roberto parra (reportaje)

July 3, 2007 at 8:51 pm 1 comment

Los archivos inéditos de Roberto Parra

A fines de los años ochenta, un veinteañero Álvaro Henríquez conocía al veterano Roberto Parra. Sería el comienzo de una amistad que desembocaría en discos, influencias recíprocas y un conjunto de registros con música y conversaciones que hasta ahora han permanecido inéditos. En esos archivos, que adelantamos aquí junto a testimonios de familiares y parientes que lo recuerdan a diez años de su muerte, el autor de La negra Ester pasa revista a su infancia y sus años de vagabundeo, que fueron casi todos. Además, habla de un inacabado proyecto de biografía de Violeta Parra en décimas.

Por Cristóbal Peña y Marisol García 
| Rolling Stone—Chile, abril 2005.


A
penas hubo un saludo. Apenas un cómo está, gusto de conocerlo. Tal vez ni siquiera eso. Roberto Parra fue al grano:

—Así que usted toca guitarra, ¿a ver?

Y el otro, un poco descolocado, no se hizo de rogar. Tomó la guitarra e hizo lo que le pedían: tocó, y el acto fue una presentación y una forma de ahorrarse frases del tipo ‘sí, soy de Concepción, llegué hace poco a Santiago, tengo una banda. Y a todo esto, ¿qué música le gusta a usted?’. Todo eso vendría después.

Convocado a la casa de Nicanor Parra, en La Reina, Álvaro Henríquez había llegado con el director Andrés Pérez para conocer al hombre que había escrito las Décimas de La negra Ester, libro que dio origen a la obra de teatro más taquillera de la historia del país. Pero en ese entonces, probablemente a fines de 1988, Álvaro Henríquez era apenas una promesa y Roberto Parra, un ignorado. Eran otros tiempos, claro. Para una generación que había crecido con bandos militares y estados de sitios y excepción, la cueca era todavía un símbolo patronal y castrense. Chile todavía caminaba a las órdenes, a paso lento y provinciano, y se hacía difícil imaginar que surgiría algo como MTV; y menos, que en ese impensado MTV el grupo de Álvaro Henríquez llegaría a tocar cuecas de Roberto Parra. Pero eso también vendría después.

Parra escuchó atento lo que tocó Henríquez. Después levantó las cejas y con poco dijo mucho:

—A ver, otra –desafió.

Sería el comienzo de una amistad que se consolidó en torno al montaje de La negra Ester, donde uno oficiaba de dramaturgo y el otro de músico, y que sería decisiva para la música chilena de los noventa. Parra fue reconocido –y recompensado— por su dramaturgia y por sus cuecas choras y su jazz guachaca. Y a la vez, el grupo de Álvaro Henríquez, Los Tres, promovería esta música como una bandera de identidad nacional que había sido negada por la dictadura. Entonces vinieron los discos, la fama y MTV. Pero llegar a eso tomó tiempo y dedicación.

—Después de ese primer encuentro, empezamos muy naturalmente a juntarnos un poco más –cuenta hoy Henríquez—. Como yo era el guitarrista de la obra, él se acercaba a mí y me decía “eso no se toca así”; me enseñaba, y yo, mientras eso no saliera igual que lo que él me había pedido, no descansaba. Siempre nos poníamos a tocar antes y después de las funciones, y me acuerdo que yo me sentía bastante privilegiado porque, por lo general, (en la compañía) teníamos que cumplir los trabajos forzados, como lo llamaba yo, que era sacudir la alfombra, limpiar los baños, arreglar el escenario, las graderías, y como yo tocaba cuando el Roberto llegaba, nadie me iba a molestar. Estaba eximido de los trabajos forzados”.

La relación fue estrechándose con el tiempo, tornándose obsesiva y dependiente. Cuando el Gran Circo Teatro se fue de gira por Europa a presentar La negra Ester, Henríquez fue el chaperón oficial y exclusivo del autor de “El chute Alberto”. Y poco después del regreso, desde 1994, ambos contrajeron un compromiso que rara vez incumplieron: cada mañana de domingo, Roberto Parra tomaba la micro desde su casa de la comuna de La Florida, en el límite de Puente Alto, con destino al departamento de Henríquez en el centro de Santiago. Allá, en un edificio de calle Ismael Valdés Vergara esquina Santo Domingo, el músico de Los Tres lo esperaba con un consomé de patas de pollo o pescado frito, dependiendo de cómo había amanecido el día. Y después de comer, con toda la tarde por delante, permanecían tocando y conversando frente a una grabadora que fue registrando lo que serían los últimos días de Roberto Parra. El 21 de abril de 1995, a los 73 años, moría dejando una mezquina obra publicada; apenas cuatro discos firmados con su nombre y un número similar de escritos.

