aparato raro, aparato raro (1985)

January 25, 2006 at 8:54 pm Leave a comment

Por Marisol García| texto de carátula para reedición en CD.

disco
Cuando el grueso de las bandas chilenas afinaba sus guitarras y competía por quién componía el riff más adherente, Aparato Raro descubría con fascinación las posibilidades de sus teclados y sintetizadores. Su convicción en torno a ser capaces de levantar el primer tecnopop local abría su música a exigencias tan misteriosas como estimulantes. Aparato Raro, el primero de sus dos discos, es una de esas pruebas artísticas escasas, capaces de convertir la moda en algo imperecedero.

Las bandas del nuevo rock chileno tenían los oídos copados por las melodías y arreglos de The Clash y The Cure, pero a los integrantes de Aparato Raro les parecía mucho más interesante indagar entre los discos de la mejor época de Depeche Mode, Thomas Dolby, Howard Jones, Ultravox… grupos y solistas que hacia mediados de los años ’80 sostenían un puente brillante entre el dogma alemán de Kraftwerk y el talento británico sobre la melodía y la canción.

Para el grupo chileno, el tecnopop era un descubrimiento significativo, que de hecho hizo girar por completo la música que hasta entonces algunos de sus integrantes venían trabajando en el grupo Ojo de Horus, vinculado a un tipo de jazz-rock o fusión progresiva. «Si tienen sintetizadores, mejor hagan tecno», les sugirió Carlos Fonseca, entonces manager de Los Prisioneros y administrador de la etiqueta independiente Fusión, y a quien el vocalista y tecladista Igor Rodríguez había conocido en la carrera de Tecnología del Sonido en la Universidad de Chile. El guitarrista y tecladista Boris Sazunic, el tecladista Rodrigo Aboitiz y el baterista Juan Ricardo Weiler completaban esa primera formación de Aparato Raro, que fue el nombre con el que la nueva sociedad decidió hacer público —y sin asomo de culpa— su interés por las máquinas.

Además de algunas presentaciones en contextos universitarios, Aparato Raro se asentó como banda con sus dos primeras grabaciones: “Amores computarizados” y “Calibraciones”. La primera era un relato no muy convincente sobre lo que parecían ser los síntomas de un robot enamorado («sientes el zumbido de cincuenta ciclos en tu receptor»). “Calibraciones”, en cambio, era una canción hecha y derecha, cuyo valor ni el propio grupo supo apreciar en un primer momento.

La habían trabajado en tiempo récord, grabado y mezclado en las últimas dos horas que les sobraron de una sesión de estudio. El “la la la” (¿o es “lo lo lo”?) que se escucha al principio del tema era una suerte de chiste interno, que Juan Ricardo Weiler improvisó en el micrófono. «Total, este tema no va», pensaron. Pero a los dos días ya estaba en radios, y de ahí no ha salido hasta hoy. El coro del baterista fue luego sampleado a través de un teclado Emulator para las actuaciones en vivo del grupo, y no hay dudas de que se trata de su composición más recordada.

Las circunstancias hicieron creer al grupo que, para ese single, quizás convenía cambiar las originales menciones a “fascistas” y “marxistas” por saludos inofensivos a “sofistas” y “ciclistas”. Pese a ello, fue éste un disco lleno de valientes alusiones a los abusos de la dictadura, algunas de una claridad sorprendente: “Ciegos, sordos los que ordenan / Mudos, cobardes los que entierran / Si eres capaz de matar un hermano / ya no hay en ti nada de humano” era el estribillo de “Dulce decepción”, y en la sombría “Post mortem”, Igor Rodríguez cantaba: “Tu pecho siente las explosiones / allá a lo lejos, en las poblaciones (…) / Éste es mi mundo, esta es mi ciudad / todos han muerto pero ella está“.

A la rigurosa dirección que llamaba la atención en la banda contribuía de modo innegable Rodrigo Aboitiz, el hombre que más tarde alcanzaría fama continental junto a La Ley, y que hasta entonces se había convertido en uno de los mejores alumnos chilenos de las lecciones de Kraftwerk y Emerson, Lake & Palmer. Junto al canto áspero de Igor Rodríguez y el uso de peculiares recursos visuales (como ciertos conciertos para los que forraban sus instrumentos con papel plateado, por ejemplo; o los trajes de oficinistas con que luego aparecían vestidos en vivo), Aparato Raro se elevó como uno de los protagonistas más sorprendentes del paisaje pop de los años ’80: brillantes por fuera, y vaya qué profundos por dentro.

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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