entrevista a tito fernández, cantautor

February 10, 2004 at 6:58 pm 1 comment

Vivir para cantarlo

38.719 páginas manuscritas engrosaba, al momento de esta entrevista, el diario de vida de El Temucano, el cantor chileno seguramente más cerca del crossover perfecto: querido por la izquierda y los militares, los escritores y los campesinos, los folcloristas y los universitarios que aún coronan sus fiestas con “Me gusta el vino”. Son 52 tomos de una vida cruzada hasta por encuentros con extraterrestres y una compleja relación de identidad. “Es que tengo que soportar al Tito Fernández”, se queja.

Por Marisol García | revista Fibra, 2003


No debe haber más de diez centímetros cuadrados libres en las paredes del escritorio de Tito Fernández. Afiches, fotos, libros, discos de vinilo, oro y platino, se encaraman desde el suelo hasta el techo en la enorme pieza reservada por el cantor para su trabajo, al fondo del departamento en el que vive hace unos ocho años, cerca de avenida Matta. Son recuerdos acumulados en más de cuarenta años de trabajo, trasladados algunos desde su Temuco natal, importados otros desde sus viajes promocionales por Europa, Canadá, Australia. “Ésta es una pieza que se traslada conmigo, que la he tenido en cada lugar en el que he vivido. Esto es un mundo”, explica.

Pero no es el concepto de souvenir lo que se asocia al autor de “La casa nueva”. Lo que rodea esta tarde a Humberto Waldemar Baeza Fernández son signos de afecto, y no tanto de sus seguidores hacia su trabajo. Tito Fernández quiere lo mismo al profesor Tulio Mora Alarcón —en foto, pared oriente—, inspector general del liceo de Temuco como al argentino Atahualpa Yupanqui —en grabado, pared norte—, a quien no le fue necesario conocer personalmente para presentarlo esta tarde como “aquél de dónde vengo”.Para hablar, ha interrumpido la copia en computador de un resumen de su diario de vida (disponible en http://www.titofernandez.cl), memorias manuscritas iniciadas el 25 de agosto de 1964 y aún en proceso.

¿Qué edad tenía cuando las comenzó?
—Nací el 42, saca la cuenta… 22 años, pues.

¿Y para qué ponerse a escribir la vida?
—A mí me asocian todos con mis canciones, mis discos; y yo soy una persona, pues. Tengo una vida que va más allá (o más acá, no sé), pero que no sólo está relacionada con la música. La primera página de mi diario define por qué he decidido dejar mi vida escrita. Léela tú misma.

A ver: “Al comenzar a escribir este libro dejo atrás una etapa de mi vida y comienzo a vivir esta otra, que no sé a dónde me irá a llevar. Hoy me voy y mi deseo más grande es que todos aquellos seres queridos que se quedan sean más felices sin mí”. ¡Parece un epitafio!
—Pero mal epitafio, porque ya llevo como treinta y ocho mil páginas. Yo decidí irme por el mundo a recoger el canto… intuía que así se hacía un cantor, no en un escritorio.

¿Intuía también que le sucederían cosas grandes, importantes?
—Yo creo que eso lo intuimos todos. Pensamos que nuestra vida será muy importante, y después uno se da cuenta de que, bueno, que ha sido importante pa´ uno, no más. Pero leer sobre la vida de otros seres humanos es interesante, uno es un poco morboso.

¿Y son sinceras sus memorias? ¿No les pega una arregladita?
—Cuando las escribo, en el momento, son francas. Con este ir resumiendo me he encontrado con trabajos olvidados. Tengo poemas sobre más de doscientas ciudades chilenas. Y algunos son súper bonitos. Ya me voy a dedicar a tipearlos.

¿Cree que le quedan muchas páginas al diario?
—Pienso que se va a terminar luego. Pero eso lo vengo pensando desde el tomo número uno, y voy en el 52.


