colombina parra, cantautora

June 3, 2007 at 6:36 pm Leave a comment

Sin maquillaje

Sus amigos, padres e intimidad familiar pueblan el primer disco de Colombina Parra compuesto y grabado sin una banda de apoyo. En comparación con su trabajo en Los Ex, ésta es música más cariñosa, más positiva, «más bonita», según ella. Colombina a solas es una cantautora delicada y reveladora, aunque también, a estas alturas, una madre dedicada y una arquitecta opinante.

Por Marisol García | revista Qué Pasa (junio 2011)

©Jorge VIlla Moreno

Están las que bordan, las que redecoran metódicamente su casa y las que descubren la meditación. Están, también, las que lloran al menor malentendido y las que leen gruesos manuales de psicología infantil. El embarazo puso a Colombina Parra (40), en cambio, a hacer canciones. Canciones a pura guitarra y voz; llenas de sus propios recuerdos, imágenes y estampas cotidianas. Canciones tan personales que llevan, todas, una dedicatoria con nombre y apellido. Canciones concebidas como regalos musicales para circular sólo entre amigos y parientes, pero que esos mismos amigos y parientes convirtieron en otra cosa.

«No era la idea hacer un disco, en verdad. Me incomodaba al principio mostrar algo tan personal o que pudiera entenderse como el inicio de una carrera solista, que no es para nada mi intención. Pero se lo empecé a regalar a gente que quiero, que admiro, y todos me decían que tenía que editarlo. Como que los propios amigos me impusieron la tarea, casi».

Por eso, Flores como gatos es hoy un CD hecho y derecho, con portada, ocho títulos, créditos —«Canciones: Colombina Parra. Líneas de guitarra: Barak O Parra. Grabación, mezcla percusiones y líneas de bajo: Hernán Edwards»— y distribución y descarga en los lugares detallados en myspace.com/colombinamusica. En la carátula, seis niños miran a la cámara bajo elaborados gorros de fiesta, en lo que parece una tarde de cumpleaños de hace muchos años. Colombina nunca ha querido estar en la portada de ninguno de los álbumes de sus bandas, pero aquí se asoma, a los seis años de edad, rubia y de vestido blanco. Es la primera de muchas concesiones de quien, pese a haber debutado en la música hace casi dos décadas, hasta ahora parecía una cantautora esencialmente distante a compartir datos biográficos en sus versos, fotos o entrevistas.

«Justamente porque nunca pensé en el público, me puse a componer pensando en lo que me estaba pasando, no más. Y en ese proceso se produce algo parecido a cuando vas al psicólogo: lo cuentas, lo sacas, y te sientes mejor».

Eso que a Colombina le «estaba pasando» era, hace poco más de un año, la alegría inconmesurable de un embarazo vivido a conciencia, durante el cual la cantautora llegó a creer que era su hija, Julieta, la que cantaba a través suyo.

«No quiero caer en el sentimentalismo, pero sentía una felicidad exorbitante; no sé si a todas las embarazadas les pase lo mismo… Y decidí irme a Las Cruces sola, sin obligaciones, sin hijo grande. Dije: “Me voy de la ciudad, quiero aprovechar cada segundo de lo que me está pasando dentro de la guata”».

A metros de la casa de su padre, Colombina encontró a la venta una casa cuya dueña había recién fallecido. Un lugar lleno de flores, que la cantautora rehabitó y convirtió en estudio provisional. Escuchó intensamente a Bob Dylan («que nunca me había gustado») y al argentino Félix Cristiani. Escribió pensando en sus amigas Jacqueline, Morgana, Chimene y Tere. Le compuso a Nicanor versos sobre sueños compartidos y respiraciones sincronizadas. Se sorprendió de estar cantando cosas tan amables.

«Era raro, porque mi mirada nunca ha sido muy positiva, la verdad, y estas canciones salían muy bonitas. Por eso creo que era la mirada positiva de la Julieta. Era como si hubiese entrado por un rato en un personaje distinto. Recuerdo que me costaba menos relacionarme con la gente. Andaba más simpática», dice, y ríe.

