entrevista a joselo rangel, guitarrista de café tacuba

May 20, 2008 at 12:26 am 1 comment

Joselo Rangel, Café Tacuba:
El sonido del D.F.

“Lo que nosotros hicimos con Café Tacuba, muy conscientemente, fue como voltear a la Ciudad de México e intentar mirarla cómo los extranjeros la ven: buscando la riqueza cultural que hay. Fue entonces que empezamos a conocer el centro: el Zócalo, la catedral, empezamos a ir a los museos… como revalorando todo lo que para otra gente era muy normal pero que para nosotros era algo nuevo. Y de esos paseos surgió el nombre Café Tacuba”.

Por Marisol García (entrevistas en dos sesiones para revista
Bifurcaciones —en coautoría con Ricardo Greene— y radio
Concierto, febrero 2006).

—Ricardo Greene (RG): Tú naces en Minatitlán, en Veracruz, una ciudad portuaria, donde el mar es siempre un referente y un límite a la humano, pero luego te cambias al DF, una ciudad que parece no tener límites. ¿Cómo fue esa experiencia?
—Lo recuerdo perfectamente. Es el punto exacto donde cambia mi vida. En Minatitlán jugaba en los árboles. Mi papá es petrolero, y vivíamos en el área de los petroleros, que era como una especie de campo de golf. Era un área cercada que te apartaba de la gente que vivía en otras áreas, y que contenía una especie de elite. Era un terreno que había pertenecido a los ingleses, que fueron los primeros dueños de las empresas petroleras, hasta que algo así como en los [años] 40 el petróleo pasó a ser mexicano. Entonces esos lugares quedaron así, y ahí era dónde vivíamos. Había árboles de todo: mangos, paltas, guayabas. chicozapotes…

—RG: ¿Conocías ya el D.F.?
—Sí, claro, lo conocía, pero no me daba cuenta de todo lo que significaba. A la hora que nos movieron a la Ciudad de México, con toda la familia, yo tenía siete años y me encerré. Fue un cambio radical. Si antes tenía amigos, pues ahora ya no salía.

—Marisol García (MG): ¿Y por qué?
—Trauma. Pavor.

—MG: ¿Pavor a qué, exactamente?
—A todo. Al ruido, a la gente… a todo. También mis amigos de Minatitlán me decían: “Cuidado, que en el D.F. hay pandillas, y vas a tener que entrar en esa onda”. Esto era como el [año] 77, 78.

—MG: Aunque para un niño eso de la violencia callejera puede ser algo fantástico, heroico.
—Claro, pero no para mí: yo le tenía terror. Ahora, fue un período fundamental para mi vida porque estuve viendo televisión y leyendo desde esa edad hasta los 15 años. Leí muchísimo, vi mucha televisión y mucho cine… un nerd, totalmente. A mi mamá le preocupaba mucho.

—MG: ¿También con los discos?
—Sí, pero no tanto todavía. Fue la música yo creo lo que más me abrió al resto, y eso sucedió más cerca de mi paso por la universidad.

—RG: ¿A dónde llegaron exactamente con tu familia?
—A una casa en lo que se conoce como Ciudad Satélite. Un sector así como apartado, pero junto al DF. Rubén también era de ahí y yo creo que eso tuvo mucha influencia en nuestro interés por la cultura mexicana, que fue algo que empezamos a desarrollar cuando nos conocimos. Hay un escritor mexicano, [Carlos] Monsivais, que una vez hizo esta descripción: “La gente de Ciudad Satélite es la primera generación de norteamericanos nacidos en México” [risas de todos].

—RG: ¿Es cierto que con Rubén se conocieron en el metro?
—Nooooo… Es “la Metro”: la universidad Metropolitana. Es que entendieron mal.

—MG: Me imagino que algo como Ciudad Satélite tenía un orden diferente en los espacios, ¿no?
—Exactamente. Si tú miras el diseño de las calles, no eran rectas, sino como circuitos. Calles que se cruzaban con otras calles de manera muy extraña. Y eso hacía que no hubiera ningún lugar central donde uno pudiera encontrarse; ningún parque. Cuando llegué, ya había un mall, “Plaza Satélite”, que era como el centro. Para jugar nos íbamos al “Pennyland”. Lo más extraordinario de “Satélite” es que la gente que vive ahí siempre siente “algo” cuando “va a la ciudad”.

