entrevista a ángel parra, cantautor

June 21, 2006 at 1:08 am Leave a comment

Algo sobre su madre

El cantautor vuelve a adentrarse en el mundo literario, aunque esta vez para contar la historia de la mujer más importante de su vida, su madre. Violeta se fue a los cielos es la biografía más afectuosa aparecida hasta ahora sobre la autora de “Gracias a la vida”, un relato en el que los pequeños encuentros dicen más sobre Violeta que los grandes logros, y en el que van saliendo pistas sobre la peculiar dinámica familiar que ha sostenido al tronco Parra desde principios del siglo XX.

Por Marisol García | inédita, junio 2006.

—Al principio del libro aclaras que éstos no tienen por qué ser los recuerdos definitivos sobre la vida de Violeta, y que muchos corresponden a memorias tuyas que pueden ser incluso un poco vagas.
—Claro, así es, pero tienen una base de realidad. O sea, es verdad que yo estuve con mi mamá en esas circunstancias, es verdad que ella me despertaba y me mandaba a hacer tal o cual cosa… Me interesa decirlo sobre todo por esos que andan detrás de cada “exclusividad” de la Violeta. [En el libro, a ellos] Los defraudo, y me encanta defraudarlos. Porque tienen que respetar que ésa es mi verdad, que no tengo otra.

—Además que así son los recuerdos de infancia, ¿no?
—Totalmente. Debe ser de los tres años mi primer recuerdo suyo, cuando yo la veo frente a un espejo, probándose una falda plato, con un chaleco y un sombrero con pompón. Pero, ¿sería escocesa la falda? Yo puedo ahora ver la entrada del sol, y puedo ver la tela escocesa, pero no sé si fue así o no. No tengo disciplina, no tengo un plan de trabajo. Escribo un poco como mi madre hacía arpilleras.

—Has estado como la Yoko Ono en estos días, cumpliendo casi el papel del viudo profesional…
—[Se ríe muy fuerte].

—…que es algo que asocio a lo que tú cuentas en el libro, referente a tu suerte de papel de pater familias. Gilbert Fauvre te pidió a ti la mano de Violeta, ¿no? Y luego tú estuviste desde muy joven dándole a ella parte de tu sueldo.
—Yo creo que mi mamá me distinguió porque yo era su único hijo hombre. Y, por lo tanto, cuando yo cometía algúna barbaridad, con justa razón era severa, porque yo no tenía derecho a hacer eso. Entre deberes y derechos, yo tenía más deberes [se ríe]. Pero tampoco me sentía yo a cargo del clan. Yo estaba a cargo de pequeñas cosas, como hacer la comida. Sabía hacer carbonada, cazuela, charquicán, cuando tenía diez años. Y eso en función de que mi mamá llegara y estuviera la comida caliente.

—Hay personajes a los que en el libro tú les das mucha importancia. Inspiradores de Violeta, como Rosa Lorca. En la mayor parte de las biografías de Violeta, éstos no se mencionan, o se lo hace muy a la pasada.
—Claro, yo los menciono porque los conocí: a la Rosa Lorca, a Eduviges Candia, a María Paiquén [?], que no conocí personalmente, pero que mi madre me contaba y me hacía la coreografía del baile que ella le había visto en Temuco. Con Isaías Angulo yo viví. Entonces fueron tan vitales para mi madre como para mí. Sin la apertura de mi madre hacia esos personajes, ellos no se hubieran entregado como lo hicieron ante ella. Creo que fueron ellos las piedras angulares ante las que mi mamá dijo: “Por aquí va la cosa”.

—Creo que en el libro queda claro que tú has entendido bastante bien qué fue lo que vio Violeta en ellos. De Rosa Lorca tú escribes algo así como que “fue la Violeta de Violeta”.
—Sí, claro. Ella no andaba detrás de eruditos, sino que del alma popular… ¡era tan exigente! Entonces Rosa las tenía todas, porque era partera, sacaba el mal de ojo… son cosas que yo no menciono para que no se cayera en una cosa muy folclórica. Pero pongo mucho énfasis en lo del velorio del angelito porque, en eso, esa mujer era una sa-cer-do-ti-sa.

—De las últimas que iban quedando, ¿no?
—Sí… en esa época. En todo caso era algo repudiado por la Iglesia, tal como la Iglesia ha repudiado tantas otras cosas, que es tan retardataria… en todo el mundo, pero particularmente en Chile. Esas cosas hay que decirlas, para que la gente sepa que, incluso, la Violeta tuvo que luchar contra corrientes católicas de opinión.

—Me llamó mucho la atención lo que cuentas sobre “Qué pena siente el alma”. Escribes que ella armó esa canción a partir de una estrofa que alguien le cantó. Yo no tenía idea.
—Claro, mi mamá era como una “componedora de huesos” [se ríe]; de huesos del alma.

