entrevista a manuel garcía, cantautor

May 10, 2007 at 6:37 am 2 comments

El canto inescapable

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Las contradicciones están a la vista en la vida y música de Manuel García. Son las de un nortino en Santiago, un izquierdista a resguardo del panfleto, un nostálgico lleno de proyectos, y un padre de familia que no sabría que hacer más que lo que hoy hace: mantener vivo al grupo Mecánica Popular y, a la vez, acumular elogios y logros en su faceta paralela de solista, aquella inaugurada hace quince meses con un disco en el que, valora “no pude hacerme el quite a mí mismo”.

Por Marisol García | Rolling Stone-Chile, mayo 2007.


A
l presente de Manuel García no puede comprendérsele sin sus recuerdos. Recuerdos que son como chispazos de escenas acumuladas en su cabeza, sin las cuales sería imposible darle sentido al puzzle que quizás pueda parecer su vida.

Compleja o simple, la biografía de Manuel García es una suma de coincidencias, empeños, golpes de suerte y logros que tejen un trayecto inusual. Pánico, el disco solista con el que a fines del 2005 desvió seis años de trabajo y publicaciones junto a la banda Mecánica Popular, es a la vez causa y efecto de una sucesión de giros en U. Porque Manuel García es un ariqueño que hoy siente que no podría vivir en otra ciudad que Santiago; un profesor de Historia (U. de Tarapacá) para el que no hay concepto pensante superior a la música. Pese a que su trabajo es parte de lo que hoy en podría identificarse como una “nueva trova”, desconfía de las canciones “puestas al servicio de grandes posiciones de lucha social”, y que estima que “la trova ha sido un movimiento que se ha basado demasiado en la figura genial de Silvio Rodríguez y que ha ido repitiendo de cierta manera algunas formas que no le convienen a la música”.

Es la fórmula simple del derecho humano a la contradicción. Aquello que García define, de pronto, como “eso de que soy y no soy”.


SOSTIENE TODAS ESAS VÍAS ENCONTRADAS unos pocos pero firmes cimientos. El primero, y más importante, su convicción sobre la canción popular como una de las bellas artes. Manuel podría encauzar su ansia expresiva en diversos formatos, pero se afirma en lo mismo que eligieron antes que él otros multidisciplinarios notables; esa canción de Los Tres, de John Lennon, de Silvio Rodríguez.

“La canción es tan poderosa, que no sólo puede defenderse solita sino que no tengo derecho yo a colgarle mis ansias egóticas circunstanciales. No puedo componer para parecer nortino, poético, comprometido. No puedo controlar a ese caballo desbocado”, dice. “Lo que me atrae de la canción es la posibilidad de trabajar con elementos simples. Al menos es eso lo que me ha conmovido en la Violeta, Los Prisioneros, Los Tres: usar las herramientas estéticas no para el arte, sino que para comunicarse con alguien. Para mí eso tiene más sentido que pegarse porrazos contra la técnica y las formas”.

—¿Crees que en Chile se entiende ese concepto? ¿No se ha puesto enrevesado el arte local?
—En Chile estamos llenos de preguntas sobre nuestra identidad y folclore: ¿quiénes somos? ¿Cómo parchamos o adornamos este florero viejo que tenemos ahí en la mesa para que se vea más sofisticado? Hay muchos expertos en arreglar floreros y pocos comprenden que la grieta en el costado representa una historia, un recuerdo, un documento de algo valioso. Porque no es que falten identidades: identidades sobran. Es cuando valoras esas imperfecciones que comienzas a amar a tu tierra, o a tocar con puro RE-LA-MI sin que te importe si alguien lo considera pobre.

—Y en cuanto a géneros, ¿no te sientes deudor de una determinada definición?
—No lo sé. Me siento parte de una cultura amplia, y supongo que no tendría problemas en definirme como un folclorista si en esa definición cupiera el rock. Porque mi formación ha sido cercana al rock, al pop. En ese sentido, me sumo al espíritu de Café Tacuba, de Los Tres. En mi casa puedo pasar sin problemas de un disco de Atahualpa Yupanqui a otro de Abba; no me doy ni cuenta. Es algo que tengo desde la infancia, cuando en el colegio me hacían contar con poncho, quenas… y luego llegar a mi casa a escuchar todo el día The wall. Jamás sentí una incomodidad. Hoy siento que articulo sentimientos usando un sistema parecido al collage.

