fernando milagros, cantautor

June 3, 2007 at 6:02 pm Leave a comment

La canción imaginaria

Paisajes que nunca vio y recuerdos que no sabe de dónde surgieron pueblan el nuevo disco de Fernando Milagros. Podría presentarse como otro más de los nuevos cantautores chilenos con proyección internacional, pero es mejor atender a sus muchas particularidades: viene del trabajo teatral, ya no es un veinteañero y Christina Rosenvinge corea con entusiasmo sus canciones. Y tiene una tesis sobre la canción popular a la que conviene atender.

Por Marisol García | revista Qué Pasa (octubre 2011)

Apareció de pronto en su cabeza el nombre San Sebastián. Junto a él, la vista de un pueblo imaginario, de paisaje agreste a pleno sol, poblado por una raza indoamericana. Fernando Milagros pensó entonces en una cruza inédita: la de una ciencia-ficción folclórica, a donde sus nuevas canciones debían apuntar. Lo habló con un par de amigos —se rieron de la volada, quizás—, y al escuchar esos nuevos temas las piezas comenzaron a encajar.

“Angelito”, por ejemplo, es un trote levantado sobre voz y ukelele que avanza como una plegaria: «Ven a verme cuando cuándo / a traerme un salmo calmo / a cantarme arrullo bueno / bendecídme». “Nahual” acompaña la caminata de un guerrillero apegado a su tierra y el recuerdo de su padre; y “Rey mayor” congrega sobre un rock eléctrico imágenes asombrosas de paisajes por los que pasan siglos, mares, ríos, vendavales. Todo muy visual, muy a cielo abierto, muy nortino. Y ahí está, también, el hermoso video de “Carnaval”, uno de los dos temas del disco cantado a dúo con la famosa Christina Rosenvinge: filmado en una fiesta de La Tirana reventada de luz.

Son imágenes poderosas, ancladas a un sonido andino oscuro y pesado, como de un Norte Grande repleto de historias, luchas centenarias y nostalgias ancestrales. Imágenes que el hombre que las compuso y canta no sabe bien de dónde salieron.

—¿Viviste en el Norte?
—No.

—¿Vas mucho al Norte?
—No. Humberstone lo conocí recién hace un par de años. Y fue muy raro lo que sentí ahí: si existiese la reencarnación, te diría que de seguro fui empleado de una pulpería.

—¿Escuchas música andina? ¿Te pasa algo con el paisaje del desierto?
—No, no especialmente. Creo que puede ser Norte o puede ser pampa, también. De los 7 a los 10 años viví en Puerto Natales y Punta Arenas, y quizás está esa influencia medio magallánica: ese terreno despejado, agreste, que está en mi ADN y aparece sin premeditación.

San Sebastián suena a evocación biográfica, pero es ficción; ficción folclórica, si se quiere. Una apuesta que ha levantado con inusual atrevimiento el hombre que obtuvo su seudónimo tras cantar en el trío María Milagros. No cualquier cantautor puede ordenar un tono literario así de coherente, enlazado a su vez con un sonido profundo, macizo, capaz ya de ofrecer marcas de estilo casi sin puntos de comparación con las de sus compañeros de generación.

«Me han dicho que el disco suena “adulto”, y supongo que eso está bien», comenta Fernando Milagros, hombre recio escondido bajo la piel de un joven gentil. «Ya pasé la barrera de los 30. Hay que seguir. Desmarcarse de los referentes es siempre un proceso largo. En eso estoy».

Es cierto: durante un tiempo la música de Fernando Milagros sonó a Bob Dylan. Luego sonó a Davendra Banhart. Y hasta hubo quien le encontró aires a spaguetti-western. Así es la vida cuando se arman discos por primera vez y el folk-rock está de moda. Pero San Sebastián, con Cristián Heyne en la producción, ya es el tercer intento, y la voz autoral de su responsable surge al fin inesquivable. El registro gastado del canto, la ductilidad para transmitir emociones complejas, la inteligencia para referirse a la nostalgia intrínseca a toda relación: son rasgos en los que ya no cabe la impostura.

«Si canto sobre mí mismo, en el escenario es mucho más fácil ser honesto, porque no estoy hablando por nadie. Creo que lo que he intentado en este disco ha sido ficcionar mi propia biografía. Digo cosas mías, pero camufladas con otras ideas. Esa mezcla de ficción y realidad me gusta, me sirve».

Lo imaginario y lo fáctico se alían en sólo una de las dualidades que viven en estas canciones. Hay contrastes, también, en lo eléctrico y acústico, en lo romántico y desolado; «es oscuro y a la vez muy pop», cree Fernando sobre su nuevo disco.

«Es muy rara esa doble militancia. A veces pienso en ella y me abruma, porque no sé si la gente la va a entender. Hay canciones que ni yo sé de dónde salen, que no se parecen a nada. Para mí la música siempre ha sido algo gutural, sin mucha planificación, y que sólo después de un tiempo voy entendiendo».

La doble militancia es, también, clave en la historia profesional de Milagros.

Estudió Diseño Teatral en la Universidad de Chile. Comenzó a trabajar pronto en montajes, consciente de que eran esos los años para aprender equivocándose. En 2002 se encontró con Manuela Infante, y se unieron en una compañía que terminó llamándose Teatro de Chile. Se habló mucho de ellos ­—¡mucho!­— con la polémica en torno a Prat, su primer Fondart. Vinieron luego Rey Planta y Cristo. Milagros, el músico infiltrado entre actores, era de pronto el diseñador de una de las compañías teatrales mejor criticadas del país. Ahí estaban la promesa y la consagración. Pero, por otro carril, estaban las canciones.

