entrevista a isabel parra, cantautora

May 14, 2008 at 9:47 pm 1 comment

Recuerdos de la Nueva Canción

Tras su regreso de una gira europea, la cantautora chilena presentará un libro de recuerdos autobiográficos. La hija de Violeta combina en su memoria las cumbres más poderosas del movimiento de Nueva Canción Chilena, con los dolores del exilio y la soledad en la defensa del legado de su madre. “Sé que cargo con un manto pesado, pero ¡pucha que me gusta de dónde vengo!”, dice.

Por Marisol García | EMOL, septiembre 2003


Todos lidiamos de algún modo con la nostalgia, pero Isabel Parra tiene que ser un poco más inteligente que el resto. Tal es la carga de su apellido y experiencia, que al pasado ha aprendido a tratarlo con perspicacia. Alterna, así, entre un tú-a-tú afectivo y cómodo, con las precauciones de una artista que ha atestiguado la verdad de los últimos cuarenta años de quehacer musical chileno desde un lugar privilegiado. Su antiguo dinamismo, es hoy urgencia por registrar, ordenar y difundir del mejor modo el legado enorme con el que convive, desdibujado aún por mitos y prejuicios.

Uno de los esfuerzos más llamativos al respecto es la próxima edición del libro autobiográfico Ni toda la tierra entera, el resultado de una beca Guggenheim que será presentado en octubre en el marco de la Feria del Libro. Más que un texto narrativo, se trata de una colección de recuerdos que remiten a los catorce años de exilio de Isabel Parra —principalmente en París— y que, entre fotos, recortes de diarios, papelitos, poemas y recuerdos, dejará espacio para un disco con algunas de sus canciones, según versiones suyas o ajenas. Ni toda la tierra entera, por ejemplo, aparece interpretada por una cantante de micro.

“No es que me haya puesto a escribir una novela de mi historia”, explica la cantante, acaso la voz femenina más importante del movimiento de Nueva Canción Chilena. “Comparto recuerdos e imágenes que he tenido guardados treinta años. Lo que quiero transmitir es que mi experiencia de exilio es una de miles otras, heroicas todas ellas. Es un testimonio. Un testimonio de papelitos [sonríe]”.

—El título del libro coincide con el de una de tus mejores composiciones, Ni toda la tierra entera. Los versos de esa canción son, quizás, de los más poderosos que se han escrito sobre el exilio chileno. ¿No crees que el exilio te regaló una fuerza especial como creadora?
—Reflexioné sobre eso al preparar mi libro. Si hay algo que yo aprendí es que el hecho de poder hacer esas canciones a mí me mantuvo viva. Yo no tenía la intención de componer esas canciones, ni tenía la idea de que me iba a ir al exilio. Ni siquiera tenía la pretensión de convertirme en autora. [Durante los años 60] Yo estaba muy confortable con las canciones de mi mamá, con las del Silvio [Rodríguez, su gran amigo]… y me ocurrió que me encontré, en un momento, sin canciones que mostraran lo que a mí realmente me estaba ocurriendo. Empezar a escribir esos textos, poder cantarlos, desde el desgarro que yo estaba sintiendo, fue muy salvador. Para mí, esa fue una terapia. Fue una manera de agarrarme a la vida. No sólo hacerlos, cantarlos, sino también cantarlos para otros.

—Has dicho antes que te costó lanzarte como compositora. Que, como joven cantante, no sentías que fuera ésa tu función.
—Lo primero que compuse habrá sido como el año 65. Pero eran como chispacitos. Cuando uno tiene al lado a una Violeta Parra, a un Víctor Jara… uno dice “qué voy a meter mi cuchara aquí”. Pero después sentí que tenía que hablar por mí misma. Fue una necesidad. La única presión era personal, interna, desgarradora. Y por eso hacerlas me sirvió mucho. “Ni toda la tierra entera” la hice en cinco minutos. Salió todo al tiro, fluido.

—En el libro, ¿no hablas de Violeta, tu madre?
—Poco. Tomo un trozo de una canción suya, “Violeta ausente”, pero el exilio de ella fue siempre voluntario. A mí, en el exilio, no me pasaba eso de “quiero bailar cueca, quiero tomar chicha, ir al mercado y comprarme un pequén”.

