entrevista a álvaro henríquez, cantautor

June 10, 2005 at 4:13 pm 4 comments

The Boss

En un país que distingue bien quién da las órdenes y quién obedece, Álvaro Henríquez disfruta su condición de patrón de un fundo plácido y casi escondido, sin peones ni amenazas a la vista. Su primer disco solista contiene órdenes severas pero también gestos de sorprendente delicadeza. El jefe a cargo de lo mejor del rock chileno de los últimos diez años ya no necesita gritar para imponerse, y asegura tener al fin todo lo que necesita.

Por Marisol García | Rolling Stone-Chile, diciembre 2004.

Hay dos monosílabos que Álvaro Henríquez no solía ocupar juntos hasta este año. O al menos no tan frecuentemente como desde que empezó a preparar su nuevo disco; el primero que, luego de apoyar la composición de al menos otros ocho álbumes, sale a tiendas dirigido a la repisa de “solistas”. Al cantautor chileno con más ediciones y logros en la última década, el 2004 le regaló la clave del “¿Y qué?”, la fórmula sencilla que le ha aclarado todo aquello que las más complejas interpretaciones sobre su persona le negaron durante 35 años.

Tomen nota, como de una fórmula mágica: “¿Y qué?”. O, si prefieren, su versión en el esperanto globalizado: “So what?”.

Porque será lo que escuchen cada vez que alguien le pida explicaciones por el sinfín de cosas que Álvaro Henríquez ha elegido hacer como se supone “no hay” que hacerlas; en su vida y en su música. Sin banda estable, rodeado de un círculo afectivo cada vez más pequeño y estrecho, presentando un disco de “rock” que tiene tres cuecas, una ranchera y dos composiciones instrumentales; tirando la piedra de la provocación cantada, para luego ocupar la mano en punteos y acordes infinitos. El fundador (y también sepulturero) de Los Tres y Pettinellis cree que no hay nada más elocuente de todo lo que pudiera querer llegar a decir que este disco profundo; compuesto, producido, arreglado y grabado por un hombre que se impuso, como nunca antes, “ser claro, decidir, no dejar ni un cabo suelto”. Álvaro Henríquez incluye lo más intenso, doloroso y querido que le ha sucedido en la vida a Álvaro Henríquez.

—El disco es una foto mía. Ni siquiera de mi cuerpo o mi cabeza, sino que del corazón, del alma. Incluso me hace conocer lados míos que ni yo tenía tan claros. Después de este disco, tengo clarísimo cómo soy. Y me parece un logro increíble que me emocione tanto. Lo escucho y pienso: “Uf, menos mal que se me ocurrió a mí”.

Durante sucesivos encuentros, el penquista irá develando que ese autorretrato no es la foto desenfocada, oscura o sobreexpuesta que tantos auguraron cuando lo supieron trabajando solo; sino una postal luminosa de un momento de felicidad sostenido en largas raíces. No sólo las actrices de teleseries dicen cosas como éstas: “Estoy en un excelente momento, de los mejores de mi vida. Recién ahora tengo claro lo que me está pasando, y lo estoy disfrutando”. También el músico más rudo a la redonda puede hablar como la portada de una revista Cosas, y al fin no sentir vergüenza de ello. A trece años de su debut junto a Los Tres, Henríquez no ha encontrado aún una mejor forma de expresarse que a través de las canciones “populares” que, en su nuevo disco, avanzan sin secretos.
Detallar el trabajo en estudio del protagonista de nuestra historia de hoy, más que aburrido es inútil. Detrás del vidrio vimos varias cosas que se discutieron, grabaron, y luego desecharon. Porque a estas canciones las define, también, todo aquello que no contienen.

