entrevista a jorge gonzález, cantautor

January 16, 2006 at 2:35 am 1 comment

Amor por lo popular

Radicado hace tres años en Nueva York, Jorge González perdió la paciencia con los prejuicios públicos. La mitificación de su talento y la preocupación por su situación personal son dos de ellos. Aunque quizás el que más le molesta al ex Prisioneros sea la extrañeza hacia sus actuales opciones musicales, para él lógicas evoluciones desde un pasado que nunca desdeñó lo local ni la reflexión ante el trato con su entorno. Su nuevo disco, el primero en tres años, es un proyecto colectivo titulado Gonzalo Martínez y sus congas pensantes.

Por Marisol García | Chilerock, 1997.


«El setentaicinco por ciento de las entrevistas se refieren a cosas que le interesan al que está entrevistando. De las cosas que te preguntan, probablemente el cincuenta por ciento a uno no le importan», dice Jorge González a modo de bienvenida a una entrevista que ya sabíamos desafiante, pero que no era necesario zanjar con esta distancia. La ex voz y bajo de Los Prisioneros quiere ir cuanto antes al grano; que al menos este par de semanas significa hablar de su nuevo disco, su vida en Nueva York y su fe en el cambio cultural a través de la independencia.

—Circulan muchas malconcepciones sobre tu carrera que quizás quieras aclarar. Hay quienes creen que lo que estás haciendo ahora es una opción de trabajo «de por vida», casi, siendo que tú lo has definido como simplemente una etapa.
—Todas las cosas que uno hace o que a uno le pasan son etapas. Nada es para siempre, menos la música. Estadísticamente esto tendría que ser una etapa porque los discos que yo he hecho han sido todos bien diferentes unos de otros. Pero, ¿quién sabe? O sea,… [se ríe]. Me da lo mismo. La verdad es que me da lo mismo.

—Quizás te importe más cómo el público perciba tu música.
—[Se impacienta] Pero cómo voy a poder yo captar lo que percibe el público, si el público son puros individuos. Son miles de personas diferentes unas de otras; cada una con su propia vida, sus propias cosas… Yo no puedo pensar en el, entre comillas, público, porque no tengo esa percepción.

Cumbia en serio: «La ironía es muy triste»
El disco Gonzalo Martínez y sus Congas Pensantes incluye diez canciones, siete de ellas basadas en ritmos reconocibles de la música tropical (“La pollera colorá”, “La piragua”, “Tiburón a la vista”) recreadas principalmente con secuencias por Jorge González y Martín Shopf. «Tecno-cumbia» o «intelligent-cumbia» es como la pareja ha denominado el estilo de su trabajo, un experimento inusual que vuelve a leer lo ya conocido a través del prisma sonoro, rítmico y temporal de la interpretación electrónica.

«Queríamos hacer un disco que fuera original y que no existiera en ninguna otra parte del mundo —explica González sobre su original intención de trabajo junto a Shopf—. Creo que [hacer algo novedoso] es el deber de uno como músico cuando ya se ha desarrollado».

—¿Estás de acuerdo con que en el disco podría percibirse un cierto tono irónico?
—Absolutamente no. El disco no tiene nada de ironía.

—Y esos «a gozarrrr» en algunos temas.
—No son irónicos; podrían ser humorísticos. Lo primero que decidimos con Martín al momento de hacer el disco es que no tuviera nada de ironía. En los últimos diez años ha habido demasiada música hecha con ironía y yo quería enfrentar el trabajo de la cumbia con amor. Yo no soy una persona que sienta el desprecio que siente la mayoría de la gente que hace música juvenil entre comillas, como rock y todo eso, y que le tiene terror a lo popular. En general, gozo con la música que le gusta a mucha gente, y no tengo ningún problema con que un disco sea un éxito. O sea, si hay un tema bueno de Spice Girls yo me compro el disco […]. Además que no podría perder el tiempo haciendo un disco irónico en este momento. Porque la ironía es muy triste.

