entrevista a chilhué

May 14, 2008 at 8:47 pm Leave a comment

«No somos un grupo de gorro de lana»

La intención de Chilhué es convertir la música, la danza y los ritos de Chiloé en un vehículo de reflexión universal, lejos de la postal turística y el cliché de Festival. El grupo se presenta esta noche junto a Schwenke & Nilo en el Centro de Extensión de la Universidad Católica.

Por Marisol García | EMOL, diciembre 2003


P
odría haber sido el desierto de Atacama, el Valle Central, Lota o el territorio antártico. Pero fue Chiloé el lugar elegido por un grupo de estudiantes de Educación Básica de la Universidad de Chile para, en 1980, encauzar sus inquietudes —“de chilenos, latinoamericanos, tercermundistas”— que entonces no parecían caber en su rutina y sus códigos urbanos.

Comenzó entonces un camino de investigación y descubrimiento, pero también una seguidilla de malos entendidos que hasta hoy no se disipan, 17 años después de su primer cassette (El otro sentir de Chiloé). Porque, pese a lo que sugiera su concepto, las carátulas de sus álbumes, sus ritmos e instrumentos, Chilhué —“lugar de gaviotas” en lengua huilliche— no se definen a sí mismos solamente como un grupo de folclore chilote. Su fusión integra ciertamente a aquella urbe de la cual provienen y en la que viven, aunque se “escapen” varias semanas del año a la Isla Grande de Chiloé, y sepan de periconas y chocolates como pocos capitalinos.

—El concepto de folclor está bien para personas que funcionan de forma natural en su contexto. Tiene que ver con un lugar, con una fecha determinada; como la Fiesta de la Tirana. Ése es el “fenómeno folclórico”. Pero nuestra estética, obviamente, es otra—, explica Marcos Acevedo, el director de Chilhué desde su fundación, en 1980, parte del grupo junto a Carolina Navarro, Cristián Garrido, Gonzalo Garrido y Gabriel Canales. —Funcionamos mediatizados por otros elementos, además de otros objetivos, que tienen que ver con una impronta de códigos urbanos.

—O sea…
—Nosotros no pretendemos ser chilotes. Claro que asentamos todo nuestro trabajo en la cultura de Chiloé; ése es el lugar que nos sirvió para hacer, digamos, el trampolín hacia lo que teníamos como objetivo final: transmitir nuestros problemas, como chilenos y como latinoamericanos y como Tercer Mundo. El problema de Chiloé es el que tiene todo el Tercer Mundo, en términos de sobreexplotación de los recursos, de hacinamiento de los indígenas. Y eso también tiene que ver con el hombre de ciudad.

Según esa explicación, la música, las danzas y hasta los ritos del archipiélago del sur de Chile le han servido a Chilhué para reflexionar sobre los temas eternos del ser humano: el amor y el desamor, la lectura de la muerte y de la vida, las verdades y las mentiras. Han conocido mejor una determinada tradición folclórica chilena, pero también se han conocido mejor ellos mismos como personas y creadores. Su formación académica podría haber tentado, en un principio, la lectura puramente racional, antropológica casi. O el cliché postal del gorro de lana y los bototos. Pero, según Marcos Acevedo, “más que investigar, nos interesa compartir”.

—Están, claro, los estereotipos y arquetipos. Pero lo que me interesa es aquello que no ha sido descubierto, ni dicho. Yo digo “nosotros no somos un grupo de gorro de lana”. Y no es que no nos guste “El gorro de lana” de Jorge Yáñez. Nada que ver. Es que ya estoy aburrido de disfrazarme.

—El folclore no puede ser un disfraz.
—El folclore no es una cosa estática. Es dinámico, y no hay nada más moderno que la tradición. Pero es función de ellos (los chilotes) restituir el pasado a través del rito. Si ellos lo mantienen vigente, nadie va a poder contra eso. Pero si ellos dejan de ejecutar esos rituales, inevitablemente se van a ir perdiendo, que es lo que sucedió con las danzas: la pericona, el chocolate; dejan de bailarse porque ya no hay fiestas. No se celebran los santos ni los cumpleaños con cantor.

—La simbología es un concepto importante dentro de la tradición chilota y me interesa saber cómo ha incidido en su investigación como grupo.
—Tiene que ver con abordar determinados conflictos que son los de todas partes. Por ejemplo, en Chiloé hay un tema muy recurrente que es la soledad de la mujer, porque el hombre emigra a trabajar fuera. Pero eso no ocurre sólo en Chiloé, incluso tiene una relación con el tema de los desaparecidos y con el Caleuche, que es el barco de los fantasmas que transita entre dos mundos. Lo mismo con el trauko. Para muchos, el trauko es el enano que viola mujeres en los bosques de Chiloé. Pero no es eso. El trauko es la sexualidad reprimida, aquello que no te dejan que salga.

—¿Por qué insisten en decir que su música es “de fusión”?
—Porque hasta la música de Chiloé es música de fusión. La música que llega a Chiloé es como el flamenco, que tiene influencias judías, hindú; tiene de todo. Chiloé adquiere una dimensión tremenda porque, por el aislamiento, se empieza a desarrollar algo especial. Los acordeones reemplazan a las gaitas y los instrumentos van variando en función de las necesidades: flautas de caña, por ejemplo.

—Y ustedes, a su vez, incorporan sus propias influencias urbanas.
—Comenzamos a plantearnos el tomar materiales para decir otras cosas. Y ahí surgen las influencias de cada uno; en mi caso el gusto por el rock y por el jazz. Porque yo no podía desprenderme de eso, son los códigos en los que funciono y crecí. No puedo renegar de los Beatles y Led Zeppelin, así como no puedo renegar del folclore.

Desde sus primeros trabajos en casete, hasta el nuevo disco compacto publicado bajo etiqueta Azul (Palafitos), Chilhué acumula un total de diez trabajos propios y varias colaboraciones en proyectos colectivos. Es un ritmo de trabajo excepcional para una agrupación independiente, que combina la creación con la investigación en terreno de tradiciones y ritos vinculados al folclore. Si Marcos Acevedo recalca que le interesa “usar la danza para trabajar otras cosas” es porque a su música se puede entrar por más de un vértice.

—¿Cómo evitar la mirada puramente académica?
—Para mí esto es una cosa viva. Creo que lo académico a veces anula este tipo de cosas. Entonces en el grupo funcionamos dentro de los códigos de la preciosa libertad. Y ése es un proceso muy largo, de aniquilar tus prejuicios y tus miedos. Y yo creo que lo hemos logrado. No somos eruditos. Nos separamos del conocimiento para entrar a la sabiduría.

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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