música y poesía (reportaje)

August 10, 2004 at 6:00 pm Leave a comment

Versos en partituras

Los discos en los que Neruda, Mistral, Parra, Zurita, Pezoa Véliz y Huidobro se quedaron para cantar.

Por Marisol García | “Revista Libros”,
El Mercurio, septiembre 2000.

Entre los escritores, sabemos que el reciente Premio Nacional de Literatura no encontró automática unanimidad, pero el mundo musical sí parece estar dispuesto a darle a Raúl Zurita el reconocimiento tan cuestionado por sus pares. El grupo de raíz latinoamericana Viento Sur (ex Vientos del Sur) presentó hace unos días el disco Que se raje el cielo, musicalización para un conjunto de siete poemas del autor de Anteparaíso —seis de ellos extraídos del libro El amor de Chile (1987)— y que el conjunto tenía grabados hacía más de dos años, mucho antes de la reciente polémica. Lo suyo ya es fidelidad: su anterior álbum, Nueva actitud (1984), también incluía poemas de Zurita —algunos, incluso, a cargo de su propia voz— además de otras musicalizaciones para versos de Diego Maquieira, Antonio Gil, Enrique Giordano y Gonzalo Muñoz.

No es ni será el primer intento por acercar el ritmo propio del arte poético a las sonoras armonías de la música popular. Acaso con mayor audacia que los propios literatos, diversos arregladores e intérpretes han obedecido a la consigna de Chile como “país de poetas”, llevando un sinfín de versos nacionales a los dispares lenguajes impuestos desde la academia hasta el rock orientado a radios.

Otro de los ejemplos recientes es Cantos de la ciudad sitiada (2000), interesante trabajo de música vocal chilena contemporánea a cargo del pianista y compositor Cirilo Vila y el tenor José Quilapi, grabado con financiamiento del Fondart. Sobre cuatro textos de Pablo Neruda, “El agua” de Gabriela Mistral, “Capitanía” de Cristina Miranda y “T.V.” de Enrique Lihn —más poemas del español Federico García Lorca y el cubano Nicolás Guillén— la dupla lleva los versos al formato de la música atonal.

El manifiesto detrás de este proyecto, en el que participaron varios compositores, sirve de síntesis para otros esfuerzos similares:

—En el largo país chileno —escribe el musicólogo Rodrigo Torres—, la poesía y el canto constituyen zonas fundamentales, incluso fundacionales, de su vida cultural. Generación tras generación […] la poesía hecha canto ha sido el núcleo de animación de un espacio donde la comunidad se encuentra, se emociona, comparte un imaginario colectivo que incesantemente se recrea en su seno.


Fuentes seguras

Así como la diversidad de formas constituye acaso la mayor riqueza de la musicalización de poesía chilena, pueden establecerse también ciertas constantes en las fuentes de las cuales se ha nutrido hasta ahora esa osadía.

Nuestros dos premios Nobel son, qué duda cabe, el surtidor favorito de compositores e intérpretes. Tan sólo a partir de los versos de Gabriela Mistral (1889-1957) se han grabado musicalizaciones para voz femenina y orquesta (Sonetos de la muerte, dirigido por Alfonso Letelier y publicado en 1948), canciones en clave popular (Amado, apresura el paso de Angel Parra, 1995) y ensayos de ritmo norteño con voces infantiles (Recados de Gabriela Mistral,1996), este último un trabajo musicalizado por Jaime Soto León con el grupo Barroco Andino en la interpretación y la voz de la actriz Marés González. Aunque sin sus versos, Mamalluca, un disco publicado el año pasado por Los Jaivas, tiene a la autora de Desolación como principal inspiradora de los versos escritos por el tecladista Eduardo Parra, precisamente en Vicuña.

—No es tan simple la poesía de la Mistral. Hay versos de mucha dureza, es difícil. Pero el hecho de ponerles ritmos populares los hace cercanos —explica Ángel Parra, quien en Amado, apresura el paso (1995) arregla y dirige versiones tarareables para poemas como “Ausencia”, “Balada” y “Vergüenza”, todas con su hija Javiera en voz. —Reconozco perfectamente mi lado femenino y aquí elegí poemas en los que me sentí profundamente identificado.


Tributos a Neruda

De acuerdo a la riqueza de su búsqueda, Pablo Neruda (1904-1973) ha dado pie a experimentos aún más profundos, casi siempre comercialmente llamativos. El disco Marinero en tierra (1999) reunió como nunca antes en un proyecto nacional a voces tan importantes como las de Milton Nascimento, Miguel Bosé y Andrés Calamaro; todas a cargo de recitar poemas como “No tan alto” o “El tigre”, sobre bases musicales que alternan electrónica, ritmos afrolatinos y rock. Casi veinticinco mil copias de venta hasta hoy avalan el interés hacia un registro que integró a siete artistas chilenos (Javiera Parra, Beto Cuevas, Pedro Foncea y otros) entre sus créditos.