El registro de esos encuentros dominicales, que desde entonces guarda Henríquez como hueso de santo, se constituye en el principal —y casi único— archivo que permanece de Parra. En esas cintas, grabadas entre 1994 y principios del 95, hay varias horas de músicas y relatos en los que el autor de “Las gatas con permanente” recuerda su infancia en Chillán, sus años de vagabundeo y su relación con Violeta y Nicanor, entre varios otros temas que serán editados en un disco documental y que damos a conocer a continuación, a diez años de la muerte de Roberto Parra.

Infancia

Yo era el regalón de mi mamá. Me ponía encima de la mesa, a patear el pan. Cuando había. Y me acuerdo, tenía un pantaloncito hasta aquí yo de terciopelo. Y una blusita de seda. La quería mucho. Éramos diez: la Marta, Olga, Nicanor, Hilda, Violeta, Lalo, Roberto, Caupolicán, Lautaro y Nene, el Tony Canarito.

Mi mamá no sabe que la Violeta toca la guitarra y canta. Entonces la Violeta dice “¿Mamita, porque no me consigue una guitarra? Como estamos tan mal –le dice—, yo voy a ir a cantar a la calle. Pa’ traer plata pa’ la comida pa’ todos nosotros. Y pa’ mis hermanitos”. Me acuerdo cuando llegaba la Violeta con el canasto con verduras, con sandías, con uva, con membrillo. “Ya mamá, aquí está”. Y la platita. A patita pelá.

La Violeta nos empezó a sacar a la calle. Sacó al Lalo primero. Y después sacó a la Hilda. Los cuatro íbamos al cementerio a vender agüita pa’ las flores. Arreglábamos esa parte donde están los nichos altos y nos robábamos las flores y las coronas artificiales, una coronas bonitas con guirnaldas, pa’ arreglar la tumba de un tío y la de mi papá. Escribí sobre todo eso en Chillán:

También en el cementerio,
limpiaba tajas con bichos.
Era todo por capricho,
gritaban los ruiseñores.
Agüita para las flores
y escaleras pa’ los nichos.


Violeta en décimas

Hacen como cinco años atrás nomás, Nicanor me dijo: “Tú tienes que hacer algo sobre la Violeta. Cómo la viste tú nada más. Sin quitarle ni ponerle. No vas a inventar historias, ¿ah? Porque hasta aquí no más llega la amistadita”. Porque yo ya estaba haciendo décimas sueltas, pero ahora empecé de esta forma. No lo ha visto todavía don Nica:

“En varias ocasiones he tratado de escribir algo sobre Violeta Parra. Pero la tos no me deja. Escribir algo sobre Violeta Parra: es más fácil pescarle el buenas noches a un ánima, que escribir algo sobre esa sublime mujer. El que se atreva escribir algo de Violeta, tendrá que estar a la altura de ella. Yo, siendo hermano, no me atrevo a escribir”.

Pa’ peor, estoy escribiendo cuando viene un amigo y dice “¿Vamos a ver un homenaje a Violeta Parra?”. Vamos, digo yo, y allá, dice el maestro de ceremonia, abrirá el espectáculo el antipoeta Nicanor Parra, recitando “Defensa de Violeta Parra”, que es el poema más grande que se hubiera escrito, sobre la faz de la Tierra. Y yo, qué iba a ser ahí, yo con mi cuadernito debajo del brazo, me senté a escuchar este gran poema. Y se recita todo el poema. “Dulce vecina de la verde selva…”, mire como empieza, ¿qué voy a hacer yo después de ese poema tan largo y tan precioso? Pucha, ahí me quedé sentado yo, parece que me hubieran tirado un balde de agua encima. ¿Qué hago? Tiro la esponja mejor. No me lo puedo.

