entrevista a los bunkers

March 10, 2005 at 6:47 pm 2 comments

Canción del sur

Hay cuentas pendientes y muchas ambiciones incomprendidas en la historia del quinteto de Concepción. Pero parecen al fin todas saldadas con La culpa, un disco profundamente chileno, pese a que sus responsables siguen con ganas de verse como los Kinks.

Por Marisol García | Rolling Stone-Chile, diciembre 2003.

Era cosa de reemplazar el puerto de Liverpool por el de Talcahuano, y pensar que de sus voces salía naturalmente el inglés. Los nombres se acoplaron perfectamente, como si las dos más importantes referencias de sus vidas estuvieran vinculadas desde su génesis: la región del Bio Bío —con sus costas, bosques y minas de carbón; sus ideas encendidas y la rutina urbana de Concepción— y los Beatles, el grupo del cual habían aprendido a imitar álbumes completos antes de saber qué harían con su tiempo después de Cuarto Medio.

Primer dato de trivia histórica: Los Bunkers fueron, primero, Los Biotles.

Hasta hoy, los hermanos Mauricio (27) y Francisco Durán (21) guardan lecciones de su etapa junto a los Biotles, una banda tributo que dejó su oído entrenado en la melodía noble que puede salir de sus dos guitarras. Cuidado: cualquier reunión con ellos puede convertirse en una maratón. De haber tenido instrumentos, es probable que estas entrevistas se hubiesen extendido hasta lo inconveniente. Porque cuando Los Bunkers dicen “toquemos Beatles” no quieren decir “Help”. Quieren decir Abbey Road. O Revolver. Sí, completos.
Por eso, cuando en marzo del 2000 los hermanos Durán Fernández y los hermanos López Parra (Álvaro y Gonzalo) decidieron hacerle caso al baterista Mauricio Basualto y mudarse a Santiago para profesionalizar su interés por la música, no entendían muchas cosas de la capital. En esta ciudad extraña, por ejemplo, los músicos no cantan en sus casas.

—Nunca encontramos a alguien con quien tocar para pasar el rato; hasta que el Álvaro (Henríquez) nos invitó una tarde a su casa—, recuerda Basualto (35), el mayor y con más experiencia musical de los cinco y quien traga más centímetros de cinta con su labia evocadora. –También estaba Buddy Richard. Y deben haber sido seis, siete horas, en que no hicimos nada más que tocar guitarra.

—¿Tenían ahí a Buddy Richard y Álvaro Henríquez y no hablaron de nada?
—No necesitábamos hablar de nada. El Álvaro quería pillarnos y nos tiraba las canciones más raras, pero las sabíamos todas. Nos fuimos de la casa como a las cinco de la mañana, totalmente curados, y saltábamos de alegría por la calle. Gritando: “Esto era lo que necesitábamos”. Felices.
No es difícil dejar contentos a los cinco integrantes de los Bunkers. Basta un disco. O varios; para ir escuchando sucesivamente con la boca cerrada y los oídos abiertos a la sicodelia, el beat, la trova, Salvatore Adamo o la raíz latinoamericana que indistintamente ocupa sus intereses. En este mundo especializado hay quienes hablan de guerra, de fútbol o de bacterias. Los Bunkers hablan de música.

Avanzada la jornada, se verificará que el segundo tema de conversación favorito de Los Bunkers es, bueno, ellos mismos. Su historia la han pensado mil veces, cosechando las ventajas de ser “trabajólicos en un país de flojos”, y sobre la base de una compacta institución democrática que discute, sobre todo, los detalles. Cuando recién se mudaron a Santiago, hace casi cuatro años, tuvieron una primera reunión en la plaza Almagro para diseñar el plan de marketing de discos que aún no se grababan, y repartirse dineros que ni siquiera existían.

