entrevista a los tres

January 10, 2004 at 6:58 pm 1 comment

Como tenía que ser

La celebración de una década de trabajo ha sido también permiso para un privilegio digno de estrellas. El conjunto revisó, remozó y hasta modificó sus tres discos iniciales, y junto a Fome —el que más los enorgullece— los puso en una caja que está a la venta desde esta semana.

Por Marisol García | Wikén, noviembre 1998.

“Miiiira, quedó como la de los Beatles. Ni los Rolling Stones, pues”.

No son precisamente humildes las referencias que eligen los integrantes de Los Tres cuando entran al bar-restaurante Liguria y ven por primera vez el sobrio envase blanco que adentro contiene los cuatro discos que hasta ahora han publicado. Lo abren, lo alaban, leen el texto en el librito interior. Es la caja con las versiones remasterizadas para Los Tres (1991), Se remata el sigloLa espada y la pared (1995) más la edición ya conocida de Fome (1998), que desde esta semana conmemora con un lujo inédito en Chile los diez años de la banda más vendedora y prolífica (750 mil copias de venta para sus siete discos publicados) hoy a la redonda. (1993) y

Hay un ánimo de evaluación, que le otorga a la cita un peso simbólico y hasta emotivo. “Es un orgullo total, nada de a medias”, dice el cantante y guitarrista Álvaro Henríquez (29) casi acariciando la caja en cuestión. “Son cuatro discos que están re buenos, y eso es de miedo”, agrega, sabiendo que el logro es fruto de una historia tanto o más contundente, incluida de manera tácita en el pequeño envase.

Marcando los límites entre su debut y su más reciente publicación, el primer box-set de Los Tres lleva impresa la inscripción 1991—1998, marginando a la izquierda los años de tocatas de Henríquez, el bajista Roberto Lindl (31) y el baterista Francisco Molina (29) en colegios y salas de ensayo de Concepción, primero como Los Dick Stones y luego Los Escalímetros. A la derecha, la cifra da la impresión de un fin que aún no llega y que el grupo parece distanciar cada vez más, en medio de un momento profesional y personal a todas luces estimulante.

—Éste es un proyecto que sirvió para sacarnos algunas espinas y reivindicar cosas que, en su momento, salieron de una manera que no queríamos—, explica Henríquez, consciente de que son muy pocos los grupos que en algún momento logran mejorar lo ya editado. No son éstas reinterpretaciones, sino que el resultado de un trabajo que buscó dejar los discos como siempre debieran haber sonado. Es parte de un período de, según él, “cambios importantes a todo nivel”, que ya se notan en vivo y que se plasmarán alrededor de marzo próximo en la grabación de un nuevo ábum. “En vivo nos hemos convertido en la mejor banda de covers de nuestros propios temas”, ilustra con sonrisa triunfante. “Estamos agarrando súper bien la Música Tres”.

Santiago, 1988: Al Fin Cuatro Tres
“Yo estaba chato de tocar (guitarra) rítmica y tener que hacer los solos. Me gustaba la cuestión del trío, pero pensábamos que el Ángel estaba ahí, guacho, y que había ene puntos de encuentro”.

En el recuerdo de Álvaro Henríquez parece generosidad pura lo que, en 1988, motivó al más ambicioso de los tríos penquistas a agregar un nuevo soporte a su engranaje, hasta entonces afinado con la amistad que desde su infancia compartían el vocalista, Lindl y Molina. El paso a Santiago no era más que profesionalizar su apuesta, pero también la evidencia de que no todas sus ideas congeniaban con sus capacidades.

—Recuerdo que tuvimos una reunión como de Comité Central del PC para ver si lo incorporábamos o no—, continúa el vocalista, recordando la cita que convirtió a Ángel Parra (32) de guitarrista invitado a un integrante tan guía como el resto. —El suyo es un estilo que habla por sí solo, y que ya pasó a ser el “estilo Tres”. Solos como el de “Amor violento” son cosas que ya teníamos integradas, pero que el Ángel sabía hacer mejor.

—¿Creen que sin la experiencia que traía, el grupo hubiese continuado por una senda menos jazz o folclórica, por ejemplo?
—Parra: Ése es un malentendido de la gente. La identidad del grupo está en el carácter de cada uno, de lo que todos vivimos desde chicos. Entonces no es algo que se pondría en riesgo si yo no estuviera, o no estuviera Pancho.
—Lindl: Es un producto de los cuatro.
—Henríquez: Ángel no vino a afirmar nada, sino que hizo que la cuestión siguiera por el camino que nosotros queríamos que siguiera.

