entrevista javiera y los imposibles, banda pop

August 20, 2008 at 12:51 am 6 comments

El sueño imposible

Piensa en la sociedad laboral más improbable. Multiplícala por cuarenta discos. Añádele el escándalo público cuando se revelan sus líos sentimentales. Imagínatelos abrazando a Dino Gordillo. Créeles su convicción por la soltería y la austeridad. Sólo entonces comenzarás a entender los chistes internos de JAVIERA Y LOS IMPOSIBLES.

Por Marisol García | Rolling Stone-Chile, 2004.

El cuadro 6-C del mapa al interior de la guía de teléfonos de Santiago enmarca dentro de sus reducidos límites lo que podríamos identificar como el pequeño feudo de dominación Imposible. Javiera vive tres cuadras al sur de Fernando, quien llega a la casa de Marcelo en unos quince minutos si camina hacia el poniente. Caso está un poco más al norte, a no más de tres cuadras de Javiera. Y el único afuerino, Cristián, ha investigado el servicio de transporte público de Santiago hasta dar con la combinación más rápida para llegar aquí cuando se viene desde San Bernardo (es clave evitar la micro Nueva Independencia, aconseja).
Es probable que se pidan azúcar o aspirinas cuando algo falla. Pero es bastante más lo que Javiera y Los Imposibles han decidido compartir en los últimos siete años.

Se asombraron alguna vez al mirarse las caras y reparar en sus diferencias. “No tendríamos por qué habernos conocido”, dicen, pero no están siendo totalmente certeros. Sus orígenes, sus edades, sus historias diversas, han confluido finalmente en una sociedad firme e impermeable, a prueba de los altos y bajos que les ha regalado un país que sospecha de las lealtades eternas. Pero las leyes son distintas al interior del feudo Imposible. Hay un idioma Imposible, gestos y palabras que hacen explotar su risa sin que el afuerino entienda dónde está la gracia. Hay, también, licencias que calman al Imposible químicamente puro durante esas semanas en que comienza a vivir el cliché rockero del “¿en qué hotel estoy?”. El Imposible de nacimiento sabe distinguir un té de calidad, una chaqueta de pana, un canto desafectado y una noticia insólita cuando los tienen al frente. Y, por cierto, sabrá medir cuántas de estas cosas conviene contar en una entrevista. Pero cuando se conoce bien el territorio Imposible a uno ya no le importa que sean ellos quienes pongan las reglas.

Ni los compromisos de corto plazo tienen por qué ser para siempre. El PPD fue un partido instrumental al NO a Pinochet que hoy tiene a uno de sus militantes en La Moneda, por ejemplo. Del mismo modo, la actual formación de Los Imposibles surgió para grabar un sólo álbum, pero luego no hubo cómo separarla. Hace un tiempo, una noche en la playa de Pelluhue, estos cinco antiguos desconocidos se tomaron de los hombros en círculo y juraron grabar cuarenta discos. En estas semanas terminan el sexto, la banda sonora para la película Sagrada familia, del chileno Sebastián Campos, mientras su más reciente álbum de canciones, El poder del mar (2004), suena en radios con el single “Tu cama” (una canción que, aunque usted no lo crea, no se trata de sexo).

Tarde de viernes, living de Providencia, mujeres en minoría. Frente a mí cuatro hombres que hoy hacen lo que hacen porque alguna vez Javiera Parra así lo quiso. Fue llamándolos de a uno, luego que los músicos que la habían ayudado a grabar su álbum debut (Corte en trámite, 1995) se desbandaron por exigencias de sus propias carreras, principalmente la de Los Tres. Javiera quería una banda hecha y derecha, y no tenía paciencia para castings.

—Los llamé y les tiré todo al tiro: necesito disponibilidad absoluta, no podís tocar en otras bandas, si hay que girar tenís que salir, si hay que faltar a clases tenís que faltar. En cuatro meses más nos vamos a grabar un disco a Londres. Tenemos que ensayar todos los días. Decide, porque esto es en serio.

—Pero qué impositiva.
—Sí, pero era una imposición práctica. Lo creativo estaba abierto: ni yo ni nadie sabía para dónde iba la música. Teníamos el terreno abierto para hacer lo que quisiéramos. Fui terca, y no sé por qué. Pero funcionó.