—¿Cuál crees que es la gran diferencia entre el autoexilio de tu madre en París, y luego el tuyo, forzado?
—La obligatoriedad, claro.

—¿Crees que Violeta disfrutó más su estada en Francia que tú?
—Yo creo que sí. Las suyas eran decisiones voluntarias. Y antojadizas: ella se iba a dónde se le ocurría cuando quería. Además, uno tiene que considerar que uno aprende qué es el exilio viviéndolo. Nadie sabe qué es el exilio: no sabes cuándo va a terminar, dónde vas a seguir… Es un aprendizaje diario y agotador.

El recuerdo de la Nueva Canción

Aunque no hay nuevos discos que mostrar, no deja de ser un período agitado en la vida profesional de Isabel Parra. Hablamos en su casa, una semana antes de que la cantautora se lance a un mes de recitales europeos. Los treinta años del bombardeo a La Moneda los pasará en Suecia, y luego recordará a Salvador Allende junto a importantes músicos, en Barcelona. Su presencia protagónica en la nueva caja recopilatoria Memoria del Cantar Popular (Warner), aviva también el reconocimiento de su obra, destacada en los años 60 por un canto dulce y expresivo, y luego extendida en el exilio por un estilo de composición reconocible por el sensible registro femenino de temas diversos, pues desde la política hasta la relación de pareja han sido apuntados por su pluma aguda.

—La Nueva Canción Chilena vuelve a generar gran interés, incluso entre la gente joven. Su sonido y mensaje están innegablemente vigentes. ¿Sospechaban esa trascendencia cuando trabajaban durante los años 60?
—En absoluto. Yo trato de ponerme en el pellejo de la que cantaba de esa manera y es muy difícil, porque el fenómeno de lo que sucedía entonces en Chile era tan agitado, tan dinámico, tan… rico de vivencias cotidianas, que uno estaba viviendo el día a día. Yo sabía que ese momento tenía que vivirlo a concho porque me hacía muy feliz. Y yo era parte del montón, no más, con la única diferencia que me subía a unos cajones a cantar, y me veía. Uno no estaba pensando “en veinte años, esto va a ser la papa”.

—¿A qué lo atribuyes?
—Hay una verdad ahí, y una responsabilidad, en el más alto sentido de la palabra. Tú ves ahora la televisión, los documentos de hace treinta años, y la canción nuestra se cuela ahí entre esas imágenes. Es muy impresionante. Trato de no ver todos los programas, me duele. Son muchas las reflexiones, los recuerdos.

—¿Y no puede ser ese orgullo un tanto aplastante cuando se quiere pensar el presente?
—Noooo, nunca lo fue. Porque las cosas que hicimos, las hicimos con un sentimiento muy profundo. No hubo presiones ni manipulaciones, éramos todos voluntarios, y eso determina una forma de ser que no puede borrarla nadie. Y van a quedar esos discos, y nosotros nos vamos a morir, y esos discos se van a escuchar, y a la gente le van a tocar el corazón porque hay ahí una cosa linda y bella.

—Te lo preguntaba porque pienso que también puede ser pesado vivir con un exceso de nostalgia, sobre todo en la medida que tú sigues siendo artista, dinámica.
—Claro. Lo que pasa ese que la vida también le va a enseñando a uno a manejarse, y a no ser devorada por la nostalgia. ¡Pucha que rica es la nostalgia!, pero tampoco es la idea atosigarse, porque estamos vivos, amanece todos los días, y el mundo y Chile cambian. A mí me da mucha lata cuando la gente piensa que nosotros pertenecíamos poco menos que a una secta musical donde no podía ni mirarse una guitarra eléctrica. Eso me da rabia. Yo creo que siempre hemos tenido criterios muy abiertos, para enfrentar nuestro trabajo, para escuchar a otros, para conocer a otra gente que quizás no hace lo que uno hace. Yo ahora estoy escuchando el último disco de Cerati, que me ha gustado siempre.