No es que Flores como gatos sea un disco de revelaciones ni de esa mal llamada cantautoría «confesional». Son historias suyas, sí, pero Colombina cree que una vez que un recuerdo queda inscrito en una canción, por personal que sea se convierte en otra cosa. La canción se come a la historia, y no hay mucho más que explicar. «Basta con eso», sintetiza.

—Como una foto.
—Sí, este disco es como un álbum de fotos. Me gusta pensar que es como una foto en tu casa sin maquillaje, porque también mantiene esa cosa medio brutal de Los Ex.

—En discos anteriores parecías más enojada. Éste es un disco cariñoso.
—Sí, es cierto. Como que antes no me atrevía a mostrar esa parte cariñosa mía, que yo escondía detrás de ese enojo… que en ese momento existía.

Es evidente, por ejemplo, el cariño hacia Nicanor, un padre de quien la separan más de cinco décadas de edad, pero a quien la unen proyectos, consejos, sensibilidades; incluso, asegura, una comunicación no verbal. «Anoche te pillé durmiendo / no quise molestarte / Las cosas que tú sueñas yo también las sueño / y tus respiraciones yo también las escucho», le canta.

«Este disco está bien producido por él. Un par de cosas que me dijo sobre mi trabajo están, inconscientemente. Él raya harto con la música, es uno de sus temas. Aunque no se sepa, fue una especie de productor de la Violeta, y yo vi cómo transformaba la manera de cantar de Roberto, también, haciéndolo repetir el día entero, trabajando. Como una especie de entrenador. Éste es un disco bien para él… muy para él».

—Lo compusiste en Las Cruces, de hecho.
—Me gusta estar cerca de él porque siento que como que lo cuido, pero en el fondo creo que es más bien al revés: que él me está cuidando. Digamos que nos cuidamos mutuamente. Con él tengo el [complejo de] Electra medio heavy.

El gran terreno de La Reina en el que Colombina y Hernán Edwards levantaron su casa es aquel en que el antipoeta pasó sus últimos años como residente en Santiago, antes de radicarse en la costa. Es un espacio agreste y húmedo, lleno de árboles, y al que las lluvias dejan cubierto de un barro en el que es fácil resbalarse antes de alcanzar la puerta. El gran cubo de vidrio y madera levantado por la pareja es de una sorprendente calidez incluso en pleno junio, gracias a vidrios de doble panel y un diseño que privilegió la eficiencia energética. Colombina y su pareja (él, también guitarrista de Los Ex) estudiaron Arquitectura juntos, y se titularon hace seis años. Su trabajo en el área es constante, y hace poco terminaron un encargo para unos amigos australianos.

«Soy arquitecto de tiempo completo, y entremedio soy músico. Soy una mezcla de caos entre las dos cosas», asegura ella. «Antes tomábamos todos los encargos que llegaban, y con el tiempo nos hemos dado cuenta que la química entre cliente y arquitecto es importantísima. Más que “clientes”, los llamamos “pacientes”: el paciente necesita que lo ayudes a diseñar su manera de vivir. Entender a cada paciente diferente ha sido una locura y una aventura, y ha hecho que cada proyecto sea totalmente diferente y tenga la personalidad de cada uno».

En “Berlines para los dos”, una de las canciones del disco, se menciona a uno de los horripilantes nuevos edificios que han tapado la vista a la bahía de San Antonio («pero igual puedo imaginar / los barquitos de color»). Los malos edificios despiertan en Colombina la punk destructiva que late dentro suyo.