Esto era todo lo contrario a Los Prisioneros, a los Beatles, a los Carpenters; a esos grupos que se arman con amigos de la infancia o con parientes. Súbitamente, Javiera Parra, Cristián López, Fernando Julio, Marcelo Filippi y Cuti AsteCristián López participaba por entonces en un grupo independiente (Julieta y los Espíritus), con el que intentaba pasar las penas de su ruptura con Mal Corazón, la más conocida banda de San Bernardo a principios de los años noventa. La posibilidad de nuevos aires, de viajar a Londres, de asociarse nuevamente a una cantante femenina le pareció tentadora. Él sugirió a Marcelo Filippi como baterista, otro sanbernardino con experiencia en bandas de metal y fusión de nombres horribles, como Aspid y La Chala. El bajista Fernando Julio tocaba con la Orquesta Sinfónica Juvenil y algo le inquietaba: “¿Hay que vestirse de alguna manera?”, preguntó. Sus compañeros certifican que tardó meses en hablar. Llegó al primer ensayo con una bufanda sobre la cara que no se sacó en toda la tarde.

Pero salió una primera canción (“Saqueo”, aún inédita) y llegaron los pasajes a Londres. Javiera respiró aliviada. “Supe que esto daba para largo”, recuerda. (quien se retiró hacia 1999) se veían a bordo de un mismo frágil bote con algunas personas a las cuales no habían visto en su vida. Estaba el ánimo de remar, pero con fuerzas dispares.

—¿Para qué armar una banda? Podrías, simplemente, haberte buscado músicos de apoyo.
—Claro. El grupo se podría haber llamado Javiera Parra. Pero me interesaba la aventura de banda, con todo lo que eso implica: decisiones democráticas, repartijas de plata, firmas en los contratos. Me parecía mucho más fácil, además, en un mundo medio duro, como es el de la música.

El primer resultado de esa sociedad fue el disco La suerte (1998), un trabajo introspectivo y sombrío que se levantaba en reflexiones de asombrosa generosidad para luego caer en el más desolado desamor. Tomemos un verso de “Salva vidas”: “En silencio estaré / es cobarde mi voz / y lo siento… / y lo siento”.


Javiera Cereceda es una mujer de 35 años
, pómulos altos, zapatillas envidiables, gestos expresivos y casa en un altillo. Cuando era escolar, a veces conseguía permiso para salir de clases e irse a grabar jingles publicitarios, como el del desodorante Impulse. Su voz fuerte y dúctil tiene su ética: nunca le cobró al comando del NO por cantar contra Pinochet ni ganó dinero junto a sus dos primeras bandas (Primeros Auxilios y Paraíso Perdido; cuna de otros varios próceres, como Silvio Paredes, Luciano Rojas, Andrés Bobe y los hermanos Levine). Pero algunas comodidades salieron del pago por cantar una canción de su abuela para la teleserie La fiera (también grabó la presentación de Trampas y Caretas). Cuando compra un auto, lo que le preocupa es que en él quepa un contrabajo. Estudió un año de música y piano, pero se cambió a danza cuando se espantó con la disciplina de su hermano guitarrista, Ángel (“se pasaba todo el día haciendo escalas. Yo lo encontraba tan aburrido que dije «no, olvídalo»”). Ganó el Festival de Viña de 1991 con una canción interpretada a dúo con Pedro Foncea. Alguna vez, su casa disquera la presentó en un comunicado de prensa como “la novia del rock chileno”, y aunque es cierto que ha tenido varios músicos como pareja, dice que le encantaría salir a comer “con alguien que me hablara de otras cosas”. Hoy está soltera y quiere componerles canciones de amor a sus amigos. Si no fuera cantante sería diseñadora o enóloga.