—Y pareció ajustarse perfectamente a la porfía que ustedes traían de Concepción. —Henríquez: La idea era ser los más pulentos, los mejores. Conversábamos mucho eso de “les vamos a enseñar qué es lo que es bueno”. Y el disco tiene esa onda de si te gusta, bien; y si no… Es como el más despectivo. Si nos hubieras visto en vivo…

—Hace un tiempo decías que tu proyecto solista son Los Tres. ¿Qué pasa con esa impresión de que éste es un grupo que toca las composiciones de Álvaro Henríquez?
—No, pues, para nada—, responde rápidamente el vocalista. —Eso es lo que la gente cree, quizás porque soy el que más habla. Pero nuestras influencias son únicas, y no sólo en Chile. Somos una mezcla de todo y, si yo hiciera un disco solista, seguramente le pediría al Roberto que tocara bajo, al Pancho que tocara batería y al Ángel que tocara guitarra, ¿cachái? Son los músicos a los que les mostrái un acorde y saben perfectamente qué canción es porque la tocaban de chicos. Eso es algo muy difícil de manipular.

Oz, 1993: Glamour de Barrio Bellavista
Siguiente síntesis, gentileza de Álvaro Henríquez:

—Es súper sencillo: cuando yo veía la carátula de Se remata el siglo o entraba a un bar y ponían una de las canciones, me daba mucha lata. Y ahora no.

No es sólo un cambio interno el que separa ambas reacciones ante el álbum publicado por la banda en 1993. Debut para la multinacional Sony Music tras años de promoción de menor perfil en Alerce, el segundo disco del cuarteto fue, según Los Tres, el fruto de puros conflictos.

—¿Qué tanto les disgusta? Le cambiaron la carátula, quitaron dos temas… Queda la sensación de que estuvieran casi avergonzados.
—Henríquez: Nunca avergonzados, porque muchas de las canciones son re buenas. Pero sí diría que fueron malentendidas. Nuestra idea era que el disco sonara como AC/DC, pero no nos pescaron.
—Parra: Nosotros teníamos bastante claro cómo queríamos grabar el disco, pero no nos dieron ninguna cabida. En la mezcla, ibas al baño, volvías y ya habían cambiado algo (risas).

—¿Tanto?
—Molina: En ese tiempo, había una cosa de imagen muy potente con La Ley. Entonces el sello usaba su equipo de trabajo como único referente. Había que hacer el disco con el mismo productor, grabar el video con el mismo director, usar al mismo fotógrafo.

—¿Y a ustedes al menos les gustaba La Ley?
“No mucho”, dice Álvaro. “A mí tampoco”, agrega Ángel, “me empezaron después a gustar más”.
—Éramos como los chivos expiatorios de todo un movimiento del cual ahora no queda ni la mitad de los grupos. Veníamos saliendo de todo lo romántico que es un sello que trabajaba para el público universitario, y metiéndonos en oficinas donde nos ofrecían billete, vestuario, lanzamiento. Era la primera vez que manejábamos un presupuesto. Me acuerdo que el concepto era de: “Men, tenemos que vender veinte mil copias” antes de siquiera haber grabado una canción—, cuenta Molina.

—¿Recuerdan el momento en que dijeron “no, esto ya es mucho?”.
—Molina: Yo creo que fue tiempo después del lanzamiento. Hace tres años me acuerdo de haber visto el video de “No sabes qué desperdicio tengo en el alma” y… (ríe) Ahí sí que me di cuenta que estábamos pintando el mono pesado.

El lanzamiento de Se remata el siglo fue el acontecimiento del mes en la discoteca Oz, presentado por los rostros más reconocibles de las teleseries y con la graduación de meses de trabajo entre el grupo y un vestuarista especialmente designado.

“Nada”, dice Ángel Parra, riendo como avergonzado. “Fuimos nosotros los que le enseñábamos a él cómo se vestía Mike Patton, AC/DC. Es que éramos como cabros chicos. A mí me daba lo mismo tocar con un buzo roto y hawaianas”.

“¿Sabís qué?, interrumpe Henríquez, intentando llevar a buen puerto tanto recuerdo inconducente. “Todo esto, un tiempo me dio mucha lata, pero ahora me da risa. Onda ¿en qué estaríamos pensando? Además que si nosotros o La Ley nunca hubiésemos grabado esos discos, quizás la escena de rock acá nunca se hubiera reabierto”.

