entrevista a dióscoro rojas, cantautor

November 15, 2005 at 9:54 pm Leave a comment

Recuerdos de Roberto Parra

Por Marisol García | texto completo de
reportaje para Rolling Stone-Chile, febrero 2005

El año 1968 ocupaba al cantautor Dióscoro Rojas entre tocatas, un programa de radio y la redacción semanal de una columna en un diario de Talca. Como programador fue que llegó a los discos de Roberto Parra; y, específicamente, a Cuecas del Mapocho (1968), “que me pareció lo más novedoso que había entonces”, recuerda. Las vidas de ambos darían mil vueltas, y hoy Dióscoro habla de Parra con la cercanía de un pariente político —el cantor terminó casándose con su hermana, Catalina Rojas— y uno de sus tributarios más representativos. Fue inspirado por el espíritu y obra de “el tío Roberto” que Rojas fundó hace unos años junto a un grupo de amigos: el colectivo Los Guachacas, activo en iniciativas diversas vinculadas a la chilenidad.

A través de los ojos de Rojas, el “tío Roberto” funcionaba de acuerdo a una indisciplina sistemática que explica el registro profuso de una vida que jamás dejó de ser libre. Para su primer disco, por ejemplo, “según dicen que dijo, él fue obligado por la Violeta a grabar: ella le metió una damajuana a un estudio de grabación, y lo dejó ahí, hasta que saliera.

—Dicen que se trataba de un hombre encantador, muy cariñoso.
—Que fuera una persona tan transparente, tan dulce, yo creo que era como la defensa que tuvo para moverse en un mundo tan rudo. Otra cosa que siempre me llamó la atención fue lo solidario que era. Entre todos los músicos manejaban muchos datos de pega, y él siempre estaba preocupado de dar peguitas. Una de sus frases típicas era: “Teniendo pega, estamos al otro lado”. Para él, la pega era lo más importante.

—¿Era un hombre que se notaba feliz?
—Era un tipo que no tenía conflictos en la cabeza. De algún modo, siempre resolvía los problemas del diario vivir. La música fue para él la manera de trabajar, de hacerse parte de la sociedad. En un medio en el que, antes, ser músico tenía su valor.

—¿Siempre compuso?
—El Tío era fundamentalmente un intérprete, pero cuando empieza a ver más cosas es cuando empieza a inventar. Yo creo que el Tío cambia la lengua, porque incorporó el coa a la canción, y debe haber sido el primero, al menos en poner eso en el escenario nacional (estaban también los [cuqueros] del Mercado, los de Exposición; pero era algo reducido). Lo otro es la velocidad. Hasta antes del Tío Roberto, la cueca era muy pausada, muy lenta. Entonces son tres inventos: la temática, la lengua y la velocidad.

—¿Qué son exactamente las “cuecas carcelarias”?
—Son tres, y en ellas él habla de lo que sucede en la cárcel y de lo que él vio. El tipo quiere cantar sobre el ejecutado a muerte. La genialidad es cómo maneja la cuarteta justa. Porque la cueca no es solamente la cuarteta, sino que es también un baile. Él te cuenta toda una historia, y eso es lo que espera el auditor popular. El mundo popular está lleno de historias; por eso él éxito de las canciones mexicanas. Cuando canta: “En el canal Biobío / mataron al chut’ Alberto”… o sea, ya en la segunda [verso] lo mataron; están pasando cosas. La cueca más popular de Chile es “El guatón Loyola”, que en tres cuartetas te cuenta toda una historia. La canción dura muy poco, pero tiene que ser capaz de emocionarte, rápidamente. Eso lo comprenden sólo algunos, y ahí está la genialidad de alguna gente.

—¿Qué hacía tan especial su sentido del humor?
—Una vez me llamó: “Dióscoro, tú que hai estado afuera sabís. Contigo se puede hablar. No con estos huevones… Estos huevones todavía creen que la capital de Inglaterra es Londres. Y no saben que es London, pos”. A la vez, era el tipo más ingenuo del mundo.

—El Tío nunca fue un intelectual. Era otra cosa, no más. Cuando él lee su primer libro, Martín Fierro… sería después del [año] 70; ahí él comprende que esto no es difícil, y se tira a escribir. Va donde el Nicanor a mostrarle sus cosas. “El Nicanor dice que está bueno, pero dice que me aparto mucho del tema. Oye Dióscoro, ¿qué es un tema?”. Pero si el Tío Roberto tenía primera preparatoria. El es como un niño en el mundo.