—El Mauro (Basualto) era el que la tenía más clara, considerando que nosotros éramos re—chicos—, cuenta Gonzalo, hoy un chico de 21 años, pelo rubio e incamuflable rostro de niño. –Pero nos descansamos en él y nos pareció bien. Fue como sobarse las manos y decir “bueno, démosle. Si es así, mejor”.

La que hoy acumula varias nominaciones como la más importante banda chilena del 2003 es –quizás por eso de la Plaza Almagro— una agrupación excepcionalmente prolífica. Su ritmo ansioso de trabajo —tres discos en tres años y una agenda de presentaciones siempre comentadas por su energía y rigor— ha sido recientemente coronado por La culpa, un álbum crudo y eléctrico que ellos definen como “una niña bonita con el maquillaje corrido”, y que es sin duda alguna el más profundo y mejor facturado de su carrera. Las referencias inglesas que se colaban hasta en la carátula de Los Bunkers (2001) y Canción de lejos (2002), se mezclan ahora con evidentes citas a la tradición de raíz folclórica latinoamericana, apretando en el espacio definido de la canción pop instrumentos sorpresivos (bombo, charangos, tiple) y versos a la altura de ese título inquietante.

—Hemos aprendido a descansar más en las canciones; no nos interesa impresionar a nadie. Ya ni siquiera tiene que ver tanto con el rock, porque no buscamos esa cosa clínica, de sobrecargar de notas—, estima Álvaro (24).

—¿No temen que todo esto llegue a convertirse en un asunto demasiado serio?
—Es que somos serios, pues—, responde Mauricio Basualto. —Quizás nos iría mejor ir de payasos, pero…

—¿Debe ser la música popular un asunto serio?
—Es en serio. Todo lo que hacemos es en serio. Y tampoco creo que ninguno de nosotros sea ultra—súper—feliz. No se trata de un dogma, pero más que ser serios o lo que sea, lo que sí me preocupa es no quedarnos pegados.

—No es que no seamos entretenidos—, aclara Álvaro, —pero en la intimidad personal quizás somos mucho más introspectivos y profundos. Siempre nos gustó la implosión: esa cosa de tener mucha fuerza y sacarla, pero para adentro.

Es domingo y hay una nota de Los Bunkers en la prensa. El grupo está en Icarito, el suplemento infantil de La Tercera, un espacio reservado sólo a rostros reconocibles por el target sub—12. Los Bunkers hablan de su disco con simpleza. Y están sonriendo. En serio.

Los prados verdes de la Universidad de Concepción acogen por turnos a familias, estudiantes y punks; pero esta tarde de domingo el clima cálido los ha confundido a todos. Bajo el sol, Concepción parece, al fin, la ciudad viva y diversa que celebra ese single de Los Prisioneros, y que se come el tiempo libre de cualquier ciudadano sensato que elige estirarse en el pasto a mirar los cerros cercanos. Es la ciudad que el romanticismo ha pintado como creativa y revolucionaria –la de Miguel Enríquez y el MIR, el encuentro literario con Allen Ginsberg en los años 60 y, claro, Los Tres— pero que para Los Bunkers se distingue por factores más pedestres.
—Quizás la lluvia hace que la mirada de la vida sea “de la ventana para afuera”—, ilustra Gonzalo López. –Por eso los de Conce estamos más acostumbrados a las reuniones caseras, a las actividades bajo techo. Y eso te lleva a la música, a la lectura, a la conversación.

Fueran o no estudiantes de la Universidad, los jóvenes penquistas de principios de los 80 se paseaban por este campus con el donaire de quien pisa un gran escenario. Ser capaz de nombrar más de quince bandas inglesas de new—wave sin repetir ni equivocarse, era el único pasaporte necesario para ingresar a una cofradía con casa matriz en el foso de la Escuela de Artes; y de la cual saldría gente como Álvaro Henríquez, Jorge “Yogui” Alvarado (Emociones Clandestinas), Mauricio Melo (Santos Dumont) y los hermanos Donoso (Juan Pablo, periodista, y Gonzalo, fotógrafo) para terminar destacando también en Santiago.