—¿Y qué lecciones les dejó ese roce con el glamour criollo?
—Aprendimos que la cosa artística y musical no se toca. Nunca — contesta, enfático, el compositor. —Y el Fome y los discos folclóricos los hicimos nosotros, ciñéndonos estrictamente a lo que queríamos.

Miami, 1996: Todo Chile Canta
Es a través de los covers que quedan en evidencia las influencias de una banda, y Los Tres ofrecen un extenso y decidor material al respecto. A las versiones grabadas para temas de Velvet Underground (“All tomorrow’s parties”), B.B. King (“The thrill is gone”) y Buddy Richard (“Tu cariño se me va”) se suman álbumes completos con versiones para composiciones del folclor chileno, principalmente del fallecido Roberto Parra. Además del repertorio de La Yein Fonda (1996) y el recién lanzado PeinetaLos Tres Unplugged (1996).
están las cuecas y el fox-trot incluidos en

—¿Quién fue el más reacio a enganchar con las cuecas?
—Reacio no, pero no fue una cosa que me apasionó desde el principio —admite el baterista Francisco Molina. A don Roberto (Parra) no le entendía lo que cantaba, prefería mucho más escuchar a Los Jaivas. Me fue entrando con el tiempo, aunque diría que lo que más me ha influenciado es el oficio de los cuequeros. El estilo de vida que tienen es impresionante.

—A pesar de que no se incluyen en la caja, ¿creen que su discografía oficial sería la misma si no hubieran grabado estos proyectos paralelos?
—Parra: No. La influencia que hemos recibido de esa gente va quedando en esos discos, de una forma cada vez más natural. Son discos que nos han permitido alejarnos de los discos de Los Tres y mirarlos desde otra perspectiva.
—Henríquez: Además que el hecho de grabarlos fue como… un statement, porque todos nos decían: “¿Cuándo ha vendido el folclor en Chile? Están locos”.

—Y con “¿Quién es la que viene allí?” el resultado fue casi abrumador.
—Henríquez: Para cualquier grupo yo creo que es descolocante llegar a ese nivel de exposición. Acá en Chile éramos entre los héroes de la batalla y el guerrillero que todos llevamos dentro, o algo así. Ese rollo de recuperadores de la cultura era… te levantabas en la mañana y como que te sentías cargando el peso.

1991-1998: Los Temas Son los Mismos
—Ver cuatro discos en una caja produce una sensación casi de cierre, como de archivo de una etapa. ¿Crees posible extender eso a tu trabajo de letras?

—Henríquez: Yo creo que sí.

—Porque concuerdas que en estos cuatro discos hay temas recurrentes.
—Sí, pero no le doy mucha vuelta a mis letras. La verdad, para mí es un misterio por qué uno vuelve a un determinado tema. Incluso a veces me sorprendo diciéndome “chuta, de nuevo”. Pero no tengo una justificación. Lo único que te podría decir es que a veces leo y digo: “Esta letra está increíble, me identifica tanto”.

—Nadie podría haberlo dicho mejor.
—Claro. Como que me reconozco.

—Pero, ¿qué pasa personalmente cuando se desarrollan tantas canciones que tienen al desamor o la muerte en roles protagónicos?
—Me interesan esos temas porque es como limpiarse. Una vez que los haces no tienes que ir al psicoanálisis ni nada.

—El primer disco incluye canciones bastante íntimas escritas en tu adolescencia. ¿Es esa una candidez que se pierde con el tiempo?
—Nunca sentí vergüenza por lo que escribía. El consuelo que tenía era saber que no era el único.

—Ese nivel de exposición arriesga experiencias bastante fuertes con fans identificados, ¿no?
—Sí —, suspira por primera vez Henríquez—. Episodios como muuuuuy intensos, onda “concebí a mi hijo escuchando ‘Amores incompletos’”, o cartas. Pero es que también hay muchas canciones que la gente cree entenderlas, cuando en el fondo no las entienden. Mis canciones no están hechas para que alguien se pegue un tiro al día siguiente. O sea, habría que ser muy huevón para escribir una canción de título “Déjate caer” y que signifique solamente eso.