Con las medidas anatómicas más impresionantes a la redonda, a Cristián López uno no querría encontrárselo en un callejón oscuro. “Pero es la pura carcacha, no más. La grandeza va por otro lado”, dice modestamente, porque hace mucho tiempo que no le pega a nadie. Se asume como “el más bebedor” del grupo, y lo distingue su gusto “por el tinto… y también el más fuerte”. Hace quince años escuchó por primera vez una canción de los Smiths y hoy, a los 30, reconoce en Johnny Marr al principal referente para su estilo de guitarra, delicado y sin aspavientos, como la escuela que fundó el socio de Morrissey. Antes de que se publicara La suerte estuvo a punto de irse para siempre del grupo, y entonces aprendió que los problemas hay que conversarlos. “Estar con ellos es estimulante”, asegura sobre sus compañeros. Alguna vez lo vi con unas inolvidables zapatillas plateadas. Si no fuera músico “sería cualquier cosa. Guardia o lo que sea. No me creo que no pueda trabajar en nada más”.

Fernando Julio (29) vive al fondo de un jardín selvático en el medio de Providencia, y en los veranos se refresca en una piscina Pelopincho poco más grande que una tina. En Concepción, estudió interpretación superior en contrabajo con Werner Lindl, el padre de Titae (Los Tres, Ángel Parra Trio), y se vino a Santiago en 1992 para seguir con los estudios en la Universidad Católica. Fue parte de la Orquesta Sinfónica Juvenil y acompañó en unas diez giras a Inti-Illimani. Tiene un rostro fino, reacciones impredecibles y un paladar cultivado que exige el mejor té y el mejor tinto. El sitar que toca en “El poder del mar” lo compró por internet y lo recibió por correo desde India. Si no fuera músico sería agrónomo. En realidad, si no fuera músico dice que nunca hubiese emigrado del sur.

Hace muchos años, Marcelo Filippi (29) se dio el tiempo para ir a ver “el grupo de Cristián López”, un músico de su misma comuna que tocaba entonces con Javiera Parra. Los encontró horribles. Pero al poco tiempo recibió una invitación suya para unirse como baterista y no sabe por qué dijo que sí. Sus compañeros aseguran que la primera vez que le escucharon la voz fue en Londres, cuando empezó a comunicarse en inglés. Es el único licenciado de la banda (instrumentista con mención en batería) y dice que quizás su vida sería distinta si no hubiese visto a Gabriel Parra cuando vino a Chile junto a Los Jaivas en 1988: “Quedé loco”. Ha sido músico de sesión en discos de Saiko, Supernova y María Ela, y tiene una hija que se llama Emilia. Se sabe los nombres de todos los peces. Si no fuera músico sería productor, pero uno adivina que no sería nada de mal pescador.

DJ Caso habla tan pausadamente que no parece que tuviera 19 años. Es dueño de una mirada limpia y una perspectiva madura. Empezó con el grupo como invitado y se quedó como integrante fijo hace como un año, pero su currículo tiende a la asesoría, incluyendo trabajos junto a Demencia Local, Némesis, DJ Raff, Bitman&Roban, el colectivo DMS y Ángel Parra Trio. Hoy prepara un disco junto a los reformados Makiza. A su edad, no entiende casi ninguno de los chistes que lanza Cristián López, quien salió del colegio cuando él tenía siete años. Cuando hizo unos graffiti en el patio de su colegio, la profesora llamó a su madre para discutir “el caso” de su hijo. Ahí quedó el nombre. ¡Ah! Si no fuera músico sería arquitecto.

La “Maldita primavera” de Yuri llevó a Javiera y los Imposibles a casas impensables y a las mejores ventas de su carrera. Fue un disco que entusiasmó hasta a Morandé con compañía y una creciente legión de admiradores sub-12. Pero la cosa podría haber sido mucho más mega-masiva si la banda hubiese aceptado la oferta que a principios de este año le hizo Canal 13 para re-grabar “Es la lluvia que cae”, el tema más conocido de Los Iracundos, hoy a cargo de los vaivenes de sintonía de la teleserie Hippie.

—Se iba a escuchar hasta en la sopa, o eso se suponía —se ríe Javiera,— pero acabábamos de sacar El poder del mar y no queríamos desperfilarnos. Alguna gente no pueda creer que rechacemos esas ofertas de tanta plata y tanta posibilidad de promoción, sobre todo ahora que ya nadie tiene ningún tipo de escrúpulo.