El “síndrome Tito Fernández”

Mantiene un ritmo regular de presentaciones en vivo, publicaciones. Parece usted un músico muy persistente.
—Pero es que yo tengo que cantar, porque si no, no como. Siempre he dicho que no me gusta el escenario, pero eso sólo lo digo porque cuando estoy abajo no hallo la hora de subirme. Tengo una suerte de relación de amor-odio con el escenario: me cansa, me exige, me hace sufrir mucho porque yo no me considero un buen intérprete. Entonces tengo que soportar al Tito Fernández.

¿Soportarlo?
—Me gusta cómo escribe, pero a mí no me gusta el Tito Fernández como intérprete. Nunca me gustó, y ha sido un fenómeno muy extraño porque desde niño tuve mucho éxito. Entonces el escenario vendría siendo como una suerte de tortura necesaria: gracias a él puedo vivir. Yo no hago otra cosa.

Preso del éxito.
—No sé, pues. Es lo que yo llamo el “síndrome Tito Fernández”, una enfermedad que se pega. Entonces empezai a hablar todo en octosílabos. El Tito Fernández conversa, canta, escribe en octosílabos… es más cuadrado que un dado. Y en la vida hay que ser más desordenado.

Sí que es un buen escritor.
—Nooooo, yo no soy un escritor. ¿Un escribiente? ¿Escribidor, quizás? Un escritor sabe. Yo quise aprender pero no me dejaron. No me dejó el medio ni los maestros que elegí… me decían que yo tenía tanto talento que si me enseñaban algo se me iba a perder. Me han dicho muchas veces cosas así como: “Nosotros no te podemos enseñar, tenemos que aprender de lo que tú escribes”.

¿Y eso no lo halaga?
—Por un lado me parece grosso. Con el tiempo me he ido convenciendo de que algo sé, quizás porque hay cosas que he aprendido sin darme cuenta, en este caminar que comienza en la primera página de mi diario. Es que después aprendí yo que un cantor se hace en el camino.

Parte de la gracia de sus canciones es la insolencia.
—Siempre digo que en la vida tenís que tener algo de patudez. He visto artistas maravillosos que se han perdido porque les hace falta esa cuota de insolencia necesaria para meterse, qué sé yo, en este “mundo artístico” donde yo me desarrollo. Y es re-complicado porque te podís pasar de la raya. Pero aquí tenís que tocar puerta por puerta. Y si no te reciben, pues quédate sentado afuera hasta que te reciban.

¿Es la historia de su vida?
—Yo soy de otro Chile, de cuando hasta venir de visita a Santiago era una hazaña. Con mi situación económica, mi educación; que yo estuviera en Santiago era algo que no me correspondía. Entonces, ¿cómo iba a pensar en grabar un disco? ¡Ni soñarlo!

Súper solo

Hay revistas antiguas donde usted figura casi al nivel del Pollo Fuentes. La revista Ramona lo eligió el artista más popular de 1972.
—Sí, sí. No podía ni salir a la calle. Los jóvenes se dejaban el bigote igual que yo, el pelo igual que yo. Se ponían los chaquetones de lana iguales a los que tejía mi señora. Pero yo viví a concho esa cuestión, lo pasé chancho. Era lo que me tocaba y le saqué el jugo.

¿Y hoy?
—Me llama la atención ver a los cabros en las universidades entusiasmados conmigo. Les digo ¿por qué me invitan a un festival con Dracma? Y me dicen: “Pero, don Tito, es que sin Me gusta el vino no puede haber una fiesta”. Igual me sorprende.

¿Ha cultivado buenos amigos?
—No, soy súper solo. Mi gran amigo se llamaba Roberto Parra, mi guitarrista por veintitantos años (sin relación con el autor de La negra Ester). Cuando falleció, la Cecilia Echenique dijo algo genial: “Tito se quedó viudo del matrimonio que más le ha durado”.

¿Una soledad voluntaria?
—No, no. Pero estoy demasiado metido en mis escritos, debe ser un error eso. Ahora me pienso ir a dar una vuelta al Sindicato de Folcloristas para ver si me encuentro con alguno para hablar algo, no sé.