«A la altura de Cristo (2008) yo ya tenía un ritmo regular de tocatas, y los horarios se hicieron muy difíciles. La compañía estaba consolidándose, y ahí tuve que decidir: “Lo siento, pero si no me dedico ahora a la música, no lo haré nunca”. No lo podían creer».

—Quizás lo de los horarios era lo de menos. Los procesos creativos de teatro y música son muy diferentes.
—Yo vine a entender mucho después que lo que hice en mi primer disco tuvo que ver con estar chato de demorarme cinco, seis o siete años en generar una obra para que luego la fuese a ver muy poca gente, y cuya falta de pulimiento quizás hacía que ni siquiera esos pocos la entendieran. Agarré la música y fue: «Uy, qué heavy: en tres minutos hago algo que llega a mucha más gente. Esto sí que es interesante». Y ahí comencé a entender que «la tesis de Fernando Milagros», por llamarla de alguna manera, es la canción: cómo encauzar lo que antes hacía en otros lugares en una vehículo de tres minutos. Mi actitud al componer es: «Tengo esta idea, ¿cómo la meto en una canción?».

—¿Qué aprendiste al ser parte de una compañía de teatro?
—Metodología, estudio de procesos, montaje. Creo que lo que mejor que sé hacer es el diseño de espacio y de luz. Digamos que tengo esa formación de cuidar el objeto, de la síntesis, de no meter demasiada mano. Pero, también, esa vuelta teatral hizo que me diera cuenta súper viejo de mi rollo musical. Ahora tengo 31, y siento que estoy cinco años atrasado.

A veces Milagros acepta encargos puntuales para teatro y cine. Acaba de terminar la dirección de arte de El año del tigre, próximo estreno de Sebastián Lelio, por ejemplo. En los ensayos y tiempos muertos anota ideas para canciones.

Alguien le preguntó hace poco qué opinaba sobre la «canción protesta». Milagros —tres discos editados, tocatas por todo Chile, gira reciente a España— no supo qué responder. Dice que algo así le suena a años setenta.

«Uno puede meter al medio de una canción la frase “Fuera, Piñera”, pero sería un galucheo súper barato. Tu opción ya es política porque decidiste ser un músico independiente, y eso es subersivo, ¿cachai? No es que no tenga una postura frente al conflicto estudiantil. La tengo, y en alguien como Ana Tijoux cantar sobre eso calza totalmente y me parece incluso emocionante. Pero no es mi estética».

También suelen preguntarle por él y sus colegas, y la fuerza de un nuevo movimiento de trova local. Milagros —cuerpo macizo, voz rasposa, cicatriz bajo el ojo derecho— tampoco sabe qué responder.

«Todo esto de “la nueva cantautoría chilena” lo veo como un invento periodístico medio teatral. A algunos nos habrá servido, pero no es más que una coincidencia del tipo “soy solo y no tengo banda”. Apareció Gepe, por ahí nos colamos algunos, pero ¿qué tengo que ver yo con Kaskivano o con Chinoy o con Nano Stern, con todo respeto?».

—¿Hay algo en ellos que no te guste?
—No, no se trata de eso. Pero no me identifico para nada con el entusiasmo por revivir algo que ya pasó. Esa nostalgia a la mala no me gusta. Esa cosa de Victor Jara wannabe… no me nutre ¡nada! ¿Para qué?, si ya se hizo antes mucho mejor.

—Pero tampoco era normal tener tantos años un país sin conexión con sus referentes musicales, sin una cantautoría distinguible.
—Puede ser. Chile es un mercado musical muy difícil de entender. El auge de las disqueras durante la transición fue algo apañado por mucho dinero, con bandas levantadas a punta de radiotaxis para todos lados —ilustra, y la imagen es sintética y certera—, pero al final no pasó casi nada. Y ahora hay música mucho mejor que en los noventas, aunque quienes la hacemos somos baratas del sistema.

—¿En qué sentido?
—Es súper difícil. Tuvimos que aprender a autogestionarnos, y ahí estamos todos en la lucha. Ahora tengo un sello y una agencia de booking, pero sé cómo armar un proyecto solo si llegara a no tenerlos. Si a estas alturas sigues dependiendo de un manager o un financista estás frito. A quien le va bien ahora (en el pop, la balada o donde sea), es porque tiene al menos tres dedos de frente. No es tan fácil.

Por autogestión exitosa, Milagros entiende internacionalización. Quiere que San Sebastián funcione en España o México, y salir lo más posible a tocar al extranjero. Estuvo en mayo pasado en los festivales Casa de América y Primavera Sound, en Madrid y Barcelona. Quiere volver a Europa cuanto antes.

«Es lo que tengo que hacer si quiero vivir de esto. Porque para estar rebotando en [el bar capitalino] Loreto… ya no, ¿cachai? No tengo demasiadas esperanzas en Chile, pero si me va mal es que ya no entiendo nada. Cantar a dúo con Christina Rosenvinge es lo más pop que voy a hacer en mi vida, así es que si no me tocan en la radio ahora no me van a tocar nunca».

—¿Qué aprendiste de tu viaje a España, en ese sentido?
—Que es posible hacerla, aunque tienes que estar muy convencido de lo que estás ofreciendo, porque si no dedícate a otra cosa. El talento es importante, pero el puro talento sirve cero.

Entre otras muchas cosas, Fernando Milagros es el manager de sí mismo, y esta tarde ha sonado convincente.

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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