entrevista a margot loyola, folclorista e investigadora

July 23, 2006 at 11:53 pm 1 comment

La canción nunca es la misma

Muchas de las reflexiones que la folclorista ha reunido en La tonada: testimonios para el futuro estaban hacía décadas en su memoria. Al escribir sobre su género musical favorito, Margot Loyola sólo ha puesto en letra impresa un rico mundo interior que no deja de tender puentes entre el campo y la ciudad, lo popular y la academia.

Por Marisol García | La Nación Domingo, julio 2006.

Ya es largo el trecho que separa una investigación que se emprende por encargo de otra animada por curiosidad personal. Pero es aún mayor la distancia entre los tratados más o menos teóricos que hasta ahora existían sobre la tonada y el texto que ha desarrollado Margot Loyola para La tonada: testimonios para el futuro, el libro que presentó hace un mes en Valparaíso y que recién esta semana llegará a las tiendas de Santiago.

“Es una investigación… vivida” prefiere describirla la folclorista e investigadora, que dio cauce a estas líneas sólo después de haber pasado más de cinco años entre cantoras y cantores de la Zona Central, expertos sin saberlo en lo que Margot cree que ha sido el gran legado campesino a nuestra música popular. De algún modo, son rasgos también autobiográficos los que van adivinándose bajo estas impresiones, las de una mujer que ha acompañado el desarrollo de la música chilena desde el campo directo del testimonio, y que se ha arrimado a la tonada como a un género expresivo especial; su favorito, de hecho.

“La tonada penetró en mí lentamente desde el vientre de mi madre”, cuenta en el libro, “porque ella también la cantaba para llenar sus soledades. Desde entonces ha ido conmigo por todos los caminos, dejándome sonidos, esencias, paisajes, quejas y risas; conociendo y amando a su gente, mi gente; amarrándome a su canto, a sus sueños, esperanzas o desilusiones”.

—¿Es realmente chilena la tonada como aparece en el libro, o ésa es sólo su opinión?
—Es solamente mi opinión, mi pensamiento. El área es muy amplia, y en todo Chile se sabe lo que es la tonada, aunque haya zonas que no la canten. Siempre cada persona tiene algún recuerdo de una cuarteta o una décima de una tonada. Las profesoras siempre la han enseñado en los colegios, y se ha mantenido. Y creo que tiene para un buen tiempo, todavía… a pesar de los vendavales que se nos vienen encima.

A lo largo de una tarde abrigada por el calor imperecedero de los rincones de una casa repleta de historia vamos aprendiendo cuáles son esos vendavales y cuáles las formas que tendrá el arte popular chileno para sortearlos. Junto a Margot Loyola y su expresión enfática, no hay tema que pueda parecer más interesante.

“Qué hacerle pues”
Con unos primeros viajes de recopilación campesina registrados hacia 1936, el trabajo de Margot Loyola en terreno ha sido uno de los cauces más significativos de su trayectoria imponente, que también incluye períodos de docencia, clases de danza y piano, la conducción de un espacio televisivo (“Recorriendo Chile”, en el entonces canal 7) y su invaluable aporte a los grupos Cuncumén y Palomar; este último, el conjunto folclórico con el que aún se presenta en vivo y en el que comparte la dirección general con su compañero desde hace casi cincuenta años, Osvaldo Cádiz.

—Cantar tonadas fue durante mucho tiempo asunto femenino, ¿no? En el libro usted hace referencia a la trilogía mujer-tonada-guitarra. ¿Qué puede decirse sobre la impronta que esa exclusividad dejó en el género?
—La temática en la tonada es muy diversa. Hay tonadas carcelarias, por ejemplo (que sí eran cantadas por hombres), otras de faena y otras florales. Pero, claro, en las tonadas amatorias hay una visión que sale siempre triste, desengañada.

El libro es generoso en ejemplos, con la cita a títulos como “Estando con llave mi pecho”, “Acuérdate, falso ingrato”, “Cansados tengo los ojos” y “Lágrimas son las que almuerzo”.

—Es un amor despechado, entonces…
—Es como… [levanta las hombros] resignado. Como diciendo: “Me dejaste y qué. Que te vaya bien con la otra”. Es un despecho orgulloso, que no quiere mostrar debilidad. Anote estos versos: “Que tienes otra, yo bien lo sé / Si tienes otra, qué hacerle pues”. En la tonada, la cantora no llora con la palabra.

Hay otro rasgo distintivo que Margot Loyola descubrió primero en ella y luego en el género. La tonada avanza como el agua de río en la que se bañaba Heráclito: nunca es la misma.

—Si usted escucha a una cantora, y le dice: “Por favor, ¿podría cantármela otra vez?”, le va a cantar otra cosa. Cambia un poco la melodía y el ritmo, y es la letra lo que más permanece. Eso sucede porque en la tonada no hay una conciencia musical, sino una conciencia del alma; o de la sangre, no sé. Es eso que la impulsa a usted, y que no puede repetirse.