—En el disco, ponte tú, hay una cueca que grabé llena de arreglos [“Le tengo dicho a mi negra”], y de repente la escuché y pensé: “¿Y si le sacamos todo?” —recuerda una mañana de “Liguria” sin más distracciones que el disco Let it be que suena detrás de los vidrios de un privado—. Estoy hablando de cinco días de trabajo de veinte horas diarias. La gente en el estudio quedó lívida de terror, pero probamos: pura batería y voz. Y quedó increíble. A eso me refiero cuando te hablo de otra actitud; a ese “¿y por qué no?”.

Mucho se ha comentado ya sobre la influencia que sobre este disco tendría Brian Wilson, el hombre a quien Álvaro Henríquez le estrechó la mano en un camarín de Londres hace cinco meses, cuando junto a su amigo Marcelo Cicali viajó especialmente a Inglaterra para presenciar el estreno mundial del esperado disco Smile. La lógica del genio de los Beach Boys está, es cierto, en el vibráfono y las cuerdas de “Vida o muerte”, las armonías vocales de “Mátame” o la delicadeza sobrecogedora de “Nicanor”; compartidas algunas de ellas con integrantes de Café Tacuba y Los Bunkers. Pero engloba algo más profundo, dado por la claridad de quien, sin descuidar la belleza de la forma, se ha concentrado esta vez en la carga emotiva del fondo. Henríquez lo compara con un buen regalo, “pero sin papel”:

—Es un disco súper bonito pero también súper crudo. Es como más raspado, más… astringente. Era eso lo que yo quería.

Los singles de adelanto han dado cuenta ya de que esa crudeza caracteriza también el trabajo escrito. Ninguna sorpresa viniendo del compositor de “La primera vez” o “No hables tanto”, aunque a los blancos de ataque de canciones como “Marcas en el alma” (“hasta cuándo escribes mierda”), “Mátame” (“por tu culpa dejé pedazos”) o “Sirviente y no patrona”, Henríquez los trata esta vez con una saña nueva. Esta última canción recuerda el espíritu de Bob Dylan cuando le compuso “Like a rolling stone” a una ex novia: la historia de una mujer “linda, hecha y derecha / honrada, limpia y capaz”, que distraída por fiestas, halagos y dinero descubre demasiado tarde que nada dependió nunca de ella. “Eres sirviente y no patrona”, le recuerda entonces el canto de Henríquez: “Viajes, piropos y plata / se hacen agua al final”.

La canción es como una síntesis de lo que ha sido Chile este año, ¿no? La foto de un momento social.
¡Exactamente! Eso es: el arquetipo chileno “emergente”. Gente que gana mucha plata por hablar como habla o verse como se ve. Con la cual compartiste en algún momento, y de repente te la encuentras en una 4×4, preocupada del sueldo y de andar flaca.

Es la levedad…
Pero la levedad acompañada de plata, de poder, y de sentir que “si tengo plata, no le temo a nadie”. Y no pues, compadre, si no eres tú: es tu jefe. No eres patrón, eres sirviente. Entonces no te creai tanto el cuento. Es gente absolutamente… irresponsable. Si hubiera otro golpe de Estado, no tengo dudas de que serían los primeros en delatar, porque son como pajaritos. O sea, si por plata venden hasta a la mamá, qué no harían si los amenazan.

—Es el mundo de la tele, los actores de teleseries, los cócteles… Mucha gente debe sumarte también a ti a ese grupo.
-[Se encoge de hombros] Más de lo mismo, no más. Yo no tengo nada que ver con esa casta, porque lo que he hecho lo he hecho con sangre, sudor y lágrimas por quince años. Ese grupo no me podría importar menos. Me da mucho más gusto que me estime un cabro que me habla en el Persa o esa gente trabajadora que la sufre, a la que no le alcanza la plata para el asado del fin de semana. Son ellos los más sinceros y asertivos.

