entrevista a beto cuevas, cantante

January 14, 2006 at 7:09 pm 1 comment

«Moriré viejo viejo»

Hoy en cines chilenos como un sacerdote del Opus Dei, Beto Cuevas será más adelante un cubano que dirige un culto de sacrificio humano, y luego un profesor de filosofía tentado por una mujer que no es su esposa. Lejos del hoyo de nostalgia en que podría haberlo hundido la detención de La Ley, el cantante e incipiente actor se ocupa ahora en un trayecto cinematográfico que espera sea parte de una vida larga y diversa. Desde su casa en California, observa a un Chile que, cree, debiese aprender la diferencia entre “querer más” y “querer más para todos”.

Por Marisol García | La Nación Domingo, enero 2006.

Acomodarse una sotana y asumir los movimientos rígidos de un sacerdote adscrito al Opus Dei estuvo lejos de ser lo más sorprendente de los preparativos con que Beto Cuevas sintió que debía ocuparse para estar a la altura de su más reciente encargo cinematográfico. Un pequeño papel en la cinta La mujer de mi hermano —en cines chilenos desde el jueves pasado—, lo abrió a lecturas que requieren, digamos, paciencia.

—Hay una escena en que yo, el sacerdote, debo recomendarle a una mujer que intente superar la tentación con la lectura del libro Camino, de Escrivá de Balaguer. Yo el libro obviamente jamás lo había leído, pero creí que me serviría entender por qué alguien como mi personaje sentía que era necesario recomendarlo.

—No te leíste Camino
—Enterito.

—¡!
—Es que para mí este proceso de preparación era algo muy importante. Fui varias veces a misa. Entrevisté a algunos sacerdotes. Me interesaba, por ejemplo, entender el proceso de cómo un cura puede llegar a enamorarse.

—¿Qué te decían?
—Que para ellos es muy importante el apoyo de su comunidad. Ante cualquier tentación fuerte, siempre es importante conversar, confesarse, apaciguarse a través de la plegaria. Quise preguntarles si se masturbaban, pero no llegué tan lejos. Sospecho que sí.

Alberto Cuevas Rojas creció en una familia sin un determinado apego religioso, y hasta ahora el único ritual místico que ha formalizado algo en su vida ha sido la ceremonia de raíz mapuche con la que selló su matrimonio con Estela Mora, hace cinco años. Eso fue poco antes de mudarse con planes de largo plazo a Los Angeles, California, donde hoy mantiene una vida familiar relativamente convencional (dos hijos, casa propia con jardín, un estudio doméstico para grabaciones) y planea sin apuro su regreso a la música como solista [ver recuadro]. Su hablar pausado y su gusto por las metáforas dan pistas de un hombre que ha acomodado en la música un profuso caudal de expresión íntima, sobre el que reflexiona encantado cada vez que se le pregunta.

Fue el cantante de La Ley durante 16 años, y hoy quizás se sienta atraído por las promesas de una espiritualidad de la nueva era. Sin embargo, mantiene a mano el diploma de alumno destacado que se ganó durante su paso por una escuela rockera permisiva, narcisista y manierista. Al escucharlo, se convence uno de que la música forjó en su carácter un valor tan excepcional como admirable: la curiosidad.

“Los tres jinetes de nuestro apocalipsis personal son la familia, la religión y la tradición”, advierte en uno de los pasajes de una serie de encuentros a goteras entre radios, hoteles y correo electrónico durante los escasos cuatro días que pasó la semana pasada en Santiago. “Creo que muchas de las represiones internas que uno se autoimpone tienen que ver con la educación y el ejemplo que recibimos cuando niños. Hay personas que quieren vivir de una manera más atrevida, pero a quienes su familia les vaticina permanentemente el fracaso. Lo más probable es que, cuando siente cabeza, esa persona hará un mea culpa y se arrepentirá de todas aquellas experiencias de experimentación. Yo soy de los que piensan que mientras más experiencias adquieras, más preparado estás para lo inesperado”.

