miguel tapia, baterista

April 4, 2012 at 2:13 pm 2 comments

Aplanábamos veredas

Miguel San Miguel es una cinta sencilla, casi ingenua, sobre una amistad que da pie a la formación de una banda. No muestra éxitos, fama ni tensiones internas, pues termina cuando Los Prisioneros debutan. ¿Qué pasa antes, entonces? El baterista Miguel Tapia, inspirador de la historia, repasa esos meses de uniforme escolar, caminatas y sueños de gloria.

Por Marisol García | inédita (octubre 2012)

Tras diez años, Miguel Tapia (48) volvió a caminar la semana pasada por San Miguel. La comuna es hoy más pequeña que cuando él era escolar —hacia fines de los años ochenta se escindieron de sus límites Pedro Aguirre Cerda y San Joaquín— pero mantiene, según el músico, las veredas anchas, la mezcla de blocks y casas antiguas, y las rejas altas que él recordaba en el sector en el que creció, una villa construida en 1960 llamada Miguel Munizaga (hoy, población San Miguel), a la altura del paradero doce de la Gran Avenida. Tapia no había visto el gran mural de Los Prisioneros que hoy forma parte del llamado Museo de Cielo Abierto. Los rostros de Tapia, Jorge González y Claudio Narea se acomodan allí —antes de las canas— en ochenta metros cuadrados. Son los héroes de una comuna que acogió su amistad, su crianza y sus primeras canciones, y que su éxito posterior marcó como un símbolo de su origen de estricta clase media.

—El mural es precioso, y está impecable. Nadie lo ha rayado. Las casas son casi las mismas, y tienen las rejas que recuerdo de aquella época, aunque ahora con latones. Sigue siendo un barrio tranquilo, me pareció. No recordaba que tenía tantas plazas, quizás porque antes uno las daba por hecho. La de mi barrio era gente educada, muy noble. No recuerdo peleas de pandillas en mi barrio, ni escándalos. Había un sentido común que quizás compensaba la menor educación. Era gente solidaria. Por eso quedo loco cuando ahora vengo a Santiago y veo cómo se comporta la gente. Para mí es un tema la agresividad, el consumismo, la desprotección en la que están los niños. Me duele, me importa mucho cómo están las cosas. No sé en qué momento esta sociedad se convirtió en lo que está ahora.

Tapia ha tenido que hablar bastante de ese barrio en las últimas semanas. Su casa —en la que nació y de la que no se mudó sino hasta que se independizó de su familia, a los 27 años— su manzana y su colegio son las locaciones que más se repiten en Miguel San Miguel, una ficción dirigida por Matías Cruz, basada en los meses previos al debut en vivo del grupo Los Prisioneros en el Liceo Miguel León Prado, y en la inicial amistad que sostuvo su proyecto junto a Jorge González y Claudio Narea, hace treinta años. Aunque aclara que «no es mi proyecto», Tapia figura en la cinta en un muy breve papel y también como asesor de guión, pues son sus recuerdos los que van dirigiendo la historia. Sus padres, su hermana y su novia de entonces cuentan con actores que los representan, y él quedó a cargo del estudiante de Teatro de la Universidad de Chile Eduardo Fernández. Sin ir más lejos, su nombre explica el título del filme.

«Es una historia más bien desconocida, que me agrada que se muestre así. Es tal cual fue en un noventa y nueve por ciento», asegura el baterista. «Cuando Matías empezó a buscarme para contarme del proyecto yo pensaba en si valdría o no la pena. ¿Será tan importante?, dudé, porque nunca he estado obsesionado por cómo se recuerda a Los Prisioneros, la verdad. Además, no soy muy nostálgico. Siempre digo que todo tiempo pasado fue peor. Prefiero pensar que las cosas mejoran».

—¿No te preocupa reivindicar un determinado aspecto o, quizás, aclarar malos entendidos sobre el grupo?
—Te lo digo de esta manera: no siento que tenga que escribir un libro, ni que pagar una deuda ni que haya que «hacer justicia» en torno a la historia del grupo. Los libros que existen —y entiendo que hasta Jorge quiere publicar ahora uno— no los he leído. Le tomo el peso al grupo cuando entro a internet y veo todo lo que se sube y escribe, en Chile y el extranjero. Pero, ¿sinceramente? Es una banda de rocanrol, nada más. Hay cosas mucho más importantes. Tengo dos hijos. Me preocupa su salud, su educación, lo que pasa ahora. Ésos son temas.

