entrevista a nano núñez, cuequero

May 14, 2008 at 8:51 pm 2 comments

«La cueca ha sido de roto parado en el hilo, de guapo»

Ni “picada”, ni “guachaca”, ni “choro” son definiciones que tengan rasgos de estandarte en los recuerdos de Nano Núñez. A los 89 años de edad, el ingenio rápido del fundador de Los Chileneros es el de un hombre que asocia la cueca a un mundo de riesgo y combate, donde sólo los fuertes sobreviven para cantarla.

Por Marisol García | EMOL, noviembre 2003.


Carpetas con recuerdos se ubican esta tarde sobre la mesa de la casa de Nano Núñez, a media cuadra del sector más ocupado de General Velásquez. Ahí está él en una foto con el Gato Alquinta. Y en varios recortes de diario más o menos sepia, o sonriendo junto a Margot Loyola. El nombre del famoso cuequero es, también, una mancha confusa de tinta en un diploma hecho pedazos tras una discusión con el alcalde Lavín:

—Fui allá y a todos les dieron el cartón y un cheque. Yo, teniendo más de cien cosas grabadas, fui el único al que no me dieron ni un peso. Me acerqué y le dije “señor alcalde, quiero hablar una palabrita no más con usted. ¿Por qué a todos les dio un cheque y mí no?”. “Acá el colega le va a arreglar su situación”, me dijo. Pero no pasó nada. Este diploma lo hice tira en la Plaza de Armas, delante de la gente. Usted ve como soy de humilde, yo tengo silabario; pero uno tiene una dignidad. Aburre esto. A mí ya me queda poco, y no estoy para andar chupando medias, ¿me entiende?.

No es la tónica encontrar rabiando a Hernán Raúl Núñez Oyarce (Santiago, 1914), pero es capaz de asumir rápido su rol de guapo cuando hay desmentidos pendientes y cuentas impagas hacia su condición de cuequero mayor. A los 89 años de edad, el compositor y fundador del grupo Los Chileneros concentra sus aún muchas energías en defender las condiciones recias del género musical que ha cultivado desde su juventud; aquella “cueca brava” que aprendió en calles, conventillos y prostíbulos cuando el barrio Estación de Santiago era el caldo hirviente y sabroso de un menú sólo dispuesto a los fuertes.

—Conocí los barrios, las casas de tambo, los conventillos; ésa fue mi educación. Estuve preso como dos meses por un choreo chico, y también aprendí en la cárcel. Yo pasé por todo: en la calle vendí motemei, lustré, vendí diarios… La cueca ha sido de roto parado en el hilo, de guapo.

—No es lo que la gente cree.
—No, pues. Vea usted que “La consentida” no es cueca. No es tonada. No es ninguna cosa. Tiene ripio.

—¿Ripio?
—Claro, está fuera de métrica. La cueca tiene métrica, es muy delicada, ¿entiende? Entonces no es llegar y cantar. La cueca tiene ocho sílabas. Siempre. Y si usted se queda dentro de esa métrica, le caben cien, mil, un millón de melodías. ¿”Chicha de Curacaví”? Tampoco es cueca. Eso es un brindis. Es que acá tratan de levantar ídolos de barro. Y se botan a profesores unos que no saben dónde están parados.

—¿Sabe usted lo que es una picada—, desafía. —”Picada” era la mujer en los conventillos, casa o cité, que tocaba la guitarra. Lugares de mucha pobreza. Las casas donde llegaba más gente era donde había piano: la Carlina, la Ñaña, la Pecho de Palo, la Vieja Hereje… en fin, tantas. Uno llegaba haciéndose el leso, preguntando por algún amigo, con chamullo. Y, bueno, si uno caía en gracia dormía en cama ajena, ¿me entiende? Ésas eran las mujeres de la vida. Ahora le llaman picada a donde venden un sánguche. No tienen idea, no hay comparación.

—¿Y eso de “cueca chora”?
—No, tampoco. Choro es ladrón: entra la autoridad a un cabaret y dice “ése es choro”. Yo le puse a esta cueca la “cueca brava”. Porque la rotada ha sido brava, la gente se educaba en la calle. Las mismas casas de remolienda, casi todas ponían fondas. Y ocupaban un cantor de pueblo para jornadas que duraban tres días.

