gepe, cantautor

March 1, 2012 at 8:30 pm Leave a comment

Qué le vamos a hacer

Por años se sintió en un terreno ajeno, extraño, por el que avanzaba con torpeza y pudor. Hoy, a los 31, Daniel Riveros dice que al fin se siente no sólo un músico sino alguien con una responsabilidad en el armado de canciones. El disco GP es el primer resultado de esa, en sus palabras, «pequeña maduración», que hasta le permite hablar de los errores de sus antecesores y elaborar teorías sobre la música «latinoamericana andina del oeste», lo que sea eso signifique.

Por Marisol García | inédita (octubre 2012)

Pedaleó desde su casa, a unas cuadras de este café en Providencia. No está tan delgado como muchos han comentado luego del cambio de dieta que hace unos meses se autoimpuso por salud. En menos de cuarenta y ocho horas estará presentando en vivo su nuevo disco, GP, y por eso la calma y desaprensión de su charla parecen doblemente sorprendentes. En algún momento, Daniel Riveros obedecía bien al mandato de laconismo que parecía signar a los músicos de su generación. Hoy es un músico capaz de teorizar sobre su oficio con precisión y lucidez. Que hable, pues.

—Te titulaste de diseñador, lo que parece ser una una estupenda formación para un músico pop. 
—Claro. Aunque me haya dedicado a la música casi toda mi vida y siempre la haya sentido como mi vocación, mi trabajo con ella ha sido intuitivo o autodicacta. Lo que estudié fue Diseño, y con mucha concentración. Y quizás lo que me quedó fue acostumbrarme a integrar a mi música todo lo que me pasa, lo que vivo. En la Católica estudias Diseño sin apellido (ni gráfico, ni textil, ni industrial), y uno de los ramos que me gustaba mucho era «Diseño de Experiencias», que es un mix entre diseño de ambientes, edición y sociología: algo así. En realidad, yo veo el diseño como la edición de elementos hacia un fin. De hecho, mi tesis fue sobre el sonido como materia de diseño, y ahí lo que buscaba era quitarle un poco el temor que solemos tener a la aproximación a los acordes, los instrumentos, la poesía. La música es un material maleable.

—Y, por lo mismo, todos podemos tomarla y manipularla.
—Claro, de eso se trata. Si te fijas, la mayoría de los músicos con un lenguaje propio, o al menos mis favoritos, caen a la música desde otros lados. Los Sonic Youth eran artistas gráficos.

—En la música popular y en el diseño es fundamental ser lúcido para distinguir tendencias.
—Sí, sí. Ser curioso, estar atento a todo, integrar la información: en el fondo es eso. Más que músico, yo creo ser por siempre un melómano: ésa es mi verdadera dedicación, y por eso mi música suena tanto a tantas otras músicas.

—La sensación que deja GP es la de un disco con muchas ideas pero bien encauzadas, y, por lo mismo, profundo.
—Creo que tiene que ver con que maduré un poquito. En mis anteriores discos la inseguridad me mataba. La inseguridad más ansiedad es una pésima mezcla.

—¿Inseguridad en qué sentido? ¿Como de «qué hago acá»?
—Tener demasiada libertad y pensar: «¿Qué hago con esto? No me lo merezco». No sabía ni cómo explicarlo en una entrevista. Obviamente tuve que aprenderlo, y creo que apostar a equivocarme fue una buena escuela. Insistí y creo que en este disco le achunté: muchas de las canciones son tal cual me las imaginé iban a sonar.

—Eso: ahora pareces con más control sobre a dónde quieres llevar tus canciones.
—Claro: sabía para dónde iba. Y disfrutas mucho trabajar así. Al momento de hacer un disco, tener la onda clara es muy importante. En ese sentido, creo que este disco es parecido a Gepinto, que lo grabé con mucha claridad y ansiedad. Lo que cambia, claro, es que ahora hay mucha más gente dispuesta a alabarlo o triturarlo sin sentido. Ese estrés es bacán, también.

—¿De verdad lo ves así? ¿Crees que la gente opina sobre tu música sin realmente escucharla?
—Sí, po’. Es que a todos nos pasa. Hace poco escuchaba el último de Lana del Rey, y pensaba: «¿Cómo lo hago para sacarme de la cabeza todo lo que he leído y escuchado sobre esta mina para concentrarme en sus canciones?». Porque hay discos cargados de personaje. 

—¿Y qué puedes hacer tú respecto a estar de pronto de moda y que surjan muchos comentarios sobre ti? No mucho, ¿no?
—Pienso que este nuevo disco no se entiende al tiro. Es un disco que pasa por todos lados, y “En la naturaleza” es un single que descoloca un poco.