—¿Triste o despectiva?
—Es triste. Porque a través de la ironía es que mucha gente hace cosas que realmente le gustaría hacer pero le da vergüenza. Usan ritmos o melodías que les parecen como ordinarias, pero en realidad les gustan y no pueden reconocérselo.

—También puede usarse a manera de rescate. Códigos que estuvieron despreciados por un tiempo y que se reivindican a través del pop.
—Eso está súper bien. Yo creo que el trabajo que hicieron Los Tres con las cuecas y el charleston fue un paso decisivo en la música chilena.

—”La cumbia triste”, el tema que aportas al disco, parece un título que integra dos conceptos contradictorios. A la gran mayoría de los chilenos, la cumbia les sugiere celebración y baile.
—Claro, es que yo creo que “La cumbia triste” está inspirada en mi infancia. Y en los años 70 toda la música sonaba triste. ¿No te acuerdas cómo era eso?

—Yo era muy chica.
—Mira, en Chile eran grandes éxitos unos temas laaaaaargos. Bread, por ejemplo, o Carpenters. La música más triste era la que pasaban en la radio. Y las cumbias también sonaban así, como una cosa nostálgica, melancólica; de la quinta de recreo donde la gente iba a tomar, y quedaban súper curados y se ponían a llorar.

—El disco viene luego de un período de estudios tuyo. ¿Cómo se refleja eso, si es que se refleja, en tu desarrollo creativo actual?
—Yo creo que se refleja en que “La cumbia triste” la mezclé yo. Eso no podría haberlo hecho si no me hubiera metido a estudiar.

—Pero tiene que haber algo más que eso. Quizás una priorización técnica con respecto a la música que desarrollabas antes.
—Yo siempre he enfocado la música de una manera súper técnica y práctica. Siempre he estado más cerca de las consolas y las grabadoras, que de las partituras. Yo, incluso, a Los Prisioneros lo consideraba un grupo de estudio. No me interesaba tocar en vivo. Era a los muchachos a quienes les interesaba.

—Pero era un grupo que parecía espontáneo, de gran fuerza en vivo.
—Bueno, o sea… Lo que pasa es que a mí me gustan mucho los discos. Me fascina la grabación; eso es lo que me ha atraído siempre. A mí me gusta escuchar discos: estar en la casa, a solas en mi habitación, y poner un disco y escucharlo sin tener la referencia de si el que está cantando es de una raza u otra, de un sexo u otro, de ahora o de otro tiempo, si tiene buena pinta o no. Me gusta mucho la música que se transforma en una voz interior. Yo creo que a mucha gente le pasa que escucha una canción y le parece que estuviera saliendo de ellos mismo, y eso es súper bonito. Es una conexión que pasa por una cosa más profunda que la de las presentaciones en vivo, donde te influencias mucho por las luces y todo eso.

—Son situaciones incomparables.
—Son muy distintas. A mí me gusta mucho tocar en vivo, lo paso la raja. Pero las grabaciones son lo que me han atraído siempre.

«Yo soy súper buen letrista»
Alejado durante tres años de la publicación discográfica —su último disco solista, El futuro se fue, fue puesto a la venta en 1994—, con su nuevo trabajo Jorge González se ha reencontrado con muchos más elementos creativos que el simple hecho de elegir una carátula o buscar un título original para su álbum. Entre tanta perilla y cable, uno de los principales letristas de la música popular chilena no había pensado en versos desde su partida del país.

—¿Te mantuviste componiendo durante estos años?
—No, sabís que no he compuesto nada. “La cumbia triste” es una de mis primeros trabajos en mucho tiempo.

—¿Desde cuándo? ¿Desde el disco anterior?
—Sí. He hecho muchas canciones sueltas, pero ponerme sistemáticamente a componer, claro, desde el disco anterior. E incluso las canciones de ese disco fueron compuestas cuando las estaba grabando. O sea, hace rato que dejé de componer con sistema.

—¿Por qué?
—Circunstancias. Si yo tampoco compuse toda la vida… Mi primera composición la hice cuando tenía 17 años. Yo no era músico: de un día para otro me hice músico.