—“Eres sirviente y no patrona / Pongo mis manos al fuego: nadie te va a sostener…”. ¿Qué te pasaba por la cabeza al escribirle algo tan duro a una mujer?
—Había escrito muchas cosas dirigidas a mujeres, pero nunca así de corrosivo. Es sólo que empecé a hacerlo y me pareció interesante. Quería que fuese al chancho; producir incredulidad, casi. Que la gente la escuchara y pensara: “¡¿Cómo tanto?! No puede ser”. Creo que ese efecto se logró totalmente.

—De hecho, la destinataria debe estar sintiéndose horrible.
Las destinatarias—, precisa riendo—. No sé si se sentirán aludidas; en realidad, no me consta. Pero, claro, es una canción puntuda. No quería pegar la cachetada, onda “estoy enojado contigo”; para pataleos yo no sirvo. Pero ya te dije que es una canción más bien dirigida a un tipo de persona.

Conversamos en medio de una tensa calma capitalina, que explotará a las pocas horas en el Parque Bustamante, con piedras y molotovs dirigidas en contra de un blanco difuso; poco después de que el grupo de Gonzalo, el hermano de Álvaro, dé por concluida la marcha pacífica convocada por el Foro Social y los grupos anti-APEC. Pero Henríquez ya vivió su primera agresión a escala, con las dos páginas que un suplemento rosa le ha dedicado hoy a su novia. Logramos enterarnos así de quién es la madre, dónde vive, qué estudió y cómo lo ha besado su “nueva amiga”. Pero el reportero ha olvidado un dato crucial: Raffaella es la primera mujer que ha motivado a Henríquez titular una canción con nombre de mujer. Quizás sea ése un detalle demasiado sensible para una revista llamada Glamorama.

—Tal vez sería entretenido tener a unos paparazzi persiguiéndote a 500 metros, mientras tú tomai con unos sultanes en un yate. Pero el nivel de Chile es: “Los vimos en Las Lanzas…”. Te juro que me da risa; es ¡tan pequeño!—dice con la revista en una mano, mientras con la otra le echa azúcar a un jugo de naranja y zanahoria—. De todos los músicos en Chile, no distingo a otro sobre el cual siempre haya tanto interés por indagarle en la vida, la polola… Y si pensai que yo paso ocho de los siete días de la semana en mi casa, es muy curioso.

—Bueno, pero ahí está “Raffaella”. ¿Te complicó mucho pensar en los comentarios que va a generar tener en el disco un título así?
—No, pos; porque soy yo. ¿Cuántas veces quise ponerle a una canción el nombre de la amada en cuestión, y luego dije: “No, mejor que no”? Ahora fue como: “¡Filo!”. Lo que pase de ahí para allá, me da lo mismo.

Por si quedara alguna duda, todo este rato hemos estado hablando sobre el disco de un hombre enamorado. Un músico que entró al estudio pensando en Nick Cave, se tropezó al poco andar con un amor inesperado y salió semanas más tarde pensando en cocinarle durante horas a la mujer responsable de que sus canciones terminaran siendo mucho más brillantes que al inicio.

—Todas las cosas malas me pasaron al mismo tiempo: se acabaron los Pettinellis, me separé, lo de mi papá había sido hace poco. Pero después que te ponís a pelear contra el mundo, viene junta toda la felicidad. Y la felicidad no cansa. Lograr lo que estoy logrando, para mí es… No puedo pedir más. Tengo mi disco, tengo una hija increíble, tengo mi amor.

—Te creía más escéptico.
—Lo soy para otras cosas. Me subo a un taxi y pienso que va a chocar, ponte tú. Pero nunca he dudado de que con una mujer puedes ser feliz; radiante, incluso. Los mejores recuerdos de mi vida son de cuando he estado enamorado. ¡Si no soy Morrissey! Jamás diría que he perdido la fe en el amor.

—¿Siempre fue así?
—Siempre, siempre. Y cuando me ha ido mal, bueno: tendrá que pasar. Pero con más ganas quedo de enamorarme de nuevo.