—¿Está mal querer hacerse millonario?
—No es eso. Tiene que ver con cuidar tu independencia. Va a sonar enfermo de cliché, pero yo creo que lo que nosotros hemos ganado en estos años cuesta ganarlo saliendo en todas las campañas de Falabella. Siempre he pensado que sí hay un costo alto en esas cosas. Nuestra entrada en el mundo de los medios fue tan lenta, paulatina, que tenemos una base mucho más firme.

—Estás hablando como la hija de tu padre.
—¿Quieres decir que soy comunista? [nos reímos].

—¿No?
—Hay una cosa de la cual yo me siento súper orgullosa y es que llevo diez años viviendo de la música, y nada más. Ahora, claro, vivimos sencillamente y eso está bien. Este grupo supone una vocación que no depende de los resultados. Nunca se me ha pasado por la cabeza que porque al grupo le esté yendo mal, se va a acabar. No nos movemos por esas metas tan fáciles. Y hemos tenido todas esas experiencias: nos ha ido muy bien y mal. Para mí, eso es una carrera.

—Al mismo tiempo, les gusta taquillar. Uno se los topa harto en las fotos de vida social.
—Es que tenemos charme —estima Fernando Julio con su mejor cara de rostro—. Tenemos amigos que actúan en teleseries, claro, y cuando estamos con ellos los humillamos. Si toca, podemos ser los huevones más frívolos. Llevamos tanto tiempo en esto que si vamos a un festival, nos abrazan Lucho Jara, Dino Gordillo

—¿No es eso mal visto entre los músicos?
—Quizás, al principio, yo sentía que algunos podían vernos como un grupo “divertido” —admite Javiera,— pero eso cambió mucho con La suerte. Hoy yo me siento…

—¿Respetada?
—Súper respetada. No tengo ese conflicto de prestigio. Quizás a la gente le pueda molestar el que damos la imagen de que somos un grupo que lo pasa muy bien. O sea, si la idea es que para ser buen músico tienes que ser pesado y curado… ¡es muy básico! Y cuando parece que en el grupo estamos llenos de dificultades, pero seguimos para adelante… es porque creemos que es nuestra responsabilidad y es lo que nos hace felices.

Ha habido dificultades, más o menos grandes. Hace siete años, Cristián estuvo dos meses sin hablarle a nadie, molesto por lo que consideraba era “una falta de unión y trato igualitario. Me sentía ajeno”, recuerda. Poco después que publicaran A color (2000), Marcelo Filippi tuvo una hija y pasó un rato de dudas por sus nuevos requerimientos económicos. Javiera y Fernando fueron varios años pareja, y debieron aprender a convivir como compañeros y amigos luego de la ruptura. “Si ha habido problemas internos han sido cosas que han surgido para hacernos crecer”, cree él. “Y son cosas que solucionamos en cierto momento, de la mejor manera posible. Con eso, se nutre la música y el grupo”.

—Vengo de un mundo donde no hay estas muestras de afecto, de protección –compara Caso, un cercano a los círculos de hip-hop y electrónica—. Yo no estaba acostumbrado a esto, pero ahora me encanta. Aunque, claro, en un momento no entendí nada, porque ellos levantan una ceja y significa mil cosas.

Hay en el disco A color una canción que habla sobre encontrar en los afectos amistosos lo que a uno lo decepciona en la pareja, o algo así. La canción “Salir de aquí” es una de las gemas escondidas en la discografía del grupo. Tiene un estribillo emocionante: “Yo sé cómo salir, salir de aquí / y se dónde buscar / lo que debí encontrar en ti”. Uno adivina que ese lugar está en alguna esquina del feudo Imposible.

Nieta de Violeta Parra, sobrina de quien tiene una de las voces femeninas más hermosas de Chile (Isabel), prima de uno de los fundadores de Los Blops (Juan Pablo Orrego), hermana de un guitarrista de jazz que conquistó logros impensados tocando rock (Ángel); su padre una vez me recibió en pijama para una entrevista. Si uno tuviera las historias familiares de Javiera Cereceda Orrego, también se cambiaría el apellido.