—Era un grupo basado en el interés por la música, pero no era un grupo donde se cultivara la amistad—, recuerda Mauricio Basualto, distinguido entonces por el impresionante volumen de su discoteca. —Lo único que importaba era escuchar rocanrol: Sex Pistols, The Kinks, Siouxsie and the Banshees, The Cure. Odiábamos las peñas y a los huevones con chaleco. La pelea era quién era más flaco, quién chupaba más, quién tenía más pololas. Pero todo giraba en torno a la música. Yo nunca supe que el Álvaro tenía apellido Henríquez, por ejemplo; era el Álvaro, y punto. Nadie hablaba de su vida. Era la onda de “soy yo y mis discos”, ¿cachai?

—Todo el mundo hablaba de política. ¿Ustedes no?
—La parte más roquera se aisló harto de eso—, continúa Basualto. —Yo creo que fue como un anticipo de los 90, en el sentido de que la ideología era no tener ideología. Si no me gustaba la onda lana era porque era amargada, pomadera. Era muy fuerte eso de “yo tengo la razón”. Se iban a las manos bastante fácil, y era imposible integrar los mundos. Ahora, el tiempo probó que Concepción era bastante más interesante como ciudad rocanrolera que como ciudad política.

Para el grupo que recuerda Basualto, la deuda de la militancia estaba saldada en la fidelidad que se le guardaba a la música, de parte de jóvenes que encargaban discos de P.I.L. o XTC a los marinos que zarpaban de Talcahuano, y se robaban el semanario NME del Instituto Chileno—Británico para leer en paz entrevistas a los Smiths publicadas varios meses antes. Era, también, un grupo creativo, dentro del cual giraba el entusiasmo de bandas como Los Cuatro Amigos del Doctor, Los Mochileros, Los Enviados y Emociones Clandestinas; estos últimos por lejos los más destacados, antes de que Los Tres alcanzaron estatus internacional. Ya sea como cuna o referencia, fue un grupo que hasta hoy pesa en la sociedad entre Concepción y su muy especial relación con el rock, y que ha permitido a sus músicos ciertas licencias sólo entendibles en los hombres de talento.

—Cuando a Los Tres los calificaban de pedantes, ellos decían que simplemente estaban comportándose como los penquistas que eran.
—Yo vi a Los Tres en situaciones que los demás encontraban arrogantes, y para mí parecía algo normal—, recuerda Basualto. Para Francisco Durán, “si decían que el Fome es el mejor disco del año… putas, era cierto ¿cachai?”.

—¿Es importante también para ustedes alimentar esa autoconfianza?
—Existe en nosotros una fe casi ridícula. Casi René de la Vega… pero con razones—, ilustra Francisco. —Éste es un tipo de pega que tienes que trazar sabiendo que hay posibilidades de éxito de una en un millón. Pero tú dices “ya, pues. Será esa una en el millón”.

—También es un exceso de confianza que viene de la seguridad de que la historia demuestra que apenas el uno por ciento de los artistas destacados en Chile ha sido de Santiago —agrega Basualto y saca la voz por la provincia. —La vida artística de Santiago es vida social; eso es lo que hacen acá los artistas. Yo nunca he podido estar con un santiaguino escuchando tres discos al hilo sin decir nada.

—¿Les caen mal los santiaguinos?
—En general, sí. Nuestros amigos siguen siendo de Conce—, admite Francisco. –A veces sientes que es un error invitar a un santiaguino a tu casa: al tiro va a entrar a revisarte el refrigerador.


También por estos patios universitarios se pasearon como estudiantes Mauricio Durán y Álvaro López, el primero un músico con un título de periodista que nunca ha usado, y el segundo un estudiante de traducción que desde la Enseñanza Media en el colegio Salesiano llamaba la atención de las mujeres cuando se colgaba una guitarra al hombro. Mauro lo recuerda en el patio, “engrupiéndose unas minas” con una canción de The Who.