La mención a Pink Floyd es importante. Los espacios mentales del Manuel García escolar son los paisajes amplios, áridos y visualmente inabarcables del Norte Grande. Desde su casa, al fondo de la calle Constanza, en la caleta del cerro La Cruz, el músico recuerda la vista permanente de redes, botes, peces; “una combinación posible entre mar y desierto”. Era un asentamiento originado en una toma de terreno, que con los años derivó en un caserío cuyas familias dependían casi todas de la pesca. “Desde mi ventana se perdía la vista en flotas de goletas que parecen ballenas buscando su alimento, botes artesanales, embarcaciones menores, y grandes barcos que vienen desde otros continentes anuciando durante las noches su entrada al puerto con una sirena que lo deja a uno vuelto hacia el otro mundo, de pura belleza”. Hace poco estuvo en esa casa, junto a su madre y algunos amigos de infancia. Se sorprendió una madrugada sentado en el patio componiendo, por primera vez en su vida, un guayno. “El espino”, que me improvisa a capella en el café en el que conversamos, avanza sobre ese característico ritmo nortino lleno de esos graciosos diminutivos que son marca en el género: “… Cuando yo regresaba por los caminos de la vidita, / ¿cómo sabía el espino que el que volvía era yo? / Sonaban sus semillas como cascabelitos / Qué bonito, qué bonito”.

“Por primera vez sentí que necesitaba del folclore andino para expresar algo”, explica. “El andino compone con un sentimiento de dolor, de soledad. Y, como usan diminutivos, pareciera que son versos muy sencillos y fáciles de copiar, pero siempre tienen una relación metafísica con algo”.

—En Pánico no aparece nada típicamente nortino a primera escucha. ¿Querías hacer un disco claramente capitalino, por decirlo así?
—Era el disco que marcaba una década desde mi llegada a Santiago, y era también el fin de ese proceso de adaptación. Llegar a Santiago fue para mí aprender que, como creador, no puede molestarte la urbe ni el copete de la noche, por muy “contemplativa” que haya sido tu vida en provincia. Permití que Santiago me reprogramara en todo un nuevo estado espiritual, porque fue aquí que me di cuenta de que todo lo que yo traía de mi juventud en el norte —mis estudios, mi soberbia, mi ideología y actitud de joven rebelde— ya no me servía, se quedaba corto.

—También coincide con tu asentamiento en la “adultez”. Con tu matrimonio, paternidad, quizás tu revisión de ideologías heredadas.
—Lo he pensado. Cuando compongo hoy, que tengo 38 años, la fuerza ya no sale del quiebre amoroso ni de la lucha social. A esas antiguas canciones adolescentes, escritas con mí mismo como centro del universo, yo les llamo “canciones con grandes ojos de vaca rumiante”: esa mirada ida, que fija la vista pero no ve. Ya no me atrae eso.


EL OTRO CIMIENTO SIN TRIZAS EN la biografía de Manuel García debe ser el de su vocación de músico. Cuando era niño y quería algunas monedas, iba a la cocina de su casa y tomaba, por ejemplo, un azucarero. Y entonces se acercaba a su madre e intentaba vendérselo. cantando, claro. Retorcida de risa ante esos improvisados jingles, su madre terminaba cediendo y abría el modenero. No sabe desde cuándo acaricia discos. La guitarra la tomó a los 14 años y nunca más la soltó.

“Música es lo que siempre he hecho: en todas las relaciones laborales, sociales, familiares. Todo el mundo sabe lo que hago de sol a sol, y todo en mi vida está organizado en función de eso. Si a mí me fuera muy mal, y tuviera que cambiar de rubro o algo así, sé que encontraría la forma de no soltar la guitarra. O sea, quizás sembraría lechugas y me las comería, pero para en la tarde seguir tocando música”.

—¿Como una condena?
—Prefiero pensar que es un ejercicio espiritual y una búsqueda. Porque, ¿qué es una canción? Yo aún no lo sé.

—Supongo que “Yesterday” sí es una canción.
—Claro, tienes razón. Quizás lo que me confunde es no saber cómo se hace una canción. El misterio es que una vez que un producto artístico existe, esa sensación inicial de haber atrapado algo comienza a extinguirse; como una estrella que brilla y luego se apaga. Si uno supiera cómo se hace una canción, aplicaría fórmulas. Pero cuando te enfrentas a la guitarra y el papel en blanco, no sabes qué va a pasar. Sí he logrado reconocer una cierta inquietud interna que me indica que debo ir a la guitarra, y que anuncia el nacimiento de una canción. Como los perros que anuncian el temblor.

Manuel recuerda que la primera vez que sintió estar escuchando una buena canción fue cuando, en su infancia, le puso atención a “Los pasajeros”, de Julio Zegers. Hace poco se las arregló para conversar por primera vez con él, también autor de la famosa “Canción a Magdalena”. “Tanto me gustaba, que recuerdo haber sentido gran expectación cuando volvió a participar en el Festival de Viña, y yo no debo haber tenido más de doce años: “Y los corderitos cuentan que el lobo no los devoró / si no el apetito fiero del pastor” [canta, se refiere a “El cuento del lobo”] . Te apuesto que nadie más se sabe esa canción de memoria [sonríe]”.

—Cuando pienso en Zegers, en Eduardo Gatti, siento también una enorme admiración por su integridad, porque no han forzado estar en todos lados todo el tiempo. Porque creo que el artista también tiene que producir espacios sabios de silencio y observar la realidad sin opinar; sin eso de hacer-hacer-hacer, acomodándose, comprándose el último modelo de guitarra… eso me parece sospechoso. Quizás su canción no tenía que ver con lo que se necesitó en algún momento, que era la denuncia, pues tiene más que ver con un amor profundo, y donde esos valores políticos, humanistas, también están presentes. Me los imagino mirando a los trovadores de izquierda, pensando: “Vale, ahora les toca hablar a ustedes”. Y que ese silencio también ha sido parte de la construcción del país.

—Es curioso. Podría esperarse de ti una atención mayor al modelo de trovador de puño en alto…
—¿Por qué?

—Prejuicios, supongo: vienes de la trova, creciste en dictadura, mantienes una simpatía de izquierda, perteneces al catálogo de Alerce… sería lógico verte en esos festivales con gente como Francisco Villa, no sé.
–Mas bíen creo que tengo una distancia con ese mundo. Mis ideas de cambio social son algo personal, y voy al choque con esa idea del trovador que es parte de un movimiento.

—Probablemente, mucha gente espere esa atadura de tu parte.
—Ya, pucha: qué pena. Tendré que decepcionarlos y estaré encantado de hacerlo en la medida que eso constituya una reflexión. Probablemente me meta en problemas por decir esto, pero lo que siento es que las generaciones trovadorescas en Chile han hecho música muy mala, muy fome. Hay discos con la guitarra desafinada, con los tiempos descuadrados, y con una especie de perorata que para mí tiene que ver más con un estándar que con algo profundo.

—Imagino, entonces, que nunca te gustó que Pánico se definiera como un disco de trova.
—Sabía que eso igual iba a pasar, pero yo no quería que el disco fuese de nadie. No quería que se lo apropiaran y lo clasificaran, porque sentía que al disco debía dársele una oportunidad como algo más amplio que una simple etiqueta. Es evidente que ahí están Silvio y la Violeta, pero también mi gusto por Radiohead y Cerati. Para mí es importantísimo subrayar que, como músico, uno toca lo que uno puede. Cómo me gustaría a mí cantar como Freddy Mercury! Pero no voy a hacerlo, porque lo que hago tiene que ver con una determinada intimidad y con mi rocanrol sui generis, casero, de madera. No puedo hacerme el quite a mí mismo.

Asumir la propia voz con honestidad, ha sido, también, comprender que hay muchas voces en la suya. En los seis conciertos que ofreció el pasado verano para el montaje “Víctor Jara Sinfónico”, el ariqueño asegura haber reposado en la idea de que estaba ahí sólo por un rato, “y que después del primer tema yo me bajaba del escenario y llegaba a esa silla una señora que vende pan, y luego un chofer de micro, y que había una fila de chilenos esperando sentarse para integrarse a esos versos de Víctor sobre sus propias vidas”.

