de las tomas del DVD Blanco y negro, de Fernando Trueba, pellizcando el aire para cantar “Vete de mí”: “Yo, que ya he luchando contra toda la maldad / Tengo las manos tan desechas de apretar, que ni te pueden sujetar / ¡Vete de mí…!“. Su imagen poderosa obliga a acudir, como con pocos cantantes hispanos vivos, al adjetivo “sentimental”.

No se puede hablar de Diego Ramón Jiménez Salazar, el hombre detrás del apodo de crustáceo, sin recordar, primero, a Camarón de la Isla, su más claro referente y eterna vara de medida. El mundo del flamenco busca hace más de quince años a un sucesor para esa telúrica voz gitana, y Cigala es quien más se ha acercado a merecer el trono. No tendrá aún el prestigio definitivo de un clásico, pero ya ganó algo que el fallecido socio de Paco de Lucía y Tomatito jamás consiguió: ventas millonarias y un cruce de audiencias tan amplio que su gira en marcha lo trae a Chile luego de haber pasado por escenarios franceses, alemanes y estadounidenses. El Cigala ha vuelto internacional un tipo de música que se asoció durante décadas puramente a una tradición localista.

La culpa de ese crossover de sueño es de Lágrimas negras, el disco que Cigala y el pianista cubano Bebo Valdés grabaron hace seis años y convirtieron en batatazo mundial. Es el Buena Vista Social Club del flamenco, qué duda cabe. Boleros inmortales (“Veinte años”, “Inolvidable”, “Se me olvidó que te olvidé”) cantados con la garra que jamás mostró Luis Miguel. Coplas de desamor y de furia, que chorrean el despecho por fuera del parlante. Sobre las teclas, el mejor pianista cubano de jazz, lo cual ya es mucho decir sobre el país de Bola de Nieve, Rubén González y Gonzalo Rubalcaba. Lágrimas negras es la materialización de una intuición largamente acariciada: que la colaboración de artistas cubanos y músicos flamencos, en igualdad de condiciones, podría generar resultados insólitos”, explica en una vieja nota sobre ese álbum el crítico Diego A. Manrique. “Existían precedentes de voces aflamencadas atacando repertorio antillano -y también hay aires flamencos recreados por agrupaciones cubanas- pero fueron experimentos puntuales, hechos apresuradamente o por motivos coyunturales”. Al alto vuelo del talento, Lágrimas negras sumó el impulso de la vanguardia.

El disco Dos lágrimas, publicado el año pasado (es su promoción la que sostiene esta gira en marcha), no esconde su condición de fórmula. Usa una carátula muy similar a la de Lágrimas negras, y el repertorio vuelve sobre boleros y coplas –ahí está, incluso, “Compromiso”, una vieja canción que en Chile popularizaron Cecilia y luego Javiera Parra–, junto al inesperado añadido del tango. “Elegí el tango porque pertenece a eso que yo llamo los sonidos del alma”, explica Cigala, “y me siento cómodo con el tango, no tengo que dejar de ser flamenco para cantarlo”. Su segunda presentación en Chile, el próximo sábado 7 de noviembre en el Teatro Oriente, mostrará la sangre que permite que ese cruce no suene a cálculo sino que a auténtica conexión con una tradición de alto vuelo. En una agenda en vivo que cierra el año poblada de cantantes (se nos vienen Álex Ubago, Christian Castro y, ay, otra vez Arjona), Diego El Cigala se eleva como el único visitante musical que merece, a cabalidad, la calificación de “intérprete”. Vea y verá.

1 comment November 2, 2009

y volverán*


La formación más célebre de Los Ángeles Negros vuelve a presentarse en Santiago 36 años después de su separación. El tiempo habrá opacado su brillo de antaño, la voz de Germaín de la Fuente será apenas un eco y su guitarrista original no estará sobre el escenario. Aun así creemos que vale la pena ir a verlos.

“Pensamos que eran unos torrejas, cebolleros. Ahora los escucho y no entiendo cómo pude ser tan tonto”.