—Qué poco romántico.
—Pero eso al Mauro le quedó dando vueltas—, dice Francisco. —Nos comentó luego, “eso es lo que necesitamos, un cantante con actitud, medio quebrado”.

—En ese momento, era una actitud chanta, más que nada—, corrige el propio Álvaro. –Yo sabía que al principio cantaba re—mal, y por eso tenía que ser más patudo, más inconsciente incluso.
Pese a su diferencia de edad, Mauricio Durán y Mauricio Basualto se habían hecho buenos amigos en el año 96. Durán quería salirse de los Biotles para componer canciones propias, y le costó convencer al baterista de que sus malas experiencias previas con otras bandas no tenían por qué repetirse: —Me decía “pa´qué. Los grupos siempre se separan, queda la cagada… yo no quiero pasar por esa pena de nuevo”. Y yo le decía “huevón, vamos, trabajemos”—, cuenta Mauricio.

La literatura musical siempre fue importante en la formación ideológica de los Bunkers; por ejemplo un libro de los Beatles, Shout, donde se probaba científicamente que el éxito de los de Liverpool se basaba en puro y simple trabajo duro.

—Cuando conocí al Mauri, yo había decidido no tocar más—, dice Basualto. —Mis viejos ya no me aguantaban con la música, los cassettes ya no cabían en mi pieza, y tenía la batería hace como dos años guardada. Pillarme con el Mauri… yo sentí al tiro que el huevón era capo. Y desde que comenzamos a trabajar juntos, nunca más hubo conflictos. Hasta el día de hoy.

Ese primer grupo del par de amigos se llamó Grass, un cuarteto que también integraba al actual bajista de los Pettinellis (Pedro Araneda) y a un tal Coyote en la guitarra. El tiempo y los cambios acercaron a Mauricio al talento compositor de su hermano, Francisco, así como a los hermanos López Parra. Presionado por la necesidad de un ingreso fijo para mantener a su hijo, Basualto se mudó a Santiago en el verano de 1999 e intentó ejercer como diseñador. Mientras sus compañeros se organizaban y ofrecían sus primeras presentaciones en vivo, el baterista no dejaba de llamarlos e intentar convencerlos de que se mudaran todos juntos a la capital. Instalado en una pequeña pieza de la casa de calle Domeyko que a la vez servía de sala de ensayo para los Santos Dumont y de taller del pintor Hugo Cárdenas, Basualto pensaba en Maquiavelo y no cejaba en su cruzada:

—Yo les mentí—, confiesa el baterista. —Me urgía tanto que ellos nunca quisieran venirse a Santiago que les inventé cosas que nunca fueron. Y los llamaba y les decía “acá en Santiago está todo pasando, tienen que venirse. Y los grupos son muy malos, se visten mal, hablan puras tonteras en las entrevistas. Caguémoslos”.

—¿Es inevitable la sensación de revancha hacia lo que ha sucedido desde entonces?
—Sí, y me siento tranquilo por eso—, confirma Basualto, —porque vivo en un país donde yo ya debería estar contando recuerdos en un bar. La familia te lleva a eso: sentar cabeza, llegar “a alguna parte”.

—Eres el mayor de los cinco. La edad es un tema para ti.
—Es que creo que éste es un país donde se discrimina por edad. Me parece un tipo de racismo eso de “joven, buena presencia”. ¿Qué es eso?

Si no has hecho lo que has querido, acá se te pasa la cuenta de forma bastante prematura. Lo veo en muchos de mis amigos: la mayoría están en lo mismo, hablando lo mismo, recordando lo que hicieron alguna vez. Hay mucho de “todo tiempo pasado fue mejor”. Y se olvidan que la Violeta (Parra) comenzó a grabar sus discos a los 35.

—Cuando estás con ellos, ¿debes explicarte demasiado?
—Ya no tanto, por suerte. Me gusta que los discos que hemos hecho hablan ene por sí solos. Me interpreta heavy la manera en que hemos hecho las cosas, lo que hemos dicho, lo que hemos logrado, lo sencillos que somos, los valores que nos mantienen juntos… es charcha andarlo gritando, pero a mí me tranquiliza mucho. Hemos peleado como hay que pelear: sin pedir favores, respetando a todo el mundo, intentando “ser algo”, más que “hacer algo”.

Vestidos como The Beatles yendo a la BBC, rompiendo un bajo como The Who y cerrando con un cover de los Kinks; Los Bunkers debutaron en vivo en julio de 1999 en la Universidad Federico Santa María. Junto al río Bio Bío, eran tiempos de auge punk, con Machuca y Pegotes elevando la distorsión de locales como Cariño Malo y Medio Toro. —Por un lado, queríamos hacer algo distinto. Pero, por otro, sentíamos que estábamos agarrando la parte más agresiva del mod, una actitud totalmente radical—, explica Mauricio Durán. —Y andábamos de mod todo el día.

—¿No estaban siendo un poco ingenuos?
—Yo creo que sí, súper ingenuos—, admite Mauricio. –Pero creíamos que así tenía que ser el rock, ésa era la imagen de rock que teníamos.

—Es fanatismo, más que nada —, sintetiza Francisco. –Y era una actitud punkie, aunque en Chile lo cool sea parecer despreocupado.

—¿Quiénes son los músicos mejor vestidos?
—Los Beatles, los Kinks, Elvis Costello… Paul Weller, la primera época de Inti—Illimani, cuando aparecían todos con ponchos rojos.

Mauricio Basualto está conciente de la desconfianza pública hacia referentes que pueden ser, por momentos, demasiado evidentes: “Yo estoy seguro que ése es un estigma que quiso implantar la dictadura: que si tú haces algo que ya se hizo, eres un copión. Entonces no hay espacio para influenciarte por otro, para que fluya una conciencia histórica natural. Ves en Inglaterra que los grupos son súper cariñosos con su pasado. Acá, si te basas en un grupo es como si fuera un pecado”.

—¿Es así como llegan a la Nueva Canción Chilena, a tocar en vivo con Claudio Parra de Los Jaivas (en el concierto de homenaje a Salvador Allende, en septiembre pasado)?
—Si te preguntan cuál ha sido el momento cúlmine en la música chilena, la Nueva Canción le gana por paliza a cualquier otro. Si vas a la Feria del Disco y te terminai llevando un disco de Víctor Jara a la casa es porque no hay nada mejor, ¿cachai?—, dice el baterista. Para Álvaro López la elección es lógica: “Nunca la música chilena ha sido tan chilena como en esa época”.
El periodista Sebastián Grant fue el primero en escribir un comentario sobre un show de los Bunkers. Penquista como ellos, el actual editor de la sección Espectáculos del diario Crónica, les concede “un gusto por la música que es genuino, que no tiene que ver ni con la competencia, ni con la taquilla ni con nada más que no sea musical. Eso se nota en lo que hacen, y ese talento lo llevan a cabo con ene humildad. Al principio, sus referentes quizás estaban demasiado encima, pero yo creo que en este disco ellos ya han logrado un sonido Bunkers. Y yo creo que ellos reúnen el talento, tener la película clara y la humildad; y con esas tres elementos siempre te va a ir bien”.

Para Jorge “Yogui” Alvarado, el líder de una de las mejores bandas salidas alguna vez de Concepción, Emociones Clandestinas, lo típicamente penquista de Los Bunkers está en sus influencias, que “persisten y están notoriamente presentes como en todas las bandas de Concepción. Ahora, el desafío creo yo que está en la capacidad de filtrar esas influencias. Porque uno siempre va a tener una raíz, una fuente que te inspira. Pero uno tiene que ser capaz de saber a dónde vas tú con esa información”, estima el compositor de “El nuevo baile”.

