entrevista a pancho molina, baterista

January 16, 2007 at 3:03 pm 7 comments

El mundo al instante

El ancho mundo siempre le produjo a Francisco Molina más curiosidad que temor. Hoy, instalado en Boston, el ex baterista de Los Tres coordina estudios en la mejor escuela de música imaginable con sus primeras aproximaciones al jazz latino. Ha sido en Estados Unidos que el penquista ha vuelto a sentirse chileno. Quizás su antigua banda le hizo un favor al no invitarlo a su reunión.

Por Marisol García | revista Rolling Stone-Chile, 2007.

Ya en el Chile previo a internet, Francisco Molina (Concepción, 1969) era el tipo de melómano con los oídos sintonizados hacia sonidos y héroes geográficamente distantes. Más tarde, buena parte de sus ganancias con Los Tres la gastó en viajes y boletos para shows internacionales. Sus referentes han sido siempre los de un ciudadano conocedor de la tradición popular chilena, pero a la vez conectado con la gran cosmopolis.

La advertencia viene a cuenta de su reciente breve visita de verano a nuestro país. Pancho Molina lleva tres años radicado en Boston, Estados Unidos, y sería por completo inadecuado dudar de su comodidad en la Costa Este norteamericana. El chileno ha hecho de sus años de estudio en la prestigiosa escuela de Berklee un ejercicio aprovechado a plenitud, que hoy lo tiene “pensando las 24 horas del día en función de la música”. El ex baterista de Los Tres parece convincente cuando pregunta por sus ex compañeros de banda con sólo discreto interés. Quizás Álvaro Henríquez, Titae Lindl y Ángel Parra le hicieron un favor dejándolo fuera de su reunión: a Molina hoy lo ocupan el tipo de asuntos que un terapeuta ocupacional calificaría de “crecedores”.

—¿Qué tipo de músicos llegan a Berklee?
—Uf, de todo. Todas las nacionalidades, instrumentos, experiencias. Gente con mucho talento y contactos impresionantes. Berklee es un lugar ideal para armar redes, porque te topas con gente que tiene vínculos pesados con la música. Mi rommmateRadiohead. Se te aparecen los punks, los jazzistas y los thrash-metal; todos mezclados.
es un hindú amigo de los

—En comparación con algo más selecto, tipo Conservatorio, ¿te ha acomodado más algo así?
—Sin duda. Es una competencia de gente apasionada por la música. Lo que ellos te ofrecen es teoría y luego el modo de aprender las herramientas que te permitan desarrollar un lenguaje, cualquiera que sea. Ahí uno tiene que ser inteligente e ir buscando su camino. Según Danilo, Boston es lo que antes era Nueva York: el lugar donde se producía el más intenso intercambio musical en el mundo.

El aspecto de Molina este mediodía en la terraza de su departamento es la encarnación de la energía. No se atisba siquiera una grieta en el orden sobreestimulante que ha sabido darle el penquista a su vida estadounidense, una rutina de dedicación casi absoluta a la música que no sólo tiene la ventaja de su beca en Berklee sino también el trabajo con Danilo Pérez, otro inmigrante de currículo pesado. Pérez debe ser el mejor pianista en la historia de Panamá, y desde su mudanza a Estados Unidos ha trabajado con gente como Dizzy Gillespie, Wayne Shorter y Tito Puente. Son palabras mayores que alguien como él haya reclutado a Pancho Molina para ser parte estable de una nueva big-band centrada en el repertorio latinoamericano. Según el baterista, “el encuentro con Danilo y su mujer (la también destacada saxofonista chilena, Patricia Zárate) ha sido lo más importante que me ha pasado en Boston”.

—Danilo se ha tomado la difusión de la música latina como una misión, y yo entendí con él algo que es muy importante y es que la música chilena tiene mucho que ofrecer afuera. Entonces me he visto envuelto en algo que ha sido muy potente que es la obligación de mirar a Chile desde Estados Unidos con una visión latina, y reencontrarme con todo el pasado que yo cargaba: abuenarme con eso, limpiarme. A Berklee todavía se le puede chupar mucho, pero con estas dos personas yo estoy como esponja.

Desde esa asociación se ha levantado también el repertorio de Tributo A Chile, el nombre que por ahora tiene un cuarteto que integra a Molina con la cantante mexicana Mili Bermejo, el bajista Dan Greenspan, el pianista Fernando Michelin y el saxo de Patricia Zárate. El grupo se ha presentado hasta ahora en Boston y se ocupará esta semana en el Panamá Jazz Festival, a donde Molina viaja hoy domingo para, además, ofrecer clínicas de batería. Su repertorio reúne hasta ahora nuevas versiones de títulos de Víctor Jara y Violeta Parra, más musicalizaciones de los tres más famosos poetas chilenos: Neruda, Mistral y Huidobro. El baterista lo define como un grupo de “armonías jazzeras con ritmos latinoamericanos” y, para demostrarlo, pone en su computador la única grabación que han hecho hasta ahora: “Ni chicha ni limoná”. La muy vigente diatriba de Víctor Jara avanza en una cadencia suave, guíada melódicamente por un saxo y un piano sobrio, y con mucho platillo desde la batería.

“Es música nada de bananera, muy melancólica y profunda; como son las letras chilenas”, explica Molina. “Es un proyecto que me ha hecho entender que cualquier búsqueda tiene que partir de tu persona. De encontrar cuál es tu voz. Entonces entiendes por qué cuándo escuchas a Víctor Jara te emocionas. O por qué Los Jaivas son tan únicos”.

—¿Tenías ya esa conciencia en tiempo de Los Tres?
—No sé. Era otra cosa, yo era más joven… Recuerdo que alucinaba con poder entender la cueca: tocar con Roberto Parra, Lalo Parra, Rabanito. Pero no tenía idea de cuál era la proyección de algo así. Y ahora como que estoy volviendo al concepto, pero desde otro lado. Si no hubiera estado en Boston, con esta gente, no creo que me hubiese reencontrado con el Chile folclórico. Me interesa ver qué puedo hacer allá en ese sentido. Mi búsqueda de siempre ha sido por la simpleza, y ya caché que es parte de mi condición de ser chileno: es mi sabor natural, lo que yo aporto.

Entonces Molina cuenta que un día Danilo Pérez le lanzó la siguiente frase: “A ti te pasa algo: tienes un problema con el rock”. Molina lo miró como si hablara chino-mandarín. “En serio”, insistió el panameño. “Tienes que abuenarte con el rock. Lo que yo necesito es que mezcles ambas cosas, que traigas esa voz. Te he visto en videos moviendo la cabeza, y es eso lo que necesito”.

Efectivamente, Molina había llegado a Estados Unidos pensando como jazzista; o, más bien, como un fanático del jazz que al fin tenía la oportunidad de conocer a protagonistas de parte de lo mejor del género. Pero en el camino se encontró, también, con la banda rock The Ticket, a la que se integró un tiempo como baterista. “Fue volver a encontrarse con Lou Reed, con los Rolling Stones, aprender de la música de Radiohead… Fue un agrado volver a tocar en bares y que las chicas volvieran a mirarte”, recuerda. “Cuando toco rock me emociono, vuelvo a esa actitud en la que te permites sentirte joven y que no te importe nada. Y ahí yo entiendo por qué Mick Jagger, y Keith Richards, y Paul McCartney… y Álvaro Henríquez… siguen. Es algo que no podís dejar”.

Durante la semana en que Henríquez, Lindl y Parra anunciaban en Santiago la decisión de reunir a Los Tres, Pancho Molina se encontraba en un estudio registrando su primera colaboración con la big-band de Danilo Pérez. Era un período de extrema concentración, y su silencio público ante la noticia respondió más a ansiedad laboral que a una estrategia de desdén.

“Para mí, Los Tres son una parte de mi historia que sin duda agradezco. Soy un fan de Los Tres, y gracias a ellos estoy en Boston. Hay un reconocimiento latino hacia el grupo que afuera se ve y que es bonito. El resto son pendejadas”.

—Imaginarás que hasta hoy circulan teorías sobre tu exclusión.
—Bueno, cada uno pelea con sus fantasmas como quiere. Para mí Los Tres son parte de un proceso que asumo completamente. Yo no podría hablar mal de Los Tres. Ahora, si soy un fantasma para Álvaro Henríquez o él cree que es necesario defenderse de algo… puta, que lo vea él; a mí no me corresponde.

Molina suena convincente cuando asegura que el grupo en el que militó trece años “no es un problema”, y que frente a Henríquez y Lindl sigue sintiendo, sobre todo, “un lazo súper fuerte. Es gente con la que crecí y de la cual viene mi desarrollo musical”. Desde que se mudó a Boston no ha vuelto a tener contacto con sus ex compañeros de colegio, de ciudad y de banda, pero dice que no tendría problemas en sentarse a conversar y hasta tocar en privado.

—Yo estoy haciendo mis cosas feliz de la vida, pero si el Álvaro quiere que nos sentemos a conversar, genial. Y si quiere que toquemos, mejor; obviamente, no en el contexto de un show ni nada de eso, pero por supuesto que ahí hay una estética musical compartida. Fueron quince años… Ahora, toda esta ondita como de “personaje rock”, a mí ya no, porque hay cosas que simplemente no entiendo.

—¿Por ejemplo?
—O sea, que el Ángel Parra haya dicho que lo que pasa es que yo quiero ser “el mejor baterista del mundo”… lo encuentro grave, ¿cachai? Tengo 37 años, soy latino, huevón; educado medianamente en la música. Y que venga un profesional, que hace clases en una universidad, que es mayor que yo, que también ha vivido afuera y que ha tenido acceso a todo lo que ha tenido, a decir que mi problema es que quiero ser el mejor baterista del mundo… Si la gente compra eso, significa que el diskette está con serias fallas y que los gigabytes están sobrepasados hace rato. Algo así va más allá de mi control.

“A veces creo que soy muy raro… no sé. Reconozco que puedo haber sido rudo con el Álvaro un par de veces, y, según entiendo, no hay mucha gente que lo sea. Si le pareció mal que yo no haya querido hablar con él en un determinado momento, o que le haya dicho blablablá… no es problema mío. Está bien: es parte del lenguaje rockero, pero rock versión 0.1. ¡Básico!”.

—Probablemente, la madeja esté más enrededada de lo que crees.
—Sí, claro; se mezclan muchas cosas. Y también sé que hay gente que puede hacer esto y gente que no. Yo puedo; no por lujo, sino por lo que he hecho, por lo que he ganado y, tal vez, porque siempre he tenido una visión de la vida en la uno debe preocuparse de progresar. Así funciona mi cabeza, y me da lo mismo qué pueda opinar el resto. Cuando estuve tocando con The Ticket, pensaba: “Si hubiésemos tenido un cinco por ciento del talento que tienen estos huevones, hubiésemos hecho…”. Y no es por desmerecer a Los Tres, al contrario.

—Entonces no entiendo qué quieres decir.
—Es el reflejo de la realidad chilena, no más. Todo el mundo tiene que sentirse agradecidos de tener a Los Tres, que son parte de la cultura nacional. Pero es una reflexión sobre capacidades.

—¿Les faltó disciplina, quizás?
—No. Los Tres fuimos siempre bien disciplinados. No hubo día en que no tocáramos. Pero la otra vez puse la radio y estaban Los Prisioneros. A mí ellos siempre me han gustado; a Jorge González lo encuentro increíble artista. Y Los PrisionerosLos Tres hayamos estado alguna vez cerca de eso.
son una vara bien alta: cultural, histórica, musical. Y me cabe la duda de si

—¿Qué te ha pasado con tu sensación de propiedad sobre las canciones o el grupo? ¿Sientes algo así como si hubiese alguien intruseando tus cosas?
—Nooooo. Lo que están haciendo es lo que ya hicimos. ¿Quién escucha “Satisfaction” y no piensa en Bill Wymann? La música es un feel que se comparte, una conexión entre personas donde las explicaciones están de más. Ojalá avancen, nada más. Y respecto a que haya alguien tocando mis partes, bueno: es lo que corresponde.

—Sería legítimo que sintieras resentimiento. Fue una banda que fundaste y de cuya reunión nadie te avisó.
—Sí, pero es que también tengo otras opciones musicales. Opciones que me llenan. Quizás los vivos le puedan sacar provecho a la chimuchina en un país como Chile. Pero afuera no es algo que te sirva para poner en el currículo. En este momento, mi posición en la vida es ser lo más verdadero posible. Ser bien transparente es lo que permite que el negro de Brooklyn, el chino de Norcorea y la mina de Indonesia se sienten, escuchen mi música y les llegue. Es como Víctor Jara y Roberto Parra: transparencia. Buena o mala, alcohólica o no alcohólica, revolucionaria o pacífica: un concepto claro. Ésa es mi parada ahora, y la he aprendido de los grandes maestros con los que he estado. Cuando escuché lo que grabé con el Danilo recordé de inmediato lo que me había pasado en Miami cuando terminamos de grabar el Unplugged con Los Tres: fuimos a un restaurante, llegó un tipo de MTV y me puso el minidisc con la sesión. Yo no lo podía creer. Decía: “Esto suena increíble”. Bueno, escuchar lo de la big-band fue: “Esto es lo mejor que he hecho en la vida”. Eventualmente, cada diez años pasan esas cosas.

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verdad tropical entrevista a lucho gatica, cantante

7 Comments Add your own

  • 1. Anonymous  |  January 17, 2007 at 9:40 am

    inteligente y relajado el hombre, no lo cachaba bien…

    Reply
  • 2. Felipe  |  January 17, 2007 at 12:34 pm

    bueno leer a quien no tiene la voz tan potente como el mismo Henríquez o Parra para hablar del tema , muchos se hacen una idea acerca de Molina a través de ellos.

    Reply
  • 3. Los Tres x « De Gira  |  May 14, 2008 at 10:38 pm

    […] (Rolling Stone, 2007) […]

    Reply
  • 4. Felipe  |  November 15, 2009 at 2:24 am

    Este wn siempre fue mi idolo, ademas que me gustaban Los Tres, sin duda no son lo mismo sin el Pancho…….Soy batero y este compadre es sin duda una de mis mayores influencias…..

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  • 5. Manu  |  February 1, 2011 at 6:31 am

    Grande Pancho Molina, gran baterista. Sin duda alguna Los Tres no son lo mismo sin él. Ya no se perciben los rasgos jazzeros en la banda… aún asi… grande Pancho y grande Los Tres.

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  • 6. mario  |  August 1, 2011 at 8:03 am

    Hola, una pregunta, en la parte de la entrevista en donde habla de los prisioneros y jorge gonzalez ¿que mas dice? gracias

    Reply
  • 7. PABLO OYARZÚN HERRERA  |  March 20, 2012 at 1:22 am

    COMO TE HA IDO CON TU BANDA DE JAZZ
    SALUDOS
    pablooyarzun85@hotmail.com

    Reply

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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