—Es como con “El cigarrito”, que todo el mundo cree que compuso Víctor Jara.
—Claro. Ella nunca se atribuyó una canción como “Qué pena siente el alma”. Nooooo. Está registrada como una “canción popular. Recopilada por Violeta Parra”.

—¿Y así salieron muchas canciones?
—Muchas. Ella recibía un pedacito, una puntita, y las armaba de acuerdo a una lógica. Decía: “Bueno, esto debería ir aquí”. Tal vez las únicas personas que le dieron canciones enteras fueron la Rosa [Lorca] y mi abuela Clarisa.

—Y las que ella encontró en el campo.
—Claro, también. Es que a veces los viejos le mostraban una parte de una canción. Mi mamá les exigía mucho: “¿Y cómo era?”, “¿Y cómo se bailaba?”, “¿Y quién era entonces el Presidente de la República?”. Era un trabajo muy riguroso. Yo digo que como de socióloga.

—Sobre “Me gustan los estudiantes”, entiendo que ella nunca la grabó. Que la primera grabación fue tuya, ¿no?
—A ver… Claro, no hay ninguna grabación de ella. Yo la grabé primero porque ella me entregó esas canciones en París: “Arauco tiene una pena”, “Que vivan los estudiantes”, “La carta”. Me pidió que yo las trajera a Chile y se las entregara [las cantara] al comité político del PC para ayudar en la campaña [de Allende], en abril del año 64. Entonces las primeras versiones las hice yo.

—¿Podrías recordar en qué circunstancias Violeta compuso “Me gustan los estudiantes”? ¿O a propósito de qué?
—También revueltas estudiantiles en Santiago. “Arriba quemando el sol” la compuso antes, cuando visitó las minas del norte. La invitó un señor De Castro para que fuera a cantarles a los trabajadores. Y fue y vio en qué circunstancias trabajaban, y de vuelta se trajo esa denuncia.

—Si pudieras hablar tan sólo como biógrafo, ¿te gusta la Violeta que, en libros, reportajes y documentales, está quedando registrada para la historia de Chile?
—A mí me gusta la Violeta que inventa la gente. Esa Violeta de la que hablan los que dicen “Violeta era fantástica, yo la conocí mucho. Si yo iba a la carpa todos los días” [se ríe]. Si hubiera ido tanta gente a la carpa mi mamá no estaría muerta.

—Son como todos los compañeros de curso de Claudio Arrau, que nunca fue al colegio.
—¡O los guardaespaldas de Allende! “Si yo estuve hasta el último minuto en La Moneda…”. ¡Qué! ¡Nada! A mí me gusta que a la Violeta le pongan color. No me gustan aquellas personas públicas que dicen que trabajaron con ella y que Violeta les enseñó tantas cosas. A esa gente yo la desprecio, porque sé que no es verdad y porque se olvidan de que trabajaron conmigo, y de que yo les enseñé a tocar. Y hay varios, ¿ah?

—Pero en el libro sí mencionas a Gastón Soublette y Sergio Larraín como amigos cercanos.
—Sí, sí, ellos fueron amigos yo diría que fundamentales en un momento para ella. Además que hicieron ese libro maravilloso [se refiere a Cantos folclóricos chilenos, de 1979].

—Pero en términos patrimoniales, si es que te es posible hablar así, ¿ya no les preocupa, como familia, cómo estará quedando Violeta cuando ustedes partan?
—No, a mí ya no me preocupa. El viernes pasado fui a cantar a La Pintana. Siempre divido el recital en tres partes. En la primera parte canté “Canto a la victoria”, una cosa bien fuerte, bien potente que escribí el año 87; y toda la gente estaba con lágrimas, con kleenex. Luego canté canciones nuevas, que son muy funcionales, cómicas, políticas; casi panfletarias. Y la gente estaba radiante. Pero cuando empiezo a cantar las canciones de la Violeta, al final, queda la escoba: se las saben todas, se las cantan todas. Es un momento de comunicación formidable. Y ésa es la Violeta que a mí me interesa. Ahora, si el MINEDUC decidiera mañana incluir en sus programas de preparación de profesores algunas décimas de la Violeta… yo lo encontraría formidable. Pero para qué le vamos a pedir peras al olmo. Mucho más importante es lo que hicieron ustedes con la enciclopedia punto cl [se refiere a musicapopular.cl], porque va a tener acceso Pedro, Juan y Diego. Entonces, yo estoy conforme. Aunque siempre le he tenido rabia y pica hacia quienes la despreciaron en vida y, luego de su muerte, fueron los primeros en ir a rendirle homenaje. Eso es tan típico; no digo chileno, es algo del ser humano. Es algo que se ve en todo el mundo. Y a esos los desprecio.

