copyright: con qué derecho

May 12, 2008

Aunque usted no lo crea, hasta el año 2030 la compañía Time-Warner tiene la facultad legal para cobrarles una tarifa a quienes canten en público el “Happy birthday”. La firma maneja los derechos de unas tales hermanas Hill ⎯quienes en 1893 registraron la partitura⎯, y recibe más de dos millones de dólares anuales por esa recaudación absurda. Obras de teatro, tarjetas postales electrónicas y restaurantes no han podido salvarse del tributo, que al menos por ahora ha pasado de largo de jardines infantiles y gente como uno.

Más disparates: quienes hoy administran los derechos de las canciones de Village People no permiten que se usen en documentales sobre gays; Tom Waits demandó a Opel por poner en un comercial a un hombre con su misma voz carrasposa; y la Fundación John Cage amenazó demandar a un grupo llamado The Planets por haber dejado en un disco un minuto de silencio, que ⎯según los querellantes⎯ era un plagio al famoso compositor minimalista.

También la frase “I can’t get no satisfaction” es propiedad privada de los Rolling Stones.

Nadie niega que el fortalecimiento del derecho de autor resultó vital para el desarrollo de la música popular del siglo XX; pero pocos se atreven a decir que sus bases teóricas se plantaron sobre un terreno que ya no existe, pues la tecnología lo ha convertido en un campo sitiado por un inminente caos legal, éconómico y ético, tan difícil de ordenar como de comprender.

La de Lawrence Lessig ha sido una voz sensata en este debate complejo que enfrenta al Goliat de las corporaciones con las hondas precarias de quienes creemos que también la regulación debe ser regulada. En su estupendo Cultura libre (LOM lo editó el año pasado en español), el abogado estadounidense demuestra que la historia de la cultura popular sería impensable sin la cita como recurso creativo, y que actualmente el copyright más limita que beneficia a una industria que se cree a salvo imitando al perro del hortelano (no come ni deja comer).

Las disqueras se sostienen sobre normas excepcionalmente rígidas, y a veces resguardan con celo música que no conocen ni saben de quién es; desestimando los beneficios que, por ejemplo, ofrecen los nuevos sistemas de intercambio P2P (entre iguales) para la difusión y el fortalecimiento de la propia industria (que, no olvidemos, alguna vez también se sintió amenazada por la radio, el cassette, MTV o el iPod).

Hace sólo unos meses, Sony-BMG cometió una torpeza infinita cuando introdujo en algunos de sus discos un dispositivo antipirateo (el DRM) que terminó por dañar miles de discos duros. Hoy enfrenta querellas que podrían costarle millones, además de haber contribuido a que se asiente la idea de que las multinacionales consideran a sus clientes como potenciales pillos. Quizás pensaba en ellos el cantante de Radiohead cuando, hace poco, describió a la industria musical como “un montón de jodidos retardados”, sin sensibilidad ni información sobre cómo funciona hoy la música. Lessig prefiere llamarla “un lugar con demasiados abogados”. La guerra está declarada, y no hay que comprenderla para disfrutarla.

(versión mejorada de columna para La Nación Domingo)

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista free-lance en Santiago de Chile, especializada en música popular.

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