La tristeza envejece, cree Henríquez, quien en la canción “Recién cansado” ha incluido el verso “Estoy muy viejo para llorar más”. Aunque una canción así no podría haber salido sin la luz que hoy asegura tener encima, la lección que supone es la de alguien con recuerdos de un pozo de angustia. Mucho más que ante el fin de Pettinellis, el dolor que Henríquez dice haber acumulado tras el último concierto de Los Tres (mayo del 2000) sigue latente como una alarma que sólo él puede escuchar. Tras el fin de su primera sociedad creativa de importancia, el cantautor dice haberse sentido como el coyote corriendo sobre el precipicio, poco antes de darse cuenta que nada puede hacer uno contra la ley de gravedad.

—En este afán de hacer cosas marcadoras, cada disco de Los Tres era como un acontecimiento en mi vida. Cuando me di cuenta de que no tenía dónde apoyar esa energía me vino una depre enorme. Después de eso murió mi padre. Fue un período muy denso. Y largo, como de dos años. Me sentía ahogado. Me faltaba aire, me faltaba todo.

—¿Cómo te sale la depresión?
—En este caso, lo peor de todo era que no quería hacer música. Agarraba la guitarra, tocaba un acorde y me lateaba. Después me di cuenta de que estaba sufriendo ene por eso. Me parecía detestable que una persona como yo no quisiera hacer canciones, entonces me retaba a mí mismo o me hacía daño. Y yo creo que no hay nadie que te pueda hacer más daño que uno mismo. O sea, para estar mal me las arreglo perfecto solito.

—¿A qué te refieres con “daño”?
Lost weekend —dice y sonríe, en alusión al período de desate que patentó John Lennon en vida—. Pero más que llegar a un lugar que me hiciera mal, la sensación era de no saber a dónde ir. Y quedarte ahí medio congelado, fuera de tu centro. Ahí aprendes que lo más sano es estar en permanente movimiento.

—¿Por qué tendrían que ser necesariamente dañinas esas exploraciones, esos períodos sin centro?
—Es que si es por experimentar, yo ya experimenté, A veces lo pasé bien, a veces más o menos; pero ya: estamos. A estas alturas, yo sé que lo que a mí más me devuelve es la música. Para mí la música ha sido como un psicoanálisis completo, la verdad. A esa sí que no la suelto.

—¿Alguna lección de autoayuda que compartir con el grupo?
—O sea, quizás me gustaría tener una revelación del tipo “ahora me doy cuenta que he vivido sin cachar nada: nunca más tomo, nunca más fumo, todos los días hago yoga y medito…”, pero yo creo que es más probable que el metro se salga del riel y suba por las escaleras [risas]. Podría comentarte de algo espiritual, pero a mí no me ha pasado nada en ese sentido.

—¿Qué músicos han sabido manejarse bien, a tu juicio?
-Creo que los sobrevivientes de los setenta, sobre todo. La gente que no murió en el intento y que siguió y sigue tocando: Bowie, McCartney, Lou Reed, Iggy Pop; Lennon iba bien. Personas que estaban a un paso de la tumba y se salvaron. Porque basta con que tomís un camino errado y ya: al despeñadero. No le veo la gracia a terminar como Charly [García], por ejemplo. No veo ninguna choreza en hacerte pebre y mostrárselo al mundo. Mucho menos cuando tienes hijos.

No hablamos hoy sobre su salud, pero es probable que, hace no más de dos años, Álvaro Henríquez haya llegado a tener veinte kilos más que los que hoy contiene en un traje de tela delgada. El diario La Cuarta se refirió alguna vez a él como “el robusto cantante”, pero el comidillo privado era bastante menos gentil. También a los chilenos preocupados de sus medidas anatómicas, Henríquez les ha dedicado una canción de su nuevo disco: la cueca “Tengo más alcohol que sangre”.

—¿Querís que te dé en el gusto? Sí, fíjate: tengo más alcohol que sangre.

Y, de nuevo, so what?