Pero no conforme con esto, voy a ir donde la mamá de todos los Parra. Ella me va a decir, sin sacarle ni ponerle, quién era y cómo fue la cuestión de la Violeta. Porque don Nica después, si yo formo una historia a cuenta mía, va a decir “¿Y esto aquí de adónde salió?”. Y no me deja, pues Alvarito. “No, esto no. ¿Cuándo sucedió esto?”. No ve que son tres cosas: nunca lo he visto con una camisa sucia a Nicanor; nunca lo he oído decir una mentira; ni andar solo, siempre con una lola (risas)… de catorce años. Así que no puedo yo meterle cuchufleta. Entonces, con temor voy donde mi mamita:

—Buenos días, mamita.

—Buenos días, hijo.

—Qué es lo que te trae tan temprano. Apuesto que ya pasó algo. ¿Qué me vení a pedir?

—No, fíjese mamá, que vengo a pedirle ayuda.

—De qué se trata, dime luego. Si son problemas que te han pasado a ti, con los míos me basta. Dime ya.

—No mamá, me puse a escribir la historia de Violeta y no me la puedo. Estoy empantanado, mamá. Sáqueme de este pantano mamá.

—No le he dicho yo que nunca se pongan a escribir algo de esta muchacha. Inventando historias no más. Por qué no vienen para acá que yo todavía estoy viva. Tienen que preguntarme a mí, para poder escribir eso –me dice mi mamá, ¿ah? Entonces le digo “¿Mamita me va a ayudar? Sí me dice, te voy a ayudar. Ándate tranquilo no más, vuelve a los 20 ó 30 días.

Entonces ahí yo digo “Me voy a lavar las manos como Pilatos”, y en esa parte dejo conversando a la Violeta con su mamá. Y ahí aparece recién la Violeta: “Mamita —le dice— yo no voy a esperar más. ¿Hasta cuándo me va a hacer esperar? Todos los días me dice mañana, mañana, mañana te voy a contar la historia de tu vida, y ese mañana no llega nunca”. Ahí Violeta se va llorando y la mamá le dice “Venga pa’cá mijita, no le haga juicio a esta vieja tonta, que está haciendo llorar a la niña. Tráigase este pisito, siéntese a mi lado y límpiese las lágrimas con este pañuelito limpio que yo tengo aquí. Ahora le voy a contar la historia:

En San Carlos tú naciste
una florida mañana.
Con repique de campanas
a este mundo viniste.
Con un quejido muy triste
te recibió la matrona.
A la preciosa paloma
que bajó del alto cielo.
La cuidó con mucho anhelo
como trinar de bordona.

Tu padre Nicanor Parra,
tu abuelo José Calixto,
guitarrero por lo visto,
hombrón de mucha garra.
Toca violín y guitarra,
profesor de regimiento.

Vibran esos instrumentos,
cuando llegan a sus manos.
Bailan moros y cristianos
y el sol en el firmamento.

“Ve, pus mamita, le dice (Violeta), qué lindura lo que me está contando usted. Por qué no descansamos un ratito mamá”… ¡Eso es todo verídico! A don Nica le va a gustar mucho.
Amigos con restorán

¿No le he contado eso? Llegaba donde un amigo que tenía restorán allá abajo y me decía “Chucha, que venís mal, hueón. A ver mujer, tráele un trago de vino al Parra. Oye, ¿y donde andabai hueón que vení tan deshojado? Sube pa’ arriba, pero no me cagí mucho”. Es que arriba tenía harta ropa, había zapatos, camisas y ropa, y éste me quería decir que no me pusiera la mejor, que no me pusiera dos camisas, una arriba de la otra. Súbete, me decía, pero no me cagí mucho (ríe). Éramos muy amigos.

Un primo de Chillán

Un primo es el único que me queda en Chillán (…) Llegaba toda la vida a Chillán y él tenía un hotel, me daba pieza con un amigo Loyola que era cantor conmigo o con el que yo llegara ahí, no me cobraba nunca nada. Era igual que llegar a la casa mía: con plata, sin plata, llego igual. Nunca me dijeron “¿Traí plata, de donde vení? Andái atorrante”. Nada. Y cuando (después) llegué a Chillán, él estaba mal, pues Alvarito. Tenía un bolichito y estaba tan re pobre, no tenía ni naranjas ni manzanas ni nada, y la patente atrasada. Saqué plata al otro día, le dije aquí tenís plata. Renovó la patente, le surtí el negocio. Lo dejé como rey al hueón ahí. Estuvo como doce días tomando. Pagué mi deuda. Se lo conté a Nicanor. “Con tu deber no más cumpliste”, me dijo Nicanor.

