historia social de la música popular en chile (1950-1970), j.p. gonzález, c. rolle y o. ohlsen (investigación)

November 19, 2009 at 3:44 pm 1 comment

días de fiesta

Hoy, cuando se vuelve una y otra vez sobre la manida crisis de la industria del disco, reparamos de pronto en lo escasas que son alrededor nuestro las señas sobre sus momentos de esplendor. ¿Cómo era la música chilena cuando ésta impulsaba una fuerza de celebración y no de lamento? Los veinte años que abarca Historia social de la música popular en Chile, 1950-1970 son los de un ebullir musical asombroso por su diversidad, ambición y alcance. El bolero (en su forma convencional, y, más tarde, en mezcla electrónica) y la canción social de raíz latinoamericana ubicaban al fin a la música popular chilena en el mundo; pero también la balada, el rock y el llamado neofolclore eran fuerzas de expansión amplia y códigos masivamente reconocibles. La más reciente investigación del musicólogo Juan Pablo González, el historiador Claudio Rolle y el músico Óscar Ohlsen es el relato de una fiesta fenomenal, acallada hoy por la bruma de una industria que ⎯no sólo en Chile⎯ perdió para siempre esa capacidad aglutinadora.

Por Marisol García | Texto de presentación en 
Casa Central Universidad Católica, noviembre 2009.


A
dmito que acepté con pudor la inicial invitación a estar aquí esta mañana. Mi oficio es el del periodismo, y se hace inevitable recibir un libro como Historia social de la música popular en Chile como todo lo que el periodismo chileno de espectáculos no ha sido capaz de hacer. Al hojear por primera vez estas 800 páginas ⎯la precisión de sus datos, la agudeza de la selección de imágenes, la bien dispuesta diagramación⎯ llegué a pensar algo incluso peor: éste es precisamente el tipo de investigación contra el que el periodismo actual atenta a diario, frivolizando temas, reduciendo los espacios de análisis, confundiendo crítica con prejuicio y comentario con berrinche. Como verán, soy bien poco solidaria con mi gremio. Quizás a ustedes les parezca comprensible ejercer hoy el periodismo con culpa, pero yo quisiera aprovecharme del mal pie actual de mi profesión para sorprenderlos a todos con lo mismo que me sorprendió a mí misma al leer este texto, y es la importancia que la prensa de espectáculos y de cultura tuvo para la elaboración de un libro tan fascinante y útil como éste.

Los autores reflexionan en la introducción en torno al concepto de «falso recuerdo». Es tal la seducción de esta memoria mentirosa, advierten, «que muchas veces nos vemos enfrentados a decididas defensas de datos inexactos o derechamente incorrectos, anacrónicos o corregidos inconscientemente». Conozco bien esa sensación agobiante de que la entrevista con un músico no está yendo para ninguna parte: él o ella insiste en, por ejemplo, agrandar su propia importancia en un hito de mérito colectivo, olvida la clave de una grabación histórica o elimina del cuadro a actores secundarios que no le son gratos. Sucede mucho que, en la historia de un grupo, las versiones que cada integrante da décadas más tarde son simplemente inconjugables: no es que sus recuerdos difieran sino que, derechamente, no parten de un mismo punto y, por lo tanto, se disparan en trayectos paralelos que pueden enloquecer a cualquier reportero preocupado de mantener una coherencia argumental.

Las entrevistas con nuestros músicos y los profesionales en torno a ellos son valiosas, sin duda, pero los autores de esta investigación fueron perspicaces para darse cuenta rápidamente que no les serían suficientes. Si hay algo asombroso en el ya impresionante acopio de información que han hecho Juan Pablo González, Claudio Rolle y Óscar Ohlsen es su decisión de acceder a fuentes directas y registros contemporáneos de los hechos registrados en estas páginas, y que rara vez asoman en el trabajo de nuestros profesionales de la nostalgia. Me refiero a fotografías de archivo, carátulas de viejos vinilos, antiguos avisos publicitarios y, sobre todo, diarios y revistas. Con toda su probable superficialidad, maña y, en lenguaje del gremio, «agenda oculta», el periodismo musical consultado vuelve en este libro a se confiable. Eficiente. Valioso.