En la amistad, los romances y la paternidad, Tito Fernández vuelve a ser el tipo autocrítico que dice sentirse sin autoridad para aconsejar a nadie: “Yo he sido un pésimo papá. He ayudado a criar diez hijos, pero míos son cinco. Siempre he sido un papá distinto. La embarré. En realidad, mi vida ha sido un montón de desaciertos. Nunca debí haberme ido de mi casa cuando chico. Y así, toda mi vida para atrás es un nunca debí. Todo me ha pasado de porfiado. No puede ser bueno un papá que trata de darle todo a los cabros y nunca les prohibe nada”.

Suena amargo.
—No, pa na´. Mira, si me preguntai qué me falta, yo te digo una cosa: salud. Nada más, pos. Yo no tengo auto, no tengo casa. Pero no siento la necesidad de tenerlos. No le tengo aprecio al dinero.

¿Y al cariño?
—Me ha sobrado, he sido muy afortunado en ese sentido. No tengo quejas, al revés. Tal vez yo no he sabido responder a tanto cariño.

A las mujeres, ¿las entiende un poco más que en su juventud?
—La gracia de la pareja es que uno no la entienda, sino qué gracia tendría vivir juntos. Es como haber sacado el puzzle: una vez sacado ya no sirve. No, la mujer es un misterio.

Hay pocas canciones de amor populares en su repertorio, ¿me equivoco?
—Pero ¿cómo se puede cantar al amor? Habría que tener un buen lenguaje pa´ eso. Yo no tengo idiomas, me quedo corto. No es que me falte la intención. Escribir por escribir es abusar de la debilidad emocional de la gente para hacer negocio. Es una industria. Yo podría hacerlo también, pero me daría vergüenza.


Su detención, el 73

¿Le interesa la política?
—Creo que es muy importante. Yo no serviría para ser político, pero es importante que existan. ¡Alguien tiene que manejar el asunto!

Pienso en Pato Manns, Ángel Parra, otros cantores de su generación y usted parece el menos politizado.
—Yo no sé, quizás la gente enganchó con otras cosas mías. Pero sí hice canciones muy políticas (muestra una grabada en 1972 en contra del grupo Patria y Libertad). Cantaba cosas que tuvieran que ver con la contingencia, con las colas, los infiltrados, la manipulación de la prensa.

Usted también estuvo preso.
—Sí (guarda silencio).

¿Un período corto, largo?
—Bueno, ¿comparado con qué? Para uno siempre es largo.

¿Fue un poco después del Golpe?
—El 22 de septiembre de 1973.

Pero usted era muy popular, los militares lo conocían.
—Me querían muchísimo, y eso me salvó de todas. Había mucho militar que no me quería hacer daño. Las pasé feas, en todo caso. No es algo agradable de recordar. Ahí (indica la pared) está mi documento de detenido político. Léelo, te va a dar risa.

Un papel amarillento, enmarcado, registra la detención de Humberto Baeza Fernández entre el 23 y el 25 de septiembre de 1973. Se le libera de culpas aduciendo que el detenido “se compromete a dedicarse exclusivamente a su trabajo”. “Es un certificado raro, ridículo”, estima el cantautor. “Tuve que sacarle una fotocopia, plastificarla y mostrarla cada vez que me querían meter preso. ¿Y viste de qué unidad es el membrete de ese certificado?”.

“Ministerio de Defensa Nacional. Escuela de Especialidades del Grupo Aéreo”.
—El 58 yo había sido estudiante de la Escuela de Especialidades. Fui mayor de esa Escuela, bastante distinguido, jamás imaginé que iba a dar preso ahí. Pero, no sé, llegué a esa unidad, no a otra. Y llegar ahí fue terrible, todo el mundo me quería llevar preso, se hizo un operativo muy grande en mi barrio.

¿De qué se le acusó?
—De todo lo que tú puedas imaginar: porte de armas… ¡uf! Pero… son temas complicados. No fue fácil.

¿Se puede recordar esto con algo del humor con que trabaja sus canciones?
—No. Es demasiado, demasiado… demasiado. Hasta ahí no llego yo, no podría.

¿Sale algo bueno de ahí?
—En primer lugar, el recuerdo me tiene en una permanente lucha contra el resentimiento. Pero eso yo creo que no se va a acabar nunca. En algún tiempo creí que yo había perdonado… ¡ja!