—Y quizás esa termina siendo su ventaja.
—Claro. El se pone a escribir y toma una posición: La negra Ester, El desquite, La Carmela Buenagente, El Golpe.

—Se dice que su madre sufrió mucho por él. Que se metía en problemas permanentemente.
—Ordenarlo era muy difícil. En Barrancas, un día se les había acabado la plata para chupar. Y no sabían cómo conseguir más. Entonces vieron que la tienda del relojero estaba cerrada, porque se había ido a la playa por el fin de semana. ¿Matemos al relojero?, dijo el Tío. “Ya, pos”, le dijo el otro. Y fueron a la municipalidad de Barrancas a pedir plata para enterrar al relojero. ¡Y no aparece el relojero el lunes! “Hasta los caballos nos tiraron encima”, contaba después. Ésa era su vida.

—¿Cómo explicas la palabra ‘popular’ aplicada a Roberto Parra?
—Era un tipo que siempre estaba alegre, por cualquier cosa: por tocar la guitarra, por vivir, por tener trabajo, por compartir, amaba al paisaje. Ésos son los valores del mundo popular, de los chilenos. El mundo popular no quiere otra cosa. Hay gente que sigue viviendo a partir de esos grandes valores. No hay mejor cosa que tener amigos, un vino que compartir. Y él llevó este mundo al otro mundo, el del salón. Y lo mostró sin pedir nada a cambio. Ni maquillarlo. Él pone en los salones de todo Chile el mundo de La Negra Ester. Él se pone a trabajar, con toda las limitaciones que tenía, para imprimirle al arte un sentido popular. Y cuando digo popular, me refiero a esos valores. O sea, que a los que el mundo llama ‘delincuentes’, humanizarlos. O las putas, saber que son personas.

—Es un mundo alcoholizado. Sus descripciones están siempre cruzadas por el vino. Háblame de eso.
—Es un mundo alcoholizado, sin duda. Nosotros lo asumimos. Venimos de una cultura alcohólica, y el Tío Roberto era un alcohólico. Es un elemento nuestro, el vino, como motivo de encuentro, de expresión de amistad. Y el vino sencillo, el pipeño. Para él era una catarsis, también. O sea, para un tipo como él, vivir en un mundo como el de los años 50, 60… tiene que haber sido muy duro. O sea, toda la sensibilidad, toda la afectividad que él tenía, ¿a dónde la iba a poner? Además, viniendo de un mundo muy rudo. Pero, ojo, porque al final él dejó de tomar.

—¿Qué tiene Roberto que no tienen los demás Parra?
—Es que yo creo que el Tío es el mundo popular en sí. No se “dedica a”. No es como la Violeta, que lo trabaja, investiga, recopila unas cuestiones geniales. Pero para Roberto el arte es parte de su vida. Al final se preocupa de ponerle un poco más de seso a la cosa; lee El Quijote de la Mancha, lee la Biblia, y sobre eso escribe lo que escribe. Pero también desde las casas de putas inventa un tipo de jazz súper chileno. O sea, el jazz del club de jazz no es jazz; el jazz es otra cosa. Él genera otra cosa, y desde ahí los otros se empiezan a colgar. Nosotros [los guachacas] somos robertistas; no para agarrarle las canciones y copiarlas, sino por su valor: como persona, como hombre.

—Obviamente, algo así no podía valorarse en su tiempo.
—Yo creo que el país no estaba preparado para el Tío Roberto. Y que no estaba preparado nadie. Porque para los hombres así, llenos de estrellas, es muy difícil vivir en un mundo como éste. Por eso los guachacas, yo de alguna manera, persistimos en la importancia que él tiene para el arte nacional. Y no porque sea Parra, porque no somos parristas. Nos gusta la Violeta, como a todos, y el Nicanor. Pero nosotros somos robertistas. Es el Tío el que genera todo esto, y nosotros tratamos de mantenerlo.

—¿Crees tú que lo frustró no haber tenido un mayor reconocimiento en vida?
—No, al Tío Roberto nunca le importaba eso de ser reconocido. Le importaba que hubiera pega. Ahora, también pasa que hoy hay mucha gente que le rinde pleitesía, y que en esa época decía: “Hasta cuándo con el jazz huachaca”. A mí me llegaban todos los pelambres. Decían que el Tío Roberto estaba en las peñas porque yo lo ponía: “Porque erís cuñado de él y lo ponís, porque ese jazz huachaca no tiene ningún valor, sácalo”. Y gente que después hasta le hizo videos.