—¿Tenía uno maestros, algún instructor?
—No. Yo, por ejemplo, lustraba y hacía tañadas.

—¿Tañadas?
—El tormento, pues. Originalmente se llamaban “tañadores”. Hay cuecas que dicen: “Ya se fue quien me quería / quién será mi dueño ahora / O será la panderita / o será la tañadora“. La gente me decía “pégate una tañadita”, y yo: “¿no veís que estoy lustrando?”. Me hacía de rogar, pero terminaba tocando un rato, y era bueno. Entonces a la una de la tarde yo ya tenía mis diez pesitos, pero las rodillas adoloridas.

—¿Siempre cantó sólo cuecas?
—También canto tango. Pero hay cantores de tango que no tienen alma. Mire, acá le voy a cantar a usted un tango en coa [se pone a cantar]: “Sacáte de la cabiola / que sos un choro cabreado / Todo el cartel que tenés / de un pobre gil avivado / de que fuiste a Nueva York, recorriste Italia / si apenas te conocés los bancos de la Plaza de Armas / Y chamullas en los grupos que tenés tremenda ficha / Un mísero alitas cortas con patente de chefica“. ¿Entendió?

—Más o menos. ¿Qué es eso de tener “tremenda ficha”?
—Ficha, pues; de cafiche. “Sácate de la cabiola”: sácate de la cabeza. El coa deja colgados a todos estos señores que quedan porros. Es otro lenguaje. La “yuta” es la autoridad. “Huachaca” es otro error. Huachaca es el curado que anda botado por ahí, no esa gente que llega a La Piojera. Me molesta eso. Me molesta ese señor Dióscoro (Rojas).

—¿Cuál es la diferencia entre la cueca de los barrios y la que nace en el campo?
—El compás, la melodía son distintos. “Mi vida ven aquí, ven aquí yo te lo pido…” [canta, sobreactuando lo aburrido]. Uno no puede bailar eso.

—O sea es importante que la cueca se cante pensando en animar una fiesta.
—Pero, claro. Usted no va a cantar una cueca en un velorio… aunque a veces también se cantaban, cuando trataban de que el muerto no sintiera pena.

—¿Y Roberto Parra?
—Sí, lo conocí. Conversamos un poco. Pero no podíamos cantar. A mí no me venga con eso de usar una misma melodía para todas las cuecas. Empobrecen el folclore.

—¿Quiénes son los buenos compositores de cueca?
Efraín Navarro, Críspulo Gándara. Hay otros que se han agarrado versos viejos y le dan a esa cosa charchalera: “Vamos compadre, tomemos blanco, tomemos tinto, que estai curado”… Eso no, pues.

—Pero sí había mucho trago en esos ambientes.
—Sí, está bien. Pero resulta que hay versos muy antiguos que son más bonitos: “Hasta el muelle fui con ella / en conversación los dos / p´allá fueron mis lamentos / cuando ella me dijo adiós“. Para mí, cada cueca es un poema. “La carta que me escribiste / la hice un barco de papel / y la eché mar afuera / son palabras de mujer / Juguete de las olas, son tus mentiras / correrá el mismo riesgo lo que me escribas / Lo que me escribas, sí. Tribulación / es lo falso que dicta tu corazón / Naufragan las mentiras toda la vida“.

—¿Por que los cuicos no pueden hacer buenas cuecas?
—Una, porque la cueca es difícil para cantarla y para bailarla. El ambiente de las cuecas era de guapos. Si la mujer traicionaba al hombre, el hombre altiro le cortaba la cara. Terrible. Y la mujer al hombre le daba el “tabacazo”: a una cachada de vino le echan tabaco y lo dejan remojar. Después, cuando él se está botando a cuesco y están en lo mejor, ella le dice “sírvete un vasito”. Y caen al suelo, con tiritones como de epilepsia.

La paya y el chiste

Sus recuerdos junto a Los Chileneros son los de un grupo de amigos que “llegábamos a las fondas y nos robábamos la película”. Junto a “El Perico” (Raúl Lizama), Eduardo Mesías y “El Baucha” (Luis Araneda), Núñez mantuvo al grupo desde fines de la década de los 30.