Entiendo que pertenece al cineasta John Ford una frase que me encanta: «Cuando los hechos se convierten en leyenda, hay que publicar la leyenda». No hay mitos ni leyendas en este libro, por favor, y tampoco creo que la frase sea citable en su sentido literal. Lo que quisiera destacar es que la cultura popular genera en torno a sus gestores relatos derivados que al poco tiempo ya no pueden independizarse del hecho que les dio pie. Historia social de la música popular en Chile comprende que la forma en la que se difundió la canción chilena entre los años 1950 y 1970 ⎯sus soportes radiales, sus producciones fotográficas, sus clubes de fans, sus peñas, sus concursos, por banales que éstos fuesen (y vaya si no es banal algo del tipo «una once con el Pollo Fuentes»)⎯ son parte de su esencia, tanto como los temas que abordaron sus versos, la técnica vocal de sus intérpretes o los arreglos en los que se acomodaron sus melodías.

En otras palabras, la cantante Cecilia es su voz y sus canciones, pero también su provocación feminista y el recelo que ésta provocó en ciertas revistas que se sentían más cómodas obedeciendo antes a un modelo musical plácido y doméstico del tipo Gloria Benavides. Patricio Manns es la apertura de todo un nuevo paisaje geográfico y humano en la canción chilena, pero también su labor como cronista y el solemne registro que dejó en las páginas de una revista como El Musiquero son elocuentes de una mirada de época, como cuando, hacia 1968, denunció en una encendida columna la inaceptable frivolidad de un cantante como Raphael, «un producto híbrido, amanerado hasta acercarse peligrosamente a la feminidad, muy superficial y con temas de contenido anodino, escritos para no molestar a nadie sino para cosechar dólares» (en un sentido similar, causa gracia leer en este libro la saña con la que Camilo Fernández y Vicente Bianchi se expresan en otros momentos sobre el rock’n roll; a quien el primero considera «reñido con los valores humanos», y este último incluso sugiere prohibir). Quién podría dudar que a Violeta Parra la define su genialidad tanto como su incorrección en las labores «promocionales», y que el inicial ninguneo local a Los Ángeles Negros puede explicar de modo importante su decisión de triunfar en México. ¿Cómo entender a un personaje tan relevante como Ricardo García sin dimensionar la importancia de la radiofonía como aglutinadora social? ¿Podría alguien negar que para la Nueva Ola tan importante como sus canciones fueron las fotos de sus ídolos en incontables portadas de revistas? La Nueva Canción Chilena son sus himnos pero, también, la estampa de sus intérpretes, una estética nunca antes vista en la música chilena.

Si uno es uno «y sus circunstancias», pues los músicos chilenos abordados en esta investigación son también ellos y su impacto. Y ese puente entre talento y llegada masiva lo sostiene de modo importante el periodismo de espectáculos, «en sus prioridades y valoraciones, pero también en sus omisiones y silencios». Los papeles secundarios de esta gran historia sobre el período más vibrante de nuestra música popular lo desempeñan revistas como Ecran y Telecran, Radiomanía y Radiomanía TV, Rincón Juvenil, El Musiquero, Ritmo… No sólo por cómo proyectaron a la música chilena y sus intérpretes ⎯muchas veces, con la dedicación, detalle y profusión que hoy sólo vemos ante los rostros de multitiendas⎯, sino por haber asumido a nuestra canción como un objeto que merecía una difusión de alta importancia. El Musiquero, por ejemplo, publicaba canciones y música instrumental popular en cinco formatos distintos: la letra de la canción, la letra con acordes para guitarra, guitarra por cifra, línea melódica con cifrado armónico, y partitura para canto y piano. A partir de 1968, la revista llevará cien canciones por número. Rincón Juvenil cumplía una función similar con su sección “Guitarreando” y Ritmo tenía lo propio a cargo de Alicia Puccio. El uso masivo que hacen los lectores de estas pautas para tocar guitarra producirá, según el libro, «una verdadera revolución en las costumbres […], superando barreras de pertenencia social, política o cultural, con una clara primacía de la juventud, que se proyecta en la guitarra, haciéndola propia. Desde quienes hacían folklore y buscaban dar un giro a esta práctica tradicional, hasta quienes se sentían atraídos por las formas de la contracultura, todos se unirán en el uso de la guitarra, devenida en arma y símbolo de esta nueva cruzada del escuchar y hacer música, que es a su vez, la más decidida forma de adhesión a las grandes figuras del estrellato y su proyección en la vida de la sociedad».