—Y por eso ha sido tan importante la tradición oral, ¿no? Porque esta música siempre es mejor escucharla en vivo que en disco.
—Yo creo que la tonada grabada va cambiando mucho; sobre todo en la actualidad, cuando se prefiere la sonoridad al carácter. La última vez que yo grabé, le dije al ingeniero en el estudio: “Esta canción la canto una vez. Si no sale, ¡vamos a pasar a la otra!” —cuenta con una voz que haría conveniente obedecer—. Y así y todo el primer día grabé siete canciones. No me gusta repetir porque uno nunca canta igual, y se pierde el impulso del comienzo. La canción cambia incluso en cada uno de nosotros… y no nos damos cuenta.

Para Margot Loyola, una nativa de Linares que llegó a Santiago cuando aún era una niña, la única manera de extraer la esencia de lo mejor del mundo campesino es conociendo sus voces más auténticas y valorando lo espontáneo que aún queda en ellas. Quizás por eso, la Premio Nacional de Artes 1994 revela sin falsa modestia sentirse todavía como una aprendiz de esas animadoras sencillas de trillas, rodeos y fiestas populares; tan ajenas a los medios de comunicación como a las ambiciones materiales con que puede asociarse la creación musical. A ellas, precisamente, les dedicó su Premio Nacional, hace doce años.

—La cantora me considera cantora, y eso para mí es el mayor de los elogios. ¡Cómo quisiera yo estar a su altura!

—Pero usted ha tenido reconocimientos que ellas jamás tendrán. ¿No le da importancia también a eso?
—Lo que se me ha dicho en las academias yo lo agradezco mucho, porque admiro también a los académicos. Pero lo que dice el pueblo para mí es superior.

—¿Por qué?
—Porque si está su agradecimiento, significa que logré interpretarlos, y eso es lo que yo quiero mostrarles a estos sujetos que están dentro mío. Yo en cada presentación tengo dos mundos: el que tengo delante de mí, la gente, lo que veo; y el mundo que traigo dentro. Entonces yo canto y entrego ese mundo interno, y luego le sonrío al mundo externo que está al frente. Es muy lindo todo lo que me pasó siempre en los escenarios. Tanto mundo que recorrí: ¡tanto! Y siempre llegué a la gente. En algunas partes me decían: “No nos gusta mucho la canción, pero nos gusta usted”.

Entonces Margot Loyola sonríe como lo haría una mujer coqueta. Su rostro se enciende a medida que baja la luz de la tarde, y de súbito se entiende la red de colaboradores que esta figura carismática ha tendido no sólo a lo largo de Chile sino también en el extranjero. No se puede estar incómodo a su lado. La amiga de Violeta Parra es, todavía, ejemplo vivo de un afecto por la cultura nacional de entusiasmo contagioso.

—Si aquí se la ve tan enérgica, ¿por qué ya no quiere presentarse en vivo?
—Lo que pasa es que yo quiero que el público, mi gente, me recuerde joven y nadita de mal parecida. En eso sí que soy vanidosa [se ríe]; eso tengo que confesarlo.

Penas y proyectos

La reedición en CD del clásico trabajo que Margot Loyola realizó junto al fallecido Luis Advis en el disco Canciones del 900 (editado por DICAP en 1972 y hoy casi inencontrable) es uno de los impulsos urgentes de una mujer que no concibe la vida sin proyectos. También la inquieta publicar algo sobre la mazurca-ranchera que conoció en Magallanes y Chiloé, y la cueca tradicional de campo.

“Se le está dando prioridad a un tipo de cueca centrina, a la que llaman ‘cueca brava’”, acusa, “y ¡se está perdiendo la diversidad expresiva que tenemos de la cueca! Hay solistas hombres, dúos, tríos, hasta cuartetas, y con diferentes instrumentos; incluso bandas, porque en el norte se toca un pie de cueca y lo juntan con un huayno”.

Toda esta actividad deberá acompañarla pronto con la nada fácil mudanza de su casa de 25 años, en el sector de Macul con Grecia. La autora no quiere ni ver cómo su actual residencia será aplanada y reemplazada por un centro comercial. El conocido mal del mall afecta hoy también a una pareja de artistas que no se acostumbra a un país que argumenta sólo con presupuestos de inversión. Son los vendavales que anunciaba Margot a nuestra llegada.

“Vivo muy angustiada. He llorado mucho, y no quiero estar aquí cuando destruyan todo esto, porque es como… la muerte de una casa, ¿no? Yo soñé durante mucho tiempo con casas vacías, porque no tenía una. Y ésta es la primera casa que encontramos con mi marido. Ahora nos vamos a ir al campo, a una parte lejos. Lo que se ve ahora en Santiago son hombres que se están convirtiendo en máquinas; ¡es horrible! No nos comunicamos. Simplemente, ya no tenemos confianza en el otro”.

La tonada: testimonios para el futuro reúne historias de vida, letras y partituras de tonadas; analizadas y caracterizadas en un lenguaje accesible. Su edición se acompaña de tres CDs con las grabaciones en terreno realizadas por Margot Loyola; además de ejemplos de voces precursoras en el género de la tonada-canción y algunos títulos antes inéditos, cantados por la propia autora.

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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