Antes que de temáticas sociales, los Bunkers prefieren hablar de canciones con versos de conciencia “compartida”, y hay suficientes ejemplos en su discografía; mucho más en La culpa, un disco con reflexiones inquietantes como los de “Culpable” o “El festín de los demás”: “Ven a recoger las migajas del festín de los demás / puedes escoger lo que quieras de lo que alcanzó a sobrar (…) / Dime quién asumirá la responsabilidad / de las derrotas que sufrí, / nuestro insulso porvenir”. Es otro eslabón en la conocida cadena de tristeza que afirma a la música popular chilena, y que Los Bunkers aprietan con una conciencia humanista que va del descreimiento al asombro cada vez que abren un diario.

Antes estuvo “Miño”, un homenaje al militante del PC del mismo apellido que en noviembre del 2001 se inmoló frente a La Moneda a modo de protesta por las víctimas de la asbestosis que trabajaban o vivían cerca de las fábricas de la industria Pizarreño. “Tu propia tristeza se incendió”, cantaban ahí. Incluso antes, el tema “El detenido” se inspiró en un encuentro callejero casual entre Mauricio Durán y Viviana Díaz, la presidenta de la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos.

—No tenemos problemas en poner en una letra la palabra “corazón”. Pero le tenemos pánico a sacar una letra de mierda—, dice el guitarrista.

—¿Les interesaría asumir un rol de voceros, como podían tenerlo los músicos de la Nueva Canción?
—Es que yo creo que las cosas ya no funcionan como en los (años) 60—, dice Francisco. —Cuesta que una gran mayoría de gente se identifique con un solo mensaje. Nos cargan esos discos con letras del tipo “ésta es la verdad”.

—Ser un ejemplo, no estoy ni ahí—, advierte Basualto. —Prefiero ser una influencia a la larga (…). A veces me da miedo cuando voy al banco y me doy cuenta que no sé hacer un depósito. Supongo que la lucidez uno tiene que enfocarla en lo que uno hace, no más. Si no, terminai en la tele dando consejos de todo, como la Carolina Arregui. Es sospechoso.

—¿Qué diferencia sienten, en ese plano, con otros buenos letristas que puede haber en Chile?
—Álvaro Henríquez, Jorge González… son parte de un grupo con una cabeza visible, y donde el resto como que juega en el mediocampo. Nosotros somos un grupo. Cuando alguien está con nosotros, no logra identificar un líder—, aclara Basualto.

—Nos gustan los Beatles; no John Lennon—, ilustra Álvaro. –Incluso los solistas que nos gustan, nos interesan cuando están con alguna banda.

—¿No debe ser egótico el rock, también? ¿No debe tener rivalidades, y genios y peleas?
—Seguramente. Pero Chile no da pa´eso. Yo encuentro ridículo jugar el juego del rocanrol en Chile. Uno no puede ser excéntrico si no tenís ni uno. Aquí, tú vai a la tele y te preguntan “¿qué se siente ser estrella de rock?”. ¿De dónde? Uno va a tocar, hay dos mil personas, la gente está vuelta loca, salís y vai a esperar la micro.

Se come bien y se come mucho en la casa de los hermanos Durán Fernández, y entre tanto mimo doméstico uno piensa que ya no hay tiempo de hablar de lo difícil. La señora Susana mira a Mauricio como sólo lo hacen las madres orgullosas; exagera y le dice que no es necesario que se corte la barba, que así se parece a George Harrison. Francisco presenta a Maribel, la novia que tiene hace cinco años y que ha seguido sus estudios de Periodismo en Concepción; la misma que lloró hace más de tres años en el terminal de buses cuando comprendió que el grupo quería a su novio en Santiago. Durante el almuerzo, suena de fondo una antología de Isabel Parra.