—MG: Como si hiciera un viaje.
—Exacto. Hay esa distinción entre ser del D.F. y ser de “Satélite”, aunque están pegados. Y es algo que allá todo el mundo reconoce y sabe. Hay una plaza de toros, que nunca funcionó como plaza de toros, y que es como un domo que divide la ciudad de México de Satélite. Ése se conoce como “el toreo Cuatro Caminos”.

—MG: Como el disco.
—Como el disco. Nosotros siempre hacemos ese juego. Si no sabes esto, “cuatro caminos” puede significar muchas cosas: podemos ser nosotros, o los cuatro productores que tuvo el disco…

—MG: ¿Comenzaste a desarrollar en algún momento una idea más crítica sobre esa lógica urbana en la que te tocaba vivir?
—No hasta la universidad. Con Rubén lo conversábamos, y también teníamos maestros que eran muy críticos de estos asuntos. Te cuestionaban sobre qué ibas a diseñar, qué modelos ibas a tomar… era una escuela más como de izquierdas. Estas escuelas nacieron después de que el [año] 68 hubo movimientos estudiantiles, y quisieron descentralizar las grandes universidades. Entonces crearon estas universidades muy separadas unas de otras para que los estudiantes no pudieran juntarse y tener poder. En muchas de estas escuelas había maestros chilenos, exiliados, y todos ellos tenían una visión crítica, y cambiaron la visión de todos nosotros. Fueron ellos quienes nos dijeron: “Aquí se están siguiendo modelos extranjeros, siendo que existe una riqueza propia enorme”. Para todos era muy obvio que Satélite era una forma como gringa de ver la vida.

—MG: Detrás de todos estos proyectos se me hace inevitable intuir una planificación clasista, aunque no sé si eso es algo tan evidente en México como aquí en Chile. Santiago, por ejemplo, ha sido una ciudad que desde hace tiempo se preocupa de separar a los pobres, alejarlos.
—Allá es lo mismo. Se promociona Satélite como la “ciudad del futuro”, por eso el nombre, y tú te tienes que sentir como orgulloso de vivir ahí. Lo que nosotros hicimos con Café Tacuba, muy conscientemente, fue como voltear a la Ciudad de México e intentar mirarla cómo los extranjeros la ven: buscando la riqueza cultural que hay. Fue entonces que empezamos a conocer el centro: el Zócalo, la catedral, empezamos a ir a los museos… como revalorando todo lo que para otra gente era muy normal pero que para nosotros era algo nuevo.

—MG: Como hacer turismo en tu propia ciudad.
—Exacto. Y de esos paseos surgió el nombre Café Tacuba. Tacuba es un restaurante, un café, que está en una de las calles que tiene más de 500 años, la calle de Tacuba. Es la calle que unía el Zócalo, que era el centro de Tenochtitlán, con el pueblo de Tacuba. Parece que ahora el café es una especie de lugar de peregrinación.

—MG: ¿Qué tenía que ver ese interés urbano con la decisión de formar un grupo de rock?
—Es que pensábamos que lo que fuera que quisiéramos hacer, con todo eso de salir de la escuela, entrar a trabajar y etcétera, iba a ser más inmediato hacerlo en un grupo. Entonces un día dijimos: “Hagamos un grupo”, e hicimos un grupo. Aunque claro que nos fascinaba la música. Y todas estas ganas que teníamos de hacer cosas, de conocer, se las aplicamos luego a la música. Empezamos a escuchar toda la música de Agustín Lara, Chavela Vargas, José Alfredo Jiménez

—MG: ¿Dirías que ese interés era normal en la gente de su edad?
—No, era extraño. Lo primero que quisimos hacer fue música punk, porque era lo que más nos llamaba la atención.

—RG: El primer disco es muy punk, pero las letras son como anti-punk. Se burlan de ellos.
—Era como jugar, ¿no? Se nos hacía más revolucionarios así, entre comillas, cuestionar al punk que cuestionar la sociedad [sonríe]. Era como decir: los punks se sienten como los que cambian las cosas, pero son súper cerrados, fundamentalistas. “Te vistes de negro y hace un calorón, con un abrigo como si estuvieras en Inglaterra…” [se ríe]. Nos burlábamos, aunque era algo que nosotros también vívíamos: queríamos ser punk, pero no nos salía.