—Mi familia es totalmente excepcional, partiendo porque mi papá tiene diez años menos que mi mamá; ella, una pituca, se casó con él, que era totalmente de otro mundo. De ahí en adelante, yo viví como normales situaciones que al resto siempre le han llamado mucho la atención. Mi papá tiene historias que yo no repito mucho porque uno no puede andar hablando de su familia como si fuera Macondo. ¡Porque es Macondo! Mi papá, ponte tú, a los siete años le dijo a la Violeta que se iba de la casa. Y se fue caminando desde el campo donde vivían a una comunidad de unos cosechadores de ajo. ¡Caminando desde la casa a los siete años!

—Mucha gente mataría por tener acceso a ese tipo de anécdotas. ¿No te tienta investigar sobre los Parra?
—No me gusta andar preguntando. Para mí no es fácil preguntarle a mi papá por su mamá, que mal que mal se suicidó. Y a la familia Parra tampoco la conozco tanto. Al tío Lalo y al tío Roberto los vine a conocer bien cuando participé en La negra Ester. La familia Parra tiene una cuestión súper bonita y es que ellos se entendían de igual a igual con los aristócratas de la época, porque ellos eran los aristócratas de la tierra. Cuando comenzaron a tener algo de peso en el mundillo intelectual de la época, entraron como Pedro por su casa. Eran ultra respetados. Son una sangre súper privilegiada. Mi tío Lalo es igual de bien educado, de galán, que Nicanor, que fue a Oxford y qué sé yo. Jamás van a decir un garabato mal dicho. Es algo muy especial.

—Violeta Parra tiene fans que pueden ser bien fundamentalistas. ¿Cómo te llevas con eso?
—Claro, personas que quieren que yo ande con poncho, poco menos. No tengo paciencia para eso. Ni siquiera puedo decirle abuela, porque no la conocí. Cuando era chica su voz me pateaba; me daba como peeeeena, onda “saquen a esa señora”. Con el tiempo aprendí a valorar que, teniendo una voz totalmente campesina, es lo más emocionante que hay. No tiene nada que ver con el virtuosismo, y yo creo que eso es bien Parra. Lo tiene la Isabel al cantar, lo tiene Nicanor cuando escribe.

—¿Y tú?
—Creo que mi voz no tiene una carga dramática; es bastante llana, por así decirlo. Y, al mismo tiempo, la siento acogedora. No sé si tengo un gran vozarrón, pero siento que mi mayor valor es el timbre. Desde muy chica caché que no iba a ser una cantante virtuosa. Me interesaba otra cosa. Me emociono mucho con una buena cantante… el otro día, una canción de la Alicia Keys me sacó lágrimas. Pero no me voy a poner a cantar así si no soy negra, lo encuentro un poco chulo.

Por si las letras de sus canciones pudieran no ser suficientes, quizás Javiera Parra decida un día escribir su autobiografía. Y al pensar en los temas que abordará ese libro improbable la cantante se ríe. “Jejeje”, suelta al pensar en su vida “intensa”, fuente de experiencias “a las cuales he echado mano en los momentos turbulentos de mi vida”.

—Tengo una sensación fantástica hacia el dolor y las alegrías que he vivido, porque creo que uno es todo lo que uno ha sido. Por eso me parece fatal desdecirte del pasado. Al contrario: cada vez le tengo más aprecio a las relaciones que tuve, los hombres que quise…

—Y los errores, también.
—Por supuesto. Me han permitido que salgan momentos de introspección y silencio. Si vives así ahahahahaha, como en una centrífuga, es normal que luego venga una pasada de cuentas que te haga retirarte, y de la cual pueden salir cosas fantásticas para la música.

—¿Viviste con culpa alguna vez tus atrevimientos?
—Mmmmm. Desde los 20 a los 28 años, ponte tú, que fue el período de crecimiento más potente en términos de saber quién era yo, veo como algo lindo, cándido. Nunca sentí que lo que me estaba pasando fuera anormal: es intensidad, es pasión. En algún momento quizás me juzgué, pero ahora me gusta ver todo lo que viví.