—¿Puede relacionarse lo que dices con lo que aprendiste al acercarte a un grupo religioso que precisamente le tema a la experimentación? Pienso en el Opus Dei, pero podría ser cualquier grupo conservador.
—Claro. Mi personaje, por ejemplo, es sospechosamente contenido, y eso da para segundas lecturas que son interesantes. Siempre he creído que los más correctitos pueden ser los peores.

Planes, ego y poleras
Una barba espesa esconde hoy algunos de los rasgos que le dieron a Beto Cuevas un admirado carácter de joven eterno. La mirada despejada sobre un rostro ya más curtido hace que el cantante gane aquello que podría definirse como madurez. Beto Cuevas cumplirá en el 2007 40 años de edad, y tiene planes concretos de aquí a las próximas cinco décadas.

“Siempre me he visualizado en mi vejez como pintor. Y no tengo ese rollo de querer ganarme la vida con la pintura porque… tampoco debe ser fácil desprenderse de cosas que te han tomado tanta entrega y dedicación. Yo hago esculturas en greda: bustos, rostros; y si alguien las aprecia, prefiero regalarlas. Me gusta crear, y no necesariamente tengo que preferir un rubro sobre otro. Por supuesto que desde chico yo sabía que lo mío iba por el lado del arte y el diseño, porque jamás salí a jugar fútbol a la calle si es que tenía al frente un lápiz y un papel. A mí me ha pasado a veces algo extraño, y es despertarme en la noche con miedo de morirme”.

—¿Por qué? ¿Sientes que tienes demasiadas cosas pendientes?
—Tengo demasiado por hacer. Yo cuento con morirme viejo. Viejo, viejo.

—Todo lo contrario de lo que cantaban los Who en “My generation”.
—No me interesa esa leyenda del “joven mártir del rock”… Además, ya no me morí joven. La actuación me ha demostrado que puedo vivir algo así como muchas vidas, y alternar entre ser rock-star y luego bajarme y actuar de vagabundo o de travesti, si es necesario.

Una insistencia firme por no mirar el pasado reciente es lo que, según Beto Cuevas, le ha ahorrado la nostalgia insooportable que podría haberlo ahogado tras la última presentación de La Ley, el pasado 3 de noviembre del 2005 [en la fiesta del Grammy Latino, en Los Ángeles]. “Mi ocupación es el presente. Sólo si estoy aquí ahora podré generar cosas. No me interesa siquiera escuchar esos discos”, asegura.

—No debe ser fácil cambiar tan rápidamente de ritmo de vida y no sentir ni un poco de depresión.
—Es que yo nunca he sido un tipo depresivo. Si me llega algo difícil, trato de sacar una enseñanza. Intento ser un tipo más zen, en ese sentido. Además, y afortunadamente, tengo buenos pilares. Me he dedicado durante buena parte de mi vida profesional y personal a construir una base sobre la cual edificar.

—¿Estás pensando en tu familia?
—No… Es la vida en general. Es lo económico, por ejemplo: he sabido aprovechar los momentos de bonanza sin despilfarrar. Creo que uno puede comprar tranquilidad, y entonces permitirte de vez en cuando algo como lo que yo me he permitido este año y que ha sido no trabajar y dedicarme a lo que quiero hacer. Ahora, lo mejor de todo es que en las tres películas que he hecho hasta ahora he ganado buena plata [sonríe].

—Los músicos no saben ganar plata. La mayoría, al menos.
—Yo he tenido ayuda. Sería terriblemente injusto que me diera todos los créditos, porque la verdad es que soy bastante cómodo. No soy un holgazán, pero tengo una mujer que me permite desentenderme de ese aspecto y… ni siquiera pienso en plata, la verdad. Es una mujer inteligente que sabe que si yo tengo esa tranquilidad podré dar rienda suelta a ideas que, eventualmente, traerán dinero.