Tapia habla sentado en el living luminoso de su parcela de Pirque, sector al que se mudó hace más de una década y del que intenta salir lo menos posible. La casa que hoy ocupa la construyó en parte él mismo. Esquiva Santiago, no conoce sus cafés ni barrios de moda, y dice que no le ve sentido a tener un departamento en Las Condes si a cambio puede comprarse un terreno en el que «meter la pala, hacer regadío y mojarme en invierno. Sigo prefiriendo el barro». Además del jardineo amateur, un gran telescopio lo pone en las noches en contacto con otra de sus aficiones: la astronomía. A veces se traslada hasta un estudio cercano a trabajar con dos amigos en lo que espera sea en 2013 un disco de canciones de base electrónica y observación social. Allí canta, compone, toca batería y programa secuencias. En el último par de años ha realizado presentaciones esporádicas junto a Claudio Narea. Con Jorge González, su gran amigo de adolescencia, no se habla desde 2006, cuando una pelea entre ellos puso fin en Venezuela, y probablemente para siemrpe, a la idea de seguir presentando canciones del grupo por Sudamérica.

«Lo que teníamos que decirnos con Jorge se lo dije en su cara, él me lo dijo a la mía, y ya está. Quizás hablemos de nuevo en el futuro, quién sabe. A mí lo que me importa es que, ojalá, ni él ni Claudio digan en público más cosas que nos separen. Me carga enterarme cuando eso sucede, porque no es necesario. A mí me choca que alguien mande recados por los medios de comunicación; es feo, no me educaron así».

—¿Crees que la película les va a gustar?
—Creo que sí. Van a encontrar las cosas como fueron, tal cual. Nada de lo que aparece ahí me sorprende. Son todas cosas que viví. Pese a todo, mis recuerdos del grupo son de paz, principalmente. Yo a ellos los aprecio.

La opción de Miguel San Miguel por abordar en estado embrionario a la banda más exitosa del pop chileno permite ahorrarse el recuento de giras, grabaciones y malos entendidos aparejados a la fama para centrarse a cambio en la pequeña historia de tres compañeros del Liceo 6 llenos de tiempo libre que llenar con conversación y música. Entre dormitorios estrechos y opresivas salas de clases la película transmite cómo se va asentando un afecto sincero y tranquilo. El espacio natural en el que proyectar su sociedad es, simplemente, las veredas entre sus casas, que Tapia recuerda haber «aplanado» mientras conversaba con Jorge González de sus mutuos descubrimientos sobre la venidera adultez.

—Nuestro mundo era nuestro barrio, desde el paradero 18 de la Gran Avenida, donde vivía Jorge, hasta el paradero 6, donde estaba nuestro liceo. Y aplanábamos las veredas entre Departamental y Gran Avenida conversando. Hablábamos de nuestras penas, alegrías, de chiquillas —mucho—, de nuestras ilusiones. Y también teníamos muchas conversaciones existencialistas, de la vida, de lo social, de lo que nos daba rabia. Sucedía a veces con Jorge que yo lo acompañaba a su casa, que estaba a diez cuadras de la mía, y como nos quedaba conversación pendiente él me iba a dejar a la mía. Y luego, de nuevo yo a la de él. Y al final teníamos que decir: «Ya, despidámonos acá a medio camino». No lo digo con melancolía, nostalgia ni nada. Te lo digo como parte de la historia, no más. Mi vida ha cambiado un montón desde entonces, obviamente, pero por otro lado esencialmente no ha cambiado mucho. Vivo aquí, ni comparar con San Miguel, pero hay cosas que no cambian porque están en la personalidad de uno, no más.

La película reserva muchas escenas para esas caminatas después de clases en las que también comienzan a surgir sus proyectos de gloria. Nada a su alrededor les prueba que armar una banda pueda tener algún futuro. No hay dinero para instrumentos. No hay parientes ni amigos dedicados a la creación. No hay, siquiera, una escena musical establecida en la ciudad que les indique por dónde avanzar. A estas alturas, celebrar el ascenso de un trío de San Miguel al primer plano de la música chilena es un dato que se da por contado. En ese contexto, su esfuerzo era, en realidad, un disparate.

