emociones clandestinas, abajo en la costanera (1987)

January 25, 2006 at 8:40 pm Leave a comment

Por Marisol García | texto de carátula para reedición en CD.


Para no complicarse la vida, cuando hubo que escribir los créditos de carátula de su primer disco los integrantes de Emociones Clandestinas decidieron incluir la información estrictamente necesaria: el nombre de los temas y un par de agradecimientos. Hubiese sido demasiado confuso detallar los datos de todo el largo año que les tomó completar el trabajo. Las primeras voces grabadas habían sido las de Carmen Gloria Narváez (la cantante que tuvo el grupo desde su fundación, en 1985), pero terminaron a cargo del guitarrista Jorge Yogui Alvarado. También hubo un cambio de bajista (se fue Alejandro Narváez; entró Pablo Lazcano) y varias decisiones de último minuto sobre el repertorio. El guitarrista Juan Carlos Vera y el baterista Iván Molina completaban esa formación que en su primera experiencia de estudio se puso a las órdenes del productor Alejandro Lyon.

Esa carátula austera omitía, además, otro dato significativo. Durante los últimos días de grabación, Emociones Clandestinas recibió en el estudio la visita incógnita de Los Prisioneros, quienes quisieron incorporarse de algún modo al disco con la condición de que su presencia se mantuviera en secreto. Casi todos los coros que se escuchan en Abajo en la costanera (incluyendo los de “Cajitas rectangulares” y “¿Es esto revolución?”) son las voces de Jorge González, Claudio Narea y Miguel Tapia. El baterista Iván Molina cree recordar que fueron grabadas una mañana de sábado, en el último fin de semana de trabajo para el álbum: «Teníamos que entregar el estudio el lunes a las dos de la tarde porque comenzaría a grabar Nadie. Y el lunes a la una teníamos al fin el disco listo».

Eran días de extrema precariedad para estos cuatro amigos penquistas que aún no encontraban un lugar fijo de residencia en Santiago, y que muchas veces convirtieron las oficinas de Fusión, su sello, en sala de ensayos y hasta dormitorio de emergencia. Su aventura musical completa era una improvisación guiada por su sueño de convertirse en la primera banda rock sureña con éxito a escala nacional. Y en esa precisa incertidumbre fueron levantando una obra mayor del rock chileno.

Con la mente puesta en The Clash y el corazón en la inteligente agudeza social que admiraban en Los Prisioneros, Emociones Clandestinas se propuso un álbum de rock vinculado a su tiempo, su contexto y las inquietudes más urgentes de sus integrantes. La prueba más famosa de esa síntesis está, sin duda, en “El nuevo baile”, tema en el que, a partir de una progresión mínima de acordes, el grupo describía el absurdo de ciudadanos que articulan los mismos movimientos en la calle, el metro y “la disco”. Según Alvarado, «la letra surgió por cómo Santiago te estaba obligando a vivir: autorreprimido y autocensurado. Fue un tema inspirado en la new wave, y los quiebres se hicieron con los efectos de un sintetizador DX7 Yamaha, un clásico de los ’80». Diez años más tarde, su popularidad lo convertiría en el jingle de una tarjeta bancaria.

Esa nueva manera de entender la crítica política —más absurda, si se quiere— fue uno de los más significativos aportes de Abajo en la costanera a la canción pop chilena. Los efectos de la dictadura salían en las letras de este disco no como indignadas proclamas humanistas, sino como hastiadas reflexiones en torno a un orden ajeno y opresor. «¡No queremos este mundo culeao!», gritaba Yogui al final de “¿Es esto revolución?”. «Tengo 27 y quiero vivir» era la exigencia urgente de “No me puedo acostumbrar”.

La omnipresencia catódica descrita en “Cajitas rectangulares” inspiraba un tema de sorprendente vigencia, hoy que la TV sí que no sale de «la casa, las calles y los bares». Con un pie en el punk y otro en el pop (ahí están las ricas referencias visuales de “Te tengo atrapada”), Emociones Clandestinas hizo un álbum breve pero que resultó ser mucho más que un simple soporte para el comentado carisma de sus conciertos. El grupo combinó con cuidado las influencias acumuladas en años de coleccionismo, ordenándolas de acuerdo a un impulso propio de sorprendente profundidad y un alcance que ha excedido con creces el de su tiempo.

Los habitantes de Concepción pueden visualizar fácilmente a qué lugar se refería el grupo con el título del álbum, un guiño a la ubicación de su sala de ensayo, en calle Rancagua, justo bajo Pedro de Valdivia, avenida que ejerce una categórica división de clases en esa ciudad sureña. La vida urbana, su ritmo, sus diferencias, tuvieron una presencia importante en la creación de Emociones Clandestinas, grupo-emblema de un momento creativo que acogió en Concepción los primeros pasos artísticos de varios músicos destacados luego en bandas de amplia fama. Eran los tiempos de Los Cuatro Amigos del Doctor, La Casa de los Sueños, Los Ángeles Subterráneos y las primeras tocatas de Los Santos Dumont y Los Tres. «Bandas de una estética abrumadora, nocturna; parte de una ciudad húmeda, llena de neblina», en palabras de Yogui. En ese contexto, la decisión de Emociones Clandestinas de mudarse a Santiago y profesionalizar su trabajo fue atrevida y señera para grupos sureños posteriores (Los Bunkers, Machuca, De Saloon) que hasta hoy reconocen la deuda.

Emociones Clandestinas trabajó Abajo en la costanera pensando que el álbum daba inicio a una larga discografía. Sin embargo, terminó siendo la única marca oficial de su paso por la interesante aunque atribulada generación pop de los ’80. Sus esfuerzos por una segunda publicación terminaron siendo inconducentes, y el grupo anunció su primera separación dos días antes del fin de la década. En ese primer recital de despedida Yogui Alvarado se preocupó de llenar el escenario de globos.

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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