—MG: Les daba calor.
—Claro. Entonces al poco tiempo nos dimos cuenta de que no íbamos a poder ser punk. Entonces en vez como de frustrarnos vimos qué podía hacerse a partir de esa diferencia. Yo creo que hasta el día de hoy, la forma de todo lo que hace Café Tacuba es muy lúdica. Es muy en el estilo de: “¿Qué tal si hacemos esta canción en polka-punk?”. Y eso nos da risa, y lo hacemos. Y de pronto vemos que funciona. “Chilanga banda” era una canción como de cantautor urbano que iba a ser medio hablada. Y nosotros decíamos: “Así debiese sonar el rap mexicano”. Y entonces le pusimos un beat que obviamente no calzaba. Por eso la canción suena como toda chueca, lo cual a nosotros nos daba una risa increíble. Siempre que algo nos divierte decimos: “Vamos por el camino correcto”. Creo que nunca podemos ser del todo serios, pero no como algo buscado. Porque qué terrible intentar ser chistoso y que no te resulte, ¿no?


—MG: Pero parece que ese hastío con las imitaciones era algo que ya sentían muchos en ese momento en México. Porque lo de ustedes creció a la par de ideas similares en cine, en prensa, en música.

—Nosotros no nos dimos cuenta de eso hasta que hicimos el grupo y vimos la reacción que tuvo la gente, que, claro, yo creo que tenía la misma inquietud. Había otro grupo que estaba entonces como en esa búsqueda: La Maldita Vecindad. Pero ellos, a diferencia de nosotros, sí vivían dentro de estos barrios en los que estaban estas cosas populares mexicanas que nosotros citábamos. Nosotros lo mirábamos de fuera y entrábamos a eso. Y, en ese sentido, nunca quisimos engañar a nadie. Siempre dijimos: “Venimos de Satélite. Nos gusta esto, nos interesa, lo apropiamos, pero no crecimos con ello”. Porque mucha gente llegaba a criticarnos diciendo: “¿Qué se meten con mi música si ustedes son de Satélite?”.

—MG: A Álvaro Henríquez le pasó aquí algo parecido cuando empezó a tocar cuecas. Siempre hay puristas que exigen credenciales, ¿no?
—Seguro. Una vez, en un festival que hicimos en Veracruz, tocamos nuestra versión para “Ojalá que llueva café”, que la grabamos con estilo de son-jorocho. Y al final llegó este grupo de real jorocho y comenzó a agredirnos. Se acercó uno de ellos a Meme, y le dijo: “Así no se toca la jarana”. El tipo estaba que le iba a golpear. Y Meme le respondió: “Si, ¿no? Así no se toca” [risas].

—MG: Y hoy cargan con eso de ser “embajadores de la cultura mexicana”, que debe ser algo muy antipático.
—Cuando hicimos el grupo, al momento de sacar el primer disco hubo gente que como que nos rechazó. Decían: “Pero es que eran mejores antes, para qué sacaron disco, se vendieron, el sonido es diferente…”. Y nosotros decíamos: “Sí, claro, suena diferente, porque ahora sí se oye, y antes era puro ruido” [se ríe]. Pero, claro, está ese sentimiento de que todo lo que tú escuchas como que te perteneces y quieres ser el único que tiene el disco de tal grupo. Y ahí ya nos dimos cuenta de que no podíamos complacer a nadie. Es imposible. Y dijimos: “Nos representamos a nosotros mismos, y hablamos de lo que somos, porque si no… es una locura”. En México, al primer disco le fue muy bien. Lo oían desde niños hasta señoras… pegó mucho. Pero luego comenzaba a acercarse gente que te decía: “Me gustan mucho, pero tienen que tener cuidado, porque yo tengo una hermanita de doce años que los escucha y ustedes cantan de muerte, y de putas, y de suicidios”. Si yo quisiera dar lecciones, pues sería maestro, cura o político; y no quiero ser ninguna de esas tres cosas. Tú quieres que la gente cante tu canción, pero no ser la voz de una sociedad. Ahora, sí nos sorpendió darnos cuenta de que esta postura nuestra de representarnos sólo a nosotros mismos, funcionó múcho mejor en el extranjero que en México. Lo que nosotros hicimos fue como lo contrario de esos que cantan en inglés para alcanzar la internacionalización. El Re funcionó muy bien afuera; en Chile, por ejemplo. En México tardó un rato.