«A ese arquitecto le deberían dar cadena perpetua por quitarnos la felicidad de mirar. Ahora sólo nos queda imaginar. Deberíamos derribar ese edificio o tirarle una bomba. O pintarle encima lo mismo que no nos deja ver. Mínimo, tirarle piedras y quebrar los vidrios para ver el mar. En algun momento pensamos como nombre de oficina “Derribar Arquitectos”. Pienso que el arquitecto por excelencia es el que sabe derribar para recuperar el origen y el suelo, más que el que hace torrecitas de vidrio. A veces me da vergüenza decir que soy arquitecto porque es como decir soy del gremio de los pelotudos que no hacemos nada por parar ese tipo de edificios. Menos mal que por lo menos existe Federico Sánchez, que de alguna manera los pone en ridículo».

La familia feliz

En la arquitectura, en la música, Colombina se siente cómoda en la colaboración con otros. Su hermano Barraco (Juan de Dios) aporta a Flores como gatos finas líneas de guitarra, muy en la onda de Django Reinhardt, que contraponen con su delicadeza y técnica impecable la voz, a veces áspera, de la cantante. El resultado es de una calidez frágil, atractiva por lo directa y rústica, distinguible de inmediato de las muchas ofertas que actualmente desbordan la cantautoría local. No es posible imaginar un disco como éste a cargo de una debutante. Su síntesis y singularidad son rasgos propios de los años de oficio.

Colombina y Barraco son, también, protagonistas de “Vamos a almorzar”, el único tema del disco dedicado a su madre, Nuri Tuca. Se habla allí de separación, de dificultades superadas, de cómo en un almuerzo de pollo y papas fritas el trío juega a ser una familia feliz («lo que nunca fuimos alguna vez»). La primera vez que su madre la escuchó, «lloró a mares», cuenta la hija.

«Pero ahora la hemos escuchado juntas un par de veces más y se ríe. Y creo que se irá riendo cada vez más de su propio personaje. Es una canción de cariño, en la que yo tomo distancia de la bronca que alguna vez pude tener con ella. Es una canción sobre un momento feliz que borra todos los momentos infelices que has tenido. Tampoco es tan íntimo».

Las impresiones familiares de Colombina se cruzan, quizás, con los misterios en torno a su padre: sus amores, sus mujeres, los vínculos afectivos de los que rara vez habla Nicanor. «Ah, así es que no fuiste tú la que quiso separarse / Ah, ahora me doy un poco de cuenta», avanza una de las estrofas sobre una relación de la que incluso los fanáticos parrianos conocen lo justo: un amor intenso y breve con una mujer treinta años más joven que el poeta, recordada por su belleza y la intensidad de sus ojos azules. Otra de las musas de su padre explica la dedicatoria del álbum completo, y aquella imagen de la fiesta infantil: «A Ana María Molinare, quien celebró mi cumpleaños y sacó la foto» se lee en la contraportada. Molinare es nada menos que «la mujer imaginaria», la inspiradora del poema más famoso de Nicanor Parra.

—Son recuerdos familiares, sobre los cuales podría darte pudor cantar en un escenario.
—¿Pero por qué pudor? Si metes tu historia dentro de una canción, no es lo mismo a que la estés ventilando en la televisión en un programa de chismes. De algún modo, deja de ser tu historia. Tampoco podemos tomarnos tan en serio nuestras propias vidas. Es mi intimidad, sí, pero quién no tiene historias así en su intimidad. Todos podríamos decir eso de: “Jugemos a la familia feliz”».

Colombina suaviza la voz para atender a Julieta, una movediza rubia abrigada con cotelé azul que manifiesta esporádicos sollozos de disconformidad, y a quien más tarde su madre calmará cantándole una canción con la guitarra. Hernán ofrece kuchen. El frío y el apuro no han conseguido traspasar el bosque alrededor. Algo de esta misma sencilla calidez está contenida en “Mi casa ideal”, la segunda canción del disco: «No importa el frí-i-i-o», dice ese estribillo. Es una rutina familiar que no quiere obedecerle al invierno.

Entry filed under: entrevistas, perfiles. Tags: .

fernando milagros, cantautor música religiosa (nota)

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

Trackback this post  |  Subscribe to the comments via RSS Feed


©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


%d bloggers like this: