ecos del tiempo subterráneo, gabriela bravo y cristián gonzález (investigación)

September 6, 2009 at 10:22 pm 5 comments

aires de peña

La investigación Ecos del tiempo subterráneo recorre los restaurantes, cafés, galpones y altillos que entre 1973 y 1983 hicieron mucho por el canto chileno pero aún más por el espíritu de resistencia. El libro se presentará el lunes 7 de septiembre en el Galpón Víctor Jara.


N
o nacieron con Pinochet –la más importante de todas las peñas, la de los Parra, se fundó en 1965–, pero el Golpe de Estado las convirtió por completo en otra cosa. «Podía resultar increíble que una feble y rudimentaria tarima de madera […] pudiese ser el punto central donde convergían muchos excluidos del sistema […], transformándose en un canal de expresión y reencuentro concreto para los disidentes», explican los periodistas Gabriela Bravo y Cristián González en Ecos del tiempo subterráneo (Lom, 2009), el primer estudio periodístico extenso sobre las peñas en el Chile bajo dictadura. Su delimitación cronológica (1973 a 1983) determina, por supuesto, el tono: no se habla aquí de los encuentros creativos, las colaboraciones musicales ni el impulso artístico que en diferentes momentos de la historia cultural chilena permitieron las peñas, sino de éstas en cuanto espacios de resistencia a través de la música y la participación colectiva. Acertadamente, el libro no pinta de épica lo que fue una gesta en extremo precaria: salas pequeñas, menú limitado, vino navegado, focos del más bajo voltaje. «Había una especie de culto a la pobreza, al dolor, a la resistencia, a la reflexión, de algun modo a la pena y al decaimiento», reconoce Pancho Caucamán, director de la peña La Parra, en una del centenar de entrevistas citadas. Este libro es un tributo a esa grisura, sin romanticismos de más pero con justificada admiración.

Sin contar la supervivencia solitaria al Golpe de Estado de El Vinacho, un restaurante con show folclórico en el Parque O’Higgins, la primera peña en dictadura comenzó a funcionar en septiembre de 1974, frente a la plaza Brasil (en el ex teatro Alcázar). El cantor y periodista Alejandro Chocair se hizo cargo entonces de La Peña del Aysenino Porfiado, un curioso engendro de Valle Central y tradiciones patagónicas, que les imponía a sus invitados abstenerse por completo del repertorio político. En general, el libro es justo en reconocer que, pese a la carga inevitable del nombre (y las sospechas derivadas de éste), no todas las peñas de esos años fueron necesariamente reductos de izquierda. Es más: una de las principales la mantuvo Luis Poncho Venegas, La Yunta, presentada en el libro como parte de un subgrupo de “peñas blancas”, donde también estaban La Picá y La Chingana del 900. «Fue una ventana abierta para que los artistas de izquierda con talento fueran escuchados por otra gente, de derecha, quizás, pero que solamente quería escuchar música», precisa el compositor de “Los carasucia”.

Inaugurada en julio de 1975, Doña Javiera fue la primera y principal peña con las características esperables de real propuesta creativa y resistencia política, y su historia cruza todo el libro (además de su foto de portada, con el grupo Aquelarre y un joven ex ministro Eyzaguirre). El cantor y escritor Nano Acevedo administró Doña Javiera con el recuerdo aún vivo de su experiencia en Chile Ríe y Canta, el ejemplar colectivo a cargo de René Largo Farías durante la UP. El paso por el pequeño escenario de San Diego 847 de gente como Capri, Eduardo Peralta, Los Zunchos e Isabel Aldunate determinó, a la larga, parte importante de la conformación del Canto Nuevo.

A muchos de estos recintos jamás se les concedió la patente legal debida, pero su clandestinidad fue, sobre todo, ideológica. El libro reúne elocuentes testimonios sobre una contracorriente admirable en su ingenio y decisión para seguir funcionando. En la noche inaugural de la peña La Parra, por ejemplo, los coros del público fueron en susurros y los aplausos, con los dedos índice: al frente había una brigada de policía. Detenciones grupales, la infiltración frecuente de agentes de seguridad entre el público y hasta atentados incendiarios (como el que afectó en 1981 a La Casona de San Isidro) eran parte de una dinámica que, en su administración práctica, estuvo siempre más cerca de la resistencia que de la gestión cultural. Al recordado Manuel Escobar, el payasito Tilusa, defender su Casa Kamarundi le costó una semana de cárcel; y Nano Acevedo fue citado a declarar nada menos que ante Marcelo Moren Brito («Mira, si tú sigues con esto vas a amanecer muerto con tu carnet en los dientes en la Alameda», le djo el ex DINA). El control exagerado en lo ideológico fue, muchas veces, descuidado en lo formal. Se lee con incomodidad el dato de que, para instalar La Fragua en el segundo piso de la Casa Colorada –monumento nacional entonces ocupado por un restaurante– hubo que botar murallas y abrir ventanas en la histórica construcción.

Las peñas tendrían su auge y su caída, y el libro admite la amenaza letal de aquellos cafés que supieron abrirse a nuevas tendencias (como el rock). Mario Navarro, administrador del Café del Cerro, comenta en el libro que «las peñas fueron el primer lugar donde se abrió la lucha, pero se quedaron en ghettos. Se estaban muriendo solas. Y nosotros captamos al público peñero por el sentimiento contra la dictadura». Para entonces, el valor de resistencia que podía ofrecer la música en vivo ya estaba probado, y serían otros códigos los que acompañarían a la oposición cultural de ahí en adelante. La de este libro es una historia de importancia irrebatible que hasta ahora sobrevivía sólo de modo oral y que, como tanto en la música chilena, agradece al fin su recuento y registro.

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5 Comments Add your own

  • 1. gerardo figueroa  |  September 7, 2009 at 3:56 am

    bien, se suma otro libro al paisaje!

    Reply
  • 2. PATRICIO  |  September 8, 2009 at 4:53 am

    Toque . fui mesonero, amigo y pololo en el Cafe del Cerro y tambien toqué y frecuenté previamente las peñas…la evolucion fue natural….primero lloramos todos juntos y nos arropamos pues habiamos quedado desnudos y huerfanos….cuando estuvimos mas sanitos fuimos capaces de bailar y gozar de las primaveras en el Cafe…me alegro por la aparicion del libro…y gracias a ti Marisol por relevarlo

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  • 3. emiliogordillo  |  September 9, 2009 at 2:20 pm

    Gracias por el texto.

    Me quedé pensando en la figura de la tarima y su relación con lo sombrio del espectáculo en el período.
    Luego se vino a mi cabeza la tozudez con que el personaje de Tony Manero insiste en cambiar aquella tarima precaria por una de luces de colores que emule a la de Fiebre de Sábado…

    Mucha gracias por difundir esto, y por la imagen.

    saludos

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  • 4. fenya  |  September 15, 2009 at 7:26 pm

    Capri, me parece a mi, es la voz detrás del comercial “lo podemos lograr” del yogur. así como la tati penna cantaba la de atrix (“tus manos son tú”). un antecedente de “en ud confiamos”, por Ancarola en plena democracia.

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  • 5. Felipe Ugarte Werigth  |  September 17, 2009 at 12:31 pm

    Fuí durante años a la Peña Javiera de Nano Acevedo, y que yo recuerde, nunca lloramos, ni había una atmosfera de angustia ni nada parecido. Más aún en los intermedios subían unos músicos que cantaban cosas chistosas y rifaban entradas. Además era muy fácil darse cuenta que las canciones tenian un significado mayor y por eso íbamos, no a llorar, sino a levantarnos el ánimo.

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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