—¿Te acomoda ahora que un movimiento tan grande como la Nueva Canción Chilena se agrupe en una caja y un disco antológico triple (“Nueva Canción Chilena”)? ¿Lo ves como un movimiento unitario?
—A ver, en la antología hay un grupo que yo no conocía que son [la banda rock] Los Mac’s. Pero también hay gente como Los Blops que tocaban con el Ángel, con el Víctor, y que eran rockeros, hippies. Me parece que los criterios se manejaron bastante bien. Creo que hay un abanico que es muy evidente. Es difícil hacer una selección: hay muchos discos de esa época, muchas temáticas, y eso es muy bueno.

—Eran un grupo diverso.
—Creo que hubo mucho respeto por la creación ajena. Y rescato, muy fuerte, que nos integrábamos unos con otros. Teníamos afinidades, simpatías. Esas cosas se dan en la vida una sola vez. Es como sacarse la lotería pertenecer a un grupo de gente que es competitiva, que es egocéntrica, y funcionar armónicamente, sin hacerle zancadillas al otro.

—La caja incluye siete selecciones de artistas. Y ahí estás tú, la única mujer del grupo. Hay canciones novedosas, que no estaban en tu antología anterior (Isabel Parra. Antología, Warner, 2000).
—Claro, hay muchas canciones que estaban perdidas, y de repente a uno misma se le olvidan. Canciones que deseché hace unos años, ahora las rescato. Creo que, ahora sí, no me queda prácticamente ninguna canción guardada.

—Hay muchas canciones que me llamaron la atención. “La compañera rescatable”, por ejemplo, tiene un ritmo go-go, muy poco esperable en ti y muy moderno para esa época.
—Lo destaco en la carátula del disco original, precisamente con la palabra que tú usas: a-go-go. Lamentablemente, en esta antología no se incluyeron fichas técnicas, pero en esa canción toca la batería Gabriel Parra (Los Jaivas). Llegó desde Viña con sus bártulos, lo que te demuestra que nunca hubo esa rivalidad de la que a veces se habla. Había una convivencia muy fuerte entre nosotros, incluso con gente de distinta ideología, como el Chino Urquidi, Los Cuatro Cuartos, Las Cuatro Brujas. Y eso, en el medio artístico, se ha perdido.

—La otra canción llamativa es “El encuentro”, de Víctor Jara. Imagino que era muy poco frecuente que Víctor Jara le compusiera canciones a otras personas.
—Claro, es una joyita. Así lo tomé yo, con ese amor con el que él llegó a Carmen un día y me dijo: “Te hice una canción que quiero que la cantes tú”. Y me la mostró en la que nosotros llamábamos “la pieza del vino”, que era donde guardábamos las garrafas [sonríe]. El Víctor venía muy, muy contento. Recuerdo perfectamente que puso la pierna sobre unas cajas, sacó la guitarra, y yo me quedé escuchando. Y me sentí muy emocionada, muy tocada. Me la aprendí al tiro. No todos los días uno recibe ese tipo de ofrendas.

—Tú no se la habías pedido. ¿Sospechas por qué pensó en ti al componerla?
—Sí, sí, yo… (duda) tengo mis sospechas. Pero son cosas que yo guardo muy celosamente para mí.

Decisiones polémicas: los derechos de Violeta y su quiebre con DICAP

Sin afán de polemizar, Isabel Parra lleva años esperando dar la versión que ahora incluirá su libro Ni toda la tierra entera sobre el fin de DICAP (Discoteca del Cantar Popular), la disquera que agrupó a casi todos los nombres de la Nueva Canción Chilena. El manejo económico que tuvo el sello, y la relación de los músicos y los ejecutivos tras la instalación de la compañía en el extranjero, no son el relato blanco y romántico que últimamente se difunde.

“Yo encuentro que me he callado bastante y lo único que quiero es dar a conocer mi versión. Siento que los errores de una persona no pueden ensuciar un camino tan bello como fue la iniciativa de DICAP. Porque fue un proyecto bellísimo. Es muy doloroso cuando te metes con todos tus sueños y anhelos a un proyecto, y resulta que hay personas que están atornillando al revés”.