—¿Y no te preocupa ser menos prolífico ahora?
—O sea, yo he hecho muchas cosas. Canciones he hecho menos, pero sí he hecho piezas musicales que no son canciones; que no tienen letra, digamos.

—¿Cuál crees que es tu fortaleza como compositor?
—Yo creo que las canciones que escribo y grabo tienen una atmósfera definida, de comienzo a final. Creo que mis canciones son una cosa en que se mantiene una atmósfera y una idea todo el rato.

—¿Qué quieres decir con eso?
—Yo creo que mi fuerte es una unión entre producción y composición. Yo no soy un compositor que cree como con el piano y la voz solos. Casi siempre compongo ya pensando en la grabación o dentro de la grabación misma. Generalmente, lo que me inspira es un sonido o una combinación de palabras en particular. No sólo la combinación de palabras, sino la manera en que suena esa voz, el efecto que tiene.

—¿Te consideras un buen letrista?
—Yo considero que soy súper buen letrista. Sí, sí. [Piensa unos segundos] O sea, pero comparativamente. Yo creo que soy un buen letrista porque la mayoría de los letristas son malos. Por eso.

—¿Malos en Chile?
—En todo el mundo. O sea, las letras en inglés son bastante horribles.

—¿…?
—Claaaaro, la mayoría son súper malas. En Chile hay una tradición de escribir bien particularmente interesante. O sea, las letras de gente como Los Tres, por ejemplo, son letras que en otros países no hay. Ellos escriben súper bien. En otros países, hay bandas que han tenido letras horribles, como Soda Stereo, y sin embargo les va súper bien. Si ellos hubieran sido chilenos no les hubiera ido nunca bien, porque los chilenos exigen de sus artistas mucho más de lo que exigen a los de afuera.

—¿Y crees que eso ha sido para ti un talento innato?
—Lo que pasa es que a mí me gustan tanto las palabras como la música. A la mayoría de los muchachos que están creando les interesa más la música. Se ven forzados a escribir letras porque desde hace muchos años las canciones son el medio de difusión más grande para la música. Pero no son gente particularmente interesada en la literatura. Es como si a los escritores los forzaran a escribir música. Hay otros casos en que interesa tanto la letra como la música. Y ése es mi caso.

Mensaje bajo control: «Todos tenemos boca»
González habla con la ansiedad —por momentos mecánica— de quien ha ofrecido un promedio de dos entrevistas diarias durante la última semana, y sabe que deberá mantener el ritmo durante un par de días más. La idea es promocionar de la mejor manera posible el nuevo disco y su respectiva presentación. Hay ánimo pero no training. Y muchos dirán que el tedio es merecido.

Jorge González se negó durante tres años a establecer cualquier tipo de contacto con la prensa y las audiencias en vivo. Su último disco solista, El futuro se fue (1994), jamás contó con promoción: demasiado hastío de su parte con la resaca de marketing de su anterior trabajo (Jorge González, 1992), demasiada molestia de parte de EMI con un disco costoso que no asomaba un single radiable por ninguna parte. Súmese a eso el desconcierto del público chileno, fiel a los cambios de González dentro de Los Prisioneros pero escéptico ante nuevas inquietudes que no parecían guardar relación con el compromiso social que tanto aplaudieron durante los años ochenta.

—Has dicho que tu opción de no dar entrevistas durante algunos años fue porque no tenías nada que decir.
—Claro, no había hecho ningún disco.

—Pero es lógico que en la medida en que sigue habiendo presión por entrevistas es porque existe interés popular.
—No, claro que hay interés. Y bueno onda, yo lo agradezco. Muy pocas veces he rechazado una entrevista sin dar las gracias por que me la hayan ofrecido, porque yo sé que igual es un honor que quieran entrevistarte.

—¿Y nunca dudaste de esa opción de silencio?
—Noooo… No, porque si no tenía un disco nuevo no tenía nada que decir. Y el que mucho habla mucho yerra.