Pero musicalizar los versos del Nobel de Literatura 1971 era ya asunto probado en tiempos de la Nueva Canción Chilena, cuando Ángel Parra se unía al vate en Arte de pájaros (1967), musicalización para el libro homónimo, y grupos como CongresoPancho Sazo en voz retomaría el hilo lírico aún con más fuerza en los años noventa, primero con una revisión para textos de Nicanor Parra (“Pichanga: profecía a falta de ecuaciones”) y luego con un interesante disco que permanece inédito y que bajo el título de Pequeña cantata de los poetas chilenos integra textos de Neruda, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro y Nicanor Parra. debutaban con un disco que incluía su versión para “Maestranzas de noche”. La banda con

Dos de los integrantes de ese conjunto, Hugo Pivovic y Francisco Sazo, grabaron hace dos años bajo el nombre Gustos Reunidos el disco Canto a Neruda, entre agua y luz, en donde se ensayaban lecturas orquestadas para sus versos.

—Nuestra intención siempre ha sido y será didáctica. No me cabe duda que la música se convierte en un vehículo para que los jóvenes se acerquen a ciertos poetas —explica Pivovic, académico de la Universidad Católica de Valparaíso, quien guarda en carpeta proyectos similares con la obra de Gabriela Mistral y Gonzalo Rojas.

Pero, sin duda, el trabajo más significativo emprendido nunca a partir de la poesía de Pablo Neruda fue ese auténtico montaje multimedial que en 1981 produjeron Los Jaivas con Alturas de Macchu Picchu. Con música grabada en Francia y una edición original simultánea en países de Sudamérica y Europa; el álbum tuvo una contraparte visual, grabada en plenas ruinas por el director Reynaldo Sepúlveda y locuciones especiales a cargo de Mario Vargas Llosa.

Pocos saben que ya en 1966 Gustavo Becerra había tomado los mismos versos inspirados en las ruinas incas para un oratorio homónimo compuesto para soprano, dos recitantes, coro, cinta magnética, oscilador de audiofrecuencia y orquesta, un experimento electroacústico del todo vanguardista para su época. Un año más tarde se estrenaba la cantata Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, un texto de Pablo Neruda con música de Sergio Ortega que volvería a mostrarse como ópera en el Teatro Municipal en 1998.

Una década antes, la musicalización de Vicente Bianchi para las Tonadas de Manuel Rodríguez (1955) en voz de Silvia Infantas y Los Baqueanos, llevaron el nombre de Neruda incluso a rankings de ventas discográficos.

—[Neruda] se volvió loco porque dijo que eso era lo que buscaba: que su obra fuera conocida por el pueblo —recuerda Bianchi del trabajo sobre sus “Cuecas” incluidas en el Canto General—. Me pareció que eran versos tan hermosos e importantes para la nacionalidad, que lo mejor era convertirlos en tonadas.

El trabajo entre ambos artistas fue desarrollando una gran amistad, que le permitió luego a Bianchi musicalizar también poemas como “Romance de los Carrera”, “Canto a Bernardo O’Higgins” y “A la bandera de Chile”, todos ellos aún inéditos. Sus arreglos para el “Poema XV”, en cambio, fueron grabados por artistas como Lucho Gatica, Sonia La Unica y Lucho Barrios.


Posmoderna libertad

La elección de poesía contemporánea ha tenido en Nicanor Parra la opción más recurrente. Desde rockeros como Chancho En Piedra (con la versión para “Sinfonía de cuna” incluida en su debut, Peor es mascar lauchas, de 1995) hasta agrupaciones doctas como el Ensemble Bartok —intérpretes de la aún inédita Parrianas, obra construida sobre textos del poeta y música de Gabriel Matthey— han tomado antipoemas diversos buscando principalmente en ellos algo cercano a la propuesta. Similar intención puede adivinarse en Mariana Montalvo canta a Jodorowsky (1997), un disco en el que la cantante chilena radicada en Francia convierte en boleros textos del libro Canciones, metapoemas y un arte de pensar del cineasta, escritor y psicomago.

Pero parte de esa misma libertad formal hace que otros autores recurran a fallecidos vates en búsqueda de voces frescas. Es el caso de Mauricio Redolés, quien tiene en su musicalización para “Nada” de Carlos Pezoa Véliz (1879-1908) —Bello barrio (1987)— uno de sus temas más conocidos.

—Hay un libro de literatura que habla de Pezoa Véliz como una estrella solitaria en el cielo de la poesía chilena. Yo llevo sus versos a [los talleres de] la cárcel de Valparaíso y los presos se alborozan. Creo que él es muy actual y si no hubiese muerto tan joven todos hubiésemos escrito distinto.