La negra Ester y la otra

Muchos dicen que conocieron a la Negra Ester. Y no, no la conoció casi nadie, ni las misma cabronas se pueden acordar. Qué se van a acordar… La Marina sí puede acordarse. Tiene una hospedería ahí en Rancagua. Claro, es muy re chucha la Marina, pero no me gusta porque miente a veces, le pone mucho color. Y yo que me iba a casar con ella una vez.

La mano de Andrés Pérez

Ahora en la revista Vea me dieron cuatro páginas, ¿no ve que salió otra vez? Ahí digo yo que todos los cantos cómicos de La Negra Ester son del Andrés (Pérez), claro, yo lo reconozco porque es así. Pa’ qué me voy a achaplinar. Todo lo que trate de las décimas es mío. Él me dejaba dicho en el cuaderno “¿qué hizo tal cuando se apartó la Negra Ester, qué hizo éste acá, qué pasó ahí?”, y yo tenía que tener todo listo para él. Pero la parte alegre de La Negra Ester, por ejemplo la parte de la Esperanza, yo no la tengo escrita. Al final se perdieron muchas décimas, el Andrés pescó una de aquí, otra de acá, y armó su cuento. La adaptación es toda de Andrés, yo lo digo en el Vea, que es una revista muy seria. Si quiere la vamos a comprar. ¿Vamos a comprarla más ratito?

Curso intensivo

Si quiere le enseño a escribir cuecas, Alvarito. No importa que no escriba cuecas choras, pero empiece nada más. Haga usted una cueca, le salga como salga, y yo voy viendo ahí. Vea lo que pasa en el Mapocho. Lo que pasa en las cárceles. Vea las injusticias: Por qué, / por qué tantas injusticias. / Se co / se cometen en Chile./ Están, / están cayendo a la cana, / los vi / los vivos y también los giles. ¿Ve? Ahí tiene la primera cuarteta, si es muy fácil.

Almas gemelas

Oiga, yo no soy hueón, Alvarito. Yo veo a quién le cuento todo esto. No crea que voy a gastar pólvora en gallinazo. Me interesa que usted aprenda porque sé que entiende. Claro, a un hueón que no entiende pa’ que le voy a explicar. Lo que pasa es que tenemos el mismo estilo, Alvarito. Por eso nos sale facilito.

Ángel Parra, sobrino: el tío extraterrestre

Antes que el propio Roberto grabara sus cuecas, lo hizo su sobrino Ángel con su hermana Isabel en París. De regreso a Chile, grabó uno de los mejores discos del género: Las cuecas del Tío Roberto.

«Era el tío más entretenido de todos y se incorporó fuertemente a mi vida cuando volví de Europa el 64. Encontré esta casa en calle Carmen y el tío Roberto, junto a mi tío Juan (del lado Cereceda), estuvieron en la génesis de lo que terminó siendo La Peña de los Parra. Fueron ellos quienes hicieron las mesas, las sillas, el decorado completo. Y cuando terminábamos de trabajar, nos poníamos a tocar y cantar. Mi virtud es que yo soy un muy buen acompañador; llevo el ritmo a muerte, en las buenas y en las malas, y eso él lo apreciaba enormemente. Me acuerdo que sacaba la peineta, le quebraba un diente y con eso punteaba. Ahí tocábamos todos esos temas que luego aparecieron en La negra Ester.

Después él empezó a cantar en la Peña. Bueno, cuando podía. Y cuando llegaba. Yo estaba en ese tiempo que sacaba dos discos por año, pero él no tenía ninguna ambición por ser “artista”, ni ser conocido. No le interesaba. Mi mamá trató en alguna ocasión de convencerlo, cuando tenían el dúo con mi tío Hilda. Pero mi tío se iba y no aparecía en tres meses. Y llegaba flaco, con piojos, con la cara cortada, pidiendo aspirinas.