Quizás en esa sorprendente ilusión radique la esencia del valor de ese espectáculo, con la orquesta de la Universidad de Concepción bajo la dirección de José Luis Domínguez y los arreglos de Carlos Zamora. Escuchar por primera vez a Víctor Jara según la extraña combinación que daba un cuerpo musical docto y una voz solista autodidacta era darle crédito a la apuesta de un arte mayor cercano a la gente “y de que hay música que está ahí disponible para que quien quiera haga uso de ella”, en palabras de García.

Violeta Parra cantó alguna vez sobre “el canto de todos, que es mi propio canto”. Quizás en ese mismo oximoron de una individualidad colectiva radique aquello que explique la contradicción andante que a no pocos les pueda parecer Manuel García. Se nos olvidaba otra, la más graciosa: su agnosticismo devoto.

“Voy a decir algo espantoso, pero así es: tengo serias dudas sobre lo que plantea el Cristianismo, pero creo en el Padre Pío hasta decir basta. Le prendo velas cuando necesito algo importante, y me ha comenzado a ir bien desde que le rezo [sonríe] . Pero, obviamente, también me sumo a las huestes de la izquierda en el sentido de construir algo desde un sentido común; o, al menos, la representación hermosa que yo tengo de una izquierda que representa algo así como un pucara inca en ruinas: fue una gran cosa, fue una preciosa intención de mucha gente y, en ese sentido, esa ruina tiene una belleza y una historia que uno la puede hacer propia, en la pasión, en el abstracto, en la literatura, en una idea del ser humano, en una fuerza de lucha. El resto de las cosas, las maneras, las ideas, las veremos con el tiempo. Con la ayuda del Padre Pío sacaremos adelante una izquierda poderosa en Chile”.

Y ante eso último, el mejor chiste de la tarde, Manuel ni siquiera se ríe. Vaya tipo incoherente.

Silvio, lejos y cerca

Manuel García no canta más ni menos parecido a Silvio Rodríguez que los miles de chilenos que decidieron calzarse una guitarra durante los años ’80. Sin embargo, su condición profesional ha cargado la influencia del cubano en su música como una condena odiosa, de la que Pánico –un álbum que además fue producido por el cubano Fidel Orta— se vio especialmente cargada.

Para el chileno, el genio de la nueva trova isleña es una figura tan cercana como misteriosa. Si lo ha visto en persona, sólo ha sido de lejos.

“Entiendo la trova como algo que fue totalmente revolucionario, que partió en Cuba abierto a influencias de todo tipo que pudieran enriquecerla; como el cuestionado gusto de Silvio por los Beatles, por ejemplo. Por eso, una trova atada a un estilo y una ideología me parece demasiado servicial. El fenómeno de la trova cubana para mí se resuelve con tres o cuatro cantautores de una calidad artística sobrenatural, y con Silvio Rodríguez como el primero de la fila. Pero mi tesis es súper rara: niego a la trova como movimiento, pues es en Silvio Rodríguez que se reúnen condiciones que son rasgos suyos, como el creador genial que es, y que no son extendibles a un género continental. Creo que la trova es una dialéctica de contrapeso entre las esperanzas vertidas en un disco como Al final de este viaje… y lo que luego se cantó con el remezón de lo que es hoy la sociedad cubana. “Lo que con amor hacía una mano, lo rompía con otra el desamor / Yo no creo que haya sido en vano, pero pudo ser mucho mejor“.

Los últimos versos son de “Hacia el porvenir”, de Silvio Rodríguez. Pocas veces un conflicto político estuvo mejor sintetizado en una canción. Y pocos chilenos tuvieron la lucidez para reconocerlo.

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2 Comments Add your own

  • 1. manuel garcía x « De Gira  |  May 14, 2008 at 11:40 pm

    […] (Rolling Stone-Chile, 2007). […]

    Reply
  • 2. web.cfa.arizona.edu  |  March 9, 2013 at 9:17 pm

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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