El poder del mar transmite un poco esa vocación experimental en la filosofía de vida, en la manera de exponer una relación amorosa, por ejemplo.
—Me interesa mucho eso, me quita el sueño últimamente. Hace rato que me planteo la vida de una manera no tradicional, y tengo la capacidad de amar a muchas personas, la capacidad de entrega, de cuidar, de proteger; y no quiero ser mezquina con eso. Yo encuentro rico vivir sola, por ejemplo. Pero, dentro de esa soledad, uno se va haciendo de familias. Cultivo mucho la amistad; mucho, mucho: exijo, doy, si me llaman a la hora del cuete, salgo y voy. Y uno empieza a escribir una vida que no es la vida de la gente que se casa, tiene hijos…

—Hay quienes se calman en las formalidades.
—Tengo una certeza bien agradable: cualquiera persona con la que yo quiera estar va a ser porque me entregue algo especial, pero no por ningún tipo de necesidad. Llega un punto en que no necesitai compartir el arriendo, no tienes frío en la noche, tenís a quién contarle tus problemas en la pega, y si un domingo me despierto y me siento sola tengo amigos que me llaman y me dicen: “Vente a un asado”.

—A muchas mujeres esa autonomía las angustia.
—Sí, claro, pero yo también hago muchas cosas para estar en paz con eso. Yoga, por ejemplo. Cada uno tiene un camino de búsqueda. A mí el espíritu me interesa ¡mucho! Mucho más que la plata. Porque quiero ser una vieja feliz. Me parece entretenido lo que pueda venir en el plano del espíritu, de la cabeza. Me agrada mucho no tener ya esa ansiedad de las pasiones adolescentes.

Nadie en esta banda se ha casado ni piensa hacerlo pronto. El único con un hijo es Marcelo, el baterista. Cristián López está enamorado de su novia pero también de su trabajo. Se sorprende cuando se encuentra con ex compañeros de curso en el supermercado, rodeados de niños. Fernando Julio es un ateo “sin preceptos que cumplir”, aunque un tipo de suma cortesía para tanto nihilismo. Javiera Parra nunca se imaginó entrando de blanco a una iglesia.

—¿Te doy un dato freak? Yo no voy a un matrimonio hace tres años —calcula la cantante—. Eso significa que mis amigos no se casan. La Ale [su manager] va a un matrimonio fin de semana por medio, y yo le pregunto: “¿Pero quiénes son esas personas?” [se ríe]. Me pasa algo raro: cuando mujeres supuestamente liberadas y choras, onda Ximena Torres Cautivo, dicen: “¿Qué mujer no ha soñado con el día de su matrimonio?”, yo pienso: “¿De qué me estai hablando?”. Yo nunca pensé que me iba a casar.

—¿Qué tanto cabeceo hay con la edad?
—Mucha gente me dice: “¡Estás igual que a los 25!”, y yo les respondo: “Es que soy igual que a los 25”. Peluseo, y me identifico con ese tipo de gente que anda con zapatillas y en bicicleta. Lo estático les hace mal a las personas, los envejece antes. A mí, que me den todo lo que me haga bien. Si es el vino, el vino. Si es el yoga, el yoga. Y una pena, también. O sea, si no quiero enamorarme por miedo a que me van a dejar… olvídalo.

A veces Javiera habla este tipo de cosas en lugares sorprendentes. Si va a Amenaza real, le cuenta a Cristián Sánchez cómo es viajar por Chile en bus. Hace poco, en La última tentación, la sentaron al lado del manager y novio de Marlene Olivari para ofrecer una voz de disenso sobre los exitosos programas de talento, tipo Rojo. Y aunque en el contexto sus palabras se escuchen como en idioma mandarín, Javiera confía en que le está dando vida a una pequeña causa. “La gente lo agradece”, asegura.

—Aunque lo difícil ahí es exponer cosas personales, más que hablar contra los reality-shows.
—Ah, bueno, claro. O sea, cuando pasó lo del libro… las filas se cerraron de una: de esto no se habla, va a pasar, con el diario de hoy se envuelve el pescado de mañana. Y me quedé callada. Y creo que salimos airosos.