Él podría haber muerto cuarenta mil veces, en todo tipo de accidentes o asesinado. Andaba por todo Chile, se colaba en los trenes de carga y se iba. Siempre con su guitarra. Siempre se la robaban. Hay una anécdota buena. Un día me dijo que había hecho un experimento: ‘‘Voy a dejar la guitarra ahí para ver quién es el conchesumadre que me roba la guitarra’’. Pero se quedaba dormido y, cuando despertaba, ya no estaba la guitarra. Le habrán robado como veinte. Pero siempre tenía guitarra; será porque en la cárcel se fabricaban las mejores guitarras en esa época, será porque tenía sus datos o sus amigos.

Fui yo que lo traje al estudio, que lo fui a buscar. Le tenía miedo a este mundo de los estudios, los micrófonos. Pero todos insistíamos en que estábamos ahí para acompañarlo a él. Le decíamos ‘‘No se olvide que éstas son Las cuecas del tío Roberto. Nosotros vamos detrás de usted’’. Yo no conocía el mundo del hampa. Ni el mundo de la cárcel ni de la ‘‘cueca en tarro’’ (la que se tocaba en las cárceles de noche, para que no se escucharan los gritos del que estaban violando). Yo descubrí ese mundo con él.

Pero mi tío era muy tímido. Por eso yo creo que el trago lo ayudaba: tomaba y era capaz de ponerse la guitarra en la espalda, sobre los hombros, y seguir tocando. No era un tipo patudo, no era el alma de la fiesta. Para él era como una religión este asunto del cuequeo. Era la forma que él tenía de contar lo que le tocaba ver en torno suyo. Era un curado tierno. Se botaba a choro, pero sabía que si le hacías así (imita un topón en el hombro) se caí al suelo. No era un tipo malo. No era lumpen. Si bien describía el mundo de los barrios bajos, él era un tipo… fuera de este mundo. Él era un ángel».

Dióscoro Rojas, cuñado: Robertista hasta la muerte

Amigo, cuñado, admirador y representante legal de los guachacas: Dióscoro Rojas es de los que piensan que Chile debería llamarse Roberto Parra.

«Lo que más me gustaba de él era su ingenuidad. Una vez me llamó: ‘‘Dióscoro, tú que hai estado afuera sabís. Contigo se puede hablar. No con estos huevones… Estos huevones todavía creen que la capital de Inglaterra es Londres. Y no saben que es London, poh’’. Nunca fue un intelectual. Cuando él lee su primer libro, que es Martín Fierro, sería después del 70; ahí él comprende que esto no es difícil y se tira a escribir. Va donde el Nicanor a mostrarle sus cosas. ‘‘El Nicanor dice que está bueno, pero dice que me aparto mucho del tema. Oye Dióscoro’’, me pregunta, ‘‘¿qué es un tema?’’. Pero si el Tío Roberto tenía primera preparatoria. Él es como un niño en el mundo.

En Barrancas, un día con un amigo se les había acabado la plata para chupar. Y no sabían cómo conseguir más. Entonces vieron que la tienda del relojero estaba cerrada, porque se había ido a la playa por el fin de semana. ‘‘¿Matemos al relojero?’’, dijo el Tío. ‘‘Ya poh’’, le dijo el otro. Y fueron a la municipalidad de Barrancas a pedir plata para enterrar al relojero. ¡Y no aparece el relojero el lunes! ‘‘Hasta los caballos nos tiraron encima’’, contaba después. Ésa era su vida. Entonces, ordenarlo era muy difícil. Según dicen que dijo, él fue obligado por la Violeta a grabar: ella le metió una damajuana a un estudio de grabación, y lo dejó ahí, hasta que saliera.

Era un tipo que siempre estaba alegre, por cualquier cosa: por tocar la guitarra, por vivir, por tener trabajo, por compartir. Esos son los valores del mundo popular. Y él llevó ese mundo al otro mundo, al del salón. Y lo mostró sin pedir nada a cambio. Ni maquillarlo. Por eso, como obra, La negra Ester es súper chilena. Pero él inventa una dramaturgia nueva, en el sentido de la resolución del conflicto. Los conflictos que él pone en la obra son absolutamente chilenos. O sea, para sacarse todo este rollo con su mujer, él no la mata, ni se va; sino que le plantea la solución chilensis: “Le presento a mi compadre, yo lo quiero mucho. Cásese con él”. Ésa es una salida a la chilena.