—Nadie ha dicho públicamente lo que tú insinúas en tu libro. ¿No te asusta la polémica?
—Pero es que, sinceramente, yo encuentro que no es nada de trascendental contar la historia de DICAP. Yo encuentro que DICAP vale hongo. Te lo prometo, te lo digo desde lo más profundo. Nuestras rencillas personales no valen nada. ¿A quién le importa que la Isabel y el Ángel no sé qué? ¿O que el Loro [Salinas, de Inti-Illimani] ese día dijo no sé cuánto? Todo ese cahuineo no le interesa a nadie. Lo único relevante de esto son las dos o tres canciones que van a acompañar a la gente por los siglos de los siglos.

—Los sellos han sido tu cruz, ¿no?
—Hemos ido acumulando pésimas gestiones con disqueras, incluyendo a la Violeta. Es la tónica de los artistas que comienzan, que son ignorantes, que son altruistas, y que se encuentran con la voracidad. Porque a nosotros, nos guste o no, también nos convertimos en un producto comercial. Pero el problema es que este producto comercial beneficia a gente que no lo merece.

—¿Y estás satisfecha con lo que ha hecho Warner con tus discos?
—Súper satisfecha. He encontrado gente con la cual trabajo en armonía. Yo estoy muy conciente de que nosotros, en este momento, no podemos pretender instalarnos como combatientes de la música, por decirte algo. Yo tengo súper claro que nosotros hicimos lo que teníamos que hacer. Pero, al mismo tiempo, creo que lo que hicimos es muy bueno. Y eso hay que cuidarlo.

Quizás también se alcen voces durante septiembre, tras la firma de los convenios por los cuales la Fundación Violeta Parra se asocia con la Municipalidad de Santiago y la Fundación Cardoen, para la administración del primer Museo de Violeta en Chile, y toda la obra plástica de la multiartista, incluyendo sus arpilleras y óleos.

“Me ha gustado la forma que hemos encontrado. La Municipalidad no nos ha cobrado nada y nos ha cedido muy generosamente un castillito que es monumento nacional (frente al Museo de Bellas Artes)”.

—Sabes que hay gente que ha cuestionado tu acercamiento al alcalde Lavín.
Claro, pero Santiago no es de Lavín, es de Chile. Yo no me siento nada de mal, a pesar de que me han llamado un par de personas que yo creía eran amigos míos para insultarme. Pero, bueno, así es la cosa. Lo que la gente piense me importa la nada. Es más: creo que, a estas alturas de la vida, a treinta años del golpe de Estado, uno tiene que aprender cada día más a ser más generoso. Y pienso que este paso que hemos dado los Parra, en acercarnos a personas que piensan distinto de nosotros, es bueno. Y no lo digo para justificarme porque no tengo nada que justificar.

—¿Ha sido la solución ideal?
—Me hubiera gustado que las cosas se hubieran dado de otra manera, sacar este proyecto adelante con otras personas, pero yo no tengo toda la vida para dedicarla a esto. Yo ya estoy vieja y este camino tengo que pavimentarlo, de una manera menos enajenadora.

—¿Estás conciente de que hacia ti hay una distancia, un prejuicio sobre una mujer dura, que defiende lo suyo con una fuerza quizás excesiva?
—Sí, yo estoy totalmente conciente. Pero estoy muy tranquila: uno no puede darle en el gusto a todo el mundo. Sé cuáles son las cosas que me motivan a actuar de tal o cual manera, por lo que no tengo conflictos. Estoy segura de los pasos que tengo que dar. También me equivoco y meto la pata y acepto los errores. Pero hay cosas en las cuales no puedo transar. Sé que cargo con un manto pesado, porque me ha tocado defender este patrimonio, porque me he negado sistemáticamente a que se use y abuse de la Violeta, porque conozco la verdad, como hija. Yo podría haber obviado todo esto, sentarme en mi currículo, pero sentí que era inevitable que yo lo hiciera, a pesar de lo duro que he sido y de que me he ganado una fama de antipática, de pesada… esa cuestión no me importa nada. Así va la vida. Si yo tuviera que hacer un balance ahora, yo diría que vamos fifty-fifty.

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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