Quizás haya cosas más gratas en la vida que meterse a un estudio a trabajar con Álvaro Henríquez. O “para” Álvaro Henríquez, que es lo que sugieren las múltiples leyendas sobre su obsesión, sus manías, su falta de gentileza para con quien ose interponerse entre su música y él. No cuesta nada imaginárselo en períodos de grabación completamente ajeno a lo que sucede fuera de las pistas de sus canciones. Mucho más, cuando su más reciente trabajo se extendió durante un período de condiciones externas más bien ingratas. Alrededor de mayo, el título de una nota en El Mercurio se refirió al ex Los Tres de un modo inolvidable: “UN ROCKERO EN CONFLICTO” (a los pocos días, Henríquez respondió a su manera, comenzando uno de sus conciertos con “Yendo de la cama al living”, de Charly García). Es tentador, por eso, interpretar la fuerza de sus nuevos temas como una pequeña revancha, aunque el músico asegura que es recién ahora que ha comenzado a evaluar el potencial tapabocas en que podría convertirse su disco.

—Inconscientemente, lo que uno busca al hacer una buena canción es que también le quede clara a la gente. Y esa claridad es la que puede hacer que alguien diga: “Pero, ¿cómo? ¿Este tipo no estaba bajo tierra?”. Me gusta esa frase de Andy Warhol: “Soy todo lo que dicen que soy”. Si no me lo tomaba así, era como para amargarse. O sea, salía cada cosa en los diarios…

—¿Te importaba?
—No así como “oficialmente”, pero igual le daba rienda suelta a mi ira durante una hora. Cuando me llamaban mis amigos para comentármelo, y los escuchaba más urgidos que yo, me calmaba. Yo no pretendo que todo lo que yo haga se considere fantástico, pero sí quiero que hablemos de mi terreno. Hablemos de música, no de lo que “se supo”.

Que Henríquez pasaba por un momento exigente era algo que no requería demasiado reporteo. En abril había anunciado el fin de Pettinellis por razones que nunca quedaron demasiado claras. Muchos seguían sin entender qué había hecho de aliado de Los Prisioneros en una gira por México (fines de 2003), y la ruptura de su relación con Mariana Loyola lo dejaba al margen del entusiasmo público hacia una de las nuevas estrellas de la televisión. Si a Henríquez le acomoda la metáfora de una silla de ruedas para referirse a su período junto a Camilo Salinas, Nicolás Torres y Pedro Araneda (“no estaba inválido, pero necesitaba que alguien me llevara”), su condición de “rockero en conflicto” suponía, para él, la bendición de estarse poniendo al fin de pie.

—Terminar con Pettinellis fue tener claro, al fin, que lo que yo quería hacer era mi música, sin que nadie me desconcentrara. Fue pensar: “¿Sabís qué? No tengo edad ni paciencia para estar aguantando pendejadas. No quiero, no lo necesito y, además, me la puedo solo”.

El plato está servido, y no por sus enemigos. Álvaro Henríquez no tiene ningún problema para definirse, él mismo, como un “cabrón”; e incluso explayarse al respecto.

—Cómo yo haga las cosas es algo que me tiene que importar a mí, no más. Si para alguien es un infierno trabajar conmigo, puta, para eso le pago. Cuando uno trabaja, trabaja. Es una obviedad lo que te voy a decir, pero con nadie me siento más cómodo que conmigo mismo. Encuentro que mi manera de trabajar es mucho más ordenada que otras que me ha tocado ver. Hay gente talentosa, a la cual no cuesta nada que se le pierda el rumbo. Entonces, si el ser cabrón me salva de ser un pobre tipo y me permite hacer discos como el que hice ahora: “Cabronaje, venid a mí”.

—¿Aunque pierdas amigos?
—Puta, sí. Un tiempo me lo pensaba más. Convivir con una banda no es fácil, menos cuando todos quieren ser jefes. Pero ahora hago el balance y digo: “Sorry, viejo, pero prefiero perderte que perder la música. Muchas gracias por todo, pero no más”.

Fue lo que sucedió con al menos dos de los Pettinellis (“si los veo, los saludo, pero no los considero mis amigos. Ojalá les vaya bien. Pero estoy absolutamente en otro carril”), y también con muchos de quienes figuraron en el libro Los Tres, la última canción (de Enrique Symns y Vera Land) aportando detalles sobre su vida familiar, amorosa, e incluso sexual. Que una biografía ideada por él mismo se haya convertido en “el peor error” de su vida, lo obligó a sacar lecciones de un concepto novelesco: la traición.

—Después de lo mal que lo puedes llegar a pasar, no queda otra que mirar para adelante. Que yo haya tenido decepciones y que me haya distanciado, seguramente para siempre, de mucha gente, no hará que deje de creer en la amistad, la lealtad o en todas las cosas en que siempre he creído, y que me enseñaron mis padres.

—¿Sientes que te ha tocado especialmente duro, en ese plano?
—Yo creo que bastante. Sobre todo en eso de sentirme envidiado. Que más que hablar de tú música te enteres de que todos comentan cuánto estoy ganando o qué fue lo último que me compré… para eso yo no tengo tiempo. No es que no me importe, es que no quiero que me importe. Yo ahora busco mi felicidad y la de la gente que me quiere realmente. Con el espíritu altruista, ya no: ni tener un millón de amigos ni ser amigo de tus amigos. Ahora, si eso te parece mal y querís pelarme, mejor ponte a la fila…

—Saca número.
—Anda sacando número y ojalá este año te atiendan, porque estás escribiendo el tomo número veinte del libro de reclamos contra Álvaro Henríquez. So what? Ya no me complica, ya no me enoja. La verdad, me da lo mismo.

—Siempre cabe la posibilidad de que estés equivocado.
—Y también siempre cabe la posibilidad de que mañana se me caiga un piano en la cabeza. En este momento, mi vida me encanta. Creo que no puedo estar más bonito, más pleno. Para algunos yo debo ser una pésima persona; pecador total. Me interesa el placer, de todo tipo; los pecados capitales me los he echado todos [se ríe]. Pero sé que tengo afectos que son recíprocos, y sé que mi familia me está apoyando. Con eso me basta.


No es culpa nuestra que Álvaro Henríquez haya comenzado a bostezar. La pequeña Olivia saltó a su cama temprano y ayer domingo fue un día agitado, con su participación en la proclamación de la ex ministra Michelle Bachelet como precandidata presidencial de la Concertación. ¿Qué hacía un hombre como él en un lugar como ése? Pues lo que hacen los hombres como él: subir al escenario, afinar la guitarra y cantarles a los presentes una canción compuesta por los Beatles especialmente para la ocasión; esa que dice “Michelle, ma belle / These are words that go together well”.

Olivia también es parte del disco Álvaro Henríquez, con su voz como única invitada al tema “Nicanor”, su caballo de peluche a cargo de la percusión de “Jefe de jefes” y su cara vivaz animando las imágenes melancólicas del video para “Amada”. Los vínculos familiares cumplen, esta vez, un rol que nunca antes habían tenido en sus canciones. Más o menos evidentes, las referencias comienzan por la carátula, una foto del músico a los seis años, vestido con un traje de hombre-rana que hasta ocupaba para salir a la calle (tanto le gustaba). Al interior, antiguos dibujos suyos conectan el talento preescolar con el de un artista maduro.

Son recuerdos familiares que tienen que ver también con su padre, fallecido hace tres años (“últimamente, me he encontrado varias veces con el teléfono en la mano, listo para llamarlo”), pero también con el aprecio hacia una calma doméstica que sólo viene en su estado ideal cuando se han superado las ansias juveniles.

—¿Te gusta la palabra nostalgia?
—Lo del disco lo veo más bien como un refugio, en realidad.