Un libro que aborda el período comprendido entre 1950 y 1970 afronta, inevitablemente, la consolidación de la llamada «industria del entretenimiento», y los autores no han querido juzgar los criterios artísticos que sucumben con esa masificación y comercialización de la música, sino dar cuenta de cómo se imprimen en la canción chilena los nuevos requerimientos de productividad, lenguaje, accesibilidad, dinamismo y reflejo en la moda. Aquí no hay prejuicios: Vicente Bianchi y Luis Advis merecen igual consideración que Lucho Barrios y Luis Alberto Martínez, insignes representantes, estos últimos, de la llamada “música cebolla” («un peligro público» según, de nuevo, el solemne Patricio Manns). El libro cita al historiador Caro Baroja con una observación suya elocuente en torno a los «tres tiempos» de la canción: el que la crea, el que la canta y el que la escucha. Me atrevería a decir que una investigación como la que hoy presentamos completa la secuencia con la puesta en valor de dos nuevos actores en torno a la canción: el que la difunde y el que la pone en su contexto histórico.

Entre los muchos méritos de esta investigación he querido destacar el que quizás más me atañe. Juan Pablo González, Claudio Rolle y Óscar Ohlsen proponen toda un nuevo patrón de consulta para nuestra música reciente que ha sido capaz de reconocer con justicia la importancia de los medios como registro histórico; y se ha vuelto, ahora, imprescindible como material de consulta para los redactores por venir. En tal sentido, este libro ha sido para mí una lectura fascinante y entretenidísima, pero también un alivio: al fin una investigación confiable, completa y ecuánime sobre música chilena reciente. Y uno, periodista culposa, vuelve a tomar en serio el valor del registro cotidiano de nuestros pequeños pero significativos hitos de cultura popular, por cómo dan cuenta pero, también, cómo acompañan ese siempre inasible alcance de la creación pensada para las masas.

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entrevista a juan pablo gonzález, musicólogo (2) juan pablo gonzález, musicólogo x2

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  • 1. carlos fernandois olivares  |  March 17, 2011 at 2:40 pm

    Marisol, es un agrado el “conocerte”, por casualidad lleué a este blog y por su contenido, la rigurosidad en el tratamiento de los temas, quedé gratamente impresionado, con la soltura y alegría al escribir sobre folclore, y música. Es la página que debería haber consultado antes de comenzar con mi página. En mi página colaboro con el folclore y las instituciones dedicadas a la cultura tradicional, es por eso que página que encuentro que aporte al conocimiento de nuestra música, la incorporo a mi página con un link, y la “presento”, con un artículo que generalmente saco de la página del “linkeao”, así mis lectores llegan a su web.
    Lo haré contigo, porque tu página tiene material que analiza y comenta algunos discos, que son importantes para nuestra música folclórica.
    Lo último, concuerdo contigo en el análisi del libro de Juan Pablo González, que es un libro de consulta para todos los que escriben en relación a nuestra música popular.
    Cariños,cf

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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