—Hay muchos que echan de menos que digas más cosas.
—Que las digan ellos. Todos tenemos boca.

—Los músicos están diciendo muy poco.
—La música que yo hago generalmente corresponde a lo que yo quisiera escuchar. Yo digo: «¿Qué canción no existe y sería maravillosa de escuchar ahora», y ésa es la canción que hago. Entonces yo cacho que si alguien quiere que yo diga algo, creo que tiene que ir y decirlo.

—¿No crees que los músicos deben asumir una responsabilidad por un cierto liderazgo de opinión en la sociedad?
—Opinión, en cuanto a palabras, no creo. En cuanto a música, sí.

—¿Y en cuanto a discurso?
—No. Los músicos cambian la realidad por medio de vibraciones sonoras, y eso es mucho más fuerte que las palabras. Porque las vibraciones sonoras no saben de idiomas.

—¿Alguna vez creíste que sería efectivo entregar un mensaje a través de las palabras?
—A mí me interesa el mensaje porque me interesan las palabras y la cosa social. Pero eso no es una obligación para un músico. A mí me interesa como persona, no como músico.

—¿Y aún te interesa?
—Claro. Todo lo que estoy haciendo ahora con mi círculo de amigos es como parte de un crecimiento para la comunidad de los músicos y de toda la gente de acá. Si nosotros montamos una fiesta y armamos un sello y estamos sacando cosas, es para que la huevá se mueva. Si igual es más fácil trabajar afuera. En Nueva York es más fácil.

—Y más rentable.
—Más rentable pero es una lata; ya está todo hecho. Y yo tengo un hijo, y muchos de mis amigos también. Y queremos que si nuestros hijos se quieren dedicar a ser músicos o bailarines o actores o cualquiera de esas cosas que en todos los últimos años se han mirado como inútiles, lo puedan hacer y puedan vivir de ello. Porque hace falta más gente que haga eso y menos que se dedique a la ingeniería comercial.

—Se extrañan definiciones sociales más frecuentes de tu parte, considerando tus declaraciones de otros momentos. Algunos quizás no comprenden que puedas estar igualmente provocando desde otro frente y haciendo más que diciendo.
—¿Quién es el que no comprende? Ésas son opiniones de la prensa. Y la prensa es un grupo muy pequeño de gente que vive manipulada por los dueños de los medios que viven manipulados por los que pagan los avisos. Entonces la opinión de ellos no vale nada. La opinión de la prensa no vale absolutamente nada.


Piensa global, actúa local
En Nueva York a Jorge González le seguían pidiendo autógrafos. La comunidad latina es enorme, su círculo de relaciones era principalmente extranjero y su supuesta soledad y aislamiento social es otro de los mitos que González se demora una frase en derribar. «He tenido ene suerte con los amigos», asegura, y amplía la responsabilidad de su condición cosmopolita a sus viajes adolescentes y a su creciente conocimiento de la cultura europea.

«Hace cinco años comenzaron a volver todos los hijos de los exiliados, una generación de veintitantos años con experiencia inédita en la historia chilena. En este país la gente siempre se crió pensando que se querían ir a Europa y cuando conseguían un poco de dinero partían para allá y lo pasaban chancho. Éstos no. Éstos tuvieron que criarse en Europa a la fuerza, y no les gustó, ¿cachai? Lo único que querían era venirse a Chile. Y ahora todos están volviendo y están felices acá».

—Tu caso es exactamente opuesto.
—Claro, yo me fui a Nueva York. Pero me refiero a la cosa cosmopolita de la gente con la cual estoy trabajando ahora. Cuando estuve en Nueva York tuve la ocasión de viajar harto a Europa y conocer allá a esa gente. Y me los engrupí harto para que se vinieran para acá.

—¿Por qué crees que Chile les pueda resultar atractivo?
—Porque acá todo puede ser. Por eso.

—¿Todavía?
—Sí. Acá todo puede ser. Uno se ausenta un año de Chile, vuelve, y está todo cambiado. Todo cambiado: hay más calles, más construcciones….

