la niña patti smith

May 28, 2010 at 6:07 pm 2 comments



La vida de santa Bernardita, vista en alguna vieja película de televisión, le hizo pensar cuando niña a Patti Smith que las grandes vocaciones eran resultado de un llamado divino. «¿Y si yo no soy llamada a ser una artista?», se inquietó. A los doce años de edad, el futuro de una vida dedicada a la creación se imponía en sus fantasías con tanta fuerza como puede tenerlo para una chica religiosa la idea de la consagración. Sus sueños, sus lecturas, sus conversaciones y sus amistades se orientaron hacia ese objetivo, desde un momento asombrosamente temprano. Por eso, es lógico que en su primera autobiografía —y su primer libro en prosa—, Just kids, Smith se demore más de doscientas páginas en llegar a su debut discográfico, con Horses: lo que importa es mucho más el camino que la llevó hasta allí que los logros consecutivos.

Limusinas, discos de oro, namedropping. Las cada vez más predecibles biografías rockeras (en libro o en cine) esquivan el encanto de los años de ansia y sacrificios, que en el caso de Patti Smith fueron vividos en un entorno estimulante (el Nueva York de fines de los años sesenta) y en la compañía estrecha de otro artista en ciernes como ella,. Su relación de amistad, romance y colaboración con el fotógrafo Robert Mapplethorpe es el eje sobre el cual la autora estructura este texto, pues en él encuentra el espejo de su propia vocación. «Saquémosles una foto. Deben ser famosos», le dice una mujer a su marido al verlos una tarde en Coney Island, con su anonimato cubierto en extravagante ropa usada. «Naaa», contesta él, «they’re just kids». Smith había llegado a la isla desde New Jersey, luego de dar un hijo no deseado en adopción. Tenía 21 años, y cargaba algunos lápices de dibujo, una libreta, 32 dólares que encontró en una billetera perdida en una cabina telefónica y una copia de Iluminaciones, de Arthur Rimbaud: «Fue por él que escribí y soñé. Sus manos habían esculpido un manual del cielo y me agarré firmemente de él», dice sobre el poeta francés.

Las pellejerías, descubrimientos, temores y conquistas de este libro son los de ella y Mapplethorpe, al menos hasta que el circuito artístico repara en sus respectivas poesías e imágenes, y ya nada vuelve a ser igual. Luego su fama se vive en un trayecto paralelo de eterna complicidad espiritual, reavivada tras el diagnóstico de sida del fotógrafo en las semanas previas a su muerte, en 1989. No es posible imaginar un compañero más cariñoso, protector y también exigente para esa joven y anónima huesuda poetisa de los sesenta. «Nadie más ve como nosotros», la alienta. Su historia de amor avanza entre sopas compartidas, cucarachas en departamentos infestos, visitas por turno a los museos (no había dinero suficiente para entrar de a dos; entonces era mejor tener alguien que le reportara al otro lo visto) y la posterior confesión de homosexualidad de parte de él. «De Robert aprendí que, muchas veces, la contradicción es el camino más despejado a la verdad». Si la famosa cantautora de hoy no parece diferir mucho de la vendedora de libros de entonces con un salario de sesenta dólares a la semana, es, en parte, por el temple forjado en esos años de asociado sacrificio y asombro; la miseria más culta imaginable, y con dormitorio (prestado) en el Hotel Chelsea.

No es su historia la de un éxito automático. Largos años confinan a Smith y Mapplethorpe a los peores barrios de Manhattan, desde donde observan a lo lejos la gloria que ya rodea a contemporáneos suyos no necesariamente más talentosos, como la troupe de la Factory. Obsesionado por Andy Warhol, Robert la convence un día para ir a espiarlo a uno de sus sitios favoritos, el club Max’s Kansas City. Allí, observa Patti —con cierto desdén ante el esnobismo-ambiente—, «la política era muy parecida a la del high school, aunque los populares no eran las cheerleaders ni los capitanes de fútbol, y la prom queen era, muy probablemente, un él vestido de ella, y que sabía mejor cómo ser una ella que la mayoría de las ellas». Es un séquito de gente hermosa, pero a la que la droga diezmaría al poco andar. Cuando piensa en Edie Sedgwick, Candy Darling, Nico o Joe Dallesandro, Smith recuerda que «la anfetamina magnificó su paranoia, les robó muchos de sus poderes innatos, secó su autoconfianza y devastó su belleza […]. No tengo una sensación vindicativa como una de las pocas sobrevivientes. Hubiese preferido verlos a todos exitosos, tocando la campana de oro. Al final, fui yo quien se quedó con uno de los mejores caballos».

Just kids es un libro sobre volverse artista, y la hermosa incerticumbre, convicción y avidez que acompañan ese proceso cuando es sincero.

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sinatra/jobim la palabra ‘cultura’

2 Comments Add your own

  • 1. Sergio Coddou Mc Manus  |  June 3, 2010 at 9:26 pm

    Quiero ese libro ya!
    Imagino leíste la bio de Bockris, otro de la tropa esa.
    como siempre, un buen artículo

    Reply
  • 2. Ignacio Barrientos  |  July 4, 2010 at 1:15 am

    En los no siempre transitados caminos del Arte.Del artículo al disco y ya con más calma a los textos… Gracias por el estímulo.

    Reply

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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