entrevista a uwe schmidt, músico

October 2, 2006 at 9:15 pm Leave a comment

«Descubrí que soy un conductor»

Aunque vive en Chile hace nueve años, Uwe Schmidt (aka. Señor Coconut, Atom Heart) tiene en los aeropuertos lo más cercano a su habitat. Entre conciertos, estudios y remezclas ha granjeado su prestigio como compositor y productor de seudónimos infinitos. Tras toda esa experiencia, ha llegado a la conclusión de que la música debe ser una mezcla de preguntas, magia y desafío a los estereotipos culturales.

Por Marisol García (versión completa de entrevista
para Rolling Stone-Chile, octubre 2006).

La frase “What is coconut?” se pasea como un reportero inquisidor por entre los tracks de Yellow fever!, nuevo y quinto disco de Señor Coconut, pero la publicación número infinito en la carrera de Uwe Schmidt, el músico y productor alemán que le da nombre al proyecto (y también a Atom Heart, lb, Atomu Shinzo, Bi-Face, Lisa Carbon Trio y un etcétera para el que no nos da el espacio).

Más que un chiste interno, la frase cita una pregunta infaltable en la mayoría de las entrevistas que ofrece este europeo radicado en Santiago: “¿Qué es Señor Coconut?”. Él dice que no hay respuesta. Que su música es, en sí, una pregunta. Su prestigio internacional ha determinado que su habitat natural hayan pasado a ser los aeropuertos. Es una suerte encontrarlo esta mañana en el living de su casa, en Providencia.

“Cuando hago un disco, para mí es como una investigación”, se explaya. “Es un juego asociativo de unir piezas que quizás no tienen un sentido lógico. Un disco no se trata de algo. Se trata del resultado, o de lo que aparece en una conversación cuando lo escuchas. Está la idea de que la música sería como una pista que uno envía al mundo para que se decodifique, y que todos reciben lo mismo. Eso no es así. Yo tengo ciertos parámetros básicos de qué se trata Señor Coconut, pero dar una respuesta oficial sería bastante fome; como definir algo que está cambiando”.

—Además, es como darle demasiada importancia al emisor, ¿no?
—Claro, claro. No me gusta. Para mí la creación de la música no funciona así. Alguien como Bono, por ejemplo, compone una canción para decirle algo específico al mundo. No veo qué tiene eso de arte… es muy poco mágico. Muchas veces al hacer discos me suceden cosas bastante increíbles, como que hago un disco con una determinada idea o sensación, y de pronto me llega un mail de un fan con una interpretación nada que ver y que de pronto me hace ver como pedazos de un puzzle que no había visto.

Además de esa unión de piezas de interpretación libre, Yellow fever! es el tributo de Schmidt a un grupo fundamental en su formación, el trío japonés Yellow Magic Orchestra. Por eso, para la grabación del álbum no sólo tuvo la colaboración de prestigiados cantautores de Occidente (desde Jorge González a Mouse on Mars) sino también pistas trabajadas especialmente por los propios japoneses, pioneros de la electrónica oriental: Haruomi Hosono, Yukihiro Takahashi y el famoso Ryuichi Sakamoto. Señor Coconut había hecho algo similar cuando en El baile alemán mostró temas de Kraftwerk como si fueran piezas caribeñas. Pero esta vez buscaba algo aún más diverso: “No quería intentar simular una época ni un sonido, sino que mezclar todo lo que el concepto de Señor Coconut permite”.

—Entiendo que YMO es uno de tus grupos favoritos desde que eras muy joven, ¿no?
—Sí, sí. De hecho, para mí fueron más importantes que, por ejemplo, Kraftwerk.

—¿En serio? ¿Por qué?
—Quizás por una cosa de destino. Cuando comencé a escuchar este tipo de música, Kraftwerk estaba en una pausa larga, como entre el 82 y el 85, y ese fue justamente el período en el que me puse a investigar cierto tipo de música nueva. Kraftwerk se me figuraba más como un grupo “histórico”. Tenía un amigo que escuchaba mucha música japonesa y me pasó algunas cosas. Me impactó bastante la actitud de toda esa cultura. Toda la música electrónica que yo conocía hasta ese punto (alemana, inglesa, norteamericana) tenía una cierta “onda” medio industrial, oscura, seria. Y de repente escuché estos discos japoneses que eran como otra cosa: mucho humor, aunque parezca raro en un japonés, y otro nivel de producción, mucho más adelantado.

—¿No se les conocía en Europa?
—No en Alemania. Sé que tenían un par de hits en Inglaterra y Estados Unidos, más que nada porque los habían llevado los estudiantes japoneses de intercambio. Tenían un nombre en una escena más underground.

A estas alturas, Yellow Magic Orchestra es una banda de fama considerable, y tener a sus músicos (sin relación profesional hace tiempo) en el disco era una mezcla de osadía y desafío mayúsculo de gestión. “Hubo mucho enredo entre managers, por asuntos de agenda y presupuesto”, cuenta Schmidt. “Mi disco era bastante low-budget, la verdad, y había que ver el modo de juntar a esta gente que vive entre Nueva York y Tokio. Yo trabajé el disco igual, y hacia el final todavía no tenía claro si podría contar o no con su participación. Pero ubiqué directamente a Sakamoto y él dijo que no tenía problemas en grabar algo. Mandó algunas voces y Fender Rhodes que grabó en Nueva York y que me envió por internet. Son gente muy profesional, nos entendimos bastante bien”.

—Igual fue un pequeño lujo. Ellos no acostumbran estar en discos de otra gente, ¿no?
—Para nada, para nada. Además, estaba ese tema de una supuesta pelea entre ellos y uno no sabe si quieren o no figurar juntos en algún proyecto… los japoneses se caracterizan por ser poco directos. Nunca te dicen “No quiero”, sino que “sí, sí, sí”, pero luego…

—¡Como en Chile!
—[Se ríe] No, no. Es de otra manera.

—¿No te daba pudor invitar a la grabación a un grupo del cual, mal que mal, estabas haciendo covers?
—En este caso, no. Sí me pasó con Kraftwerk porque no los conocía. A Yellow Magic Orchestra en cambio los conocí en el backstage de Sonar Tokio, hace dos años. Con Hosono tengo una cierta relación hace muchos años.

Aunque Uwe Schmidt se inició en la grabación de discos de acuerdo al modo más o menos convencional de colaboración en grupos, hoy su labor lo sitúa en el tope de una pirámide jerárquica que él construye y distribuye a su modo. Más que el trabajo de una banda, dice que sus discos son colecciones de samplers, en los cuales la posproducción toma mucho pero mucho más tiempo que la grabación.

—¿Eras antes más gregario y hoy más dictatorial? ¿Ha cambiado mucho el modo en el que te acomoda trabajar?
—Ha cambiado, ha cambiado mucho. Creo que soy más ermitaño que antes, y también sé mucho mejor qué quiero y qué no quiero hacer. Cuando comencé a hacer música fue en contextos bien democráticos, en los que cada uno opinaba. Luego eso no me gustó para nada, y decidí hacer todo yo. Pero surgieron ideas que yo no puedo hacer solo, porque no soy cantante, por ejemplo. Fue ahí que descubrí este rol de “conductor”. Entonces, yo fijo las reglas y busco a la gente. Es bastante delicado lo de las colaboraciones: hay muchos factores que definen si algo funciona o no, y es importante que en el trabajo te concentres y nunca pierdas el horizonte de tu idea inicial. Pero no me nace ni me gusta el rol del dictador.

—Más director que dictador.
—Claro, y exige que te concentres y nunca pierdas el horizonte de tu idea inicial, porque estás en un estudio con otros músicos y todos tienen ideas y todos quieren participar. Pienso que es más bien una función de “conductor”.