—Permíteme chismear: ¿Te da mesada Estela?
—No… [se ríe], pero cuando necesito efectivo se lo pido a ella. Pero también tengo tarjetas de crédito, del cajero automático… El problema es que yo soy gastador. Acabo de terminar el estudio de mis sueños en mi casa, pero ahora me doy cuenta de que probablemente será un gasto infinito. Siempre están saliendo programas, micrófonos, aparatitos que pueden hacerlo mejor. La otra tentación para mí quizás sea la ropa. Gasto mucho en poleras. Si tienes una buena polera, puedes ponerte los pantalones que quieras.

La última sentencia suena, en boca de Beto Cuevas, irrefutable. Qué puede saber uno de estilo, al lado de un hombre que el diario mexicano El Nacional describió una vez como “un sheriff voluptuoso; un rey-macho mitad Morrison, mitad Elvis”. Sin embargo, creerlo mareado en su propio reflejo es no tener idea sobre cuánto se aprende en la dinámica implacable que le impone el pop a sus estrellas.

—Dices “que lo primero que hay que dejar de lado al actuar es el ego”. El rock pide exactamente lo contrario. ¿Te preocupó alguna vez el ego desmesurado que podría haberte alimentado la música?
—Convengamos en que ese ego desmesurado es producto de nuestras más esenciales inseguridades. Afortunadamente, nunca fui tan inseguro; sólo lo justo para una persona que aún se siente aprendiendo. El rock y la fama me permitieron crear un personaje muy elevado en su pedestal de dominio, pero muy contenido en su vida personal, por la simple necesidad que yo tenía de vivir con los pies bien puestos sobre la tierra. Me creo inteligente, y nunca caí en la estupidez del ego ni la soberbia. En todo caso, reconozco este mundo como un semillero de almas perdidas. Son muy pocos los afortunados que logran triunfar realmente. Y no me refiero al éxito económico.

Beto bolivariano
Sobre el guión de un peruano radicado en Miami (Jaime Bayly, quien adoptó una novela suya homónima para el proyecto), se acomodan en “La mujer de mi hermano” actores de México, Colombia y Perú, entre otros países. Junto a ellos, Beto Cuevas no parece más ni menos chileno que lo que ya nos parecía en el tiempo lejano en que adoptó un acento neutro y un vestuario que siempre parecía recién importado. Jamás saldrá de la boca del ex La Ley la perorata nostálgica sobre qué insoportable es la vida sin empanadas, cordillera ni vino tinto a bajo precio. Pregúntenle a sus clubes de fans repartidos por América: Beto es ya de todas partes.

—Es [un fenómeno] coherente con el trabajo que elegimos hacer con La Ley. Hay una estrategia que te permite sentarte a conversar de trabajo con alguien en Panamá, por ejemplo, y lograr hablarle de igual a igual. Así vas cultivando una credibilidad que permite que la gente te mantenga en su memoria. Pero claro que plantearme de ese modo ante lo extranjero no ha sido una consecuencia espontánea, sino una opción que en algún momento tomé.

—¿Qué te pasa con quienes se repliegan ante lo foráneo; que a veces hasta se refugian en lo localista?
—Yo nunca fui así. Nunca sentí culpa por nada de lo que elegí hacer. Acuérdate de todo lo que nos costó con La Ley legitimarnos como una banda pop, en un momento en que esa palabra era lo peor que podían decirte. Yo creo en lo de la aldea global, y creo que uno puede ser un ciudadano del mundo. Si sales, si viajas, si aprendes… más rico vas a ser como artista.

—Desde esa perspectiva “global”, ¿te importan cosas como las elecciones en Chile?
—No es que no me importen, pero a mí la política nunca me ha gustado mucho. Es una carrera donde tiene que haber mucha falsedad, porque el que no promete más de lo que puede hacer no gana. Ahora, a medida que he ido creciendo sí he ido tomando conciencia de lo importante que es participar de algún modo de los cambios en tu país. Por eso lamento mucho que los chilenos que estamos afuera no podamos votar.