Encuentros cercanos

¿Y su interés por la astrología?
—Me gusta harto, sí. Más bien he trabajado en eso que leído. No se necesita leer tanto, uno va descubriendo cosas. Pero se resuelve una duda y se abren otras diez interrogantes. El signo de interrogación sobre la cabeza de uno es permanente.

Sí se metió bastante en el tema de los extraterrestres.
—¡Nunca! Andan a la saga mía, pero que yo me haya querido meter… Me han pasado cosas pero como a tanta gente, no más. He visto cosas, pero eso no es para que venga un gallo desde Estados Unidos a hablar conmigo, como ocurrió.

¿Qué es lo más raro que vio?
—Son cosas sin explicación. No me gusta referirme a este tema porque pa´ qué. Pero vimos unos aparatos volando, unos personajes, cosas que son inexplicables. Fue el año 74, en el norte. De esa experiencia te queda algo súper valioso: tú quedai incapacitado de decir “eso no puede ser”. O sea, uno puede decir “yo no me lo trago”, pero de que puede ser, puede ser. Y eso te cambia la vida. Completamente. A nada yo digo “eso es imposible”.

“Mira, te voy a mostrar algo. Después de esa experiencia, yo agarré un lápiz y me puse a escribir. ¿Por qué? No tengo idea”. Muestra un libro enorme, seguramente con más de tres mil páginas, con tapas como de madera, lleno de dibujos y textos manuscritos.

¿Y estos textos los copió de alguna parte?
—No, me salían de la cabeza no más. La forma del libro, los dibujos… no sé de dónde se me ocurrían. Ni me acuerdo cuánto me demoré en hacerlo. Y ¿para qué? ¿Cuál será el objetivo de eso? Yo lo desconozco.


Recuerdos de la UP


“Lo que pasó es que en el gobierno de Salvador Allende se abrieron todas las puertas, todas las ventanas, todos los agujeros para que uno pudiera llegar a los medios. No hubo restricciones. Por ahí pasé yo, pero eso duró muy poco y se cerró violentamente con una represión brutal. Sin embargo, esos discos y esos artistas están en la memoria colectiva de este país (…). Hoy son otras cosas las que interesan, no el talento. O sea, yo no sé qué talento tiene la Marlene Olivari, aunque yo la encuentro espectacular. Quizás no tiene por qué tener ningún talento”.

-Víctor Jara: “Tengo una historia maravillosa con él. Gracias a él grabé La Casa Nueva, que a mí nunca me gustó. Veía que me la aplaudían mucho en la Peña de los Parra y él fue el gestor de mi segundo disco en DICAP, una marca donde él tenía mucho que ver. Y él me pidió esa canción. Pero no fui muy amigo, no tuvimos una relación más allá del trabajo. Yo estaba muy abajo comparado con él”.

-Ángel Parra: “Por él canto, por él estoy en los discos. Mi compromiso con él es incondicional, eterno. Él me trató de ayudar en mi primer disco, pero no me dijo “canta así o asá”. Él podía haberme señalado un rumbo, porque a mí no me conocía nadie. Pero confió en mí y en mi propuesta”.

-Patricio Manns: “En ese tiempo (los años 60, 70) los artistas no se medían por cuánto vende, cuánto produce… se apreciaba el talento. Sin duda yo vendí más discos que Patricio Manns, pero eso no significa que yo esté a la altura de Patricio Manns. O sea (se ríe), ¡el Pato Manns las tiene todas! Hasta es buenmozo”.

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  • 1. Lidia Jaime  |  April 10, 2012 at 11:54 pm

    Muy interesante su experiencia vivida hace años atras ,,a mi me encantaría poder contarle algo que me pasa creo yo q en sueños ,vi unos vídeos suyos con salfate ,lo que yo veo en mis sueños es feo terrible creo q es lo q va a pasar realmente…….y una sobrina lo vivió personalmente mirando en su propio dormitorio estando ella viendo televisión despierta,a un ser con una cabeza enorme como triangular de pequeña estatura

    Reply

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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