nico: songs they don’t play on the radio, james young (memorias)

June 27, 1990 at 2:23 pm Leave a comment

Nico a medialuz


R
ara vez se documentan los “tiempos muertos” de la vida rockera. Las discusiones inconducentes en un ensayo. Las vacías horas de espera tras una prueba de sonido. Las tardes de nada en un pueblo de provincia. Quien se interesa en perpetuar la estela de exceso ondulada por el molde-Stones no querrá ver (ni registrar) los muchos pasajes cotidianos en que los ídolos de masas son poco más que mortales ansiosos por un cigarro y la falta de tema.

Un género que avanza entre parlantes y focos puede aportar muy poco cuando se le intenta describir en sus horas de medialuz y vacío. O mucho, dependiendo del narrador. Han sido escasos los escritores con el talento suficiente para captar la poesía adosada a personas con vocación de masas y nombres de neón a quienes las cosas no les salen como quieren. Cuando hablamos de rockeros, la velocidad crucero de la frustración suele experimentarse junto a drogas demoledoras, personajes extravagantes, escenarios sórdidos y los recuerdos de una gloria (efectiva o no) que sólo profundizan el patetismo. En una cultura mediática que dicta quién triunfa pero que también adora la redención de los perdedores, nadie parece dispuesto a detenerse en las historias mínimas de quienes, simplemente, no tienen nada mejor que hacer que seguir marcando el paso.

El músico británico James Young jamás estuvo en la Factory. No conoció a Andy Warhol ni a Lou Reed. De Eddie Sedgwick o Gerard Malanga tiene poco más que decir que lo mismo que cualquiera que ha visto sus fotos: “Qué buena pinta”. Su carrera de tecladista acumula logros irrelevantes para la revista Mojo.

Y, sin embargo, es probable que no exista un mejor retrato de la cantante Nico que el que logra en las poco más de doscientas páginas de su libro Songs they don’t play on the radio (publicado en Estados Unidos como Nico: The end). Los versados en la Velvet Underground saben que el tiempo de brillo de la alemana junto al grupo fue brevísimo (un disco, dos affaires, varias fotos inolvidables), y que de Nueva York se devolvió a Europa para ocuparse en una larga carrera solista de mérito rara vez reconocido. Pero es su belleza, su pureza, su dependencia de la creación de Lou Reed lo que una y otra vez se repite en esas biografías que encandilan a los cronistas que jamás han querido escarbar bajo la alfombra de mito en la que hasta hoy pisa la troupe de ociosos que distraían a Warhol y los Velvet. James Young, por el contrario, no tiene interés en parecer amigo ni confidente de ninguna “celebridad”. Explica en la introducción:

“La conocí sólo en la última década de su vida, mucho tiempo después de que habían pasado los créditos y cuando ya había agotado la paciencia e interés de la mayoría . Lo que podría haber sido el narcisismo perdonable de una belleza de moda se había convertido entonces en un egoísmo cansador e indigno. Después de todo, ya no era encantadora ni misteriosa; ¿qué derecho tenía, entonces, a rabietas e impaciencia?”.

Más que “encantarse” con Nico, digamos que Young la padeció. Fue el tecladista de su banda cuando Warhol ya no respondía sus llamados, y la adicción a la heroína había barrido con la belleza que antes encandiló a Fellini, a Alain Delon, a Jim Morrison. Sin dinero ni reconocimiento crítico, Nico era, a principios de los años ’80, una artista aburrida con su pasado, y frustrada por su incapacidad de llevar a buen puerto sus escasas –aunque conmovedoras— ideas. Motivada apenas por la promesa de un próximo pinchazo a la vena, a Nico no le quedaba más que marcar el paso en escenarios pequeños ante el cual se congregaban sujetos tan oscuros y perdidos como ella. Es lo que Young llama “su último ambiente”, “ese extraño pequeño universo que habitaba en el medio de la nada, y del cual era ella el centro fijo”.

Y aunque nadie a su alrededor la soportara, era sólo su presencia lo que podía explicar las aspiraciones de todos ellos; ya fuese por ganar aventura, anécdotas o drogas. Más que una biografía de Nico, éste libro es la detención en un período específico de la vida de una artista inexpresiva y los improbables personajes dispuestos a ocuparse en seguirla a ninguna parte.

“Quienes habían sido alguien, quienes podrían haberlo sido, quienes nunca lo serían: personas cuyas vidas rara vez son cantadas por la hipérbole ensordecedora de la Historia del Rock […]. Ella nos influenció, quizás indirectamente. Ninguno de nosotros quería ser como ella, egoísta y sin gracia, pero fue quien nos ayudó a trazar un paisaje diferente para nuestras vidas, diferente al del afan de logro que prevalecía en los años ’80. Nunca, ni por un instante, nos sentimos parte de la Industria Musical. Simplemente estuvimos ahí cuando las cosas no pasaron”.

Young maneja una prosa que no es la frecuente entre los periodistas musicales. Una prosa seca pero graciosa, que condensa sin teorías ni juicios la mezcla de aventura y tragedia, de privilegio y humillación, que supusieron los últimos pasos de una mujer infeliz y más resignada que ansiosa. Una ex modelo de Channel a quien su hijo le regalaba jeringas para alegrarla, y que se enorgullecía de ducharse una vez por semestre. Una compositora que lloraba al recordar su perdida amistad con Bob Dylan y que era incapaz de soportar el esfuerzo de un ensayo, pero que compuso y grabó al menos tres discos que hoy no paran de elogiarse (aunque es evidente que Young llegó a detestarlo, no deja de reconocer el peso de John Cale como único catalizador para ese talento). Una “leyenda” sin mas posesión que un armonio y un pantalón de cuero negro. “Insulada del autoelogio por la reafirmación cálida y anuladora que provee la heroína. Se había encerrado tan profundamente, que hacía mucho rato que no atisbaba la superficie”.

Las biografías o reportajes escritos sobre Nico suelen ser recuentos de las vidas de otros: los nombres brillantes que la acompañaron en Nueva York cuando su belleza helada llegaba a congelar. Ninguno de esos personajes llegó a su funeral en Alemania, menciona Young (quien sí estuvo). El documental Nico:Icon consigue algunas declaraciones vistosas (como las de su hijo, ya adulto), pero se filma desde el embobamiento con una figura que prefiere reforzarse en su dimensión de mito. Lo que uno busca en una biografía bien escrita son rasgos humanos, realistas, comunes. Y ha sido sólo en el recuento personal de Young donde hemos podido atisbar nuestros propios temores reflejados en el espejo de una vida brillante voluntariamente oscurecida.

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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