Hace poco Beto vio un concierto de U2, y cayó en cuenta de qué era lo que hacía un tiempo venía incomodándolo de la personalidad de Bono: “Siempre admiré el modo en el que él se ha involucrado y utilizado su fama para llamar la atención sobre asuntos sociales. Pero el concierto no puede tener media hora de monólogo sobre esas cosas porque se pone fome. En ese mismo lugar fui a ver después a Depeche Mode… y con la pura música me puse a llorar”.

Lejos de Chile tanto en primera como en segunda vuelta electoral, Beto Cuevas alcanzó sin embargo a recibir el saludo asfixiado de una ciudad cubierta por carteles. Simpatizante concertacionista según lo que se desprendía en antiguas entrevistas, el cantante dice ahora conocer mucha gente confundida ante las dos opciones dispuestas ante el país:

“Por un lado, el empresario ha sacudido las predicciones y generado una cierta indecisión; pero no creo que tenga la sustancia social ni política que se necesita para ser un buen gobernante. Al final de todo, creo que primaría el afán de lucro de su grupo. De Bachelet me gusta que sea una mujer; creo que a Chile le haría muy bien evolucionar en ese sentido… y lo digo yo que vivo en un matriarcado [sonríe]. Pero de repente también veo que es una señora que no tiene el manejo político que tiene Lagos, y que eso le juega en contra. Entonces hay dos candidatos con falencias muy notorias. Entiendo que haya gente indecisa, aunque yo lo tendría claro. Confío en que al final va a ganar la democracia”.

—Desde el extranjero se ve con más claridad lo estresante y monocorde que se está volviendo la vida en Chile. ¿Qué reflexión te merece un debate en el que se nos dice que esto no es suficiente y que tenemos que aspirar a todavía más?
—Me llamó mucho la atención ese slogan: “CHILE QUIERE MÁS”. ¡¿Más qué?! ¿Más crédito en las tiendas de departamento para ahogarse en las deudas? ¿Más chiches para seguir aparentando algo que no somos? Creo que ese slogan está muy bien pensado porque apunta directamente al condicionamiento consumista que está experimentando nuestro país desde hace mucho tiempo. Si hubiera más honestidad en la carrera electoral, y en la política en sí, podríamos ver un slogan que dijera: “CHILE QUIERE MÁS PARA TODOS”. Eso haría sentirse a los chilenos dueños de Chile; dueños de las ganancias del cobre, por ejemplo. Conozco a mucha gente que está mal en lo económico, sin oportunidades ni perspectiva. Ésa es la gente que quiere trabajar y no puede; la gente que vota en blanco o que quizás, a la hora de los quiubos, le otorgue su voto al candidato con la mirada más honesta.


Solista, no solitario

El cine mantendrá ocupado a Beto Cuevas al menos hasta el segundo semestre de este año. En abril comenzará el rodaje de Una vez más, una cinta con el mismo equipo de La mujer de mi hermano y en la que el chileno tendrá ahora el papel protagónico. Sólo concluida esa filmación podrá concentrarse en su anunciado disco solista.

“Iré grabando demos y viendo a dónde va. No creo que sea un disco completamente solista, pues me gusta trabajar con gente y no intento lanzarme como hombre-orquesta. Pero, claro, ahora dirigiré la orquesta, y eso es lo novedoso y difícil”.

El debut de Beto Cuevas sin La Ley “saldrá cuando sienta que está como mi disco soñado”, según él. En su reciente visita a Chile se saltó cualquier posible encuentro con sus ex compañeros de banda, y se enteró por comentarios de los dichos de Pedro Frugone sobre que La Ley “ya no volverá”. “Creo que sí nos vamos a juntar, pero cuando surjan de vuelta esas ganas”, estima el cantante. “Si Pedro dice que no volverá… que no vuelva. Nosotros somos un grupo acostumbrados a los cambios, a las metamorfosis. Falleció su fundador y seguimos adelante. En la medida que estemos Mauricio y yo, siempre habrá posibilidades de mostrar nuevas caras y seguir adelante”.

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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