—Por la base reggaetón, que para muchos ha sido motivo de pelambre, pero que es un recurso de percusión y ya. 
—Pero es que es real: en todos los carretes a los que voy hay reggaetón. Un periodista me preguntó si acaso era «un guiño a la gallá», y me pareció de mal gusto.

—Hablas de sentirte más maduro frente a tu música. ¿Qué efectos personales, si es que los hay, te ha traído esa claridad creativa?
—En los veinte, yo disparaba para todos lados. Creo que del 2007 al 2009 estaba en la luna. Tenía muchas ganas de hacer música pero ni siquiera me sentía músico, y tenía muchísimo miedo. Fue una etapa necesaria, porque aprendí un montón, pero ahora, que tengo 31 [años], me siento músico, me siento con la responsabilidad de ser músico y, además, me siento disfrutándolo porque tengo el control sobre algunas cosas… y sobre las que no, es porque nunca las voy a poder controlar. Es lindo así. Creo que estoy en una de las mejores etapas de las que llevo hasta ahora. Y quién sabe si vuelva a esa anterior fase de caos. Este trabajo es incierto. Bueno, todos los trabajos son inciertos actualmente.

—Hablemos de folclore andino, nortino. No es la primera vez que usas ideas de música altiplánica, pero quizás ahora te fuiste un poco más al chancho, ¿no? ¿Hubo una investigación de tu parte, esta vez?
—En parte, es música con la me topé en las marchas estudiantiles. Iba, y, como buen melómano, me pegaba más que nada en la música que se tocaba; era una energía que me golpeaba. Me quedaba pegado en los Chinchín Tirapié más que en los discursos. Luego, comencé a ir a los recitales que daba en el barrio Brasil un grupo de música chicha llamado La Chicha y Su Manga. Su música es muy linda, y me encantó la onda que se daba con la gente, pues apenas sonaba la música todos se paraban al tiro a bailar y había una vibra bonita, muy real. Me hice bien amigo con el tecladista del grupo (que ahora ya no está), quien me mostró además a grupos como Lakitas San Lorenzo; y me volví loco, me encantó. A mí el sonido disonante me fascina. Cuando la disonancia entra a la música pop es muy interesante. Y ahora cacho que por eso me gustaba tanto Sonic Youth: «¿Por qué esto que suena como el hoyo me agarra tanto?». Algo así.

—O sea, más mirar y escuchar que ponerse a estudiar.
—Desde que tomé una guitarra siempre la música más linda que escuché fue la del folclore. La primera fue “Angelita Huenumán”, de Víctor Jara, que escuché por primera vez a los 17, 18. Antes no había escuchada nada de él porque era un sonicyouthero de tomo y lomo, y no me importaba nada más. Me pareció increíble, y me metí de cabeza. Pero siempre he sentido muchísima desconfianza de aproximarme de manera académica a la música. Prefiero un método más personal, intuitivo. No sé: prefiero mirar lo que me gusta con el rabillo del ojo, y no tan frontalmente, por decirlo de alguna manera. Y así escucho folclore: Margot Loyola, Gabriela Pizarro, Violeta Parra, Cuncumén, Los Kjarkas, Los Jairas, Eduardo Mateo, Cecilia Todd, Simon Díaz, Atahualpa [Yupanqui], [Jorge] Cafrune, John Jacob Niles: los escucho, no los estudio. Y que me lleguen como una lluvia.

«Jamás diría que soy folclorista. No creo en eso de invocar a la Pacha, porque no tengo idea qué es la Pacha. Yo soy de ciudad. Agarro el folclore porque me interesa la idea de sentirse latinoamericano, que supongo que es un estrato un poquito más esencial que estar o no en el campo».

—Y desde ahí apuestas a que salga algo interesante.
—Al menos sale algo más de verdad, eso es lo importante. Si eres punk de verdad, también te va a salir bien. Invoco a algo así como el sentido «latinoamericano andino del oeste» [sonríe]. Creo muchísimo en el oste de la cordillera, y esa tristeza rítmica disonante de estrofas y estribillos que no alcanzan a desarrollarse, con letras de historias que nunca están completas, a diferencia de la composición uruguaya o argentina que es mucho más elaborada narrativamente. O sea, el tango no podría haber nacido de este lado. Quizás por eso nosotros tenemos mejores poetas que narradores, o los narradores que tenemos son muy poéticos, porque José Donoso es casi un simbolista, que esconde de una manera hermosa todo aquello que le pasa. La melancolía es algo propio de este lado de la cordillera, y qué le vamos a hacer. Eso es: un sonido qué-le-vamos-a-hacer [sonríe].