Arrepentimiento puro y duro transmite el ex programador radial Agustín Cucho Fernández en su respectiva entrevista para el documental Ángeles Negros. Su revisión es, de algún modo, la de una generación completa, que vino a valorar a Los Ángeles Negros sólo después de su triunfo en el extranjero. La acumulación excepcional de melodías reconocibles les había sido hasta entonces casi inútil en términos de prestigio. El grupo de San Carlos viajó a México por primera vez en 1971, buscando un reconocimiento artístico que la fama nunca les regaló en su tierra. En su conflictivo trato con Chile, la de Los Ángeles Negros es una historia de felicidad tardía. Desde esa dilación cronológica, su próxima reunión es un paso creativamente innecesario, pero sí de justa aclaración de cuentas.

No esperemos, por supuesto, un reencuentro en la cumbre del vigor. 36 años separan el concierto del 22 de noviembre en el Movistar Arena de la última presentación con su formación más célebre. Cuatro de esos cinco músicos volverán al escenario: el quinto, Mario Gutiérrez, anima en México un grupo homónimo amparado por la ley de registro de marcas. Tanto así, que la venidera presentación en Santiago se anuncia sólo como el show “Y volveré”, sin identificar a la banda por su nombre. No hay canciones nuevas que mostrar, y el vibrato brillante de Germaín de la Fuente es hoy el referente irrecuperable de una de las voces más emocionantes que haya conocido nuestra música.

Pese a ello, no debiese haber sobre ese escenario solamente otro grupo ensimismado en nostalgia. La música chilena –fácilmente impresionable, como toda nuestra cultura, por lo extranjero– ha sido un área artística más cómoda con la adaptación que con el invento. Los Ángeles Negros, en cambio, son creadores de un subgénero que nadie más había intentado antes, y del que hoy existen cientos de imitadores. A ese sonido se le ha llamado “bolero sicodélico”, “cebolla electrónica”, “balada funky”: canciones de amor, con toda la destemplanza de la expresión romántica latina, pero interpretadas con instrumentos de rock. Una combinación inesperada pero ganadora, sólo explicable por la extraña asociación que hacia 1968 surgió entre un cantante fanático del bolero y una banda de apoyo que a la vez pensaba en James Brown, los Beatles y Procol Harum.

Otra viñeta elocuente del documental Ángeles Negros: Álvaro Henríquez, líder del grupo rock Los Tres con fama de mal genio, se convierte en un adolescente nervioso cuando tiene por primera vez al frente a Germaín de la Fuente. “De repente pienso que ustedes no saben lo importante que es para nosotros su música”, le comenta en un camarín el hombre de “Déjate caer” a la voz de “Murió la flor”. A los directores Jorge Leiva y Pachi Bustos no les costó mucho reunir también en esa cinta entusiastas testimonios de gente como Los Bunkers y Jorge González. Este último explica: “Si tuviera que hacer un cover de Los Ángeles Negros, copiaría todo”.

Además de ese incontestable legado, existe una excusa poderosa para el show de reunión a fines de noviembre: en octubre de 1969, hace exactos 40 años, Los Ángeles Negros terminaron de grabar Y volveré, su mejor disco (y uno de los pocos que hoy se encuentran en CD). Le daba el título a ese álbum un single de brillo instantáneo y estribillo inmortal (“No sufras más / quizás mañana nuestro llanto quede atrás“), acompañado en ambos lados por una seguidilla de temas que más parece el de una antología de grandes éxitos: “Cómo quisiera decirte”, “Mi niña”, “El rey y yo”, “Murió la flor”. La cultura popular chilena ha sido en extremo descuidada con el resguardo de sus cumbres musicales. También en 1969 aparecieron discos como Abbey Road, Elvis in Memphis y Let it bleed, inscritos en cualquier enciclopedia de estudio de la música popular en inglés. A escala local, Y volveré no es menos que todos ellos; por mucho, claro, que en su momento sólo haya parecido cebolla bien cantada.

*revista Capital, octubre 2009.

4 comments October 24, 2009

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista free-lance en Santiago de Chile, especializada en música popular.

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