—MG: Pese a que ya eran bastante famosos.
—Pero hubo gente que nos bajó a pedradas en México…

—MG: ¿Con comentarios, con críticas?
—No, con piedras de a de veras.

—MG: ¡Con piedras! No era una metáfora…
—No, no soy bueno para hacer metáforas, jajaja. Estábamos en el Re. Llegamos y empezamos tocando “Ingrata” y de pronto: “¡Buuuuuu!”, y la gente nos bajó. Por eso vinimos a Chile, porque acá sí les gustó. Acá estuvimos tocando más que en México. Luego, el siguiente, el Avalancha… no le fue bien aquí, pero le fue bien en Argentina. Y lugeo hicimos uno instrumental. el Revés/Yo soy, y no le fue bien en ningún lado, jajaja.

—RG: ¿Te gustan los Beatles?
—Mucho.

—RG: Entonces para ti debe haber sido enorme todo lo que se comparó el Re con el “Álbum blanco”. Lo leí en muchos comentarios.
—Bueno, ése fue un disco que se reseñó horriblemente en México. De cinco estrellas, dos… Entonces yo siempre pensaba: “Si yo no les creí cuando nos criticaron mal, porque tendría que creerles ahora que nos critican bien”. Gustavo Santaolalla llegaba con las revistas y decía: “¡Lean lo que pusieron…!”. Y a mí me parecía que, a esa altura, para mí era mejor estar en mi Rubber soul que mi Álbum blanco [se ríe].

—RG: Sé que te gusta la ciencia-ficción. En general, la ciencia-ficción no puede dejar de tener una mirada urbana. Las ciudades son siempre un referente, incluso cuando no están: porque las destruyeron o algo así. ¿Qué tipo de historia de ciencia-ficción escribirías sobre el D.F.?
—Alguna vez pensé algo así con respecto a Ciudad Satélite. El fenómeno mall es algo que… me fascina.

—MG: Un placer culpable.
—Culpable, claro; aunque más bien placer-placer [se ríe]. Me fascinan. Tengo libros de arquitectura sobre su historia, su lógica, por qué están dónde están, por qué existen las escaleras eléctricas que te dan esa sensación de que tú te vas elevando a ti mismo a medida que compras. Entonces siempre me ha dado vuelta la idea de qué pasaría si a un mall lo cierran, y se queda gente ahí dentro: ¿cómo se desarrollaría esa sociedad? Tiene que ver con una novela de [William] Gibson, sobre una sociedad que se crea en el Golden Gate. Me llama la atención eso: cerrar un espacio y ver qué se desarrolla ahí.

—MG: ¿Crees que sería posible vivir en un mall?
—Yo siempre pienso en eso por la experiencia de Satélite, ¿no? Porque tiene que ver con gente que no desea mezclarse con otro tipo de gente. Como lo que sucedió en Waco, Texas, con toda esta gente que se encerró porque no quería contaminarse con lo que hay afuera. Fue eso lo que pasó en Santa Fé, que antes era una zona de bajo nivel, y de repente compraron todos esos terrenos y comenzaron a hacer malls y lugares de elite, pero alrededor sigue habiendo toda esta franja de pobreza, que seguramente a la gente que está dentro del mall le da pavor.

—MG: Entonces el mall se convierte en una especie de bunker.
—Ajá, exactamente. Eso me gustaba pensar para la novela: es toda la paranoia que la gente carga en las ciudades grandes, como Ciudad de México. Es toda esta onda de [el escritor J.G.] Ballard, que tiene esta novela en la que todo sucede dentro de un rascacielos, y la gente no sale nunca de ahí. Muchas de sus novelas son sobre eso: la falta de contacto entre las personas.

—MG: Hay ensayos que establecen una comparación muy estrecha entre los malls y las catedrales.
—Claro, lugares como de culto.

—MG: Hay malls con capilla.
—En el Parque Arauco la otra vez descubrí una.

—RG: ¿En serio?
—Sí. Vas como hacia Ripley, y buscas el baño y das una vuelta, ahí está. Increíble.

—RG: Ustedes escribieron una canción que se llama “El fin de la infancia”, que es el mismo título de una novela de [Arthur C.] Clarke. ¿La escribiste tú?
—Sí.