En su doble condición de músico y poeta, Redolés debe ser quien más poesías ha integrado a discos, incluyendo versiones para “El poeta y la muerte” de Nicanor Parra, “Al fondo de todo esto duerme un caballo blanco” de Gonzalo Rojas —ambos en el disco Bailables de Cueto Road (1998)— y “Epitafio” de Roque Dalton (incluida en Bello Barrio, de 1987); sin contar un sinfín de versos de poetas aficionados. “Es lo mismo”, compara Redolés. “Si hay alguna aproximación metodológica a musicalizar poesía tiene que ver con lo que te dice el texto”.


“Para hacer bailar a los árboles”

De cómo aproximarse con atrevimiento al a veces rígido canon literario sabe suficiente el músico Andreas Bodenhöfer. Su musicalización de versos de Vicente Huidobro (1893-1948), Besando el abismo, (1993, con voz de Javiera Parra), le entregó el ánimo suficiente para acometer las peculiares intervenciones de voces poéticas chilenas incluidas en Frágiles inmortales (1999). A través de la muy en boga técnica del sampleo, Bodenhofer logró hacer rapear a Gabriela Mistral su “País de la ausencia” y cantar a Pablo Neruda su “Poema XV” a ritmo de bolero.

—Me gusta pedir prestado algo que ya existe por sí solo y recontextualizarlo —explica el músico de su técnica.— Como enseña mi frase favorita de Huidobro: inventar consiste en hacer que las cosas que se hallan en el espacio se encuentren con el tiempo o viceversa, y que al unirse formen algo nuevo.

El responsable del creacionismo fue también la inspiración para que el grupo porteño Transiente publicase en 1999 el disco Un atentado celeste. Años antes, Quilapayún había tomado versos suyos en “Fuerzas naturales”, uno de los títulos del disco Latitudes (1992). Porque hasta el más ideologizado de los conjuntos puede abrirle espacio al vuelo poético de un verso ajeno al sonido, pero dispuesto a someterse a las ricas normas de ritmos y armonías.

Cuando en ese mismo poema, Huidobro habla de “Nueve miradas para hacer bailar los árboles del bosque”, seguramente pensaba en música.


Inagotable Legado

La riqueza dramática y sugerente musicalidad de sus versos convierten a la serie de décimas legadas por Violeta Parra (1917-1967) en material de fecunda inspiración para otros artistas. Algunas de ellas figuran en La exiliada del sur de Patricio Manns, el disco que el escritor y músico publicó en 1971 con la Orquesta Sinfónica y la Orquesta Filarmónica de Chile, y los grupos Inti-Illimani y Blops en sus créditos. Un año más tarde, quien fuera director musical de ese álbum, Luis Advis, se hizo cargo de Canto para una semilla, un trabajo que elevó los textos de Violeta a la altura de una cantata. Inti-Illimani e Isabel Parra figuran como intérpretes de uno de los más memorables trabajos del compositor chileno.

—En las décimas hay una estructura poética que ayuda a la estructura musical,— explica Advis, quien concluida la banda sonora para el filme Coronación, trabaja precisamente en una investigación en torno a la obra de la autora de “Gracias a la vida”. —Tienen la métrica y rima de cualquier otro buen poema, pero sumadas a lo propio de Violeta y que es su chilenidad. Entonces ella tiene el triple mérito de una poesía formal muy grata, además muy chilena y de un valor poético que va más allá de la estructura.

Una inspiración acaso más afectiva encontró su nieta, Tita Parra, en un manuscrito parcialmente inédito y que hace un año decidió publicar como música en el disco Centésimas del alma. Se trata de lecturas en sintetizador y guitarra para una serie de décimas que Violeta desarrolló a partir de aquella conocida enumeración que se inicia con “21 son los dolores”. “De ahí en adelante, ella se voló y llegó hasta como el trescientos. Por eso les llamó centésimas, que en rigor es un formato que no existe”, explica Tita, quien tomó parte del total para incluirlos en su disco. “Me enamoré de esos textos y sentí que había que difundirlos, porque creo que la intención original de Violeta era musicalizarlos algún día. La letra lo sugiere en varias partes, como cuando dice la visita no se mueve escuchando a la cantora”.

En una veta similar, Isabel Parra ha conseguido algunos de sus temas más conocidos musicalizando poemas legados por su madre, incluyendo ahí títulos como “Lo que más quiero” y “Qué palabra te dijera”.

Entry filed under: reportajes. Tags: .

entrevista a pío leyva, sonero entrevista a jorge gonzález, cantautor

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

Trackback this post  |  Subscribe to the comments via RSS Feed


©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


%d bloggers like this: