entrevista a lucho gatica, cantante

January 23, 2007 at 3:59 pm 1 comment

«Creo que mi retiro está cerca»

La más internacional de las voces chilenas, símbolo histórico del bolero, regresó esta semana a su hogar en Ciudad de México luego de un breve paso por Santiago y Rancagua. Volverá a Chile en abril para un compromiso televisivo, según cuenta en esta entrevista improvisada a horas de su vuelo de partida. Sus recuerdos sobre sus noches de escenario en Nueva York y París, halagado por íconos del espectáculo mundial, justifican con creces el reciente homenaje a su figura encabezado por la presidenta Bachelet.

Por Marisol García | La Nación Domingo, enero 2007.


Cuando Lucho Gatica habla de “Frank”, su interlocutor debe entender que se refiere a Sinatra. Su “compadre Julio” es, por supuesto, el padre de Enrique y Chabeli; tal como los recordados amigos “Celia”, “Atahualpa” y “Tom” intuye uno que llevaban por respectivos apellidos Cruz, Yupanqui y Jobim.

Enfrentamos una mañana a Luis Enrique Gatica Silva (Rancagua, 1928) y el peso histórico se ha instalado como el tercer ocupante de esta sala de reuniones. Su camisa a rayas almidonada, su pantalón de tiro largo, su café negro y sin azúcar son apenas distracciones al lado de sus disyuntivas anecdóticas. Hace un rato, Lucho Gatica puso su mano a medio metro del suelo para ejemplificar qué tamaño tenía Luis Miguel cuando ambos se conocieron. Luego dirá que no sabe si la mujer más hermosa que tuvo alguna vez al frente fue “María” o “Ava”:

“María [Felix, se entiende] era una mujer de carácter, que tuvo historias de amor muy intensas, en las cuales ella se entregaba mucho. No hay un rostro más hermoso en la historia del cine mexicano. Yo ahora vivo al frente de la casa que ella ocupaba en el D.F.”.

—¿Y Ava Gardner?
—¡Una belleza…! Quién me iba a decir que yo la iría a conocer. Recuerdo haberla visto sin una gota de maquillaje. Yo no podía creer que alguien pudiera lucir así de modo natural. Le decía a mi mujer: “¿… pero ni polvos, nada?”. Odiaba a los periodistas, a los fotógrafos. Se las arreglaba para meterse en los conciertos por la puerta trasera cuando ya se habían apagado las luces. Fue el gran amor de la vida de Frank.

—Dentro de las muchas historias sobre su carrera, está ésa sobre lo que dijo Ava Gardner cuando fue a verlo a Nueva York en 1963: “Apaguen el ventilador, que está cantando Gatica”.
—Es verdad, es verdad. Yo actuaba en el Chateau Madrid, y cuando supe que estaba en el público le dediqué su canción favorita: “Ninguém me ama”. Luego vine a saber que ella ya tenía cuatro discos míos.

Lucho Gatica se acomoda en sus recuerdos y pareciera acariciarlos casi. Nada le interesa más que relatar aquellas historias por las que lo siguen buscando del continente completo. De paso por Chile para recibir un homenaje de parte de la Sociedad Chilena del Derecho de Autor, partirá al día siguiente de esta conversación a México, donde tiene pendientes más conciertos, las sesiones de entrevista para una biografía, y un álbum de dúetos del que ahora se han adelantado los nombres de José Feliciano y Julio Iglesias. Se va “inmensamente feliz”, porque en este breve paso visitó en Rancagua a la única hermana que tiene viva (de los siete que llegaron a poblar la familia Gatica Silva) y concretó los detalles de un contrato para participar como jurado del venidero programa de Canal 13 “Cantando por un sueño”.

—Nunca antes un Presidente había asistido a una ceremonia de fin de año de la SCD.
—Nunca, jamás. Cuando me llamaron a México para hablarme de este reconocimiento, Santiago Schuster me advirtió que el premio me lo daría la señora Presidenta. “Entonces me voy aunque sea nadando”, le respondí [sonríe]. Yo creo que es lo más grande que me han dado en Chile.

—Ese premio en específico lo certifica a usted como “figura fundamental de la música chilena”. ¿Cómo entiende usted lo que es “fundamental” en la música de un país?
—En Chile ha habido grandes músicos, pero yo tuve la suerte de triunfar en el extranjero, y es eso lo que últimamente me ha llevado a recibir tantos homenajes… y a pensar si acaso no será que pronto me pondré a cantar “El manisero”.

—¿”El manisero”?
—[Entona, ríendo] “Me voy, me voy…”. Mi amigo Atahualpa Yupanqui me escribió una vez desde París: “Lucho, llega un momento en la vida en que uno se encuentra más cerca del Camposanto que de la Primera Comunión”. Es así: nos vamos yendo.

—Si ya ha recibido elogios de Armando Manzanero y Frank Sinatra. ¿Qué le importa a estas alturas un premio más o menos?
—Uno siempre necesita que le reconozcan lo que uno ha hecho por Chile, en este caso. Para mí fue siempre un orgullo muy grande representar a mi país en lugares donde muy poca gente ha llegado: el Carnegie Hall [en 1963], el Orange Bowl [1959]; haber sido presentado por Nat King Cole, o que Sinatra me haya llevado muchas veces a cantar con él en shows de Miami, Las Vegas, Palm Springs… Frank ha sido el cantante más grande que ha existido en el género popular… es lo que yo creo. Puede no haber tenido una voz de barítono, pero tenía ¡una personalidad! ¡Una forma de frasear! ¡Una presencia sobre el escenario! Quiero que sepa que él aparte de cantar era músico: tocaba piano, dirigía orquestas. Era un hombre convencido del valor del amor. Y por amor sufrió ¡mucho!

—Habla de la “presencia sobre el escenario”. ¿La suya la tuvo desde un principio?
—Para nada. Cuando comencé de chico a cantar (porque éramos una familia donde todos cantábamos; sobre todo mi madre) me escondía detrás de la puerta [se ríe].

—¿En serio?
—Sí. Y me salió un hijo igual: tiene una voz estupenda pero no se atreve a cantar en público. Entonces fue mi hermano Arturo quien influýó enormemente en mi carrera. Él ya cantaba en radio Rancagua y siempre me decía: “¿Cuándo me vas a acompañar?”. Yo no quería, hasta que un día [en 1947] hicimos un dúo. Fue entonces que comencé a tomarme el canto en serio. Lo primero para mí era escuchar: escuchar la mayor cantidad de cantantes para no parecerme a ninguno de ellos. Arturo luego me dijo que se había dado cuenta de que yo cantaba mejor que él; lo cual no era así, por supuesto.

—Es interesante eso de no querer parecerse a nadie más. Ahí hay un rasgo característico suyo. Quizás el otro esté en cómo usted elegía cantar los boleros: de verdad parecía estar sufriéndolos.
—Ahí hay un mérito también de la letra y el compositor. La cantidad de grandes compositores que yo conocí en México era impresionante. Estaban todos, en su mejor época. Y a todos los conocí. Quién me iba a decir a mí que de haber escuchado desde Chile y en onda larga [la estación radial] “La voz de América Latina” yo iba a terminar trabajando con todos esos artistas.

—¿Se sorprende de lo atrevido que fue al partir a México?
—Fui valiente, lo reconozco. Pero yo tenía esa convicción del artista: querer ser algo. Me fui al país que era la catedral del bolero. En México estaban todos los cantantes que yo admiraba en su época de gloria. La competencia era ¡tremenda! Ahora, yo venía de triunfar en Brasil, que para mí es el segundo país más musical del mundo después de Estados Unidos, y con todo el respeto que le tengo a México. Entonces, para mí era importante haber tenido éxito en un país con otro idioma. Eso me daba seguridad.

—Ahora que está trabajando en su libro de memorias, ¿se ha encontrado con todos esos recuerdos todavía vívidos?
—Fíjese que sí: presumo de mi buena memoria. La gente me dice: “¿Cómo se acuerda de tantas cosas?”. Pero es que antes de ser cantante yo soy una persona que se cuida: camino todos los días, me gusta jugar al tenis. Y para que nunca me ocurra la sorpresa de olvidarme de una letra sobre el escenario, siempre estoy repasando las canciones que grabé.

—¿Podría interpretarse ese libro como el primer paso de un proceso de despedida? ¿Piensa del todo en el retiro?
—Mire, le voy a decir una cosa que es la primera vez que la digo en Chile: creo que mi retiro está cerca. Se acerca. Porque yo creo que hay que retirarse con cierta… ¿cómo le diría yo?

—¿Dignidad?
—¡Dignidad! Usted lo ha dicho. Porque yo he sido un artista muy profesional: hasta el día de hoy vocalizo, me preocupo de los detalles. Me gusta mucho mi carrera y me gusta llevarla bien.

—¿Hay algo en concreto que lo haya hecho pensar en todo esto?
—Los años. Aunque el artista dura más que el deportista, el tiempo también nos pasa. En el disco que se viene quiero grabar esas canciones tradicionales que por alguna razón nunca grabé, porque lo veo un poco como una despedida.

—Sus grabaciones antiguas se encuentran con mucha dificultad aquí en Chile. ¿No le parecería atractivo ordenar también su material de catálogo en nuevas ediciones?
—Fíjese que sí, y le voy a decir por qué: hubo en Odeón un director artístico de cuyo nombre no me acuerdo ni quiero acordarme que supe que tomó muchas de mis grabaciones y dijo: “Esto ya está caduco”. Todo eso se perdió. Por ejemplo, canciones que yo grabé con mi hermano Arturo. O íconos de la canción popular, como “El bardo”, que hoy no se encuentra. O grabaciones mías del principio: sólo yo con guitarra, cuando intentaba hacer folclore… y me fue mal. Y sabemos que a la gente le gustan los recuerdos, entonces no tengo dudas que habría interés. Es una pena, porque hasta yo quisiera oírme en esas primeras grabaciones.

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  • 1. Daniel Godoy  |  February 18, 2015 at 6:16 pm

    Al final grabó nunca grabó un disco con Armando Manzanero, José Feliciano ni Julio Iglesias… El único pecado que cometió Lucho fue haber nacido en Chile…

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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