Uf, el libro. Al menos un capítulo entero de la improbable autobiografía de Javiera Parra tendrá que incluir sus reflexiones sobre el episodio más duro de su vida mediática. La mujer que hoy habla con suavidad sobre música, yoga y olas de mar dicen que es la misma que los escritores Enrique Symns y Vera Land —y varios de sus entrevistados— sindicaron en Los Tres. La última canción como la instigadora de un lío amoroso y de lealtades lo suficientemente espeso como para acabar con el que entonces era el grupo más exitoso de Chile. En la boca de medio país, Javiera Parra dijo entonces haberse sentido como “una Titi Ahubert”. Qué sensación atroz.

—Leí todo lo que salió en los diarios. Y cambiaba los canales y en todos estaban hablando de mí. Y ponía la radio y gente como Sergio Lagos, que uno encuentra inteligente, que nos conoce hace tiempo, decía cosas como: “¡Lo único que le faltó fue acostarse con el Ángel!”. A esa gente la enfrentamos, le dijimos: “Una persona inteligente tiene el deber de elevar el discurso”.

—¿Qué reivindicación podía exigir uno a esas alturas?
—Yo lo único que quise sacar en limpio y darle a entender a los huevones que se involucraron con ese libro, es que en cualquier proceso de crecimiento, con amigos, amores, gente que uno admira, lo que nos pasó es lo más natural del mundo. Y entender la vida así es bueno, es beneficioso. Y decir que eso fue una mierda, y ponerte paranoico, y decir que todos te quieren cagar, es malo. Y que, además, uno tiene el derecho a haber vivido esa historia y a la vez ser una persona con una moral altísima. En ese sentido, creo que salimos airosos heavy. Y salir airoso de la confusión es fantástico.

—¿Fue bueno guardar silencio?
—Hablé una vez y se terminó, y el libro no se vendió. A mí me interesaba defender el derecho a tirarme al planeta completo si yo quería. Pero lo que más me interesaba era que Los Tres supieran que se habían equivocado: que habían hecho algo rasca en un medio de gente que no es rasca. ¿Qué más podía hacer? ¿Hablar con los diarios? ¿En los términos en que se estaban dirigiendo a mí? Decidí ir a la televisión porque al menos ahí hablaba yo, ¿cachai?

Frente a Fito Páez, Cristián de la Fuente y esposa (o Angélica Castro y esposo), Antonio Vodanovic y Margot Kahl, Javiera Parra se refirió por única vez a este asunto en alguna lejana edición de un olvidado estelar de Canal 13. Recibió cinco millones de pesos por ello, y repartió el dinero con el grupo y su manager. Hoy, su relación con los ex integrantes de Los Tres es, según ella, “mucho más que cordial, de bastante intensidad: con el Álvaro y con el Titae. Ellos fueron mis hermanos durante ocho años, en una época súper marcadora para todos, y fue muy entretenido estar tan estimulados creativamente”.
“Pasó rápido”, sintetiza Cristián López. “Creo que, fundamentalmente, en ese momento se demostró todo el cariño que le tenemos. Y eso es lo más lindo de toda esa huevada. Ni ella nos juzga ni nosotros la juzgamos”.

Quizás por eso en El poder del mar hay una canción que se llama “Cómprame”, donde Javiera canta: “Entre vender y no vender / me debato entre el placer / de ponerle precio a mi canto / o de televisar mi llanto”. Pero, al menos hasta ahora, nadie ha visto las lágrimas de Javiera en una pantalla.


Es la noche del sábado 27 de marzo y Javiera y Los Imposibles reciben regalos en el camarín del teatro Providencia, quince minutos antes de que comience el show de lanzamiento de El poder del mar, un disco en cuya carátula aparecen con los ojos bien abiertos bajo el agua. El baterista de Los Bunkers, Mauricio Basualto, ha entrado a la sala con sus padres y una botella de Johnny Walker etiqueta roja. El director de Tronia, Rodrigo Sepúlveda, les trae un peluche de Juan Carlos Bodoque, un reportero digno de mis respetos, y que quizás qué informe haría de esta noche. El ambiente es distendido. Se me ofrece agua mineral San Pelegrino y cerveza Corona.

El público que ha llegado está compuesto por una sorprendente cantidad de niñas, de no más de quince años de edad. Es el segmento marginal al que entusiasma la música de Los Imposibles. El otro son los gays (un tiempo, un transexual personificado de Javiera animaba las noches de la discoteque Fausto). Hay aquí gente demasiado joven para saber quién es Hernaldo, pero que esta noche canta, convencida, “Procuro olvidarte”. Javiera es coqueta sobre el escenario; ostenta una belleza atípica, limpia y adulta. Según ella, “me interesa brillar por tocar bien. Mucha pinta pueda ser distractora. Le pongo pino cuando me arreglo, pero no me interesa la parafernalia. Hay minas que se ven espectaculares pero no salvan a nadie”.

—Nunca te he visto con taco alto.
—¡Jamás! Me veo torpe. Me resbalo, no puedo bailar. Provocativa, yo creo que ya no fui. Me cansa mucho todo eso. Me gusta bailar, ser coqueta, pero no andar de mina por la vida, porque tendría que dedicarle una cantidad de tiempo, plata y quirófano que no puede estar más lejos del momento que estoy viviendo ahora. Estoy súper conforme con la mutación física que he ido teniendo, tiene que ver con quién soy. Tengo una cara de mujer grande, y me gusta.

El de esta noche es un show ágil y sobrio, que deja que las canciones de su catálogo brillen con delicadeza. El grupo me dirá después que los enorgullece la medida que han impuesto sobre el escenario, y el apoyo noble en lo más básico. “Si se corta la luz, podemos tocar igual”, cree Fernando. “Ésa es la clave del pop: dosificar”. Como ahora tienen a Cuti Aste en los teclados, otras veces han tocado junto a un cuarteto de cuerdas o músicos suficientes para armar “Love´s theme” de Barry White. “El grupo pasó de ser una banda de pop a ser un colectivo musical”, estima Cristián, “ahora estamos avanzando hacia música para películas, por ejemplo. Yo creo que para allá va la cosa”.

Al fondo del escenario, fotos gigantes muestran a Los Imposibles en Picadilly Circus, en un estudio de Santiago, cruzando la calle en Abbey Road, capeando el viento de Isla Negra. “De tanto vivir, tengo escalofríos”, canta Javiera en “Nieve”, pero se mueve como si teorizara sobre la seducción. Sus zapatillas no se calman. Su vida no se calma.

Es probable que a esta banda se le cumpla incluso lo más imposible. Es posible que, finalmente, graben cuarenta discos. Es posible que cada uno haga cosas en paralelo y nadie se enoje por eso. Es posible que los hombres tomen más la voz y dejen a Javiera descansar de una condición de líder que, según ella, le cansa. Incluso es posible que la vida de la cantante tome derroteros inesperados y se convierta en algo “incluso más original de lo que ha sido hasta ahora”, como ella sueña. Es posible que Javiera se enamore de un abogado, que Caso termine estudiando arquitectura, que López se vaya a vivir a Providencia, que Julio se convierta en un famoso productor y pueda agrandar su Pelopincho. Es posible que Filippi ponga un restaurante de pescados y mariscos.

“Las bandas terminan por ego, y acá no hay mucho de eso”, sintetiza Fernando. “Cuando en los grupos empiezan las envidias, «esto lo hice yo, no tú», no hay mucho más adónde ir. Pero eso no quita que uno pueda interesarse en muchas cosas distintas”. Cristián tiene una perspectiva práctica: “Es súper importante salirse de ese rollo de «yo pertenezco a un grupo», porque es mejor sentirte parte de un colectivo de gente que puede hacer otro tipo de cosas”.

También hay cosas inimaginables en el territorio Imposible. Por lo pronto, cuesta creer que sus habitantes alguna vez lleguen a odiarse. ¿A dónde se irían a vivir? ¿Quien más estaría dispuesto a acompañarlos dos meses de gira por el sur de Chile? ¿Cómo explicarían que hay chistes que tienen apenas una palabra?

La distancia entre Los Imposibles: eso sí que es imposible.

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pinochet boys. chile 1984 – 1987 (biografía fotográfica) standing in the shadows of motown (documental)

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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