—¿Por qué usted nunca cantó solo?
—Noooo, pues. Es que no se puede. Yo le voy a explicar: yo canto un verso y se saca a todo pulmón. Y canto fuerte. Pero luego el otro agarra el verso, y yo descanso. Y luego, antes que él termine, yo meto la cuchara.

—Sus versos son muy elegantes, aunque hablen de mujeres, y de fiesta y de trago…
—Si los garabatos no sirven, pues. Mire Los Huasos Cochinos, yo toda la vida los rechacé. ¿Cómo va a llevar un huaso de esos a una casa?

—Entonces la televisión tampoco le debe gustar mucho.
—Buuuuu, la de leseras que dan. Me da vergüenza ese de tongo blanco; a esos de Dinamita Show, los llevaría al puerto y los mandaría a todos afuera, por fomes.

—¿Le gusta que lo inviten a la tele?
—La otra vez fui con Muñoz, ¿me vio? Me dijeron, “¿se anima a hacerle unos versos a la Bolocco?”. “Claro, dije yo”. Y ahí improvisé: “Quisiera yo, toda mi alma en verso / que se convirtiera en llanto y un precioso poema para así verterlo en tus encantos / Yo cubriría tu cuerpo con mil pétalos de rosa / y en cada pétalo un beso porque eres tan hermosa / Y volvería a cubrirte desde el cabello hasta tus pies / y me sobrarían besos para cubrirte otra vez / Para estar entre tu busto, un precioso medallón / para sufrir los latidos de tu tierno corazón“.

—En la tele se ven muchos payadores.
—Algunos son payadores: Santos Rubio, Manuel Sánchez, (Eduardo) Peralta, Jorge Yáñez, Pedro Yáñez. Pero por ahí presentan unos que no saben adónde están parados. Si me vienen a preguntar, en su cara se los voy a decir.

—¿En qué se nota un buen payador?
—Es que la paya es de contienda, señorita. Por ejemplo, a usted la miro y le digo “Perdóneme señorita / no crea que es un antojo / la pregunta es muy sencilla / ¿por qué usted anda con anteojos?“. Pero yo no soy payador, nunca me voy a dar de lo que no soy. Me sé algunas payas, pa’ no quedar fuera. Pero yo soy cuequero.

—¿Siempre ha escrito en cuartetas?
—Es la cuarteta la que se usa en la cueca. A mí no me gusta la décima, tienen poca consonancia. Mis cuartetas son puros versos de amor. Tengo un poema a la guitarra, de unas setenta cuartetas. Le voy a decir un pedacito, porque es muy largo: “Voy a hablar de la guitarra / y también de la mujer / porque son tan parecidas / hasta en el modo de ser. / Quien diseñó la guitarra / modelo fue una mujer / la inspiración de un poeta / y el tema de un gran pincel (…) / Cuando las tomo en brazos / una se pone a trinar / la otra, con el pañuelo / coqueta quiere bailar. / Seis cuerdas en la guitarra / seis sentidos la mujer / quien discuta lo contrario / no tiene razón de ser. / La guitarra la hizo el hombre / a la mujer la hizo Dios / pero el hombre es tan goloso / que se quedó con las dos. / “Yo quisiera ser guitarra”, / me decía una mujer, / “pero que tú me tocaras / hasta hacerme padecer. / Quisiera hacer esas posturas / de la primera a la sexta / y mi pecho en diapasón / sentir esas manos diestras”. / Quien diseñó la guitarra debe haber sido un Don Juan / Le dio forma de mujer / para poderla tocar. / Creo que cualquier piloto / no la puede en esas curvas / siendo guitarra y mujer / va a chocar en la ternura. / Mi guitarra y la mujer / se las llevó un payador / y si se fueron con él / será mejor tocador (…) / Entre guitarra y mujer / le voy a ser bien sincero / sin la guitarra no vivo / y por la mujer me muero“.

—¿De dónde sacó usted esa memoria?
—[Responde coqueto] La llevo escondida: Pa´que no me la roben.

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2 Comments Add your own

  • 1. Emilio  |  September 3, 2010 at 6:47 am

    Que grande..

    Reply
  • 2. MM  |  October 6, 2010 at 7:28 pm

    estos si que son viejos maestros, lástima que en vida se le saque tan poco provecho

    Reply

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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