«Se reían de ellos», cuenta Matías Cruz, el director. «Botarse a artista, en ese momento, era absurdo. Por eso la historia es muy sorprendente y muy genuina, y hace que el arte de Los Prisioneros sea tan único. La voz de los 80 es un disco iluminado. ¿Cómo haces un disco así a esa edad, sin que alguien te diga: “Dale, eso está bien”?».

«No podría decirte cuál es la fe que tenían Claudio y Jorge, pero sí sé que yo la tenía clarísima», asegura Miguel, volviendo a su cabeza de escolar. «Era una idea tan fija, que yo hasta la veía. Nosotros tocando, viajando: lo vi. Creo que ése es mi mérito: haber tenido la energía y la claridad para saber que lo que formáramos iba a resultar. En parte por eso me frustró mucho nuestra primera separación. Siento que quedó pendiente el éxito continental; como el de, no sé, una banda como Babasónicos. Pudimos haberlo logrado».

—La historia de la película es, sobre todo, la historia de una amistad: la tuya con Jorge González. Y es una amistad que hoy ya no existe. ¿Te frustra eso?
—La adolescencia es una época de amistades sin interés. Tu amigo te cae bien, compartes con él, y nadie está esperando nada del otro. Además, ¡hay mucho tiempo! Por supuesto que no había cómo saber que las cosas iban a terminar como terminaron. Lo que fue sucediendo en el camino es parte de las personalidades de cada uno, y ya está. Si uno lee la historia del rock todas las bandas se pelean y se separan, aunque lo nieguen; entonces, era de esperar. En las bandas se da una relación muy intensa: te ves todos los días y tú eres el jefe. Y aquí habíamos tres jefes (aunque la gente piense que era sólo uno), y cada uno tenía sus decisiones y voluntad.

—Acompañaste a un artista de personalidad fuerte. ¿Fue eso algo que tensionó más de la cuenta tu relación con Jorge González?
—Uno sabe que hay personalidades fuertes entre los artistas. Uno está dispuesto a aceptarlo, y yo fui aprendiendo eso en el camino. Conozco muy bien a Jorge, quizás nadie lo conozca tanto como su hermano y yo. Pero, ¿sabes? También creo que un artista tan entregado a su temperamento no lo pasa bien. Y aunque algunos aceptan que no pasarlo bien es su estado natural, yo no podría.

—¿A qué llamas exactamente pasarlo bien?
—A estar tranquilo. A no sufrir con lo que estoy haciendo. A tener buenas ondas a mi alrededor.

—Eso da menos figuración.
—Sí, claro, pero mejor aún. A mí no importa nada figurar. Nada, nada, nada. Nunca me interesó, y ahora menos. Tengo un rol importante en la música del grupo. Siempre lo he sabido, pero no me interesa andárselo enrostrando a la gente.

—¿Cuál fue el gran talento de Jorge González en Los Prisioneros?
—Fueron muchos, pero creo que Jorge tuvo la capacidad de sintetizar muy bien estas conversaciones de las que te hablaba, nuestras inquietudes sobre lo que veíamos a nuestro alrededor. Cuando partimos, el canto de oposición era el Canto Nuevo, que a nosotros nos parecía muy adornado para lo que estaba pasando. Y lo que estaba pasando era que existían detenciones por sospecha, torturas, matanzas, lacrimógenas en mi barrio, etcétera. No era para estar diciendo metáforas. Jorge escribía y cantaba eso directamente, pero era algo que conversábamos todos en el grupo.

—Era un tiempo en que «pop» era una mala palabra. Y ahí estaban ustedes, diciendo que querían hacer bailar a la gente.
—Hablar de pop era vomitivo. Pero a nosotros pop era lo que queríamos hacer. O sea, salir en la radio, en la tele… éramos tan ilusos, que yo quería ir a tocar al “Festival de la Una”. Para mí el pop era un concepto amplio, los Beatles eran pop; y el rock era lo que estaba pasando en el [gimnasio] Manuel Plaza, que a nosotros nos parecía súper conservador y aburrido. No sólo a Jorge le gustaba Camilo Sesto. No sólo a Jorge le gustaba Doménico Modugno. No sólo a Jorge le gustaba Carpenters. A mí también me gustaban Adamo, y Nicola di Bari, y Charles Aznavour, y Hervé Vilard, y Sandro. También sabíamos que eso no iba a ser bien entendido en el Chile de ese momento, y que frente a audiencias con nuestro mismo pensamiento social y político nos íbamos a ganar pifias. Pero Víctor Jara tocó con los Blops y los comunistas se enojaron. La historia de la música chilena está llena de prejuicios y mentalidades estrechas.