—¿Nunca fue tu casa algo más turbulento o que te produjese la típica rebeldía de la adolescencia?
—Nunca, nunca, nunca. Al contrario, con mis viejos siempre tuvimos una relación de amistad… por eso fue tan terrible la pérdida de mi padre. Además, como yo me fui joven de Conce, la foto con la que me quedé de ellos era increíble; llegaba y era el paraíso: yo contando mis cosas en Santiago, mi papá preparando un asado a la espada y mi mamá preocupándose de la lasaña del día siguiente. Hasta el día de hoy, no hay cosas más entretenida que escuchar hablar a la Juana [Pettinelli, su madre].

—¿Tu apego a ella se ha hecho más firme ahora, no?
—Es de siempre. Ella ha sido muy muy inteligente. Somos muy amigos, y yo considero su opinión y la de dos personas más en el mundo. Y siempre le achunta, siempre. Con ella uno se siente apoyadísimo y respaldadísimo.

-Igual uno idealiza la niñez, ¿no? Porque la tranquilidad en la casa de uno no era completa…
-Pero obvio. Es que si no, ¿qué vai a idealizar? Yo también idealizo a los Beatles, a Roberto Parra… Los temas de familia tienen que ver con eso.

La vida se le ha presentado a Álvaro Henríquez muchas veces como un juego mañoso, pero una confianza inusual en quizás qué lo ha mantenido en la música casi sin pausa, desde que como estudiante escolar fundó un grupo llamado The Dick Stones, convencido de que las pruebas bien sorteadas le traerían premios de riqueza inimaginable. A los ojos públicos, el premio mayor puede ser su condición de jefe de una generación de músicos que en Chile ha sido más bien inestable, confusa, de brillos intermitentes. Pero en lo más íntimo, uno sospecha que esa recompensa está más cerca de frases que ni caben en las portadas de Cosas:

—La sensación que hoy tengo no es esta cosa típica de “no quiero sufrir”, sino algo mucho más simple: “Quiero ser feliz”. O sea, puedo sufrir un poco, voy a sufrir un poco; pero quiero que ese sufrimiento esté dentro de mi felicidad.

Hay que tomarse muchos jugos de zanahoria, gastar varios casetes y coordinar muchas improbables citas con Álvaro Henríquez para llegar a este tipo de sutilezas. No serán grandes confesiones, quizás, pero son tan parte suya como la estampa soberbia de quien ha reservado el espacio del único cover del disco para “Jefe de jefes”, una ranchera que nos cuesta creer que el grupo mexicano Los Tigres del Norte no le haya compuesto por encargo.

“Muchos pollos que apenas nacieron / ya se quieren pelear con el gallo / Si pudieran estar a mi altura / pues tendrían que pasar muchos años / Y no pienso dejarles el puesto (…) / han querido arañar mi corona / los que intentan se han ido muriendo”.

—El otro día un doctor me comentaba que ahora todos los cabros jóvenes quieren ser jefes. Hacen la práctica, se titulan y ¡gerente, al tiro!

—El problema es que nadie quiere a su jefe.
—Yo siento el cariño de los que me importan. Es halagador tener cerca a los [Café] Tacuba, la Julieta [Venegas], los Bunkers; gente que para mí es lo más de lo más. ¿Para qué necesito otra gente? ¿Para qué voy a leer en los diarios cómo hablan pestes sobre mí? Mi círculo es otro, siempre lo fue. Ahí es cuando decís: “Estoy puro hueveando”. Porque yo hablo conmigo permanentemente [se ríe] y me doy órdenes: “Ya, ¡te ponís a trabajar al tiro!”.

—El jefe.
—El jefe, claro. Y el jefe soy yo mismo.