—RG: ¿Pensando en la novela?
—No. La escribí porque una vez fuimos a un lugar del norte, y vimos eso que en México se le llama “música de banda”, que se caracteriza por tener muchos vientos, y que en los últimos años se ha ido acelerando, más que nada porque en esa zona hay mucha cocaína [sonríe]. Entonces el baile es muy raro; es así como frenético. La primera vez que lo vimos dijimos: “Esto es vanguardia”. Y eso te muestra que no tienes que irte a Nueva York ni a Berlín a buscar ideas, porque volteas y en tu propio país hay cosas que no se conocen en ningún otro lugar del mundo. Siempre está la reflexión de “somos jóvenes, no podemos compararnos con una cultura como la italiana, que tiene siglos de siglos de bagaje”, ¿no?. Y, sí, a lo mejor tenemos 500 años, que no es mucho en términos de cultura, pero eso igualmente te da mucho material. La alusión al “fin de la infancia” tenía que ver con eso. Era una alusión positiva. Pero la novela habla totalmente de otra cosa.

—RG: Tiene esa cosa como de denuncia del avance de las ciudades, de la pérdida de las identidades. Pero, al mismo tiempo, también en Café Tacuba hay un rescate de lo mínimo, de historias que no podrían darse sino en la ciudad. ¿Estás de acuerdo que en el grupo están esas dos miradas de contraste?
—[Piensa un rato] Lo que creo es que tenemos esta como idea de que las ciudades se planean, como el Satélite, pero que, al final, los habitantes hacen con ella lo que quieren [se ríe]. Por más que te digan: “Las cosas serán de esta manera”, a la gente… se le sale. En México hay un dicho: “Trae el nopal en la frente”; que es una manera un poco despectiva de decir “se te sale lo indio”. Esto es lo mismo: se te sale lo mexicano por todos lados. Se te sale lo que traes, aunque no quieras. Hablando de un mall, que es como la efigie de la modernidad y todo eso… Piensa en el Parque Arauco: te aseguro que ahora está ordenado pero que de a poquito comenzarán a salir cosas chilenas que serán imposible de pararlas.

—MG: Claro: la feria artesanal, los puestos de comida…
—Aunque no quieras. Eso es algo que yo veo en toda Latinoamérica. Y creo que es lo mismo que sucede con nuestra música. Cuando nos dimos cuenta de eso con Café Tacuba, sentimos algo así como un alivio. En grupos anteriores, lo que queríamos era sonar algo así como… The Smiths. Y de repente sonábamos a ranchera, a música norteña. Entonces un día dijimos: “Claro, esto es lo que somos. Se nos sale el nopal en la frente”. Y te vistas como te vistas, se te va a salir. Por eso es que ya no me preocupa tanto ese avance de los McDonald’s y todo eso… es preocupante, claro, pero también creo que la cultura es tan fuerte, que va a terminar expresándose de alguna manera. No sé por qué tengo esa…

—MG: ¿Esperanza?
—Certeza [se ríe].

—RG: Los arquitectos tienen mucho eso: diseñan cosas para que tengan un uso específico. Planean un mall para el consumo, por ejemplo. Y no entienden que el mall es también muchas otras cosas.
—Exacto. Por ejemplo, ahorita hay muchos grupos nuevos en México que están cantando en inglés. Y eso es algo que a mí no me gusta, pero después digo: Bueno, algo va a suceder que esta gente va a mostrarse como es, y les va a salir la cultura que traen, que está mucho más arraigada que el inglés. La cultura siempre va a ser más fuerte que las modas.

—MG: ¿Qué ha pasado a representar Santiago para ti?
—Pues, no sé. Vengo. La verdad es que no tengo idea de por qué vengo. En los últimos dos o tres años me ha pasado mucho tiempo aquí. Ahorita mi novia, que es mexicana, está trabajando en una película aquí en Chile. Y entonces digo: “Voy a ver a mi novia”. Ahora quería hacer un disco y quería trabajar con Álvaro [Henríquez] y, bueno, Álvaro es chileno.

—MG: Siempre he creído que para alguien que viene del D.F. cualquier otra ciudad parece apagada, ¿no? ¿No te pasa eso con Santiago?
—Pues sí [se ríe]. Aquí te dicen: “Hay muchos coches, hay mucho ruido, hay mucha violencia”… y nosotros no lo sentimos. El D.F. siempre es mucho más de todo.

—RG: ¿Podrías vivir aquí?
—No hay tortillas. Creo que eso lo extrañaría mucho.

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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