—La película los muestra como tres chicos encerrados en su barrio, probablemente ignorantes de cómo se vivía en otras partes de Santiago. ¿Cómo recuerdas el modo en el que ustedes fueron adquiriendo esa conciencia de clase que luego se volvió muy importante en muchas de sus canciones?
—Cuando empezamos a salir de San Miguel caímos en el tema de diferencias de clase porque empezamos a conocer a otra gente. El tema político lo teníamos claro; al menos yo, porque en mi casa y en mi barrio había una discusión política importante. Dentro de San Miguel, mi barrio era un sector más pobre y tenso, en comparación con los de Jorge y Miguel, y existía mucha resistencia contra los militares. Recuerdo que allanaron casas, se llevaron a gente detenida que nunca más regresó, que murieron vecinos. Muchas noches escuché balazos. A mí y a Claudio nos tomaron dos veces detenidos por sospecha; a Jorge, una. Pero también recuerdo que cuando empezamos a conocer gente más cuica yo encajé perfectamente bien. No sentí incomodidad, ni resentimiento ni envidia. No soy así. Una vez alguien en El Mercurio escribió que éramos «resentidos sociales», lo cual me pareció tan simple y efectista.

—¿Cómo entiendes el resentimiento?
—Como una reacción que a veces se justifica, claro. Que hoy exista resentimiento entre los jóvenes lo entiendo, me parece natural. Hoy las oportunidades no son iguales para todos. La gente mayor tiende a resignarse, a decir que ya no hay nada que hacer. Yo justifico los deseos de cambio… y, la verdad, a estas alturas, hasta estoy justificando la violencia, imagínate, porque me parece que ya es el colmo. Y con palabras ya no se pudo.

—¿Es peor la desigualdad chilena que en los años ochenta?
—Es peor. Antes estaba Pinochet, que era un personaje que nos unía para apuntar contra un solo objetivo. Pero ahora está todo súper disperso. El enemigo está en las AFP, las isapres, las empresas, los políticos. El Estado no te protege y no parece interesado en solucionar las cosas. Uno sabe que hay un arreglo que no permitirá grandes cambios aunque cambie el gobierno. O sea, los cambios constitucionales hasta ahora han sido simple maquillaje. No hay voluntad. Veo una madeja enredada donde todos los poderosos están conectados entre sí, con redes de trabajo, de influencia, de dinero. Un sistema que te obliga a endeudarte de por vida para resolver necesidades básicas es de una violencia salvaje, una tortura.

«Estoy frustrado, como mucha gente de mi generación. Se cumple ahora un nuevo aniversario del NO y uno se pregunta en qué quedó toda esa promesa de cambio. Tal como muchos universitarios, entonces Los Prisioneros pusimos el pecho en el escenario frente a lo que pasaba. Pero ahora, aquí estamos: como sociedad, pasados a llevar totalmente; y, como clase media, parando la olla del país, ¿cachai?».

Tapia dice que esa frustración y esa rabia ocupan muchas letras de las canciones para su nuevo proyecto, aún anónimo. Es un trío con el que busca, según él, darle cauce a su aún viva curiosidad musical y el disfrute que le produce componer y tocar. «No estoy buscando hacer carrera ni conquistar México», dice, y se ríe. Como si fuera necesario aclararlo.

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gepe, cantautor

2 Comments Add your own

  • 1. Macarena Lavin  |  November 9, 2012 at 3:29 pm

    Muy buena la entrevista. Miguel Tapia tiene una claridad admirable.

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  • 2. Marco Lara  |  November 10, 2012 at 7:30 pm

    Muy buena la entrevista crecí escuchando su música y la entrevista me aclaro unos conceptos que desconocía en la personalidad de Miguel. Agradezco el haber publicado esa entrevista y fijo que estaré el 15 viendo el estreno

    Reply

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©Kenichi Hoshine.

Depósito de textos publicados e inéditos de Marisol García, periodista en Santiago de Chile, especializada en música popular.


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