—Bueno, pero el jefe tiene que tener algún lado humilde.
—Tendría que ser muy tonto para compararme con gente como, ponte tú, Roberto Parra. Yo no soy nada al lado suyo: nada. O sea, la canción más mala de Roberto Parra es mejor que las mías. Y tampoco soy nada comparado con Morrissey, con la Violeta, con Nicanor Parra, con Andrés Pérez… No es algo que necesite andar diciendo, pero lo tengo clarísimo; y eso es lo que te salva de decir una estupidez como: “esta canción es mi ‘I am the walrus’”.

—Deja de hablar de trabajo.
—Bueno, es que si nos vamos en la profunda… También sé que yo no soy absolutamente nada frente a la muerte, a la pérdida. La vida es muy frágil, y en cualquier momento puede quedar la cagada simplemente porque sí. Ante eso, estai desarmado. No te salvan ni tus discos, ni tus éxitos ni tu plata.


Los Tres y Creedence

—La lejanía te hace apreciar las cosas. De Los Tres recuerdo más bien lo bueno, no lo oscuro. Había una especie de componente químico entre nosotros muy importante. Es una vitalidad, una energía que se te queda para siempre. Yo estoy enormemente orgulloso de lo que hicimos con Los Tres. De repente pienso: “¡Qué bien sonábamos!”. Y eso era mérito de todos, porque todos eran excelentes músicos; el peorcito era yo. Los Tres nos sirvió a todos de escuela. Se podría decir que ahí nos hicimos hombrecitos.

—Pienso que en algún momento de nuestras vidas nos encontraremos en una sala de ensayo y vamos a decir: “Listo: un, dos, tres”, y nos vamos a largar a tocar. Aunque nadie lo vea. Para nosotros, no más. Eso sería súper.

—Yo siempre he tenido una teoría de por qué a Los Tres nos fue tan bien en las clases más populares de Chile.

—¿Y cuál es esa teoría?
—Por Creedence, pos. Creedence es como el grupo más popular de Chile Y ellos tocaban música como country, blues… lo de nosotros también iba por ahí. Entonces la gente que me saluda en, qué sé yo, el Persa, es porque conoce mi música, no porque me haya visto en la tele. Esa inquietud me da mucha esperanza sobre lo que puede pasar con Chile.

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4 Comments Add your own

  • 1. cienfuegos  |  July 30, 2005 at 10:23 pm

    marisol. no sabía que tenías blog, ni viaje sino hasta el final de tu tour 2005, ojalá te mantengas al aire de algun manera.
    este post te lo estoy citando en mi sitio, pasa a tomarte una cerveza cuando quieras.
    http://cienfuegospoesia.blogspot.com/

    Reply
  • 2. Desgenerada  |  September 8, 2005 at 7:44 pm

    Marisol, te conocí una vez, no te imaginas cómo. En fin, eso no tiene importancia, el punto es que tu blog me encantó, y esta entrevista, me emocionó tanto! Siempre me ha interesado el trabajo y la postura de Henríquez, creo que es un gran aporte y un referente de todos nosotros, los que somos “menos viejos” de edad en Chile, pero “nacidos viejos” de alma. Te felicito por tu escritura, tu forma de escribir, desde ahora empezaré a léerlo entero! Sigue adelante.

    Reply
  • 3. Desgenerada  |  September 8, 2005 at 7:45 pm

    Marisol, te conocí una vez, no te imaginas cómo. En fin, eso no tiene importancia, el punto es que tu blog me encantó, y esta entrevista, me emocionó tanto! Siempre me ha interesado el trabajo y la postura de Henríquez, creo que es un gran aporte y un referente de todos nosotros, los que somos “menos viejos” de edad en Chile, pero “nacidos viejos” de alma. Te felicito por tu escritura, tu forma de escribir, desde ahora empezaré a léerlo entero! Sigue adelante.

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  • 4. Los Tres x « De Gira  |  May 14, 2008 at 10:34 pm

    […] Álvaro Henríquez: The Boss (Rolling Stone, 2004) […]

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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