—Ustedes lo pasaron muy mal con el tema del Museo, de la Fundación. Creo que ahora el sentimiento de la familia es de estar mucho más en paz con ese legado, ¿no?
—Pero mucho más. Por lo menos, este comodato implica que la obra va a estar ahí [CCPLM] por mucho tiempo, y que va a ser restaurada, cuidada, con buenas temperaturas… cosa que nosotros no podíamos hacer en nuestras cosas.

—Además que no corresponde. Si lo que se hizo fue de sentido común.
—De sentido común, claro. Ahora, si no resultó antes, a veces pienso si no habrá sido [cosa de Violeta] para castigarnos. Puede ser… no lo sé. Como ya está hecho, no me importa. El pasado no me importa. Lo que me importa es el futuro y que esto se vaya a exhibir; y que la guagua de la Javiera va a ser hombre, según supe hoy día; y las hijas del Ángel: eso es el futuro. El futuro del país son los cabros, los pingüinos, a pesar de que se les pueda pasar la mano.

—¿Te gusta eso de que se siga hablando de “el clan Parra”? ¿Son todos ustedes tan unidos como algunos se imaginan?
—Bueno, nadie tuvo nunca en la familia conciencia de clan. Lo que pasa es que teníamos una abuela que era súper potente; que vivió mucho tiempo, que se casó varias veces, y que siempre dirigió a sus hijos, sus hijas, sus yernos y sus nueras: Clarisa Sandoval Navarrete. Entonces esto del clan no era algo sobre lo que tuviéramos conciencia. Ahora, los Parra eran pobres porque eran muy bohemios. Esta bohemia popular, de noche, de canto…

—De alcohol, también.
—Pero claro. Yo creo que eso no hay que dejar de decirlo, al contrario: hay que advertirles a los jóvenes de nuestras familias que se cuiden, porque es un mal endémico nacional. Pero de clan, nada. Es más: para amarnos más, nos vemos menos. Somos muy respetuosos de eso. Y no me gusta tampoco que los amigos intervengan, y que vengan a la casa y se instalen. En París yo tengo mi estudio donde recibo a la gente que me cae muy bien, y tengo los 40 mil cafés de París donde recibo a los otros [se ríe]. La casa es un recinto privado, es de la Ruth [su esposa] y mío, y no quiero alterarlo por respeto a la Ruth. Quiero que sienta que es su casa. Por eso ahora [en su casa de Santiago] me voy a construir un estudio para mí. En eso soy parecido a mi mamá y mi abuela.

—El libro completo está cruzado por esta carga de lo que es vivir en pobreza, aunque sin quejas. Pero es muy fuerte todo eso, como tu anécdota de la tetera con leche, que tú acarreabas por todo Santiago, y que da mucha pena. ¿Cómo has ido resolviendo tú con los años tu relación con las aspiraciones, con el dinero? Porque el mundo es distinto a como a ti te críaron, ¿no?
—Que el mundo ha cambiado, no hay ninguna duda. Nosotros dejábamos las puertas y ventanas siempre abiertas en La Reina, y hoy vienen a instalarme la alarma en mi casa. Creo que el mérito de haber sido de una familia de modestos recursos, con dificultades económicas, es que nosotros no nos hayamos desclasado. No nos hayamos convertido en arribistas. Porque nosotros pudimos superar esa etapa… de la que es ¡tan difícil salir!, sobre todo en un país como éste. En Europa, por ejemplo, hay salud pública, seguridad social, un montón de ayuda del Estado… y acá, nada. Pero este asunto de la guitarrita, de cantar, nos fue sacando de la miseria, yo diría que intelectual, que es fatal; porque es ésa la que no te deja avanzar. Y eso fue por la conciencia política de mi mamá. Nosotros no le llegamos ni al taco a ella, de eso no tengo ninguna duda. Nuestra pobreza no era una pobreza sufriente, terrible, dolorosa… no. Yo me las arreglaba: vendía naranjas, iba al cementerio y lustraba los zapatos, vendía flores…

—¿Tampoco te da pena pensar en ese niño sujeto a tantas privaciones?
—No, para nada. Porque yo sentía que estaba trabajando para mí, para formarme. Por algo me dejaba hacer todo esto mi mamá. Yo sabía que no iba a ir a la Universidad, si nisiquiera había ido a la escuela primaria [se ríe]…

—… Ni nadie en tu familia.
—A excepción de Nicanor. Pero en todos estos oficios yo recibía un pequeño salario. Entonces yo nunca lo sentí como “qué doloroso…”. ¡Para nada!

—Y eso unido a una sensibilidad artística que, creo, ha mantenido a la familia dentro de una cierta elegancia, que no es la de volverse locos ante la llegada de dinero…
—Absolutamente. Yo creo que es así. Me perdonarán mis otros primos, pero eso viene de mi mamá.