—Quienes estamos acá creemos que eso es para peor. La ciudad parece estarse deshumanizando.
—Lo que pasa es que allá la deshumanización ya no tiene vuelta. La gente anda con la cara larga todo el día; no tiene esperanza. Y acá es diferente. Acá todavía la cosa puede cambiar. Y el hecho de que las cosas no funcionen de manera exacta es súper bueno, porque siempre deja el margen al error por el cual puede introducirse el cambio, ¿cachai?

—¿Cuál es tu relación con la palabra nacionalidad?
—Eeeehhh… Yo creo que la palabra nacionalidad, en un sentido liviano, es buena. O sea, por ejemplo la música es algo físico donde la herencia genética juega un papel importante. Así como nosotros tenemos un acento al hablar, una manera de caminar y unos gestos particulares, también la música tiene una cosa particular cuando se conecta con esa manera de hablar o esa manera de caminar. Entonces, en ese sentido, me parece interesante cuando la nacionalidad va por el lado de que uno pueda aprovechar mejor las cosas que la naturaleza o la herencia cultural le dio para sacar el máximo de sí mismo, musicalmente. Pero cuando se trata de ponerse a pelear con otros países por el partido de fútbol u otras cosas así, yo encuentro que es algo absolutamente ridículo.

—Eso es nacionalismo.
—Me carga, no tengo nada que ver con eso.

—Tu podrías haber hecho un disco mucho menos latino que el que acabas de editar. Pero optaste por inscribirte dentro de una tradición, dentro de todo, local. ¿Fue una opción consciente o algo ineludible?
—Es algo que le pasa a mucha gente cuando viaja: se vuelven más chilenos. Mira, yo vengo viajando desde los 18 años. Lo que pasa es que se hace un gran lío de que uno vaya a Nueva York, pero ir a Nueva York no es más espectacular que ir a Argentina. O a Colombia, o a todos esos países por los que yo he estado recorriendo desde que tengo 19 años. Entonces, con respecto a la onda de la apertura ante el mundo y todo eso, yo vengo abriéndome al mundo desde que nací, ¿cachai? Primero tuve que salir de mi barrio, después de mi ciudad… ya me perdí de lo que estábamos hablando.

—De tu esfuerzo por hacer un disco latino. No sé si estés de acuerdo, pero el tecno parece muy poco latino, a la gente le sugiere algo extranjerizante.
—Bueno, sí, pos. Pero lo mismo pasó con el rock cuando empezó. Yo creo que, en mi caso, es como una progresión natural, no más. Como que intelectualmente Los Prisioneros siempre tiraron a una cosa que, en el alma, era bien folclórica. A pesar de que el sonido era de guitarras eléctricas, toda la onda era como súper folklórica y latina. Y creo que a medida que pasan los años uno se va volviendo más así, porque va teniendo más elementos para hacer la música que tiene en los genes. En todo caso, el disco de cumbias es sólo uno de un montón de experimentos. El disco de Gonzalo Martínez es el comienzo de una revolución musical súper grande por la que está pasando la música acá en Santiago. Y que se está haciendo en las casas, y que la está haciendo la gente en su habitación con una maquinita chica, y que se está haciendo fuera de los grandes sellos y los grandes estudios.

—Independencia artística…
—Y además es comercial, porque las fiestas se organizan acá mismo. El disco está saliendo por mi sello y nosotros vivimos de esto. Y lo que yo más quiero es que los chicos que están empezando a trabajar con nosotros vivan de esto. No quiero que se sientan culpables porque les pagan por tocar. Yo considero que los músicos son necesarios, y que si viven de ello se pueden dedicar mejor.

—¿Para qué crees que son necesarios los músicos en el Chile actual?
—Los músicos son necesarios para soñar. Tradicionalmente, en todas las culturas, los músicos son los que han tenido las visiones y conducido a la gente por distintos lados. El músico es el que hace que toda la gente se mueva al mismo ritmo. Son los que dan alegría, los que dan esperanza, son las canciones. Sin la música, creo que la gente lo pasaría mucho peor.

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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