Sobre el turismo musical
—Tus discos son como un símbolo de lo cosmopolita. Desde esa perspectiva, ¿cómo te cae el concepto de “world music” según lo entendería David Byrne?
—En mi opinión existe el peligro de que alguien que no vive en una zona, tome su música desde una perspectiva… turística, como de explorador. Y creo que eso puede tener que ver con la culpa que tienen sobre todo los países ricos, que, por ejemplo, escuchan salsa o mambo como algo “del Tercer Mundo”. Me parece muy poco real. Tampoco creo que sea bueno ver la música separada en segmentos, como “nuestra música” y “su música”. Además, creo que en términos de cómo la gente lo entiende, de su producción, y de cómo se vende, no hay grandes diferencias entre el folclore de Kazaquistán y el de Brasil. Yo me fijo más en qué me toca a mí. Para mí ése es un signo de que algo es buena música. Es secundario si algo es o no folclórico. No me interesa el folclore de un determinado país…

—O no más que otros géneros.
—Claro, en el sentido de que yo tenga que mostrarle al resto lo que he descubierto.

—Hay un proyecto de un disco tuyo de reggaetón con Vicente Sanfuentes. ¿Cómo surgió esa idea?
—Se me ocurrió hace poco más de un año, en un avión de vuelta de Japón: mezclar acid con reggaetón. Pero he estado de gira todo el tiempo y no hemos podido terminarlo. Ya lo presentamos en vivo en México y Canadá, y funcionó bastante bien.

—¿Qué te gusta del reggaetón?
—No es que me guste “el reggaetón”. Siempre me gustan los conceptos musicales que proponen otra perspectiva y que, sobre todo, tienen un desarrollo propio. El reggaetón, aunque tiene cosas del hip-hop es bastante portorriqueño. Lo que me gusta es escuchar al individuo en la canción. Cuando uno ve MTV o escucha la radio… es un espanto: no escuchas gente. Es una fórmula, todo el rato. Y siempre que aparece algo que no es así, me llama la atención.

—Hay quienes simplemente no creen que esto sea un gusto auténtico y que lo que te guía es la ironía. Se comentó también cuando comenzaste a tocar mambo…
—O easy-listening, como el ’94, cuando nadie lo hacía y muchos pensaron que era un chiste.

—¿Cómo te explicas ante esa crítica o cómo pruebas que tu interés es sincero?
—No sé, la verdad. Yo me he fijado que hay culturas o países en donde esa reacción se da mucho más frecuentemente. Por ejemplo, Alemania o Inglaterra tienen mucha más cercanía con la ironía, se comunican más que otros países a través del sarcasmo. En España jamás me preguntan algo así. ¿Por qué? Supongo que son hábitos culturales o la costumbre de que la música debe cumplir una cierta función, y no cabe ese sonido si no es dentro de un chiste, por ejemplo.

—Como si no te pudiera gustar en serio.
—Claro. Ahora, para mí ese comentario es síntoma de pobreza de la persona que escucha. ¿Qué puedo decirle a alguien que me comenta eso? Es tener un mundo muy chico. No sé. Yo no me considero un músico irónico. Frank Zappa era un músico irónico, por ejemplo, y se nota en su música y en sus entrevistas. Pero yo no soy así. Me parece que, como concepto de vida, es muy cansador. Un poco… amargo.

—Tus covers, ¿surgen entonces de la admiración?
—No necesariamente. Grabé un cover de “Angie”, por ejemplo, y no porque me gusten los Rolling Stones. Ellos me dan lo mismo y la canción me da lo mismo. La inspiración era otra.

—Ahora, es innegable que según lo que se escucha tú no afrontas un disco desde un lado puramente cerebral. Se nota que ahí también hay juego y diversión…
—Claro. Creo que en Yellow fever! hay algo más de esa onda “chula” que en los discos anteriores. Fiesta songs tenía más que ver con la superficialidad del estilo… que para mí es algo serio. Tito Puente, Pérez Prado hicieron discos así. En ese sentido, lo mío es una cita. Alguien que no conoce ese mundo no lo va a entender.


Lo exótico de la Exótica

De todos los discos trabajados hasta ahora por Uwe Schmidt, Yellow fever es aquel con más presencia de las influencias de la éxotica, ese colorido género musical que hacia los años ’50 animó los hoteles del Caribe y Estados Unidos bajo la batuta delirante de gente como Martin Denny o Les Baxter. Como con los demás géneros que lo han seducido a lo largo de su vida, Schmidt mantuvo con la exótica una relación de permanente asombro:

—Descubrí la música exótica como el 92. Ahora, mirando hacia atrás, me doy cuenta que ése era un momento en que yo estaba yendo hacia otro lado. Estaba haciendo tecno en Frankfurt, música repetitiva, bailable, y de repente apareció esto que no son canciones, no es rock, no es pop. Siempre que aparece música nueva trato de absorberla y aprender de ella. A veces sale de nuevo en mis composiciones, y a veces no. La música exótica y la música japonesa fueron para mí caminos paralelos, hasta que muchos años después vine a saber que para Yellow Magic Orchestra, por ejemplo, la música exótica fue muy importante. Cuando [el japonés] Hosono me visitó en Chile me mostró una foto suya con Martin Denny, que se sacó una vez que fue a Hawaii. Yo no sabía lo importante que había sido para ellos la exótica. De pronto estos caminos se unificaron. En Yellow fever! hay un cover de Martin Denny (“Firecracker”), del que ya habían hecho una versión los Yellow Magic Orchestra. Imagínate: yo haciendo un cover de un cover, usando samplers de Pérez Prado

—Una locura. Pero entiendo el sentido al que te refieres.
—Claro, se genera un sentido.

—La exótica tenía eso de ser música para turistas, jubilados en hoteles caribeños. Nunca fue música para eruditos, y el disco tuyo siento que transmite una calidez parecida.
—Cuando voy a una disquería o escucho música en la casa de un amigo, busco algo que no puedo definir bien. Es una sensación, un ambiente… Es como tu gusto por los colores: no me gusta el negro, pero no puedo explicar por qué. Escuchar música para mí es igual, porque es la única parte no racional del arte. Cuando yo hago un disco obviamente busco producir lo mismo. Es difícil decir qué es, pero quiero que haya una cierta comunicación. Obviamente, Señor Coconut juega de cierta manera con los estereotipos: qué es latino, qué es japonés. Todos creemos saber qué es eso, pero cuando comenzamos a analizarlo todo queda mucho más en el aire.

—Como los prejuicios que uno se saca en los viajes.
—Que te sacas o no te sacas. Los prejuicios que hay sobre los alemanes, obviamente que para un alemán son una lata. Pero de repente viajando te das cuenta de que tienen algo de verdad. Señor Coconut tiene que ver con jugar con esos elementos culturales y también confund
ir un poco la definición. Al redefinirlos, quizás hacerlos un poco más claro.

1. Además de los tres integrantes de Yellow Magic Orchestra, Yellow fever! incluye una lista de invitados bastante llamativa, que incluye a los chilenos Jorge González, Cecilia Aguayo y Dandy Jack; el ex Dee-lite Towa Tei [ahora sé que se pronuncia tóvatai], el alemán Schneider TM, los estadounidenses Mouse on Mars, y Marina, una de las voces del proyecto francés Nouvelle Vague. Las voces suelen estar a cargo del venezolano Argenis Brito.

2. El disco ya se ha presentado en varios países de Europa y tendrá su estreno en vivo en Japón durante la primera quincena de este mes. Schmidt espera poder invitar al escenario a dos de los YMO.

3. Así define sus composiciones All Music Guide: ” Cuesta clasificar el trabajo de Schmidt como música dance, pues descansa más bien en la intersección de una suerte de sello de autor retrofuturista y experimentación irónica, única en la electrónica contemporánea”.

4. En 1994, el músico fundó su propio sello: Rather Interesting. Schmidt es también diseñador gráfico y suele hacerse cargo de la presentación visual de todas sus ediciones.

5. Aunque gran parte de sus presentaciones son en el hemisferio norte, Schmidt dice que aún prefiere estar instalado en nuestro país, donde ha formado una familia junto a la ex tecladista de Los Prisioneros y Jardín Secreto, Cecilia Aguayo. “Cuando te toma 18 horas llegar a Europa… no puedes ir cada fin de semana a tocar a París. Pero me gusta vivir en Chile”.

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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