Uno también es fruto de su entorno, y Henríquez reconoce cierta predilección por la literatura y las estéticas sombrías. “Cuando empezamos, me gustaba mucho cómo escribía Morrissey, y ahora estoy en Nick Cave; entonces no hay por dónde animarse”, explica con una sonrisa. “Es como partir de la base de que el mundo no es alegre y que cuando andai feliz es como para sospechar. Desencanto, pero sin necesidad de patear nada ni gritar”.

—Tampoco evidenciar compromisos, ¿no?
—Más bien hacer alusión. Lo que pasa es que nunca he podido escribir de esa manera; aunque quisiera, lo haría mal. Pero ahora, cuando tocamos “La primera vez”, me impresiona que la letra tenga tanto sentido con lo que está pasando con Pinochet.

—Repito entonces la pregunta del comienzo. ¿Crees que la caja da inicio a una etapa más luminosa?
—Yo creo que eso está pasando. ¿Y sabes qué?, naturalmente, que es lo mejor.

—El matrimonio.
—Yo creo, sí —contesta Henríquez, pausado—. Cambios de vida y de sistemas de trabajo. No es que ahora le vaya a hacer canciones a las mariposas, pero sí es otra etapa.

Liguria, 1998: Gracias por Venir
Desde que Los Tres descubrieron que podían ofrecer sus entrevistas en bares, las antes hipertensas conversaciones promocionales se han convertido en citas en que el grupo intercambia datos y evalúa su carrera con relajo y entusiasmo ad-hoc.

—Creo que a pesar de que no somos un grupo terriblemente amigable, en el sentido de “gracias por venir” o ir a todas las Teletones, la gente le tiene respeto a nuestra música —comenta en un momento Henríquez, mientras ataca los cubitos de queso dispuestos frente suyo—. Y eso habla del crecimiento mental de la gente en general. Que es capaz de escuchar rancheras, pero también cosas de Los Tres.

—Y la sensación ante la caja es, por lo tanto, de logro.
—Claro, lo logramos —dice Henríquez—. “Lo estamos logrando”, rectifica rápida y casi paternalmente Lindl. “Creo que lo que venga después va a ser consecuencia de esto. Siempre hay cambios, pero se mantiene una manera de componer, de tocar, de hacer los discos que está totalmente relacionada”.

LOS TRES SE CRITICAN

LOS TRES (1991)

“Nos pilló súper inmaduros musicalmente, sin mucha experiencia de estudio. Y como muchas de las canciones se habían hecho tiempo antes, mantienen esa ingenuidad y sonido en bruto. Para mí fue muy importante, porque poco antes de grabarlo me invitaron a ser parte del grupo. Fue un disco que se demoró mucho en tener éxito. Tocábamos mucho en plazas, universidades; todas las facultades de la Chile por precio paquete. La Ley estaba matando y no entendíamos por qué el disco no prendía” (Ángel Parra).

SE REMATA EL SIGLO (1993)

“Lo que más recuerdo de este disco es lo difícil que fue entenderse con el productor (el argentino Mario Breuer). Se nos hizo muy raro trabajar con un tipo que pretendía lograr una media entre nosotros y La Ley. Buscábamos un sonido más AC/DC, Faith No More, estaba entrando Nirvana. En ese tiempo había una relación muy estrecha entre los cuatro, entonces compartíamos bastante las letras del disco, bien directas” (Francisco Molina).

LA ESPADA Y LA PARED (1995)

“Traía dos singles muy buenos, ‘Déjate caer’ y ‘La espada y la pared’, que nos hicieron ubicables en el mapa. Fue el segundo disco junto a (Mario) Breuer y creo que le agarramos más la mano a lo que era trabajar con un productor, acercándonos al sonido que después tuvo Fome. ¿Triste? Sí, puede ser por la etapa por la que estábamos pasando” (Roberto Titae Lindl).

FOME (1998)

“En hartos sentidos, yo creo que éste es el disco que más me gusta: son canciones nuestras, con nuestras influencias y suena de miedo. Y hay canciones que las encuentro increíbles, como ‘Toco fondo’, ‘De hacerse se va a hacer’, ‘Me arrendé’. Es bien intenso como disco y para mucha gente fue descolocante. O sea, tratar de entrar a México con esta cuestión no es chiste. Es un disco súper descriptivo del momento en que estábamos entre nosotros, que tampoco era color de rosa” (Álvaro Henríquez).

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  • 1. Los Tres x « De Gira  |  May 11, 2008 at 10:58 pm

    […] May 11, 2008 Los Tres: Como tenía que ser (Wikén, 1998) […]

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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