El padre de los hermanos Durán compró hace muchos años un piano blanco de cola que obligó a hacerle una ampliación a su casa de población René Schneider. Son recuerdos que mezclan ediciones de La bicicleta, discos de Inti—Illimani, videos de Silvio Rodríguez y peñas folclóricas. Una casa “súper estimulante”, según Mauricio, quien tuvo acceso desde pequeño a los libros que su padre compraba con un descuento especial de la caja de compensación de la empresa siderúrgica que hasta hoy lo emplea. En el colegio Salesiano, Mauricio Durán era compañero de Alex Matute, el abogado familiar a los medios por la búsqueda incesante de su hermano desaparecido, Jorge Matute Jones, a quien Mauricio recuerda “perfecto” tocando la guitarra.
Para los hermanos Durán y para muchos de sus amigos fue inevitable imaginarse un futuro en Santiago. De eso se habla en las casas y los bares de Concepción, de que “hay que irse” si se quieren logros importantes. “Es inevitable magnificar la importancia de lo que pasa en Santiago. Prendes las noticias, y están hablando de un choque en Vicuña Mackenna y Rancagua. Y tú dices, ¿dónde queda eso?”, cuenta Francisco.

El actual momento de Los Bunkers es el fruto de sueños que están ineludiblemente anclados en la manera penquista de ver el mundo, una mezcla de autoconfianza, ilusión y esfuerzo que son los de la clase media ilustrada; pero que también supone temores que los músicos no esconden. Para Álvaro, es vital mantener al grupo como el centro protector que siempre ha sido, “desde que llegamos a Santiago y sólo nos teníamos a nosotros mismos”.

—Somos un grupo súper cerrado de amigos. No andamos compartiendo con otros grupos, no podemos ir todos los días al Liguria, no tenemos amigos actores. Y nos gusta ese estilo de vida. Pero es necesario que el grupo suponga un cobijo, un abrigo—, describe el cantante. Para Gonzalo, “hacer que todo esto sea algo seguro tranquiliza también a nuestros padres y a todos, en el sentido de demostrar que las cosas se pueden hacer y que la partida a Santiago no fue ninguna locura”. Mauricio Basualto guarda un temor atávico a las mujeres, y las ansiedades inesperadas que trae consigo el amor, y necesita del mismo modo que de las penas “al menos, salgan canciones. Para que valgan la pena”.

—¿Qué tan grandes quieren ser?
—Nuestras ambiciones son ultra: ser los más grandes, y los que han tocado más lejos, y los que han ganado más premios—, sueña Basualto. —Somos cuidadosos en ser súper seguros y “cachetones” pero poniéndole harto alambre de púa a la soberbia. Pero acá en Chile uno compite con el pasado: uno compite con Los Jaivas, con Los Tres.

—¿Los Tres?
—Ellos trazaron un camino, y que es el camino que sigue estando vacante, y del cual hemos decidido apropiarnos, y que es ser el primer grupo de rocanrol de verdad de Chile. Queremos hacer música en ese formato, sin distracciones de otro tipo de influencias. No somos una fusión de estilos.

Para querer comerse el mundo, Los Bunkers parecen, a veces, demasiado discretos. —Entrar por el ladito—, recomienda Francisco Durán. —No necesitamos engrupir a nadie para que la huevá sea verdad. No tenemos pa´ qué ser amigos de personas importantes, influyentes o taquilleras… no lo necesitamos.

—Nuestro modus operandi es como de dealer: la primera te la regalamos y, si te gusta, vuelve—, cierra Gonzalo López.

Todos vuelven.

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2 Comments Add your own

  • 1. Marjorie  |  September 16, 2007 at 8:55 pm

    no había leido esta entrevista a los bunkers y fué hace tanto tiempo!
    me gustó!
    creo que deberias hacerle otra a estos chjiquillos de conce!
    han crecido… ademas en octubre lanzan disco nuevo…quizás seria bueno saber que ha pasado con ellos en eeste tiempo!
    grande bunkers!
    saludos marisol!
    Marjorie

    Reply
  • 2. los bunkers x « De Gira  |  May 11, 2008 at 11:04 pm

    […] Los Bunkers: “No queremos ser rock, solamente” (EMOL, ) La revancha de Los Bunkers (Rolling Stone, 2003) […]

    Reply

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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