—Cuando La Negra Ester gana la Mejor Dirección, el Mejor Vestuario, la Mejor Actuación, el Mejor Montaje, la Mejor Iluminación… como doce premios. Y el Tío Roberto no gana, ¿cachai?

—¿En los APES?
—Sí, creo que fue en los APES. Entonces yo voy donde los periodistas y les pregunto: ¿Por qué no ganó el tío? Y me dicen: “Es que él no es dramaturgo”. ¿Y cómo son los dramaturgos, si él escribió la mejor obra de teatro chileno?, pregunto yo. ¿Hay una escuela de dramaturgos? ¿Y dónde están los dramaturgos entonces, que no escriben la mejor obra de teatro.

—Es, además, una obra que no podría haberse escrito sino en Chile.
—Yo creo que él inventa una dramaturgia nueva, en el sentido de la resolución del conflicto. Los conflictos que él pone en la obra son absolutamente chilenos. O sea, para sacarse todo este rollo con su mujer, él no la mata, ni se va; sino que le plantea la solución chilensis: “Le presento a mi compadre, yo lo quiero mucho. Cásese con él”. Ésa es una salida a la chilena […]. Afortunadamente, esa obra la tomó el genial del [Andrés] Pérez. Yo creo que el Pérez es también otro genio, pero aparte del Tío. No sé por qué los ponen siempre juntos, como si el Tío brillara por obra del Pérez. La Negra Ester no se levanta sin su texto ni sin sus canciones. Ahí el Tío Roberto estuvo presente todo el tiempo; él trabajó como un profesional […]. Pero al final fue reconocido. El presidente Frei fue a ver La Negra Ester y luego pasó y le entregó un premio.

—¿De qué le podrían servir los valores robertistas al mundo musical chileno actual?
—El Tío decía: “¿Qué sacamos con quedarnos tocando en el Mercado Central? ¿Qué valor tiene?”. Lo suyo es proponerlo y luchar para que la obra popular sea masiva, artística. Y eso es lo que le falta hoy al espectáculo en general, que yo creo que parte de una premisa que desconoce ese mundo. Hoy día, bueno, gente como Los Hermanos Bustos pueden ser parte de esta refundación. O sea, el Festival de Viña ya no puede ignorar este mundo. Porque no me digan que llevaron a Los Hermanos Bustos para darles una oportunidad. No, pos: ellos reflejan un mundo enorme. Y eso tiene que ver con el Tío Roberto. Ahora, que a algunos no les guste, y que piensen que el cambio lo tienen que provocar ellos, ésa es otra historia […]. La sociedad no se mueve solamente a través de actividades. Lo que pensamos es que después de treinta años, ni Los Huasos Quincheros ni el Quilapayún: que haya un cambio. Estamos viviendo en una sociedad globalizada y, por lo tanto, la chilenidad tiene que haber cambiado. Y decimos que nosotros somos parte de la nueva chilenidad, y que un ideólogo para eso es el Tío Roberto.

*La siguiente es una poesía inédita que Dióscoro leyó de un cuaderno manuscrito. Es de Leonora Parra, la hija mayor de Roberto y Catalina. La grabadora captó sólo una parte:

Roberto, paloma de corbata y sombrero
Árbol con reloj y abrigo
Estrella de pañuelo al cuello
El río con la camisa arremangada

Sol con bigotes, luna con anillo de plata,
Árbol de castañas, el brillar?? de la familia
Ciruelo, aromo, pequeño mío, Roberto,
Mariposa tocando armonio

Sauce con zapatos de charol,
La tarde caminando con una guitarra,
La noche de terno peinándose frente al espejo
La mañana linda le va dando huesillos
El mar riendo a carcajadas

Alga punteando con uñeta
Pez silbando un jazz,
Tú eres mi amor de verano en todas las estaciones,
Organillero, pescador, ??
Marinero de tierra, infinito Roberto
Corren por mi sangre tu sombrero y tus flores,
??
Vida mía, estoy llena de ti por todas partes,
??

Roberto, padre, hijo y espíritu santo
Roberto comiendo manzanas, elevando volantines
Riendo, siempre riendo
??

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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