Pero el país no estaba preparado para el Tío Roberto. No estaba preparado nadie. Porque para los hombres así, llenos de estrellas, es muy difícil vivir en un mundo como éste. Por eso los guachacas, yo de alguna manera, persistimos en la importancia que él tiene para el arte nacional. Y no porque sea Parra, porque no somos parristas. Nos gusta la Violeta, como a todos, y el Nicanor. Pero nosotros somos robertistas».

Nicanor Parra, hermano: nos estamos viendo

Seis días antes de que su hermano muriera, Nicanor fue a verlo a su casa de La Florida. No pudo hablar con él, pero se despidió con una nota.

CERO PROBLEMA, ROBERTO

La mamá nos está esperando
Al otro lado del río
Tú sabes lo chistosa que es ella

Chao
Nos vemos

Tu hermano Nicanor
Que siempre creyó en ti

15 de abril 95

Óscar Parra, hermano:
En la carretera

El menor del clan Parra Sandoval es payaso profesional. Coincidió con su hermano Roberto en los lugares más insólitos de Chile. Y en qué estado y con qué gente.

«Nosotros con el Roberto empezamos a trabajar en los circos con mi hermana Marta Sandoval Navarrete, nuestra media hermana, que se casó con un viejito que se llamaba Juan Báez, del Circo Popular, músico, empresario, payaso y ventrílocuo. Ahí el Roberto hacía solos de guitarra, instrumentales, pero a él le daba una rabia porque en los circos hay mucha bulla y para tocar eso tiene haber completo silencio y nadie le daba bola. Me acuerdo que tomaba el micrófono y, como andaba con sus tragos, empezaba a echarle una de garabatos al público, garabatos con madre y todo, y más le seguían echando tallas, no podía, no podía actuar y se tenía que ir para adentro. Tenía sus 35 años y ya era muy patiperro.

No estaba nunca en un solo lugar. Le perdíamos el rastro por meses y llegaba cuando empezaba el invierno a reconocer cuartel: a la casita. Llegaba a distintas casas, donde la Hilda, donde la Violeta, a mi casa, donde el Lautaro. Picaba en todos lados. Se alojaba en una, partía para la otra y después de dar todita la vuelta volvía a la primera. Así se iba todo el invierno, hasta que llegaban las Fiestas Patrias. Ahí partía de nuevo.

Una vez yo andaba en gira con un cirquito de los hermanos Milla. Estábamos en Llo Lleo y salí a tomarme un bigotón antes de actuar en la noche. De repente voy pasando por un depósito, siento un guitarreo tremendo y era el perla que estaba ahí. Estaba cocido como tagua Roberto. No podía ni abrir los ojos, y le dije “qué estái haciendo aquí”, pero no me reconoció. Total que me fui pa’l circo porque me tocaba actuar y él quedó ahí poh… No sé pa’ dónde partió él después. Quizás pa’ dónde habrá ido.

Varias veces me encontré con él en Barrancas, en el cabaret Luces del Puerto, cuando vivía con la negra Ester. Muy buen cuerpo tenía la negra Ester, lindas piernas, lindos senos, pero feúcha de cara. ‘‘Y pa’ qué le voy a ver la cara, con luz apagá nomás’’, decía Roberto delante de ella. Sanos y buenos se llevaban bien, pero después se curaban y quedaba la tendalá. Es que eran celosos los dos. Tremendo. Hasta un maestro zapatero se la levantó una vez… Después el Roberto tuvo otra mina en la esquina de Chacabuco con Romero, en Santiago, donde estaba la milonga antiguamente. Todas las prostitutas estaban ahí y él tenía una sunca: le faltaba un bracito a la pobre. Re buena gente la vieja también, feíta pero muy buena persona. Vivía con el Roberto, pero también hacía lo que quería con ella. Se iba, volvía y le metía rosca. Irene, la loca Irene se llamaba».

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entrevista a camille, cantante entrevista a álvaro escobar, diputado

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  • 1. José  |  August 10, 2010 at 7:47 pm

    Excelente! Me encantó este reportaje.

    Reply

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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