—Sé que estás escuchando mucha música de Bolivia y Perú. ¿Alguna recomendación?
Luzmila Carpio es como el nexo para gente un poquito más… esnob, como uno [sonríe]. Es un puente útil para los auditores más burgueses, y de ahí puedes pasar a William Luna, que es como el Américo de Perú, pero muchísimo mejor.

Rock, esa fea palabra

—Te leí en alguna parte hablando de los nuevos cantautores chilenos como «la generacion del desprejuicio». Es una buena definición.
—Creo que vivimos una época de desprejuicio en Chile, sí, y se nota también en el arte gráfico, en el cine. Lo que antes me cargaba de la música chilena era que la gente le llamaba «rock chileno». Eso no lo soporto. El hip-hop no es rock. Los Prisioneros no son rock. Ni cagando. Creo que la gente acá le tiene cierto medio estético a las cosas vacías y banales, y me incluyo en eso. Pero lo aparentemente vacío y banal tiene muchísima información con la que se puede trabajar. Hay algo en el pop que es retorcido, reventado, complejo… si te pones a pensar, los Bee Gees al final se dieron mucho más duro con drogas que los Guns ‘n Roses. Ahora estoy pegado con los Bee Gees, en su etapa pre Barry; su disco Trafalgar, por ejemplo, que es de una dulzura ¡rara!

—Jorge González alguna vez dijo algo muy cierto: es mucho más difícil hacer buen pop que hacer buen rock.
—Obvio. Es mucho más difícil hacer una letra simple y real y bien sintetizada. El molde del rock es mucho más conservador, al final. No digo que sea más fome, pero es más predecible, más allá de relecturas interesantes como The Strokes, por ejemplo, que me pareció el último buen grupo de rock. Y por eso el Corazones es un disco tan importante para nosotros. La cagó cómo en un país donde a la música chilena se le dice «rock chileno» este  huevón hizo ese disco con letras de la verdad máxima.

—Es un compositor empírico: lo que canta lo vivió.
—No sé cuántas vueltas ha dado Jorge González, pero viene de vuelta de muchas. Y así como él canta y habla cosas que a uno le parecen la verdad misma, me gustaría escuchar también a Beto Cuevas, a Carlos Cabezas, a Claudio Valenzuela. Que hablen. No sé por qué no hablan. Alguien como Beto Cuevas yo creo que sufrió un bullying enorme y sería interesante oírlo. Yo escucho muchísimo a La Ley, y estoy convencido de que Doble opuesto es el disco chileno que mejor suena. Y así también el disco Peces [debut de Lucybell], que viene de un grupo que luchó por el pop. 

—Vale, pero ¿dónde pones el límite? La fórmula pop de La Ley también se fue por el despeñadero en algún momento y terminó entregando discos fomes, blandos.
—Claro, se fue a la mierda. No sé por qué. Creo que todos los grandes artistas tienen discos malísimos: todos. Bob Dylan se podría haber quedado callado todos los [años] ochenta, perfectamente.

—Y el single nuevo de Beto Cuevas es feo, y quizás él no se da cuenta.
—No, yo creo que en algún lado de su inconsciente sí se da cuenta.

—Lo importante es que a ti no te ofende que te comparen con él, cosa que probablemente sí le pasaba a un cantautor chileno que quería ir de «serio» hace diez años.
—Es que no me ofende nada, ¿por qué me va a ofender? Al principio me comparaban con Víctor Jara, y entiendo que son fórmulas periodísticas, y está bien. Yo no le puedo decir a un diario que sueno como Jim O’Rourke, porque nadie va a cachar. Además, amo a Víctor Jara, es un súper músico, y tocar con las yemas de los dedos se lo copié a él.

—También es bonito que haya tanta amistad entre los nuevos cancionistas.
—Vamos caminando juntos, creo. Y lo bueno es que, como dice Pedro [Piedra], cada uno va  por su propia carretera a toda velocidad. Pedro, Álex, la Javiera, Fernando… todos van indagando en diferentes personalidades y creo que lo más importante de estar en Chile, ahora now, es que todo esto es experimental, y que no ha adquirido ni un gramo de madurez. Es lo bueno, creo yo.

—¿Crees que tienen para rato?
—¡Sí! Esto va a madurar, tenemos 28, 30 [años], y la masividad está todavía lejos.

©Rodrigo Ferrari.


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pascuala ilabaca, cantautora miguel tapia, baterista

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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