—Porque su austeridad fue una elección. Ella podría haber vivido mucho más cómodamente, pero con menos libertad.
—Absolutamente. Ella eligió el camino difícil. Con cada separación matrimonial suya, ella se iba alejando de la estabilidad, de lo que simboliza el hombre. Pero a cambia tenía su libertad, como dices tú.

—Es divertido esto que cuentas sobre la tradición de las mujeres Parra de emparejarse con hombres más jóvenes que ellas.
—[Se ríe] Y sigue siendo así, jejeje. El caso más reciente es la Javiera. Bueno, supongo que las razones son obvias.

—¿Lo son?
—Jajaja. Bueno, hay que recordar que este país, siendo machista, es un matriarcado. Entonces la mujer, aquella que da a luz, aquella que sabe parar una ramada y bailar cueca, y hacer cazuela, es también la que va a la comisaría a buscar al marido cuando está borracho. Eso yo creo que se reflejaba muy fuertemente en mi familia, porque mi abuela [Sandoval] era la reina de este matriarcado. Se me escapó contar en el libro algo: ella se llamaba Rosa Clara, y se celebraba para santa Rosa. Una vez hubo una gran fiesta en el restaurante El Sauce. Fiesta organizada por la Violeta, naturalmente, quien era la segunda reina madre, en términos de carácter: líder total, muy mandona, sin ser la mayor. Eran fiestas comilonas y ¡regadas! Y recuerdo a mi abuela con un sable persiguiendo a un yerno suyo. Imagínate. Y este mismo personaje críaba pollitos en el velador con una ampolleta.

—Y fue enormemente dulce con Roberto.
—Con Roberto y con Violeta, cuando le dio la viruela. Mi abuela la salvó de esa viruela cuando había una catástrofe nacional de peste. No había remedios, y no sé cómo la pudo salvar. Era una mujer con capacidades extraordinarias. Un hijo debería escribir un libro sobre ella.

—En el lanzamiento del libro, Volodia dijo que ya que éste era un libro tan ágil y entretenido lo que correspondía ahora era que escribieras tu autobiografía. ¿Lo harías?
—No, para nada.

—Sería muy entretenido, considerando toda la gente que has conocido.
—Es que un amigo francés, escritor, me dijo: “Es peligroso lo que hiciste. Después de escribir un libro sobre tu madre, ¿qué más vas a decir?”. Y es cierto. Por ahora estoy dedicado al cine. Acabo de hacer un documental sobre Neruda que va a salir en septiembre como DVD. Luego quiero hacer otro, con mi hermana, sobre mi madre. Son entrevistas, gente que haya conocido a los personajes. En lo de Neruda están su traductor, [Antonio] Skármeta, el concierto que hice en la UNESCO, está Arte de pájaros. Hay imágenes de una película que se hizo en París sobre chile el año 81: Llueve sobre Santiago. Es un paquete grande, de cuatro horas. Y ahora quiero hacer algo sobre la Violeta. Y luego vendrán otros sobre Manuel Rojas y Fernando Alegría, que son escritores con los que yo trabajé. Ellos fueron tan generosos conmigo, que lo menos que puedo hacer es dejar un testimonio de eso. Por otro lado, soy cantor. Ahora se van a cumplir veinte años de la muerte de Georges Brassens, y tomé ocho canciones suyas, las traduje, las grabé, y ese disco sale en octubre, en París.

—Hay quienes escriben sus memorias como resultado de una terapia. Me imagino que no es tu caso.
—[Se ríe fuerte] ¡No! Yo creo que gracias a mi madre no necesito psicoanálisis. Qué más lejos. Lo que yo hago mucho es reflexionar. Puedo pasar semanas enteras mirando el techo. Reflexiono mucho sobre lo que pasa en Chile, en el mundo, el destino del hombre en la tierra, de mis hijos.

—Y los años, ¿te han ido poniendo más amargo o más optimista?
—Más optimista, fíjate. Sobre todo, porque los años me han ido permitiendo dar con los asesinos. Vi hace poco una foto del asesino de Víctor [Jara]. Ya se sabe quién es. Eso me pone optimista. Que estén condenados a perpetua… no los vamos ni a mencionar a estos cabrones… me parece maravilloso. Y que se siga investigando. Que las familias de los desaparecidos sigan. Me parece que la sanidad mental de este país pasa por ahí. Y una vez que a esta gente la han funado, vaya la justicia y los persiga. No quiero que los torturen, pero quiero que los metan presos. Quiero que les quiten la fortuna a todos lo que han robado en este país, y que han robado a manos llenas lo que se ha construido en cien años. Esto me hace ser optimista, y creo que eso se refleja en estas últimas canciones.

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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